PRIMEROS PASOS EN LOS USA
Desde los EEUU de América, en donde incluso para los oficios más bajos había emigrantes de sobra, solían devolver a sus países de origen a los que sorprendían en alguna fechoría, pero yo, que algo había aprendido desde que salí de casa, pues hacía ya dos años de aquello, primero me negué a decir al juez de dónde había venido, aunque luego admití que era haitiana, sí, papá Duvalier, el abuelo, ¡macumba, macumba!, usted ya me entiende. Por entonces hablaba el inglés medio de corrido. Al juez le comprendía, desde luego, aunque en tales circunstancias procuré hacerme la tonta y pronunciar fatal, y aquel señor rodeado de secretarios que la mañana en que estuve ante él tendría hasta treinta o cuarenta casos parecidos ―pues sobre su mesa había muchísimos papeles― me envió a un reformatorio. ¿Qué hacemos con esta gente? Si por mí fuera, flagelación, envenenamiento, radiación alfa, horca, pero el gran hermano, ese charlatán que todo lo ve, que todo lo habla…; el gran hermano es la Red, la Red de Redes… Bueno, que se vaya a Mountain Falls, para qué vamos a complicar las cosas; otro, el siguiente. Ya he dicho que yo nací con el santo de cara.
Mountain Falls era una institución, parecida a un correccional, de alguna de esas agencias a que tan aficionados son en lo que era mi nuevo país y en donde aceptaban desamparados procedentes de la emigración. Te miraban los dientes, y si dabas la talla, si te veían suficientemente sana, te hacían unos papeles por una temporada, y si al final de ella habías demostrado tu amor por la nación, te admitían definitivamente. En caso contrario no sé qué harían, supongo que te mandarían a galeras o te dejarían abandonada en la Costa de los Esclavos a merced de las hordas de traficantes de seres humanos.
A mí, como tenía la dentadura perfectamente, me asignaron a un programa que se llamaba de una forma muy sugerente. Se llamaba Renacimiento del Tercer Mundo, y al principio nos daban muchas horas de clases sobre las materias más inmediatas, inglés, derechos humanos y constitucionales, defensa personal, etc., pero nos alimentaban, a mí y a otros quinientos. La comida, aunque si tenías mucha hambre te la podías tragar, era pura manteca de cacahués y otras semillas afines, era casi todo grasa. La sopa rusa que hacía yo en el país de los caimanes era muchísimo mejor, pero es que los gringos no tienen ni idea de lo que es comer, se come infinitamente mejor en la selva. Luego, con los meses, a los que nos vieron cierta predisposición intentaron enseñarnos algo más, matemáticas elementales, física recreativa, el gran Shakespeare, y también los rudimentos de religiones antiguas, aunque esto último ya lo conocía del colegio de las monjas.
En aquel dormitorio comunitario, el que tuve como casa a los quince o dieciséis años, el desgobierno era constante. Algunas, las más revoltosas, se escapaban, desaparecían y no volvíamos a verlas, y su sitio era ocupado por las nuevas, pero la mayor parte nos comportábamos correctamente porque el lugar no era tan desagradable como podría parecer a primera vista. No había violaciones ni duchas frías ni nada de eso que aparece en las películas, aunque buena parte de las chicas, mis condiscípulas, eran un si es no es disolutas y lanzadas, eso sí. Aquello ya no era como lo de Maracaibo y mis amigas, era más en serio, se conoce que las incluseras tienen la sangre caliente, y como todo se pega y yo era de tendencias primitivas, me di a la voluptuosidad, por lo menos durante los primeros meses. Durante la etapa que cuento procuré recuperar el tiempo perdido, sobre todo en un campamento en las montañas al que nos llevaron el primer verano.
Era un lugar muy bonito, un acantonamiento de tiendas de campaña en las cumbres de unas montañas casi nevadas. Durante el día se hacía mucho deporte y se asistía a clases al aire libre, pero por las noches, tras las reuniones alrededor de las hogueras y pese a la vigilancia, nos escapábamos por los bajos de las tiendas y nos íbamos reptando al bosque, yo no sé si lo haría todo el mundo pero yo sí lo hice a veces, y en el bosque cualquiera se puede imaginar lo que sucedía ―aunque ustedes me excusarán si no hablo sobre los novios que tuve en aquellas edades juveniles, pues no tuvieron ningún interés y lo he olvidado por completo―, pero lo mejor sucedió un día en que un monitor que estudiaba botánica, para impresionarnos nos dijo que el gran remedio contra las agujetas…
―Mirad, chicos, esta es una fundamental regla de supervivencia, recordad esta planta. Un cocimiento de sus semillas es mucho mejor que una bebida reconstituyente. Veréis, nos vamos a llevar unas cuantas al campamento y lo hacemos allí…
Las plantas tenían unas flores de bonita forma, muy delicadas, y las fuimos chupando hasta el campamento, aunque algunos no llegaron. Yo notaba que todo se nublaba y así se lo hice saber a mis compañeras. Ellas me dijeron,
―Sí, nos parece que cae la tarde, pero a lo mejor es una ilusión.
Luego, unos quince pasos más adelante, la que llevaba al lado se derrumbó, iba andando y de repente se desplomó. Yo creí que se había muerto, pero resultó que no. Estaba en el suelo retorciéndose de risa y no se podía levantar.
―Seguid vosotros ―nos dijo―, yo ahora voy.
Entonces llegó el guardián de la botánica, que preguntó,
―¿Qué pasa aquí? ―y nosotras lo miramos como si fuera el demonio, porque los cuernos y el rabo ya le estaban saliendo, y como nos dio muchísimo miedo nos dispersamos a toda velocidad.