Yo corrí y corrí hacia lo más profundo del bosque, pero me detuve justo antes de llegar a la linde del claro en donde nos encontrábamos y desde allí vi cómo el demonio se despojaba de casi toda la ropa, comenzaba a lanzar aullidos y luego se subía a un árbol, se subió con una agilidad asombrosa, y ello me extrañó porque a mí me había parecido que estaba gordo y calvo. La sorpresa fue tal que di media vuelta y me interné en la floresta, por donde corrí tanto rato que me encontré al oso Yogui de piedra. No era un monumento, era el oso Yogui fósil. Este, como se sabe, es el guía de los turistas extraviados, y que hubiera devenido en fósil tampoco era de extrañar porque desde que vivió había transcurrido muchísimo tiempo. Estaba allí, recogida entre sus brazos, cuando aparecieron nuevos personajes. Eran el príncipe y la princesa que caminaban cogidos de la mano, y yo les dije,
―¡Eh, chssttt! ―y ellos vinieron dando saltos y se encaramaron en el lugar que ocupaba, en donde estuvimos muchísimo rato abrazados y acariciándonos.
Al del árbol lo rodearon, y como no quería bajar, le obligaron a hacerlo a pedradas, cada uno por un lado. Luego aquellos seres fuera de sí lo amarraron al tronco y, allí mismo, delante de él, se dieron a toda clase de excesos, primero verbales y más tarde de los otros; unos gritaban, y otros…, pues eso. Nosotros tres, sin embargo, en la piedra del oso Yogui estuvimos muchísimo rato abrazados, y cuando volvimos al campamento lo hicimos cogidos de la mano, se ve que habíamos comido las flores justas, aunque después, a los pocos días, la princesa, que se llamaba Claude, se enfadó conmigo porque decía que lo había hecho a propósito, y agarraba al príncipe por la mano para que no se le volviera a desmandar.
El monitor caminaba por aquellos andurriales con ropas talares porque pertenecía a una orden misteriosa, pero el día de la orgía en el bosque se quitó todo y resultó que debajo llevaba pantalones. Lo aún más íntimo no es para describir, pero a mí lo de los pantalones me dejó patidifusa, y su planta, la de las agujetas, la había confundido con la hierba hedionda, la higuera loca o alguna de sus hermanas, contenedora en todo caso de un alcaloide que trastornó a cuantos había llevado de excursión. Imagino que aquello le costaría el puesto ―aunque ya lo había pagado con lo de la lapidación―, y por ello en su congregación le darían una medalla, no sé, pero seguramente de resultas de aquella y otras aventuras, dos semanas después tuve un aborto, y todo por no tomar las debidas precauciones…
¿Qué podría decir ahora en mi descargo, sobre todo acerca de una cuestión que me pareció tan grave? Ni siquiera sabía que estuviera embarazada y aquello fue espontáneo, pero acabé en el hospital, en donde me tuvieron algún tiempo. Como lo pasé tan mal, me dio tanto miedo y a la cabeza me vinieron tal cantidad de contradictorios pensamientos, después ya me preocupé de no traspasar las barreras naturales, pero como ni con mi novio el barquerito ni con el gringo de la gorra había tenido ningún problema, había llegado a creerme totalmente estéril. Al principio tuve unos dolores terribles y los médicos creyeron que se me había inflamado el peritoneo, pero después, cuando descubrieron lo que en realidad sucedía, resultó que el procedimiento era muy sencillo y ni me operaron: me dieron unas pastillas y asunto concluido. Lo de la selva y el vudú hacía mucho que había pasado a la historia, y de la cirugía para qué vamos a hablar; allí usaban métodos mucho más modernos.
Las píldoras no sé si serían buenas o malas, pero me produjeron alucinaciones. Durante los días que duró el proceso no pude dejar de pensar en Liria. ¿Dónde estarás? Ahora sí que me harías falta, pero aquí no puedo decir que te llamen por teléfono porque a lo mejor aprovechan para expulsarme por la puerta de atrás, y fue Lucy quien me echó una mano. Lucy era blanca, pelirroja como Macu la maracucha, y los chicos decían que era guapísima, lo que seguramente era cierto, porque cuando íbamos juntas tenían dificultades para decidirse por alguna, nos miraban a las dos con ansiedad. ¡Qué curioso es esto de las amistades de la juventud! Luego pasa el tiempo y no vuelves a ver a nadie. Macu, Lucy, Liria…, ¡no os he vuelto a ver a ninguna…! De mayor tuve un novio que se llamaba el mayor; a ese lo vi mucho por la pantalla de la televisión, pero ahora no quiero hablar de ello.
Bueno, al final todo se resolvió bien y nunca he vuelto a pensar en aquella época embarazosa. Transcurrió otro año en el que la situación se normalizó y yo empecé a convertirme en una señorita, o a lo mejor fue que me llegó la edad de razonar. Dejé de reírme a todas horas, y todo aquello que nunca antes me había gustado me empezó a atraer. Lo de la risa sí me extrañó un poco. ¡Yo, que me había reído tanto!, y ahora, de repente…, pero no me importó. Al poco tiempo me había adaptado y comencé a interesarme en la oceanografía, mi gran afición desde entonces. Leí todos los libros que cayeron en mis manos, me pasé la mayor parte del nevado invierno leyendo en la biblioteca y allí dejé mi vida anterior. ¿Todo ello fue el resultado del conflictivo proceso que mencioné? Pues a lo mejor. A unas les llega la cordura antes y a otras después, y ya se sabe que los desarreglos endocrinos nos ocasionan a las mujeres efectos particularmente interesantes y sobrenaturales.
En el segundo verano, a los que nos habíamos portado mejor nos llevaron a hacer turismo en autobuses por casi todo el país, aunque a Florida no fuimos, y menos mal, porque no tenía ninguna gana de volver al territorio de los aligatores, de tan ingrato recuerdo. Viajamos hasta la costa oeste y me gustaron mucho las playas del Pacífico. Había unas puestas de sol fantásticas, también mucha hierba, y la gente tenía otro aspecto. Todo el mundo llevaba el pelo largo y se pasaban la mayor parte del tiempo gritando metidos en el agua ―eso también lo hice yo―, aunque lo que más me gustó fueron los rojos desiertos del sur, la tierra de los apaches, el lugar del cactus y la serpiente de cascabel. Como yo nunca había visto un desierto, aquello me impresionó vivamente, y a partir de entonces, en las clases de pintura ―que también teníamos― pinté muchos desiertos, rojizos desiertos, aparte de mis eternos mares con seres verdes cabalgando sobre las olas…
¿Qué más podría decir? Así fueron mis primeros tiempos en el reino de la opulencia. A veces nos llevaban al cine, a cines con el suelo lleno de plásticos y la gente aplaudiendo a rabiar cuando llegaban los buenos, y también a las discotecas al aire libre en los meses cálidos, e incluso salí en la televisión en primer plano con ocasión de un lanzamiento, cuando mandaron una nave a Marte, nave que, por cierto, se perdió en los espacios interplanetarios. Para eso usaban a los expósitos. Me pusieron delante de todo el mundo, y así los telespectadores miraban a lo que había que mirar, por si sucedía un accidente, nunca se sabe, tú, mira que negra más buena…, aunque a lo que más tiempo dediqué en aquella época fue a estudiar. En mi primera graduación, como era muy lista, me dieron un diploma con una orla magnífica y una recomendación para una beca, of course. La negra ―yo― empezó allí a hacer carrera, ya se verá luego.