jueves, 5 de marzo de 2026

ENTREGA 92

 

Fuimos hasta los mostradores, y cuando estábamos allí estalló una bomba debajo del escenario que mató a muchos de los que estaban bailando en las primeras filas y tapó completamente el ruido de los altavoces, los acalló. Después de aquello las únicas músicas que se oyeron fueron los gritos de la multitud herida y las sirenas de las ambulancias, que también son músicas, y yo, que era diplomada en primeros auxilios, fui a ayudar, aunque hubo poco que hacer. Sólo había gran confusión de sangre y brazos y piernas, todo estaba revuelto y estuvimos hasta el amanecer intentando poner orden. Él que me había acompañado resultó que era médico, y él y otras personas echaron el resto, trabajaron hasta el agotamiento. A veces los hombres parecen tontos, pero sólo es en apariencia. A lo mejor es que intentan parecerlo para trabajar menos y que nadie les dé la murga, y si es así no es mala política.

Como aquello hizo mucho ruido, porque sucedió en un lugar pequeño, los responsables del condado tuvieron a bien conceder un montón de condecoraciones a todos los que allí trabajamos aquella noche. A mi me dieron una especie de medalla, y la noticia trascendió hasta el lugar en que habitaba. Entonces, el mayor, un día, se refirió a ello y me hizo contarles la historia a los demás.

―Pues te pones llena de sangre hasta arriba, en la vida he visto tanta sangre; si a alguno de vosotros le da miedo la sangre y está metido en uno de esos fregados, lo mejor que puede hacer es salir corriendo, porque los que se desmayan sólo servimos para estorbar. Yo creí que iba a aguantar, pero cuando me pusieron a recoger brazos y piernas sueltos, porque a algunos consiguieron reinjertárselos en los hospitales ―se reconocían por la ropa que aún llevaban colocada―, me caí al suelo redonda y me tuvieron que dar a oler sales. También está la cuestión de las lágrimas. No conviene llorar porque los ojos se irritan y no ves nada, pero a veces no lo puedes evitar, sobre todo cuando ves a un niño al que falta algo y te mira con esa mirada que… En fin, menos mal que allí niños casi no había, que si no me hubiera tenido que ir.

El mayor, al final, dijo,

―No es lo habitual, pero en esta vida a veces te encuentras en situaciones extraordinarias. Vosotros sois muy jóvenes y nunca habéis visto una guerra ni nada parecido, así que ya podéis ir poniendo los medios para no tener que verla.

A mí me dio una palmadita en la cabeza y nos echó a todos de clase.

―Buenos días a los pobres, que los ricos los tienen siempre. Hasta mañana.

Lo que yo me preguntaba era por qué me trataba como a una niña, porque ya era bastante mayor, y más alta que él. Quizá lo que sucedía es que le gustaban las negras, ya que hay muchos blancos a los que les gustan las negras, pero conmigo siempre se portó muy bien, nunca me dijo cosas raras ni me dio la lata, y eso que pudo hacerlo…, cuestión a la que ya me he referido más veces y a fuerza de insistir parece que me pesa. ¿Me pesa? Bueno, tengo que reconocer que un poco sí, pero el caso es que no sé por qué no lo hizo porque lo tuvo muy fácil…, y tampoco sé lo que le hubiera dicho yo de haber llegado el caso. A lo mejor le hubiera dicho que sí, porque la querencia de las mujeres con los mayores está muy extendida, debe de ser poco menos que universal, asunto que en mi opinión deriva directamente de instrucciones del código genético, aunque en mi particular caso también debía de influir el hecho de que yo no tuviera padre. A mí el mayor me parecía un tipo fuera de serie, completamente distinto de la gente de mi edad, todos aquellos pretendientes que me rondaron y luego despedí con cajas destempladas de manera tan poco edificante, pero ¡qué iba a hacer!, no me iba a casar con todos.

Cuando me dieron los papeles definitivos, o sea, cuando me admitieron en aquel país como persona, escribieron, nacionalidad, USA. Luego el tipo de la oficina me preguntó, ¿lugar de nacimiento?, y yo le dije, Borinquén, y como el otro no lo entendía, tuve que deletrearlo. A continuación me dijo, ¿estado?, porque pensaba que era algún pueblo de uno de sus estados, pero yo le dije, Antillas Meridionales, y el de enfrente me miró un poco raro, pero como debía de tener ganas de salir a tomarse la hamburguesa, lo escribió y hasta hoy. Esto de los registros es sagrado, así que en mis papeles, en el lugar de nacimiento, puede leerse, Borinquén, Antillas Meridionales, que no me digan que no es un título. Además, es casi verdad, pero intenten buscar a alguien que haya nacido allí y verán como no lo encuentran. En ningún pasaporte puede leerse eso, sino que contienen unos vocablos mucho más feos, muchísimo menos poéticos. La burocracia es un freno para algunas cosas, pero para otras viene bien, y todo ello sin decir que yo no soy taína, en principio los únicos autorizados para usar de semejante privilegio. Espero que ellos me perdonen el desliz, la comedia, la suplantación.

lunes, 2 de marzo de 2026

ENTREGA 91

  

El mayor, por aquel entonces, debía de tener cerca de cuarenta años y a mí me imponía. Desde luego era guapo, y contra lo que pudiera suponerse por su nombre, no iba de uniforme. De uniforme sólo iban tres o cuatro mandados de las escalas intermedias que debían de ser de fuera o se habían caído de un guindo. El mayor vestía de forma estrafalaria, con camisas de colorines, y llevaba el pelo, que le empezaba a escasear por delante, como una cascada de rizos; en su juventud, al parecer, había cogido olas, porque esas maneras no se pierden. A mí me miraba de un modo harto especial, sobre todo cuando estaba de espaldas, y no creo que fuera por mi expediente. A Patricia la gafas, que era otra lista y tampoco estaba mal, no le hacía el menor caso y la echaba de su despacho dando voces destempladas que se oían por los contornos; claro, porque Patricia era un poco pesada, siempre andaba con reivindicaciones, sobre todo de tipo científico, es que usted nos dijo, es que cuando sucedió aquello, etc. Debía de querer hacer méritos, pero no consiguió nada. Más bien se confundió, porque el mayor no era dado a paternalismos ni indulgencias.

―Señorita blanca, imagínese que está sola en el fondo del mar y se queda sin baterías. ¿Qué hace? ¿Profiere exigentes voces de protesta dirigidas a los peces o intenta recordar la página cuarta del manual, en donde se dice que si no sabe qué hacer, no haga nada…? ―y lo de blanca se lo decía porque era muy pálida; nunca tomaba el sol porque daba cáncer.

Entonces la pobre Patricia se quedaba aún más lívida, se quedaba despavorida y sin habla, abría la boca, tartamudeaba algo ininteligible, casi se echaba a llorar y se sentaba. De todas formas, a aquella niña, con todo lo cursi que era, tampoco le fue mal. Al final se ligó a un pelirrojo muy amigo de pamplinas, se casó con él y, con el tiempo, se dedicó a labores de tipo burocrático. Yo creo que estaba más predispuesta hacia aquella clase de tareas ―porque al cabo de cinco años tenía cuatro hijos― que a surcar las profundidades del océano, para lo que solía tener demasiado frío, ¡qué frío!

Bueno, todo esto no pasaban de ser aventuras juveniles de liceo. Lo que me interesaba a mí por aquellos tiempos era la composición geológica y la fauna y flora del fondo del mar. También el relieve submarino, del que tenía muchos mapas, y los hombres, en especial el mayor, aunque como él no me hacía caso ―quiero decir que no me hacía aquella clase de caso―, me dedicaba a los de mi edad, que son mucho más dóciles. Con ellos iba a conciertos, por ejemplo, dejaba que me llevaran, aunque no tenían mis gustos; lástima. Las primeras músicas que me gustaron de verdad las oí en el fondo del mar, pero de eso ya hablaremos cuando llegue la ocasión.

Los conciertos a que me llevaban mis novios eran conciertos en torno a veinticuatro hertzios, y lo sé porque me lo dijo el otorrino, el de las revisiones periódicas.

―Usted no oye nada por debajo de veintitrés hertzios. ¿Por qué? Sí, yo me pregunto por qué. Dígame, señorita, ¿oyó usted mucha música de joven con unos auriculares puestos? ―y yo respondí,

―Pues no recuerdo. Mucha no; supongo que algo. ¿No puede ser de nacimiento? Yo nací durante un terremoto… ―a lo que él contestó,

―Puede ser, sí, pero su tipo de lesión es más bien artificial. En fin, no ocurre nada; no haga locuras a partir de ahora ―aunque no sé qué quiso decir con aquello.

Bueno, pues yo iba a los conciertos a que me llevaban los novios de mi edad, unos conciertos en veinticuatro hertzios; esa era la frecuencia dominante y la que más me afectaba. O es que no se oía otra cosa o es que soy muy torpe, porque yo sólo oía los veinticuatro hertzios, y fortísimos… Luego me he enterado de que lo que sucede es que refuerzan los graves porque eso atonta a la gente y protestan menos. Nadie va a decir que le devuelvan el dinero y al final está todo el mundo patas arriba en el prado, aunque he oído contar que antiguamente los conciertos no eran así. No se dedicaban a romper los tímpanos al público, ni mucho menos; eran normales y sólo se hablaba de paz, amor y otros asuntos por el estilo. Ahora no sé qué sucede, pero, en cierto sentido, no me extraña que procedan de esta manera. Los conciertos de música popular son lugares peligrosísimos porque la muchitanga es muy dada a desmadrarse a la menor oportunidad. A veces hay tantos policías que la gente se comporta, pero otras no, y eso me ocurrió en una ocasión.

Era en una campa fantástica, una campa verde, y al fondo había un parque con un palacio de tipo inglés en medio; al palacio no dejaban ir, pero te podías perder en el bosque. También había una playa que daba a un gran lago y en cuyos bordes se asentaban muchas casitas blancas. Como cuando llegamos era por la tarde, me tiré al agua de inmediato y luego ya estuve todo el rato bastante fresca. Aquel con el que fui no me acompañó en el baño. Los tipos piensan que con cuidarte la ropa han cumplido, y no es así. A mí me gusta bañarme con los demás, que ellos sientan lo mismo que tú, mojar a la gente y dar gritos dentro del agua, pero ninguno quiere; debe de ser que los hombres también se destemplan, no sólo las mujeres, que somos las que llevamos la fama. Luego se hizo de noche y comenzó el concierto.

Primero tocaron los teloneros, unos muy malos que iban vestidos de negro, parecían ejecutivos antiguos y no hacían más que ruido, un ruido molestísimo. En los lados de la campa había unos tenderetes que simulaban ser los bares, y como en el centro el ruido era insoportable, fuimos a beber algunas cervezas, si podía ser, mientras empezaban a tocar los famosos. El caso fue que llegamos al mostrador, y un negro raro, un negro no hermano, nos dijo que fuéramos antes a buscar los tickets. Total, que fuimos hasta un kiosco con muchos guardias y nos los vendieron, y luego nos dieron la cerveza en vasos de plástico. La cerveza era carísima, malísima y estaba caliente, pero en estos sitios suceden cosas muy raras y en los bares no iba a ser menos. Al final, después de hacernos esperar muchísimo y cambiar todos los instrumentos que había en el escenario, salieron los famosos y todo el mundo se puso a dar gritos y saltos, parecía que iba a empezar la fiesta de verdad, aunque pronto me desilusioné. Los nuevos, los famosos, tras una entrada con mucho rayo láser y humaredas de colores, arrancaron como un dinosaurio en un jardín de la infancia. El de la mesa debió de pensar, de esta se van a acordar, y subió el volumen un poco más. Así estuvimos un rato, una o dos canciones, hasta que el que iba conmigo tuvo una idea genial, fue lo mejor que hizo durante aquella noche. Me dijo,

―¿No quieres más cerveza? ―y yo, que estaba atronada, contesté,

―Sí, vamos.

jueves, 26 de febrero de 2026

ENTREGA 90

 

 

- 4 -

RONDEAU

 

La negra a los veinte años

Un cachalote funda su manada

Muerte del tío Aldy

La oceanauta

Yo me llamo Sandi Estilográfica

Conexión

Los treinta años

Vacaciones


 

LA NEGRA A LOS VEINTE AÑOS

 

Yo aprendí a nadar en la Universidad, en aquel college al que me mandaron con una beca de una Fundación, aunque con esto no quiero decir que antes no supiera hacerlo, porque había pasado muchas horas en el mar ―sobre todo en mi islita, la recordarán, la del restaurante para turistas― y no me ahogué. Lo que sucedía era que no sabía hacerlo correctamente, no conocía ninguno de los estilos tradicionales, lo hacía como podía y no me salía mal, pero en cuanto me lo explicaron, y allí, en mi primer año, me lo explicaron de inmediato, lo entendí.

Como es fácil de suponer, aquello fue para mí un hallazgo muy importante. Descubrí lo conveniente que es aplicar la técnica adecuada en cada caso, y lo equivocados que solemos estar cuando, en la mayoría de las ocasiones, pensamos que ya lo sabemos todo. Al año siguiente, que fue el primer año en que me presenté, gané el campeonato del colegio, y eso que éramos muchos, y algunos ―y algunas― lo hacían muy bien, y luego me inscribieron en una carrera que se hacía entre todos los centros de las cercanías. Allí sólo nadaban los mejores de cada lugar, y la prueba consistía en atravesar una bahía, una bahía muy grande, de casi tres millas de ancha, con muchos barcos de apoyo, banderolas, cohetes y gente dando gritos y animándote. Pues bien, para que se vea mi estado por aquel entonces, en la prueba de la bahía gané también a todos, a las mujeres y a los hombres, llegué la primera. Los hombres, en particular, se quedaron boquiabiertos y más de uno se lo tomó a mal, asunto del que me enteré porque en la fiesta nocturna subsiguiente, aquella misma noche, dos pájaros decían que me metía no sé qué sustancias, que si no a ellos no les ganaba, pero no les hice ningún caso. A continuación, en el college, en donde vivía, me estuvieron dando la lata para que me apuntara a unos cursillos de perfeccionamiento, ya verás, tú puedes ser campeona de no sé cuántas cosas, ¡campeona olímpica!, y todo el mundo me decía que lo hiciera pero yo no quise, nunca me gustó lo de la competencia, y menos en plan profesional, y además había que hacer régimen.

El mayor, aquí, ya me conocía. Sabía de sobra quién era yo, la mejor alumna, no la mejor de la clase sino casi la mejor de todo el centro, una especie de eminencia, y no sólo nadando, lo que no me había sucedido ni por asomo en el colegio de las monjas. Además, hablaba español e inglés por igual, habilidad que allí casi nadie poseía porque los nativos del país son muy reacios a aprender lenguas extranjeras, y tampoco tenía ningún acento, lo que quizá signifique que tengo buen oído. A lo mejor lo mío hubiera sido la música, no sé, pero los que sólo hablaban inglés y no me conocían, los nuevos ―porque allí llegaba gente nueva todos los meses―, me tomaban por sureña.

―Tú eres de Alabama, ¿verdad?, o de Mississippi.

¡Sí, de Alabama…! Yo era de las Antillas, pero solía decir que había nacido en el África profunda, que había venido de Ouagadougu, o de Tombuctú, y como los gringos desconocen cualquier geografía que no sea la de su país, y de ella tampoco saben mucho, se quedaban embobados.

―¿Ah, sí…? ¿Y dónde está eso? ―y yo contestaba que al sur de Australia, aunque otras veces decía que no…

―No. Al norte de Noruega, en el mar de Barents. Yo soy una negra septentrional e hiperbórea, ¿no se me nota?

El mayor, cuando oía cosas como aquella, soltaba la carcajada. Él se reía de casi todo, incluida su sombra, siempre lo hizo. Teníamos en común eso y el gusto por estar metidos en el agua, pues no en vano era un pez gordo de alguna especie de institución dedicada a lo submarino, una organización que estaba construyendo granjas marinas en todo el planeta; así está el pescado hoy en día, y sabe a lo que sabe.

lunes, 23 de febrero de 2026

ENTREGA 89

  

YO ME LLAMO CACHO MADERA

 Desde el control me dijeron que me fuera despidiendo, entró la monja y me dijo que me fuera despidiendo, debió de escapársele. Esta monja es muy grande y desconsiderada, aunque yo lo prefiero. El otro día el médico le echó una bronca de padre y muy señor mío…

Yo no sé cómo es esto de la técnica. A veces creemos que puede hacerlo todo… Sin embargo, yo aquí y las estrellas, sí, yo aquí y las estrellas, y si me descuido, sólo un descuido, vendrán hasta los de Recursos Humanos, los Asistentes Sociales o comoquiera que se los conozca ahora. Esos también hacen pajas, pero unas pajas muy raras; yo prefiero las normales.

Ahora veo la superficie del mar, la veo en ocasiones y cuando menos lo espero. De repente allí aparece la azul superficie del mar plagada de bichos saltarines que croan como ranas y circulan ante mi punto de vista; deben de ser delfines. Una vez vi a un oso blanco paseando nerviosamente por la orilla de un mar glacial, un salmón se comía a un arenque, una foca se comía al salmón y luego el oso se comía a la foca… Después no sé qué sucedió porque entró la monja y me despertó: ¡su inyección! Entonces yo puse el culo, como de costumbre… Me parece que estas medicinas modernas, esos líquidos rojos y transparentes, no sirven para nada, o por lo menos a mí no me sirven para nada. Yo sigo aquí, en la cama, a veces en el sillón, pero las fuerzas no me vuelven. En ocasiones parece que sí, y entonces me torno optimista y le digo a Sandi,

―Cuando todo esto acabe tenemos que dar la vuelta al mundo; yo no la he dado nunca. No sé a qué estaba esperando, pero ahora que estás tú aquí lo podemos hacer. A lo mejor es que me daba pereza hacerlo solo, pero eso se acabó. ¿Quieres ir a Ceilán? Sí, primera parada en Ceilán, y luego, ya que estamos cerca, podemos intentar subir en el teleférico del Everest. Dicen que hay mucha cola, pero si se va con dinero por delante te la saltan y pasas el primero. También podemos ir a Pelotas. Está en el sur de Brasil y he oído decir que allí están las mejores playas del mundo. ¿Tú no sabes esa que dice, mi tío, que es brasileño, pasa en Pelotas el mes de abril…?

―No le digas eso a la niña.

―¿La niña…? ¡Pero si es muy mayor! Sandi, díselo a tu tía… Hermana mía, pareces una de los de Recursos Humanos.

Bueno, y otras veces, en vez de la azul y espejeante superficie del mar, lo que he visto ha sido la totalidad del Cosmos. Yo no sé si esto tiene que ver con lo que sucede cuando te ponen la inyección y ves las estrellas, porque con algunos de esos líquidos ves las estrellas. Como la monja debe de ser un poco sádica, tarda más de la cuenta en enchufármela y dice, aguante, aguante, sí, aguante, ¿eso no se puede hacer mejor?, y ella me dijo, no, es así como hay que hacerlo.

En cierta ocasión una voz me habló.

―Hace veinte millones de sus años que arribaron las primeras Oleadas, los primeros torbellinos de luces azules. ¿Azules…? Sí, ¿por qué no? Las primeras luces azules se produjeron hace cierto tiempo, algo después de nuestra toma de contacto con este lugar apartado.

Yo no sé si fue la abuela; la abuela hablaba con el pensamiento y la voz que oí me pareció la suya. Esto es difícil de determinar, más en mis circunstancias, pero aquella voz me pareció la suya, aunque la abuela nunca me habló de las estrellas ni de los misterios que encierra el universo; eso lo he aprendido yo solo hace poco.

―No, hija, a las estrellas no iremos, por lo menos tú y yo. Iremos mejor a alguna playa de una isla desierta. Las estrellas son lugares en exceso complicados para nosotros, los seres humanos del siglo veintiuno. Están muy lejos, y una vez allí, cuando llegas, no sabes qué hacer. ¿Cómo te vas a pelear con el principio de exclusión entre neutrones? Las fuerzas son demasiado poderosas y no hay nada de comer.

Claudia me mira alucinada: seguro que se está preguntando dónde he aprendido eso del principio de exclusión. Pues lo leí en un libro que me trajo el guarro. El libro estaba muy bien, muy claro. Era un poco antiguo, pero me dio igual porque tenía muchísimas fotos y dibujos; lo explicaba todo meridianamente. Ahora resulta que al guarro, que era tan tímido de pequeño, le ha dado por la física, y yo, desde que leí el libro, empecé a tener visiones cosmológicas.

Cuando me entró el bicho, el bisonte dentro del organismo, y lo digo ahora que sé que la luz se acaba, me dije, adiós mates, adiós pases y asistencias, ¡con lo bueno que era yo en esto de las asistencias…! Lo aprendí de pequeño, cuando jugaba de base, y engañas a todo el mundo. Miras hacia la derecha y lanzas el balón al que tienes a la izquierda. También lo puedes hacer poniéndote de espaldas y soltando el balón hacia atrás y por encima de tu cabeza, así sí que engañas a todo el mundo, nadie se espera semejante pase. Yo engañaba hasta a los de mi equipo, y el balón se iba fuera del campo y lo perdíamos. Cuando se juega hay que estar muy atento, menudas broncas tuvimos por ello… ¿Y qué me dicen del corte Ucla? Esto del corte Ucla es antiguo, muy antiguo, se descubrió el siglo pasado pero se sigue usando. Para hacerlo bien hay que tenerlo muy ensayado, pero para eso están los entrenamientos. Yo no sé cuando podré volver a entrenar. Entre unas cosas y otras lo tengo un poco abandonado, aunque en realidad es lo único que sé hacer, ¿o debería decir, que sabía hacer?

jueves, 19 de febrero de 2026

ENTREGA 88

 

Yo no soy una foca subida en una placa de hielo. Yo soy un cachalote con una mancha blanca en la frente que navega hacia la estrella polar, hacia donde están mis amigos, los solteros que aún no hemos conseguido imponernos. Allí nos esperan los cefalópodos de las profundidades, los ingentes bancos de peces prestos a ser devorados, albacoras, bacalaos, abadejos, merlanes, merluzas, anchoas, sardinas primigenias… Sé que es una puerta, pero ¿quién me lo dice? ¿Sois vosotros, los Reyes del Cielo, quienes me habláis así? No, no lo creo. Vuestros signos, por lo que he oído, son inconfundibles, y esto resulta sumamente confuso. Esa masa de piedra negra…, y tú, hongo blanco, ¿quién eres…? Esa puerta de tijera, esos bombones amargos, ese armario que no puedes volver a armar, lo desarmaste y ahora no puedes volver a armarlo… Allí están las paredes, los montantes, los tornillos, todo está allí, caído en el suelo marrón, y tú te desesperas, lloras como un niño porque no te queda más remedio, pero ya no importa. Ahora vendrá tu padre y te despertará, tu padre, que suele acudir en pijama…

Yo no soy una foca subida en una capa de hielo, pero la veo. Sus azules luces se transmiten instantáneamente a través del tejido universal y me lo cuentan. Aquí estoy, perezosamente tomando el sol y haciendo la digestión. A mi lado hay un agujero que he hecho en el hielo. Así, si viene el oso blanco, el emperador de estas latitudes, el más temido, yo me zambullo y el oso se queda con un palmo de narices, tiene que dar media vuelta y volver nadando a la orilla; otra vez será. Yo me subo a otro de esos objetos planos y fríos y hago un nuevo agujero. Con dificultad repto hasta el centro y allí hago un agujero que me permitirá zambullirme en el salvador líquido salado; mejor será que no llegue el caso, pero nunca se sabe. Luego me estiro y me duermo, me coloco panza arriba. Los rayos del sol de medianoche son muy buenos para la piel. Casi no los siento, porque mi capa de grasa me aísla del mundo exterior, pero mi piel… La placa de hielo se mece suavemente siguiendo el ritmo que le marcan las olas, arriba, abajo, arriba, abajo, y yo dormito con un ojo abierto. Estoy al lado del agujero, y si aconteciera algún peligro sólo tendría que zambullirme…

El oso nada y nada hacia la placa de hielo. Lo hace mansamente porque no tiene prisa y ya casi sabe cuál es su misión. Lo único que asoma sobre la superficie del agua es la punta de su hocico y de vez en cuando una oreja, porque el oso también piensa, no va a ser sólo la foca. El oso nada lentamente y piensa, ya la huelo, ya estoy cerca, la sangre de salmón huele a mucha distancia, ya estoy llegando. El oso blanco sigue nadando y se topa con la placa de hielo, le tropieza en la nariz, ya ha llegado. No la empuja para no darse a conocer, no hace ruido para no descubrirse. El sigilo es su arma, y el silencio. El oso mete la nariz en el agua y mira por debajo de la placa de hielo a la deriva. La placa es blanca, y un poco más allá, al lado del burbujeante agujero, hay una sombra negra, la sombra de una foca que duerme ajena al peligro. Entonces, al oso blanco le llega una idea…

El oso, el terror blanco, no se encarama al borde de la placa de hielo sino que emerge por el agujero rompiéndolo todo y gruñendo de satisfacción. El oso blanco surge del hielo como una montaña y la foca se queda aterrorizada. Instintivamente retrocede, pero ya es tarde: el oso surge como un alud rugiente. El oso blanco lo ha roto todo y ya está encima de ella, ya la ha alcanzado. El oso blanco ha sacado su cuerpo del agua y me ha alcanzado… No, yo no soy una foca del Ártico, yo soy un cachalote con una mancha en la frente y desde el fondo del mar observo las luces azules, permito que sus rayos me atraviesen. El oso blanco ya está a dos metros ya está a un metro sus ojos ya están a medio metro sus dientes ya están a menos de medio metro su mandíbula ya casi me toca su lengua husmea golosamente sus caninos me rozan me hieren se hincan se clavan me penetran perforan mi cuello la sangre roja el sentido se va todo se va…, los aullidos azules traspasan los tejidos universales y se expanden en todas direcciones cruzando las células de mi corteza cerebral…

¡Ayyy…!, sólo eso, ¡ayyy…! A lo mejor no es ¡ayyy!, a lo mejor es ¡urghhh!, es ¡aggghhh! Ello es como un fogonazo, como la luz de los meteoros, una estrella fugaz que cayera, una lágrima del cielo, allí, se acabó, allí, a la derecha, allí fue, un instante, no duró más, un relampagueo en medio de la ancha y estrellada noche, una traza, ¡ayyy…!, eso fue todo, un fogonazo azul y luego el silencio y la compasión. ¿Quién inventó la compasión? Esas son ideas modernas. ¿Tienen porvenir o todo es una momentánea ilusión de los sentidos? Compasión, piedad, misericordia…, palabras huecas que llenan las bocas, pues no hay más amor que el propio…

El oso, seguramente, nada de vuelta a la costa, y yo sigo en mi viaje hacia las latitudes septentrionales. El oso no me cuenta nada. El oso no emite emanaciones de luces azules. El oso no tiene tales habilidades porque la naturaleza no le dotó de esas artes. El oso es blanco y nada de vuelta a la costa, satisfecho, saciado, ahíto, colmado. El oso no sabe que existo, pero ha comido.

ENTREGA 92

  Fuimos hasta los mostradores, y cuando estábamos allí estalló una bomba debajo del escenario que mató a muchos de los que estaban bailan...