jueves, 12 de marzo de 2026

ENTREGA 94

  

MUERTE DEL TÍO ALDY

 ―¿Tú sabes lo que, según se dice, escribió en una ocasión Pérez Galdós?

Como yo sabía que el tío Aldy, a pesar de todo lo demás, era un estudioso, y aunque estuviera en las últimas no desvariaba, presté atención.

―Pues escribió: El español salió de su casa en 1808 y todavía no ha regresado a ella.

El tío Aldy, sentado en un sillón al lado de una ventana que daba a la dehesa, me miró medio de reojo, seguramente por comprobar el efecto que sus palabras me habían causado. Luego añadió,

―Así son las cosas. Yo ya no lo veré, pero la humanidad, y los españoles también, está a punto de salir de su casa para siempre ―y enarcó las cejas y señaló con el dedo encima de él, al techo de la habitación.

De por qué dijo aquello el tío Aldy no tengo la menor idea, pero de que por su cabeza circulaban ideas que ninguno de nosotros éramos capaces de poner por escrito, de eso sí que estoy seguro. Luego me preguntó,

―¿Te quedas a comer…? Sí, ¿no? He dicho que nos pongan cosas de esas que te gustan a ti.

Los últimos tiempos del tío Aldy, mi segundo padre, transcurrieron en una de sus fincas rodeado de servidumbre. No había tenido hijos, pero tenía criados muy fieles, y sobrinos. Yo fui a verle muchas veces, más en mi estado de idiotez supina, recién salido de la casi conyugal y africana aventura que narré, y alguna de aquellas veces me quedé varios días. En ocasiones todavía tuvo humor para coger la escopeta y llevarme a recorrer cerros y quebradas, pero ya no era lo mismo; cualquiera que tuviera ojos en la cara se habría dado cuenta.

Cuando se murió, al cabo de unos meses, estaba de guardia el tío Eduardo. Al final, cuando ya se veía lo que iba a suceder, se turnaban él y el tío Juan. La tía Beatriz, la cornúpeta, también iba, pero se asustaba y se quedaba en la habitación de al lado. El tío Aldy respiraba fatal y hacía unos ruidos como una locomotora. No se puede tener al mismo tiempo pancreatitis y pulmonía, no, eso es excesivo para el cuerpo, sobre todo si eres viejo, aunque los ruidos, ahora que lo pienso, a lo mejor eran unas señales ultraterrenas que ninguno reconocíamos. Es seguro que en los tránsitos tienen lugar toda clase de fenómenos inexplicables para los no iniciados, para los que nos quedamos aquí, pero el caso es que de esto no se sabe nada cierto porque nadie ha vuelto para contarlo.

Cuando se murió también sucedieron fenómenos paranormales como los que dije que tuvieron lugar cuando se murió la abuela, su madre; debía de ser cosa de familia. Yo no estaba presente, y bien que lo sentí, pero me enteré de que se produjeron fuegos fatuos de color azul eléctrico. Comenzaron a correr por el techo de su habitación y desde allí se extendieron a la alfombra. Aquellos fuegos no quemaron nada pero estaban vivos. Recorrieron el pasillo, salieron al jardín en ristras y se pasearon entre los rosales ―esto me lo contó Rosario―, y las rosas que quedaron tocadas por tan extraña energía estuvieron toda la noche brillando.

―¿Usted se imagina…? Las rosas relucían como si tuvieran luz propia, se volvieron de color azul. Cuando amaneció se apagaron, y después no han vuelto a brillar… Sin embargo, no les ha sucedido nada. ¿Usted cree que todo esto es normal? Yo nunca vi nada igual.

―Bueno, Rosario, pero al final no ha ocurrido nada. Sólo que casi se incendia la habitación.

―Sí, esto debió de suceder por la noche, a última hora, y su tío Juan tuvo que apagarlo. Pregúntele, pregúntele a él…

La señora Rosario me miró con cautela y, tras pensarlo, añadió,

―En la hora de la muerte, cuando nos hallamos en la mayor necesidad, los impulsos que durante toda nuestra vida hemos reprimido salen a la superficie. ¿No lo cree usted así?

―Sí, Rosario, es posible que sea así…, pero ¡qué cosas dice! ¿Está leyendo revistas de astrología?

―No, ¡por Dios!, pero yo a su tío le conocía muy bien. Fíjese, él ha sido quien nos ha cuidado a todos. Le conocía desde niña…

Yo nunca supe si creerme todas aquellas historias, pero a veces pienso que debería hacerlo. El tío Eduardo también me contó cosas por el estilo, aunque veladamente, y si él lo decía debía de ser verdad, porque la fantasía no era su fuerte. La tía Beatriz no contaba nada, pero no había más que verle la cara, y de ninguna manera quería hablar de ello.

―Eduardo, hijo, no me hagas decir lo que no quiero. Tú nunca viste una cortina arder espontáneamente… Yo no creo en el demonio, pero hay veces en que una no sabe qué pensar.

La tía Beatriz lo decía muy alto. Se aceleraba cuando hablaba de ello y acababa desencajada, lo que no era propio de su habitual forma de ser. La tía Beatriz siempre utilizaba aquel tonillo propio de la gente bien criada, pero las pocas veces que le oí referirse a los últimos días del tío Aldy, perdió toda la compostura y acabó dando gritos, y el tío Juan, que siempre fue un viva la virgen ―uno de los mejores oficios que se pueden desempeñar en esta vida― y nació con el santo de cara, cruzaba los dedos y me daba palmaditas, aunque no abría la boca. Toda aquella familia, la de mi padre, siempre estuvo muy templada. Al jefe se le notó menos porque murió joven, pero me pregunto qué se le hubiera ocurrido de haber asistido a los últimos momentos del patriarca de su familia.

Cada vez quedamos menos, y dentro de poco no quedaremos ninguno; sólo quedará Pedrito, nuestro único descendiente, y Sandi, aunque ella no tenga nada que ver con nosotros. No sé si lo he dicho, pero al Cacho no le veo muy bien; mejor dicho, le veo fatal. Estaba cantado que iba a acabar así. De joven hacía unas cosas tan raras, tan elaboradas, que me tenía alarmado. No me refiero a lo del baloncesto, aquello estaba bien, pero durante la misma época ya se le adivinaban las tendencias taumatúrgicas. Tuvo una novia un par de años ―de esto hace muchísimo― antes de lo de Alison. La novia se llamaba Teresa, y en casa la llamaban Teresa la marquesa. El Cacho estaba más puesto con ella que un perro de caza, cosas de la primera juventud, sí, de la tonta juventud, y le ponía velas. Esto es difícil de explicar, pero era así. Colocaba de pie una foto de Teresa en la mesilla, y ante ella, día y noche, ardía una de aquellas velas. Además, no eran unas velas cualesquiera. Tenían que ser velas de cera de santa Teresa, porque si no el conjuro no surtía efecto. Se iba a buscarlas a un pueblo de Ávila, a un convento, y de paso traía yemas de las que yo me ponía morado, y todo esto lo sé porque durante una temporada estuve durmiendo en el mismo cuarto que él, y teníamos una mesita de noche, en medio, entre las dos camas, en donde sucedía lo de las velas.

Todos hemos visto desaparecer las cosas. Cada día desaparece algo que hemos conocido; el pescado, por ejemplo. Cuando era pequeño comí muchísima merluza, pero si hoy quisiera hacer lo mismo ya podría ir comprándome una caña. En la plaza venden algo a lo que llaman merluza, pero debe de ser fletán del Mar del Norte pasado por la trituradora. ¿Y los bocartes…? El paisaje también ha cambiado. Los árboles están en extinción, y a este paso sólo va a quedar la verde hierba de los campos de golf. Todo se esfuma. Las estrellas están siendo engullidas por la contaminación y para verlas hay que irse a África. Como están lejos no les va a suceder nada, pero nosotros dejaremos de verlas del todo y muchos se olvidarán de su existencia; hoy en día casi nadie las conoce, aunque dentro de poco serán olvidadas por completo. La humanidad será capaz de vivir sin saber que existen luces en el cielo, como los peces del mar o los animales terrestres que son miopes, los perros, por ejemplo, y hasta el tío Aldy, si mal no recuerdo, me habló de ello. Lo que el tío Aldy vio desaparecer fue a las costureras, alguna vez se lo oí decir.

―Ya nadie cose. ¿Es posible que nadie pueda coserme este botón…? Sobrino, ¡cómo han cambiado las cosas!

lunes, 9 de marzo de 2026

ENTREGA 93

 

UN CACHALOTE FUNDA SU MANADA

En la vida de los cetáceos, y más concretamente en la de los cachalotes, hay un momento crucial, un momento clave, en el que todos nos hacemos mayores, machos y hembras… Esto lo puede decir cualquiera, y para eso no hace falta saber expresarse. Yo voy a decir, y digo, lo siguiente:

Yo soy un cachalote emigrado. Yo llamo así a mi situación porque me han echado del grupo, debe de ser que soy muy malo. En los últimos tiempos ya había rumores de separación, porque la manada, debido a recientes incorporaciones, estaba haciéndose demasiado grande. Sin embargo, lo que no imaginé fue que me fuera a tocar a mí, y debiera haberlo supuesto, sí, porque yo soy muy grande, uno de los mayores individuos del grupo, y eso, el tamaño, es uno de los factores que más altera a los que mandan, sienten peligrar sus privilegios; que se vaya, por si acaso. Las hembras, dicho sea de paso, no han estado muy de acuerdo ya que las posibilidades reproductoras de nuestro maestro, nuestro gran jefe, disminuyen día a día. A veces está cansado y de poco humor, y más de una vez ha hecho dejación de sus funciones para traspasárselas a alguien cercano, incluso a alguien de otra manada, como sucedió la pasada primavera en uno de tantos encuentros con grupos diferentes. Las hembras, de todas formas, no han tenido arte ni parte en esta decisión, que peor hubiera sido lo contrario, pues sepan ustedes que yo he visto arrojar del grupo a dentelladas y coletazos a uno de mis congéneres. Ello sucedió de improviso e ignoro las razones, pero un día hubo un enorme tumulto, y un tumulto entre cachalotes no es algo que se vea todos los días: el oleaje puede alcanzar cotas propias de tempestad. Media docena de hembras maduras atacaron al individuo señalado, al que no quedó más remedio que salir huyendo como alma que lleva el diablo, dejando tras de sí un rastro de sangre y aullando de rabia y dolor. Los mugidos estuvieron oyéndose durante todo el día, pero al fin se perdieron en lontananza y no lo volvimos a ver. Esto sucedió hace un par de años y no se me ha olvidado, es difícil que un espectáculo tan aparatoso se te llegue a olvidar, pero ahora, seguramente, él tendrá su propia manada y todo aquello habrá pasado a la historia.

En mi caso el tránsito ha sido más pacífico porque yo no me dedico a incomodar a los demás. Las hembras, sobre todo las jóvenes, me tenían aprecio, y el maestro ya no está para muchas peleas, pero así y todo hubo sus más y sus menos porque es difícil tomar una de estas decisiones por ti solo; si no te empujan un poco, no acabas de decidirte. Mientras eres pequeño, o sea, mientras no tienes uso de razón, nadie te pide nada ni espera nada de ti; todo es gratis, o poco menos. Durante mucho tiempo te enseñan lo que deberás saber para desenvolverte con bien en los infinitos caminos de la mar, pero una vez que la orden es dada resulta inútil resistirse. A lo mejor tu compañía es soportada unos cuantos días más, pero al final tendrás que irte, y si te haces mucho de rogar es posible que lo hagas malherido, y como yo no quería que tal suceso aconteciera, no lo pensé demasiado. Un atardecer ejecuté la danza de la despedida, una de nuestras más célebres ceremonias, y luego aproveché para dormir por última vez en el seno del grupo, arrullado por las presencias cercanas. Al fin, cuando comenzó a amanecer, me despedí de unos cuantos, emití los mugidos de rigor ―lamentos de alguien sin patria ni familia― y despacio y sumergido comencé a alejarme ante la casi general indiferencia.

Cuando me fui, solo y muy triste y apesadumbrado por el correr de los tiempos difíciles, emití un quejido de…, ¿cómo lo diría?, ¿de alarma…?; no, mejor de angustia, que es lo que siempre vi hacer. Aquella fue una quejumbrosa llamada que transmitió el agua, y a los pocos minutos, tal y como esperaba, varios individuos nadaban a mi lado. Eran tres hembras en edad de merecer y un macho jovencito y huérfano al que nadie quería. El macho era aquel a quien llamaban Crispincín, y las hembras, tres mozas garridas con maneras y perspectiva de futuras madres, los personajes que forman el embrión de una manada, pues nosotros sólo somos la semilla…

―Crispincín…, ¿o prefieres que te llame Crispín? Ya te has hecho mayor y a lo mejor deberíamos dejarnos de diminutivos. ¿De dónde viniste? Tú fuiste un rezagado. Cuando tu manada se fue tú te quedaste. ¿Para qué…? Hay hembras que nunca te harán caso; tú eso aún no lo sabes, pero ya lo aprenderás. Los de tu grupo te dejaron abandonado y ahora tampoco te quieren aquí, pero no has hecho mal negocio porque entre nosotros podrás aprender lo de las luces azules.

―¿Las luces azules?

―Sí, las luces azules de la mente. Ahora no sabes lo que son pero en seguida lo aprenderás…, escúchame bien, sólo si la Naturaleza te ha dotado de tal facultad, y eso ya lo descubrirás con el tiempo, que la vida para ti no ha hecho más que empezar. Nunca viajaste a los fríos mares del Norte con la pandilla de los tiempos jóvenes pero también lo harás, y te sumergirás hasta el fondo para pelearte con los monstruos fosforescentes, como hemos hecho todos, y llegarán los tiempos de las cópulas, aunque eso no sea todo ni lo mejor que a uno le puede suceder. Copular, lo que se dice copular, no está mal, pero entre los cachalotes sólo se practica en circunstancias especiales, en ocasiones selectas, y eso si te dejan, o te toca, apréndetelo bien. Se hace, claro, para reproducirse, pero si de lo que se trata es de dormir con una cachalota, de pasar la noche con ella dejándote mecer por las corrientes submarinas, lo que suele suceder con bastante frecuencia, lo mejor es aprovechar el tiempo dándole besos; dónde, no te lo voy a decir, es algo que descubre cada uno. Lo que te diré es que la mayoría de los cachalotes opina lo siguiente: la telepatía es algo hermoso, sí, hermoso y enigmático, pero es mucho mejor meterle la lengua por determinados sitios a una cachalota de tu edad, eso sí que no tiene parangón posible…, y es que la actividad encaminada a satisfacer el deseo sexual y sus inmediatas consecuencias, la secreción de endorfinas y el volcado de estas sustancias en el torrente sanguíneo, produce tales efectos sobre la corteza cerebral que nos ciega, nos atenaza, nos nubla el entendimiento y perturba la voluntad. ¿Alguna vez seremos capaces de dominarlo? Lo dudo. Las mutaciones sólo se dan en lapsos de millones de años…, ¡y qué digo…!, de cientos de millones sería más apropiado… Sí, Crispincín, Crispín, todo tendrás que aprenderlo, pero a nuestro lado navegan las que te lo enseñarán…

Ante mí, ante nosotros, ahora, después de todo aquello que ha sucedido, lo que tenemos es el océano completo. A quienes han venido conmigo les digo, ¡adelante!


jueves, 5 de marzo de 2026

ENTREGA 92

 

Fuimos hasta los mostradores, y cuando estábamos allí estalló una bomba debajo del escenario que mató a muchos de los que estaban bailando en las primeras filas y tapó completamente el ruido de los altavoces, los acalló. Después de aquello las únicas músicas que se oyeron fueron los gritos de la multitud herida y las sirenas de las ambulancias, que también son músicas, y yo, que era diplomada en primeros auxilios, fui a ayudar, aunque hubo poco que hacer. Sólo había gran confusión de sangre y brazos y piernas, todo estaba revuelto y estuvimos hasta el amanecer intentando poner orden. Él que me había acompañado resultó que era médico, y él y otras personas echaron el resto, trabajaron hasta el agotamiento. A veces los hombres parecen tontos, pero sólo es en apariencia. A lo mejor es que intentan parecerlo para trabajar menos y que nadie les dé la murga, y si es así no es mala política.

Como aquello hizo mucho ruido, porque sucedió en un lugar pequeño, los responsables del condado tuvieron a bien conceder un montón de condecoraciones a todos los que allí trabajamos aquella noche. A mi me dieron una especie de medalla, y la noticia trascendió hasta el lugar en que habitaba. Entonces, el mayor, un día, se refirió a ello y me hizo contarles la historia a los demás.

―Pues te pones llena de sangre hasta arriba, en la vida he visto tanta sangre; si a alguno de vosotros le da miedo la sangre y está metido en uno de esos fregados, lo mejor que puede hacer es salir corriendo, porque los que se desmayan sólo servimos para estorbar. Yo creí que iba a aguantar, pero cuando me pusieron a recoger brazos y piernas sueltos, porque a algunos consiguieron reinjertárselos en los hospitales ―se reconocían por la ropa que aún llevaban colocada―, me caí al suelo redonda y me tuvieron que dar a oler sales. También está la cuestión de las lágrimas. No conviene llorar porque los ojos se irritan y no ves nada, pero a veces no lo puedes evitar, sobre todo cuando ves a un niño al que falta algo y te mira con esa mirada que… En fin, menos mal que allí niños casi no había, que si no me hubiera tenido que ir.

El mayor, al final, dijo,

―No es lo habitual, pero en esta vida a veces te encuentras en situaciones extraordinarias. Vosotros sois muy jóvenes y nunca habéis visto una guerra ni nada parecido, así que ya podéis ir poniendo los medios para no tener que verla.

A mí me dio una palmadita en la cabeza y nos echó a todos de clase.

―Buenos días a los pobres, que los ricos los tienen siempre. Hasta mañana.

Lo que yo me preguntaba era por qué me trataba como a una niña, porque ya era bastante mayor, y más alta que él. Quizá lo que sucedía es que le gustaban las negras, ya que hay muchos blancos a los que les gustan las negras, pero conmigo siempre se portó muy bien, nunca me dijo cosas raras ni me dio la lata, y eso que pudo hacerlo…, cuestión a la que ya me he referido más veces y a fuerza de insistir parece que me pesa. ¿Me pesa? Bueno, tengo que reconocer que un poco sí, pero el caso es que no sé por qué no lo hizo porque lo tuvo muy fácil…, y tampoco sé lo que le hubiera dicho yo de haber llegado el caso. A lo mejor le hubiera dicho que sí, porque la querencia de las mujeres con los mayores está muy extendida, debe de ser poco menos que universal, asunto que en mi opinión deriva directamente de instrucciones del código genético, aunque en mi particular caso también debía de influir el hecho de que yo no tuviera padre. A mí el mayor me parecía un tipo fuera de serie, completamente distinto de la gente de mi edad, todos aquellos pretendientes que me rondaron y luego despedí con cajas destempladas de manera tan poco edificante, pero ¡qué iba a hacer!, no me iba a casar con todos.

Cuando me dieron los papeles definitivos, o sea, cuando me admitieron en aquel país como persona, escribieron, nacionalidad, USA. Luego el tipo de la oficina me preguntó, ¿lugar de nacimiento?, y yo le dije, Borinquén, y como el otro no lo entendía, tuve que deletrearlo. A continuación me dijo, ¿estado?, porque pensaba que era algún pueblo de uno de sus estados, pero yo le dije, Antillas Meridionales, y el de enfrente me miró un poco raro, pero como debía de tener ganas de salir a tomarse la hamburguesa, lo escribió y hasta hoy. Esto de los registros es sagrado, así que en mis papeles, en el lugar de nacimiento, puede leerse, Borinquén, Antillas Meridionales, que no me digan que no es un título. Además, es casi verdad, pero intenten buscar a alguien que haya nacido allí y verán como no lo encuentran. En ningún pasaporte puede leerse eso, sino que contienen unos vocablos mucho más feos, muchísimo menos poéticos. La burocracia es un freno para algunas cosas, pero para otras viene bien, y todo ello sin decir que yo no soy taína, en principio los únicos autorizados para usar de semejante privilegio. Espero que ellos me perdonen el desliz, la comedia, la suplantación.

lunes, 2 de marzo de 2026

ENTREGA 91

  

El mayor, por aquel entonces, debía de tener cerca de cuarenta años y a mí me imponía. Desde luego era guapo, y contra lo que pudiera suponerse por su nombre, no iba de uniforme. De uniforme sólo iban tres o cuatro mandados de las escalas intermedias que debían de ser de fuera o se habían caído de un guindo. El mayor vestía de forma estrafalaria, con camisas de colorines, y llevaba el pelo, que le empezaba a escasear por delante, como una cascada de rizos; en su juventud, al parecer, había cogido olas, porque esas maneras no se pierden. A mí me miraba de un modo harto especial, sobre todo cuando estaba de espaldas, y no creo que fuera por mi expediente. A Patricia la gafas, que era otra lista y tampoco estaba mal, no le hacía el menor caso y la echaba de su despacho dando voces destempladas que se oían por los contornos; claro, porque Patricia era un poco pesada, siempre andaba con reivindicaciones, sobre todo de tipo científico, es que usted nos dijo, es que cuando sucedió aquello, etc. Debía de querer hacer méritos, pero no consiguió nada. Más bien se confundió, porque el mayor no era dado a paternalismos ni indulgencias.

―Señorita blanca, imagínese que está sola en el fondo del mar y se queda sin baterías. ¿Qué hace? ¿Profiere exigentes voces de protesta dirigidas a los peces o intenta recordar la página cuarta del manual, en donde se dice que si no sabe qué hacer, no haga nada…? ―y lo de blanca se lo decía porque era muy pálida; nunca tomaba el sol porque daba cáncer.

Entonces la pobre Patricia se quedaba aún más lívida, se quedaba despavorida y sin habla, abría la boca, tartamudeaba algo ininteligible, casi se echaba a llorar y se sentaba. De todas formas, a aquella niña, con todo lo cursi que era, tampoco le fue mal. Al final se ligó a un pelirrojo muy amigo de pamplinas, se casó con él y, con el tiempo, se dedicó a labores de tipo burocrático. Yo creo que estaba más predispuesta hacia aquella clase de tareas ―porque al cabo de cinco años tenía cuatro hijos― que a surcar las profundidades del océano, para lo que solía tener demasiado frío, ¡qué frío!

Bueno, todo esto no pasaban de ser aventuras juveniles de liceo. Lo que me interesaba a mí por aquellos tiempos era la composición geológica y la fauna y flora del fondo del mar. También el relieve submarino, del que tenía muchos mapas, y los hombres, en especial el mayor, aunque como él no me hacía caso ―quiero decir que no me hacía aquella clase de caso―, me dedicaba a los de mi edad, que son mucho más dóciles. Con ellos iba a conciertos, por ejemplo, dejaba que me llevaran, aunque no tenían mis gustos; lástima. Las primeras músicas que me gustaron de verdad las oí en el fondo del mar, pero de eso ya hablaremos cuando llegue la ocasión.

Los conciertos a que me llevaban mis novios eran conciertos en torno a veinticuatro hertzios, y lo sé porque me lo dijo el otorrino, el de las revisiones periódicas.

―Usted no oye nada por debajo de veintitrés hertzios. ¿Por qué? Sí, yo me pregunto por qué. Dígame, señorita, ¿oyó usted mucha música de joven con unos auriculares puestos? ―y yo respondí,

―Pues no recuerdo. Mucha no; supongo que algo. ¿No puede ser de nacimiento? Yo nací durante un terremoto… ―a lo que él contestó,

―Puede ser, sí, pero su tipo de lesión es más bien artificial. En fin, no ocurre nada; no haga locuras a partir de ahora ―aunque no sé qué quiso decir con aquello.

Bueno, pues yo iba a los conciertos a que me llevaban los novios de mi edad, unos conciertos en veinticuatro hertzios; esa era la frecuencia dominante y la que más me afectaba. O es que no se oía otra cosa o es que soy muy torpe, porque yo sólo oía los veinticuatro hertzios, y fortísimos… Luego me he enterado de que lo que sucede es que refuerzan los graves porque eso atonta a la gente y protestan menos. Nadie va a decir que le devuelvan el dinero y al final está todo el mundo patas arriba en el prado, aunque he oído contar que antiguamente los conciertos no eran así. No se dedicaban a romper los tímpanos al público, ni mucho menos; eran normales y sólo se hablaba de paz, amor y otros asuntos por el estilo. Ahora no sé qué sucede, pero, en cierto sentido, no me extraña que procedan de esta manera. Los conciertos de música popular son lugares peligrosísimos porque la muchitanga es muy dada a desmadrarse a la menor oportunidad. A veces hay tantos policías que la gente se comporta, pero otras no, y eso me ocurrió en una ocasión.

Era en una campa fantástica, una campa verde, y al fondo había un parque con un palacio de tipo inglés en medio; al palacio no dejaban ir, pero te podías perder en el bosque. También había una playa que daba a un gran lago y en cuyos bordes se asentaban muchas casitas blancas. Como cuando llegamos era por la tarde, me tiré al agua de inmediato y luego ya estuve todo el rato bastante fresca. Aquel con el que fui no me acompañó en el baño. Los tipos piensan que con cuidarte la ropa han cumplido, y no es así. A mí me gusta bañarme con los demás, que ellos sientan lo mismo que tú, mojar a la gente y dar gritos dentro del agua, pero ninguno quiere; debe de ser que los hombres también se destemplan, no sólo las mujeres, que somos las que llevamos la fama. Luego se hizo de noche y comenzó el concierto.

Primero tocaron los teloneros, unos muy malos que iban vestidos de negro, parecían ejecutivos antiguos y no hacían más que ruido, un ruido molestísimo. En los lados de la campa había unos tenderetes que simulaban ser los bares, y como en el centro el ruido era insoportable, fuimos a beber algunas cervezas, si podía ser, mientras empezaban a tocar los famosos. El caso fue que llegamos al mostrador, y un negro raro, un negro no hermano, nos dijo que fuéramos antes a buscar los tickets. Total, que fuimos hasta un kiosco con muchos guardias y nos los vendieron, y luego nos dieron la cerveza en vasos de plástico. La cerveza era carísima, malísima y estaba caliente, pero en estos sitios suceden cosas muy raras y en los bares no iba a ser menos. Al final, después de hacernos esperar muchísimo y cambiar todos los instrumentos que había en el escenario, salieron los famosos y todo el mundo se puso a dar gritos y saltos, parecía que iba a empezar la fiesta de verdad, aunque pronto me desilusioné. Los nuevos, los famosos, tras una entrada con mucho rayo láser y humaredas de colores, arrancaron como un dinosaurio en un jardín de la infancia. El de la mesa debió de pensar, de esta se van a acordar, y subió el volumen un poco más. Así estuvimos un rato, una o dos canciones, hasta que el que iba conmigo tuvo una idea genial, fue lo mejor que hizo durante aquella noche. Me dijo,

―¿No quieres más cerveza? ―y yo, que estaba atronada, contesté,

―Sí, vamos.

jueves, 26 de febrero de 2026

ENTREGA 90

 

 

- 4 -

RONDEAU

 

La negra a los veinte años

Un cachalote funda su manada

Muerte del tío Aldy

La oceanauta

Yo me llamo Sandi Estilográfica

Conexión

Los treinta años

Vacaciones


 

LA NEGRA A LOS VEINTE AÑOS

 

Yo aprendí a nadar en la Universidad, en aquel college al que me mandaron con una beca de una Fundación, aunque con esto no quiero decir que antes no supiera hacerlo, porque había pasado muchas horas en el mar ―sobre todo en mi islita, la recordarán, la del restaurante para turistas― y no me ahogué. Lo que sucedía era que no sabía hacerlo correctamente, no conocía ninguno de los estilos tradicionales, lo hacía como podía y no me salía mal, pero en cuanto me lo explicaron, y allí, en mi primer año, me lo explicaron de inmediato, lo entendí.

Como es fácil de suponer, aquello fue para mí un hallazgo muy importante. Descubrí lo conveniente que es aplicar la técnica adecuada en cada caso, y lo equivocados que solemos estar cuando, en la mayoría de las ocasiones, pensamos que ya lo sabemos todo. Al año siguiente, que fue el primer año en que me presenté, gané el campeonato del colegio, y eso que éramos muchos, y algunos ―y algunas― lo hacían muy bien, y luego me inscribieron en una carrera que se hacía entre todos los centros de las cercanías. Allí sólo nadaban los mejores de cada lugar, y la prueba consistía en atravesar una bahía, una bahía muy grande, de casi tres millas de ancha, con muchos barcos de apoyo, banderolas, cohetes y gente dando gritos y animándote. Pues bien, para que se vea mi estado por aquel entonces, en la prueba de la bahía gané también a todos, a las mujeres y a los hombres, llegué la primera. Los hombres, en particular, se quedaron boquiabiertos y más de uno se lo tomó a mal, asunto del que me enteré porque en la fiesta nocturna subsiguiente, aquella misma noche, dos pájaros decían que me metía no sé qué sustancias, que si no a ellos no les ganaba, pero no les hice ningún caso. A continuación, en el college, en donde vivía, me estuvieron dando la lata para que me apuntara a unos cursillos de perfeccionamiento, ya verás, tú puedes ser campeona de no sé cuántas cosas, ¡campeona olímpica!, y todo el mundo me decía que lo hiciera pero yo no quise, nunca me gustó lo de la competencia, y menos en plan profesional, y además había que hacer régimen.

El mayor, aquí, ya me conocía. Sabía de sobra quién era yo, la mejor alumna, no la mejor de la clase sino casi la mejor de todo el centro, una especie de eminencia, y no sólo nadando, lo que no me había sucedido ni por asomo en el colegio de las monjas. Además, hablaba español e inglés por igual, habilidad que allí casi nadie poseía porque los nativos del país son muy reacios a aprender lenguas extranjeras, y tampoco tenía ningún acento, lo que quizá signifique que tengo buen oído. A lo mejor lo mío hubiera sido la música, no sé, pero los que sólo hablaban inglés y no me conocían, los nuevos ―porque allí llegaba gente nueva todos los meses―, me tomaban por sureña.

―Tú eres de Alabama, ¿verdad?, o de Mississippi.

¡Sí, de Alabama…! Yo era de las Antillas, pero solía decir que había nacido en el África profunda, que había venido de Ouagadougu, o de Tombuctú, y como los gringos desconocen cualquier geografía que no sea la de su país, y de ella tampoco saben mucho, se quedaban embobados.

―¿Ah, sí…? ¿Y dónde está eso? ―y yo contestaba que al sur de Australia, aunque otras veces decía que no…

―No. Al norte de Noruega, en el mar de Barents. Yo soy una negra septentrional e hiperbórea, ¿no se me nota?

El mayor, cuando oía cosas como aquella, soltaba la carcajada. Él se reía de casi todo, incluida su sombra, siempre lo hizo. Teníamos en común eso y el gusto por estar metidos en el agua, pues no en vano era un pez gordo de alguna especie de institución dedicada a lo submarino, una organización que estaba construyendo granjas marinas en todo el planeta; así está el pescado hoy en día, y sabe a lo que sabe.

ENTREGA 94

    MUERTE DEL TÍO ALDY  ―¿Tú sabes lo que, según se dice, escribió en una ocasión Pérez Galdós? Como yo sabía que el tío Aldy, a pesar ...