lunes, 23 de marzo de 2026

ENTREGA 97

YO ME LLAMO SANDI ESTILOGRÁFICA

Yo me llamo Sandi, Sandi Estilográfica; lo de estilográfica me lo puso mí tío el guarro y luego contaré por qué, tampoco hay que ir acelerando innecesariamente. A mí siempre me ha gustado mucho escribir. De pequeña aprendí a hacer una letra buenísima, y mi padre putativo, o sea, mi pseudopadre, el Cacho, el Cacho Madera le decían, aunque se llamaba Víctor ―pero esto no lo debe de saber mucha gente―, me llamaba pendolista; menudo lío me armó con ese término cuando era pequeña. Mi tío, mi único tío, el guarro, está más bueno que un queso, sobre todo cuando no se afeita, o eso me parece a mí. A lo mejor me equivoco o a lo mejor poca gente estaría de acuerdo conmigo, pero a mí siempre me pareció guapísimo. El Cacho, mi padre, era muy alto y rubio y también era guapo, pero a mí no me inspiraba nada. Estas cosas de que unos te digan y otros no son dignas de estudio, son un misterio, son como la mayor parte de los fenómenos que suceden dentro de la cabeza. Todo esto lo estoy escribiendo con la mejor letra de que soy capaz.

Cuando mamá se murió, mamá era Alison, lo pongo por si alguien no se acuerda, yo me quedé con Cacho, Cacho es Víctor, pero él estaba hecho de una pasta un poco rara, no tengo más remedio que reconocer que era débil, el pobre. Bueno, con nosotras siempre se portó bien, y aun mejor que bien; con nosotras formó una familia, su familia, pues parecía que llevaba toda la vida esperando a que apareciéramos. Yo nunca tuve familia. Cuando era pequeña no tuve padre, y si lo tuve, no me acuerdo. Los primeros años de mi vida se pierden en la noche de los tiempos. Mis primeros recuerdos se reducen al jardinero de mis tías, que llevaba un buzo azul y me miraba de soslayo ―y eso que yo sólo debía de tener cinco años―, y a mis tías, mi tía Ciruela y mi tía Mandarina, aunque mejor habría que decir mis tías uvas, porque estaban más secas que una pasa. ¿Dónde estaréis ahora, tías de mi madre…? En aquella finca estuvimos algún tiempo. Era en el Devonshire, pero a mí me gusta más Castilla y sus cielos transparentes. Yo, aunque nunca lo supe, nunca hubiera podido imaginarlo, lo que quería es haber sido castellana, y menos mal que al final lo conseguí.

Ahora resulta que se ha muerto, el Cacho, mi pseudopadre, Víctor, se ha muerto. Yo ya lo veía venir, esas cosas no hace falta que nadie te las explique. Se nota en el brillo de los ojos, en el aspecto de la piel cuando la ves a menos de medio metro, en la gradual ronquera que se va apoderando de la voz… Las últimas semanas han sido sobrecogedoras, propias de una película de terror. A mí no me gusta esa clase de películas pero allí aguanté todo, aguanté hasta el final, aguanté hasta la extenuación, ¿qué otra cosa hubiera podido hacer?, y sin dormir ni nada, casi sin comer, con Claudia al lado, Claudia y sus tíos, por lo menos algunos. El que no vino fue Eduardo, el guarro. A mí me hubiera gustado verte, me hubiera gustado tenerte al lado, no sé por qué, a lo mejor es que me dabas seguridad, pero casi no viniste. Yo a veces te eché en falta, pero ya se sabe que a las niñas de catorce años los demás no suelen hacerles demasiado caso, y menos mal que estaban Claudia y Pedro, y Pedrito.

El Cacho, papá, empeoró de pronto. Parecía que no le sucedía nada, hacía planes y me decía ―¡hay que ver cómo se notan estas cosas!―, pues me decía, bueno, hija, de esto se muere ya poca gente, en cuanto consiga encaminar esta historia nos vamos tú y yo de vacaciones, ¿vale?, ¿adónde quieres ir?, ¿a las Filipinas?, bueno, pues a las Filipinas nos vamos, o a Pernambuco, o a donde quieras, el mundo es muy grande y yo todavía he visto pocos sitios, todavía me quedan muchos por ver. Luego se dormía en el sillón, tenía un sillón atómico, y yo me bajaba a la cafetería y me tomaba una cocaloca con mucho miedo esperando a que viniera alguien, Claudia, Pedrito, tío Juan, yo que sé, aunque a ti me harté de esperarte. Bueno. Luego, de un día para otro, se puso fatal, de repente no podía comer y le operaron, le operaron de golpe de algo del estómago, se le puso una cara que prefiero no recordar. Cuando lo subieron y nos dejaron verlo, yo me salí. A mí me pareció que se iba a morir, más con todos aquellos tubos… Ya sé que los tubos no son nada malo, a mí me pusieron un montón cuando me dio la peritonitis, pero el pobre Cacho tenía otro aspecto, tenía un aspecto de los que te dan que pensar. Cómo no sería que Claudia, aquella noche, llamó a Eduardo a algún sitio en donde vivía por entonces, me parece que en África, y estuvieron media hora conferenciando. Luego, cuando acabaron, no dijo nada y se fue a la cama derecha. Yo lo sé porque estaba por allí medio escuchando.

Después de aquello sólo duró dos días y no volvió a despertarse, no volvió a decir nada. Respiraba como si no pudiera hacerlo, pero tenía un respirador que le obligaba. Era un aparato que hacía mucho ruido y tenía una pantalla al lado de la cama, detrás, de forma que él no pudiera verla ni aunque hubiera vuelto la cabeza, una pantalla en donde se pintaban las rayas de su salud, sus constantes, aunque yo más diría sus variables. Como aquella visión era muy agobiante, Claudia y yo nos fuimos al pasillo y dejamos transcurrir las últimas horas paseando entre sillas de ruedas, enfermeras apresuradas y caras desconocidas. Hubo mucho ajetreo, mucho ir y venir de personas. A unas las conocía y a otras no, pero todas me besaban una y otra vez, me daban palmadas en la cabeza y adoptaban una expresión indefinible, yo llegué a aprenderla de memoria. Algunos se ponían rígidos y hacían chocar los talones, como si saludaran militarmente, mientras que otros, aunque solían ser otras, me miraban con lástima y se iban cuchicheando, pobre niña, ¡qué pena!, así es la vida.

Yo estaba sentada en un sofá de aquel pasillo y era por la noche; no había nadie ni se oía ningún ruido. Estaba medio dormitando, enfundada en un jersey larguísimo porque tenía frío, cuando noté que alguien me cogía de la mano, sólo me la rozó, casi sólo me la rozó. Miré, y vi a Pedrito que se había sentado a mi lado y, efectivamente, me había cogido de la mano. No tuve más que verle la cara y cómo me miraba para saber lo que había sucedido. Yo intenté ponerme en pie, me desperté del todo y pegué un respingo, pero él no me dejó. Tiró de mí hacia abajo y me obligó a sentarme. Así estuvimos mucho rato, mirándonos y sin decir nada, cogidos de la mano, hasta que la puerta de la habitación de Cacho se abrió y salió una enfermera que se alejó corriendo por el pasillo. La puerta se quedó abierta y al cabo apareció Claudia andando lentamente. Vino hasta nosotros, se sentó a nuestro lado sin abrir la boca y sin mirarnos, abrió el bolso, sacó un cigarro ―porque Claudia, que no había fumado nunca, empezó a fumar allí―, lo prendió y se lo fumó entero, con los labios bien apretados. Así estuvimos como diez minutos. Nadie, ninguno de nosotros, dijo nada, pero la verdad es que Pedrito, y lo fue toda su vida, era un santo, era más bueno que un santo.

Yo al Cacho le quería mucho, claro, era mi padre, y con nosotras siempre se portó muy bien. Si mamá no se hubiera muerto no habría ocurrido nada de aquello, pero se murió y todas las cosas perdieron su razón de ser, aunque nunca entendí el motivo. Yo nunca sé nada, y me parece que esto mismo le sucede a la mayor parte de las personas… Luego, cuando transcurrió el tiempo, cuando llevaba una temporada viviendo en casa de Claudia ―porque Claudia y Pedro, y Pedrito, me prohijaron―, me olvidé de todo, y ahora al pobre Cacho casi ni le veo la cara. Yo no sé por qué, pero a mí, los hombres que más me gustaban eran los que tenían cabeza de león; esto lo vi una vez en un videojuego, y me impresionó tanto que no se me ha olvidado, no creo que se me olvide nunca, y lo que tampoco sé es por qué unas cosas se te olvidan en seguida y otras no se te olvidan nunca.

 

jueves, 19 de marzo de 2026

ENTREGA 96

  

Estudiar es fácil, mucho más fácil y agradecido que limpiar pescado. Hay quien dice que es difícil, es verdad, pero yo no lo creo así; basta con que te interese lo que estudias, y si te interesa muchísimo, como era mi caso, es aún más fácil. Yo no pensaba en ninguna otra cosa, e incluso en los ratos de asueto lo que hacía era zambullirme en el mar y emplear el tiempo explorando fondos marinos. Descendía hasta veinte o treinta metros al lado de una isla de roca que había en la salida de nuestra bahía, me tumbaba en el fondo arenoso y me pasaba las horas muertas mirando hacia arriba. Esto lo hacía con botellas, claro está, y si acertaba a deambular algo comestible por allí cerca, ni lo dudaba; estaba prohibido, pero semejantes ocasiones no se pueden dejar pasar, y no llevaba fusil, lo hacía a cuchillo. La mayoría de mis presas, como es lógico, se escapaban, porque los peces nadan muchísimo más deprisa que las personas, incluso aunque lleven aletas y sean campeonas de natación, pero alguna vez ensarté algo. Un día me peleé con un pulpo. Lo encontré dentro de una cueva y me dije, hoy ceno pulpo de verdad, nada de comida de colores, y luego me quedó cierto cargo de conciencia, porque, aunque el pulpo era grande e intentó defenderse, aquello fue un crimen. Me estuve llamando de todo durante el resto de la tarde, pero tras el acto de contrición me lo comí. Un pulpo siempre es un pulpo, y con patatas está buenísimo. Aquel quedó como si fuera langosta, blanco por dentro y rosa por fuera, y tenía una textura especial.

Las últimas prácticas, las definitivas, las hicimos al sur del mar de las Antillas, y para ello llevaron unos submarinos en miniatura ―a los que llamaban minisubs― que eran un primor. A mí nunca me gustaron las máquinas en sí, sólo como herramientas. Hay mucha gente aficionada a idealizar estos objetos ―los coches, por ejemplo―, pero a mí nunca me gustó hacerlo. Máquina por máquina prefería a los hombres, y si tenían los ojos verdes ―como el mayor―, el pelo revuelto y tirando a rubio ―no rubio entero―, mejor, pero tengo que reconocer que los minisubs eran algo más, sobre todo por lo que hacían, llevarte al reino del azul, ese lugar inaccesible para los torpes seres que, por motivos que tienen que ver con la evolución, no disponemos de branquias o agallas, órganos muy útiles cuando una está dentro del agua. Sirenas no vi nunca, por más que las busqué, sirenas rubias o pelirrojas con los ojos azules, sirenas como las que nos cuentan las historias del mar, pero sirénidos sí vi muchos, manatíes que vivían en fiordos y manglares. Salían a nuestro encuentro con total confianza y paseaban a nuestro lado como si fueran una escolta. Los minisubs, ahora que lo pienso, podían parecer un manatí gordo y a lo mejor nos confundían con ellos…, pero no lo creo, porque ni su fantasía ni su olfato les pueden engañar de tal manera.

Una de aquellas tardes de paseos submarinos, una tarde en que iba sola y no con alguno de los instructores, una tarde en que había hecho todo lo posible por perderme, y lo había conseguido, encontré un viejo pecio sumergido que no estaba registrado en las cartas. Debía de ser un galeón con más de quinientos años a cuestas y las tripas llenas de tesoros fabulosos, cofres llenos de monedas de oro y collares de perlas y diamantes, casi deshechos cuadernos de bitácora que narrarían la aventura de sus andanzas, y hasta el esqueleto del último gobernador portugués de las Molucas… En realidad no vi ningún esqueleto, aunque si lo hubiera visto hubiera sabido de sobra a quién correspondía, pero en cambio me di de manos a boca con un personaje singular.

En el castillo de popa de aquel barco hundido y olvidado que encontré en el fondo del mar estaba sentado Neptuno, aunque a lo mejor era Poseidón, el dios del océano. Era un viejo señor de largas y encharcadas y céreas barbas y cabellera, enorme cola de pez como la de las sirenas y gafas de buceador, que con su mano derecha sostenía un ya herrumbroso tridente de muchos metros de longitud. Cuando llegué estaba descansando, sentado en los restos de la barandilla, con la mandíbula apoyada en su puño izquierdo y rodeado por una corte de diminutos caballos de mar, y al oír el motor de mi nave giró la cabeza, me miró durante unos segundos y habló; de su boca salió el obligado burbujeo de aire y, dirigiéndose a mí con inconfundibles ademanes, dijo,

―¿Qué haces aquí, ser de otro universo, y por qué con tu máquina vienes a perturbar la vida de los seres marinos…? Vuelve al lugar de donde procedes y no cuentes a nadie lo que has visto; es mejor para todos ―y a continuación dio una voltereta en cámara lenta y hacia atrás, como uno de esos trapecistas de los circos mecánicos, y desapareció nadando tranquilamente en dirección al fondo más profundo.

Al cabo de un momento se perdió en la oscuridad seguido por los hipocampos, dejé de verlo y me quedé allí, sola y atónita, dentro de mi burbuja y pensando.

Yo no creía en Neptuno ni creía en Poseidón, esos son inventos propios de la civilización europea, y aunque no están mal, yo sólo creía en la diosa del océano, aquella ballena yubarta que varó en la playa de mi isla cuando era pequeña, ¡aquella sí que era una diosa…!, pero a la vista de lo que sucedió tuve que reconocer que las cosas no eran tan sencillas como había pensado, y, además, ¡fíjense en dónde iba a estar Neptuno…! ¡Si resulta que estaba cerca de Maracaibo…!

Sí, los dos estábamos muy cerca de Maracaibo, pero como no estaba el mayor, no pude pedir permiso y acercarme hasta allí. Me quedé con las ganas de ir a mi antigua ciudad e intentar buscar a mis hermanos, aunque, por enésima vez, me juré hacerlo en cuanto pudiera.

Cuando sucedió aquello ya estaba cerca de que me dieran el quinto diploma. Fue el final de una de las etapas de mi vida, y cuando acabé del todo, tras las fiestas y las celebraciones de los gorros y las túnicas y las fotos ―ahora mirando hacia este lado, señorita, ¿por qué no me hace caso?, deje de reírse con sus amigas…; así, muy bien, otra―, el mayor me dijo,

―Oye, boricua, ¿sabes que tú has sido una de las mejores alumnas que nunca tuve? ―y yo, que por aquellos tiempos estaba muy crecida ―en sueños me veía en el estrado con la túnica y el gorro de la graduación―, contesté,

―No lo sabía, pero me lo imaginaba.

Como el mayor y yo siempre nos habíamos llevado muy bien, y nos habíamos mirado harto y reído mucho juntos, no me importó decírselo de aquella manera, aunque visto desde aquí no dejó de ser un arranque de chulería, pero el se rió porque le debió de hacer gracia la respuesta y añadió,

―Bueno, pues si ahora quieres conseguir un trabajo de verdad, dímelo ―y a mí, claro, me faltó tiempo para decírselo.

―¿Usted cree que será un trabajo bueno?

El mayor me miró como solía mirarme y preguntó,

―¿Quieres bajar al fondo del mar? ―y casi grité.

―¡Sí, claro…! Si eso es lo que quiero hacer…

Él se rió.

―Yo también suponía algo así…, pero ahora te voy a decir algo muy importante y que no conviene que eches en saco roto. No olvides nunca que los que trabajamos, lo hacemos porque no servimos para otra cosa, ¿eh…? Luego, cuando lleguen los momentos difíciles, no me digas que…

Aquello me dejó un poco sobrecogida y al pronto me pareció alguna clase de maldición, pero luego, con el paso de los tiempos, he comprobado que es la pura verdad.

lunes, 16 de marzo de 2026

ENTREGA 95

 

LA OCEANAUTA

Los últimos años de mi formación académica fueron los más divertidos de mi etapa de huérfana adoptada por el Estado en país extranjero, y eso que antes tampoco lo había pasado mal. Me mandaron a la costa oeste, la de los desiertos rojos y las playas interminables. Fue el mayor el que intervino; quién iba a ser, si no… Un día me dijo,

―Tú aquí no haces nada. Tienes que ir a la Escuela de Oceanografía y ya puedes hacerlo. Yo he pedido el traslado a California y me puedo llevar a quien quiera, así que he hecho una lista de candidatos. ¿Te apuntas?

Luego estuve seis meses sin verlo ni tener noticias suyas, pero yo sabía que no se había olvidado de mí.

A los que nos fuimos aquel año del college nos hicieron una fiesta de despedida en la piscina, una fiesta en la que estuvimos todos metidos en el agua, y a una profesora que no quiso meterse porque no tenía traje de baño, la tiramos y después no quería salir. Comimos y bebimos en el agua, dimos saltos desde el trampolín, echamos carreras, y luego, al final, salimos del edificio, hicimos una pira con todo lo antiguo, la ropa vieja, los lápices gastados y rotos, los apuntes que nunca más íbamos a ver…

―¿Y los amores no correspondidos?

―Sí, por supuesto, también los amores no correspondidos. Y los malhumores e impaciencias y amarguras, las aflicciones y desengaños y todas esas cosas que no deben quedar en la memoria…

… y estuvimos bailando a su alrededor hasta que amaneció; también bebiendo bastante de un combinado temible que teníamos en un balde, e invitamos a todo el mundo, condiscípulos y profesores. Cuando una es joven puede bailar y beber hasta la amanezca, y cuando la fiesta termina, cuando comienzan a clarear los cielos de oriente, es el momento de hacerse un ovillo sobre la hierba, a ser posible debajo de un árbol, y dormir en grupo con los que te han acompañado. Algunos roncaban, pero eso sucede siempre y no era el momento de protestar.

La institución que desde aquel momento me acogió estaba situada a orillas del Pacífico, y el viaje lo hice yo sola. ¿Por qué a veces queremos estar solos? Misterios de la corteza cerebral. ¿Me había hecho mayor…? Sí, seguramente era eso, y cuando me dijeron que debía ir hasta allá, el corazón me dio un vuelco.

―¿Voy yo sola…?

―Sí, señorita. Aquí tiene usted todo, papeles, dinero, etc. Guarde todo bien ―y el corazón me dio un nuevo vuelco.

Tardé una semana entera en llegar, porque ya que estaba de camino, y no un camino cualquiera, sino el camino del Oeste, lo hice dando saltos; me subí en muchos trenes diferentes y fui durante todo el viaje mirando por la ventanilla. Me harté de observar las Grandes Praderas Americanas, y en una de las paradas entre tren y tren tuve ocasión de ver un espectáculo para turistas que representaban cow-boys e indios sioux. Había diligencias y caravanas y soldados, todo ambientado a la vieja usanza y estrictamente como sale en las películas, la escenificación estaba muy bien. Los caballos eran preciosos, sobre todo unos muy especiales a los que llamaban apaloosas, y hasta la troupe de putas teñidas de la compañía de Calamity Jane me sacaron a bailar al escenario en donde actuaban; yo no quería salir, pero no me quedó más remedio porque todo el mundo se puso a gritar. Las que hacían de putas debían de ser caribeñas, porque me dijeron,

―Mi niña, ¿cómo has caído tú por aquí? En las películas del oeste casi no había negros, y menos negras. Si no tienes trabajo te puedes venir con nosotras, siempre será un toque exótico; sólo hay que saber pegar muchos tiros de guáchara ―y yo les di las gracias, pero, la verdad, prefería lo del océano.

Luego atravesé las Montañas Rocosas por antiguas vías de comunicación que salvaban barrancos sin fin sobre puentes de caballetes, y llegué a mi destino en donde fui muy bien recibida, no lo podría expresar de otra manera. Allí estaba el mayor, para empezar, y además conocían mis hazañas natatorias y todo el mundo me miraba con aprobación, lo que a lo mejor se debía a que era anormalmente alta. Además, en la costa oeste no son racistas, son mucho peores los del este, los wasps, y no digamos ya los del sur. La costa oeste es uno de los pocos sitios de este país en donde se hacen cargo de que cada cual es cada cual, por lo menos de puertas adentro, y con eso yo tenía suficiente.

Durante aquellos años viví en un apartamento. Me dieron a elegir entre una residencia de estudiantes o el dinero, para que hiciera lo que quisiera, y opté por lo último, y todo esto sucedió en un lugar que estaba lleno de avenidas flanqueadas por naranjos. El dinero no era mucho, pero de vez en cuando trabajaba de camarera en el restaurante de un amigo y así me fui apañando. Comparado con la gente que conocía, vivía modestamente, porque en aquella parte del país en donde solía hacer tan buena temperatura todos eran muy ricos, todo el mundo tenía piscinas y descapotables en los que asistir a los cines al aire libre, pero si lo comparaba con mi vida anterior, cuando estaba en la mayor de las pránganas en el chambao de tablas de la isla de los turistas, en donde conviví con mi primer novio, el barquerito, o la casa de Maracaibo o la de la selva, aquello era un palacio. Sólo eran un par de habitaciones, en lo más alto de un edificio antiguo, que daban a una gran terraza ―lo mejor era la terraza―, y allí estuve varios años viviendo sola ―aunque, a veces, intermitentemente, acompañada―, y en ciertas ocasiones invité a cenar al mayor.

Las primeras veces me azoró un poco hacerlo, pero como él lo pasaba muy bien ―siempre me decía que sí a todo; se sentaba en la terraza, ponía las piernas en una silla y se dedicaba a mirarme mientras cocinaba en una parrillita que había en la pared; además, traía unas botellas de vino buenísimas y nos quedábamos hablando y bebiendo hasta las tantas―, dejé de apurarme. Yo me decía, a lo mejor algún día se decide, y si se decide, ¿se estropeará esta relación? Sí, seguramente, yo no voy a hacer nada, le prefiero así, y él nunca dijo una palabra y siempre se despidió muy cortésmente. Como de aquello seguramente pensaba lo mismo que yo, cuando se iba, algunas veces, pero pocas, me daba un beso, aunque otras, las más, lo que me daba era un golpe muy peculiar, una especie de golpecito en la parte de arriba del brazo, en donde duele. Lo hacía flojo, pero luego me salía un cardenal diminuto; era el cardenal del mayor, y me hacía mucha gracia verlo.

jueves, 12 de marzo de 2026

ENTREGA 94

  

MUERTE DEL TÍO ALDY

 ―¿Tú sabes lo que, según se dice, escribió en una ocasión Pérez Galdós?

Como yo sabía que el tío Aldy, a pesar de todo lo demás, era un estudioso, y aunque estuviera en las últimas no desvariaba, presté atención.

―Pues escribió: El español salió de su casa en 1808 y todavía no ha regresado a ella.

El tío Aldy, sentado en un sillón al lado de una ventana que daba a la dehesa, me miró medio de reojo, seguramente por comprobar el efecto que sus palabras me habían causado. Luego añadió,

―Así son las cosas. Yo ya no lo veré, pero la humanidad, y los españoles también, está a punto de salir de su casa para siempre ―y enarcó las cejas y señaló con el dedo encima de él, al techo de la habitación.

De por qué dijo aquello el tío Aldy no tengo la menor idea, pero de que por su cabeza circulaban ideas que ninguno de nosotros éramos capaces de poner por escrito, de eso sí que estoy seguro. Luego me preguntó,

―¿Te quedas a comer…? Sí, ¿no? He dicho que nos pongan cosas de esas que te gustan a ti.

Los últimos tiempos del tío Aldy, mi segundo padre, transcurrieron en una de sus fincas rodeado de servidumbre. No había tenido hijos, pero tenía criados muy fieles, y sobrinos. Yo fui a verle muchas veces, más en mi estado de idiotez supina, recién salido de la casi conyugal y africana aventura que narré, y alguna de aquellas veces me quedé varios días. En ocasiones todavía tuvo humor para coger la escopeta y llevarme a recorrer cerros y quebradas, pero ya no era lo mismo; cualquiera que tuviera ojos en la cara se habría dado cuenta.

Cuando se murió, al cabo de unos meses, estaba de guardia el tío Eduardo. Al final, cuando ya se veía lo que iba a suceder, se turnaban él y el tío Juan. La tía Beatriz, la cornúpeta, también iba, pero se asustaba y se quedaba en la habitación de al lado. El tío Aldy respiraba fatal y hacía unos ruidos como una locomotora. No se puede tener al mismo tiempo pancreatitis y pulmonía, no, eso es excesivo para el cuerpo, sobre todo si eres viejo, aunque los ruidos, ahora que lo pienso, a lo mejor eran unas señales ultraterrenas que ninguno reconocíamos. Es seguro que en los tránsitos tienen lugar toda clase de fenómenos inexplicables para los no iniciados, para los que nos quedamos aquí, pero el caso es que de esto no se sabe nada cierto porque nadie ha vuelto para contarlo.

Cuando se murió también sucedieron fenómenos paranormales como los que dije que tuvieron lugar cuando se murió la abuela, su madre; debía de ser cosa de familia. Yo no estaba presente, y bien que lo sentí, pero me enteré de que se produjeron fuegos fatuos de color azul eléctrico. Comenzaron a correr por el techo de su habitación y desde allí se extendieron a la alfombra. Aquellos fuegos no quemaron nada pero estaban vivos. Recorrieron el pasillo, salieron al jardín en ristras y se pasearon entre los rosales ―esto me lo contó Rosario―, y las rosas que quedaron tocadas por tan extraña energía estuvieron toda la noche brillando.

―¿Usted se imagina…? Las rosas relucían como si tuvieran luz propia, se volvieron de color azul. Cuando amaneció se apagaron, y después no han vuelto a brillar… Sin embargo, no les ha sucedido nada. ¿Usted cree que todo esto es normal? Yo nunca vi nada igual.

―Bueno, Rosario, pero al final no ha ocurrido nada. Sólo que casi se incendia la habitación.

―Sí, esto debió de suceder por la noche, a última hora, y su tío Juan tuvo que apagarlo. Pregúntele, pregúntele a él…

La señora Rosario me miró con cautela y, tras pensarlo, añadió,

―En la hora de la muerte, cuando nos hallamos en la mayor necesidad, los impulsos que durante toda nuestra vida hemos reprimido salen a la superficie. ¿No lo cree usted así?

―Sí, Rosario, es posible que sea así…, pero ¡qué cosas dice! ¿Está leyendo revistas de astrología?

―No, ¡por Dios!, pero yo a su tío le conocía muy bien. Fíjese, él ha sido quien nos ha cuidado a todos. Le conocía desde niña…

Yo nunca supe si creerme todas aquellas historias, pero a veces pienso que debería hacerlo. El tío Eduardo también me contó cosas por el estilo, aunque veladamente, y si él lo decía debía de ser verdad, porque la fantasía no era su fuerte. La tía Beatriz no contaba nada, pero no había más que verle la cara, y de ninguna manera quería hablar de ello.

―Eduardo, hijo, no me hagas decir lo que no quiero. Tú nunca viste una cortina arder espontáneamente… Yo no creo en el demonio, pero hay veces en que una no sabe qué pensar.

La tía Beatriz lo decía muy alto. Se aceleraba cuando hablaba de ello y acababa desencajada, lo que no era propio de su habitual forma de ser. La tía Beatriz siempre utilizaba aquel tonillo propio de la gente bien criada, pero las pocas veces que le oí referirse a los últimos días del tío Aldy, perdió toda la compostura y acabó dando gritos, y el tío Juan, que siempre fue un viva la virgen ―uno de los mejores oficios que se pueden desempeñar en esta vida― y nació con el santo de cara, cruzaba los dedos y me daba palmaditas, aunque no abría la boca. Toda aquella familia, la de mi padre, siempre estuvo muy templada. Al jefe se le notó menos porque murió joven, pero me pregunto qué se le hubiera ocurrido de haber asistido a los últimos momentos del patriarca de su familia.

Cada vez quedamos menos, y dentro de poco no quedaremos ninguno; sólo quedará Pedrito, nuestro único descendiente, y Sandi, aunque ella no tenga nada que ver con nosotros. No sé si lo he dicho, pero al Cacho no le veo muy bien; mejor dicho, le veo fatal. Estaba cantado que iba a acabar así. De joven hacía unas cosas tan raras, tan elaboradas, que me tenía alarmado. No me refiero a lo del baloncesto, aquello estaba bien, pero durante la misma época ya se le adivinaban las tendencias taumatúrgicas. Tuvo una novia un par de años ―de esto hace muchísimo― antes de lo de Alison. La novia se llamaba Teresa, y en casa la llamaban Teresa la marquesa. El Cacho estaba más puesto con ella que un perro de caza, cosas de la primera juventud, sí, de la tonta juventud, y le ponía velas. Esto es difícil de explicar, pero era así. Colocaba de pie una foto de Teresa en la mesilla, y ante ella, día y noche, ardía una de aquellas velas. Además, no eran unas velas cualesquiera. Tenían que ser velas de cera de santa Teresa, porque si no el conjuro no surtía efecto. Se iba a buscarlas a un pueblo de Ávila, a un convento, y de paso traía yemas de las que yo me ponía morado, y todo esto lo sé porque durante una temporada estuve durmiendo en el mismo cuarto que él, y teníamos una mesita de noche, en medio, entre las dos camas, en donde sucedía lo de las velas.

Todos hemos visto desaparecer las cosas. Cada día desaparece algo que hemos conocido; el pescado, por ejemplo. Cuando era pequeño comí muchísima merluza, pero si hoy quisiera hacer lo mismo ya podría ir comprándome una caña. En la plaza venden algo a lo que llaman merluza, pero debe de ser fletán del Mar del Norte pasado por la trituradora. ¿Y los bocartes…? El paisaje también ha cambiado. Los árboles están en extinción, y a este paso sólo va a quedar la verde hierba de los campos de golf. Todo se esfuma. Las estrellas están siendo engullidas por la contaminación y para verlas hay que irse a África. Como están lejos no les va a suceder nada, pero nosotros dejaremos de verlas del todo y muchos se olvidarán de su existencia; hoy en día casi nadie las conoce, aunque dentro de poco serán olvidadas por completo. La humanidad será capaz de vivir sin saber que existen luces en el cielo, como los peces del mar o los animales terrestres que son miopes, los perros, por ejemplo, y hasta el tío Aldy, si mal no recuerdo, me habló de ello. Lo que el tío Aldy vio desaparecer fue a las costureras, alguna vez se lo oí decir.

―Ya nadie cose. ¿Es posible que nadie pueda coserme este botón…? Sobrino, ¡cómo han cambiado las cosas!

lunes, 9 de marzo de 2026

ENTREGA 93

 

UN CACHALOTE FUNDA SU MANADA

En la vida de los cetáceos, y más concretamente en la de los cachalotes, hay un momento crucial, un momento clave, en el que todos nos hacemos mayores, machos y hembras… Esto lo puede decir cualquiera, y para eso no hace falta saber expresarse. Yo voy a decir, y digo, lo siguiente:

Yo soy un cachalote emigrado. Yo llamo así a mi situación porque me han echado del grupo, debe de ser que soy muy malo. En los últimos tiempos ya había rumores de separación, porque la manada, debido a recientes incorporaciones, estaba haciéndose demasiado grande. Sin embargo, lo que no imaginé fue que me fuera a tocar a mí, y debiera haberlo supuesto, sí, porque yo soy muy grande, uno de los mayores individuos del grupo, y eso, el tamaño, es uno de los factores que más altera a los que mandan, sienten peligrar sus privilegios; que se vaya, por si acaso. Las hembras, dicho sea de paso, no han estado muy de acuerdo ya que las posibilidades reproductoras de nuestro maestro, nuestro gran jefe, disminuyen día a día. A veces está cansado y de poco humor, y más de una vez ha hecho dejación de sus funciones para traspasárselas a alguien cercano, incluso a alguien de otra manada, como sucedió la pasada primavera en uno de tantos encuentros con grupos diferentes. Las hembras, de todas formas, no han tenido arte ni parte en esta decisión, que peor hubiera sido lo contrario, pues sepan ustedes que yo he visto arrojar del grupo a dentelladas y coletazos a uno de mis congéneres. Ello sucedió de improviso e ignoro las razones, pero un día hubo un enorme tumulto, y un tumulto entre cachalotes no es algo que se vea todos los días: el oleaje puede alcanzar cotas propias de tempestad. Media docena de hembras maduras atacaron al individuo señalado, al que no quedó más remedio que salir huyendo como alma que lleva el diablo, dejando tras de sí un rastro de sangre y aullando de rabia y dolor. Los mugidos estuvieron oyéndose durante todo el día, pero al fin se perdieron en lontananza y no lo volvimos a ver. Esto sucedió hace un par de años y no se me ha olvidado, es difícil que un espectáculo tan aparatoso se te llegue a olvidar, pero ahora, seguramente, él tendrá su propia manada y todo aquello habrá pasado a la historia.

En mi caso el tránsito ha sido más pacífico porque yo no me dedico a incomodar a los demás. Las hembras, sobre todo las jóvenes, me tenían aprecio, y el maestro ya no está para muchas peleas, pero así y todo hubo sus más y sus menos porque es difícil tomar una de estas decisiones por ti solo; si no te empujan un poco, no acabas de decidirte. Mientras eres pequeño, o sea, mientras no tienes uso de razón, nadie te pide nada ni espera nada de ti; todo es gratis, o poco menos. Durante mucho tiempo te enseñan lo que deberás saber para desenvolverte con bien en los infinitos caminos de la mar, pero una vez que la orden es dada resulta inútil resistirse. A lo mejor tu compañía es soportada unos cuantos días más, pero al final tendrás que irte, y si te haces mucho de rogar es posible que lo hagas malherido, y como yo no quería que tal suceso aconteciera, no lo pensé demasiado. Un atardecer ejecuté la danza de la despedida, una de nuestras más célebres ceremonias, y luego aproveché para dormir por última vez en el seno del grupo, arrullado por las presencias cercanas. Al fin, cuando comenzó a amanecer, me despedí de unos cuantos, emití los mugidos de rigor ―lamentos de alguien sin patria ni familia― y despacio y sumergido comencé a alejarme ante la casi general indiferencia.

Cuando me fui, solo y muy triste y apesadumbrado por el correr de los tiempos difíciles, emití un quejido de…, ¿cómo lo diría?, ¿de alarma…?; no, mejor de angustia, que es lo que siempre vi hacer. Aquella fue una quejumbrosa llamada que transmitió el agua, y a los pocos minutos, tal y como esperaba, varios individuos nadaban a mi lado. Eran tres hembras en edad de merecer y un macho jovencito y huérfano al que nadie quería. El macho era aquel a quien llamaban Crispincín, y las hembras, tres mozas garridas con maneras y perspectiva de futuras madres, los personajes que forman el embrión de una manada, pues nosotros sólo somos la semilla…

―Crispincín…, ¿o prefieres que te llame Crispín? Ya te has hecho mayor y a lo mejor deberíamos dejarnos de diminutivos. ¿De dónde viniste? Tú fuiste un rezagado. Cuando tu manada se fue tú te quedaste. ¿Para qué…? Hay hembras que nunca te harán caso; tú eso aún no lo sabes, pero ya lo aprenderás. Los de tu grupo te dejaron abandonado y ahora tampoco te quieren aquí, pero no has hecho mal negocio porque entre nosotros podrás aprender lo de las luces azules.

―¿Las luces azules?

―Sí, las luces azules de la mente. Ahora no sabes lo que son pero en seguida lo aprenderás…, escúchame bien, sólo si la Naturaleza te ha dotado de tal facultad, y eso ya lo descubrirás con el tiempo, que la vida para ti no ha hecho más que empezar. Nunca viajaste a los fríos mares del Norte con la pandilla de los tiempos jóvenes pero también lo harás, y te sumergirás hasta el fondo para pelearte con los monstruos fosforescentes, como hemos hecho todos, y llegarán los tiempos de las cópulas, aunque eso no sea todo ni lo mejor que a uno le puede suceder. Copular, lo que se dice copular, no está mal, pero entre los cachalotes sólo se practica en circunstancias especiales, en ocasiones selectas, y eso si te dejan, o te toca, apréndetelo bien. Se hace, claro, para reproducirse, pero si de lo que se trata es de dormir con una cachalota, de pasar la noche con ella dejándote mecer por las corrientes submarinas, lo que suele suceder con bastante frecuencia, lo mejor es aprovechar el tiempo dándole besos; dónde, no te lo voy a decir, es algo que descubre cada uno. Lo que te diré es que la mayoría de los cachalotes opina lo siguiente: la telepatía es algo hermoso, sí, hermoso y enigmático, pero es mucho mejor meterle la lengua por determinados sitios a una cachalota de tu edad, eso sí que no tiene parangón posible…, y es que la actividad encaminada a satisfacer el deseo sexual y sus inmediatas consecuencias, la secreción de endorfinas y el volcado de estas sustancias en el torrente sanguíneo, produce tales efectos sobre la corteza cerebral que nos ciega, nos atenaza, nos nubla el entendimiento y perturba la voluntad. ¿Alguna vez seremos capaces de dominarlo? Lo dudo. Las mutaciones sólo se dan en lapsos de millones de años…, ¡y qué digo…!, de cientos de millones sería más apropiado… Sí, Crispincín, Crispín, todo tendrás que aprenderlo, pero a nuestro lado navegan las que te lo enseñarán…

Ante mí, ante nosotros, ahora, después de todo aquello que ha sucedido, lo que tenemos es el océano completo. A quienes han venido conmigo les digo, ¡adelante!


jueves, 5 de marzo de 2026

ENTREGA 92

 

Fuimos hasta los mostradores, y cuando estábamos allí estalló una bomba debajo del escenario que mató a muchos de los que estaban bailando en las primeras filas y tapó completamente el ruido de los altavoces, los acalló. Después de aquello las únicas músicas que se oyeron fueron los gritos de la multitud herida y las sirenas de las ambulancias, que también son músicas, y yo, que era diplomada en primeros auxilios, fui a ayudar, aunque hubo poco que hacer. Sólo había gran confusión de sangre y brazos y piernas, todo estaba revuelto y estuvimos hasta el amanecer intentando poner orden. Él que me había acompañado resultó que era médico, y él y otras personas echaron el resto, trabajaron hasta el agotamiento. A veces los hombres parecen tontos, pero sólo es en apariencia. A lo mejor es que intentan parecerlo para trabajar menos y que nadie les dé la murga, y si es así no es mala política.

Como aquello hizo mucho ruido, porque sucedió en un lugar pequeño, los responsables del condado tuvieron a bien conceder un montón de condecoraciones a todos los que allí trabajamos aquella noche. A mi me dieron una especie de medalla, y la noticia trascendió hasta el lugar en que habitaba. Entonces, el mayor, un día, se refirió a ello y me hizo contarles la historia a los demás.

―Pues te pones llena de sangre hasta arriba, en la vida he visto tanta sangre; si a alguno de vosotros le da miedo la sangre y está metido en uno de esos fregados, lo mejor que puede hacer es salir corriendo, porque los que se desmayan sólo servimos para estorbar. Yo creí que iba a aguantar, pero cuando me pusieron a recoger brazos y piernas sueltos, porque a algunos consiguieron reinjertárselos en los hospitales ―se reconocían por la ropa que aún llevaban colocada―, me caí al suelo redonda y me tuvieron que dar a oler sales. También está la cuestión de las lágrimas. No conviene llorar porque los ojos se irritan y no ves nada, pero a veces no lo puedes evitar, sobre todo cuando ves a un niño al que falta algo y te mira con esa mirada que… En fin, menos mal que allí niños casi no había, que si no me hubiera tenido que ir.

El mayor, al final, dijo,

―No es lo habitual, pero en esta vida a veces te encuentras en situaciones extraordinarias. Vosotros sois muy jóvenes y nunca habéis visto una guerra ni nada parecido, así que ya podéis ir poniendo los medios para no tener que verla.

A mí me dio una palmadita en la cabeza y nos echó a todos de clase.

―Buenos días a los pobres, que los ricos los tienen siempre. Hasta mañana.

Lo que yo me preguntaba era por qué me trataba como a una niña, porque ya era bastante mayor, y más alta que él. Quizá lo que sucedía es que le gustaban las negras, ya que hay muchos blancos a los que les gustan las negras, pero conmigo siempre se portó muy bien, nunca me dijo cosas raras ni me dio la lata, y eso que pudo hacerlo…, cuestión a la que ya me he referido más veces y a fuerza de insistir parece que me pesa. ¿Me pesa? Bueno, tengo que reconocer que un poco sí, pero el caso es que no sé por qué no lo hizo porque lo tuvo muy fácil…, y tampoco sé lo que le hubiera dicho yo de haber llegado el caso. A lo mejor le hubiera dicho que sí, porque la querencia de las mujeres con los mayores está muy extendida, debe de ser poco menos que universal, asunto que en mi opinión deriva directamente de instrucciones del código genético, aunque en mi particular caso también debía de influir el hecho de que yo no tuviera padre. A mí el mayor me parecía un tipo fuera de serie, completamente distinto de la gente de mi edad, todos aquellos pretendientes que me rondaron y luego despedí con cajas destempladas de manera tan poco edificante, pero ¡qué iba a hacer!, no me iba a casar con todos.

Cuando me dieron los papeles definitivos, o sea, cuando me admitieron en aquel país como persona, escribieron, nacionalidad, USA. Luego el tipo de la oficina me preguntó, ¿lugar de nacimiento?, y yo le dije, Borinquén, y como el otro no lo entendía, tuve que deletrearlo. A continuación me dijo, ¿estado?, porque pensaba que era algún pueblo de uno de sus estados, pero yo le dije, Antillas Meridionales, y el de enfrente me miró un poco raro, pero como debía de tener ganas de salir a tomarse la hamburguesa, lo escribió y hasta hoy. Esto de los registros es sagrado, así que en mis papeles, en el lugar de nacimiento, puede leerse, Borinquén, Antillas Meridionales, que no me digan que no es un título. Además, es casi verdad, pero intenten buscar a alguien que haya nacido allí y verán como no lo encuentran. En ningún pasaporte puede leerse eso, sino que contienen unos vocablos mucho más feos, muchísimo menos poéticos. La burocracia es un freno para algunas cosas, pero para otras viene bien, y todo ello sin decir que yo no soy taína, en principio los únicos autorizados para usar de semejante privilegio. Espero que ellos me perdonen el desliz, la comedia, la suplantación.

ENTREGA 97

YO ME LLAMO SANDI ESTILOGRÁFICA Yo me llamo Sandi, Sandi Estilográfica; lo de estilográfica me lo puso mí tío el guarro y luego cont...