lunes, 2 de marzo de 2026

ENTREGA 91

  

El mayor, por aquel entonces, debía de tener cerca de cuarenta años y a mí me imponía. Desde luego era guapo, y contra lo que pudiera suponerse por su nombre, no iba de uniforme. De uniforme sólo iban tres o cuatro mandados de las escalas intermedias que debían de ser de fuera o se habían caído de un guindo. El mayor vestía de forma estrafalaria, con camisas de colorines, y llevaba el pelo, que le empezaba a escasear por delante, como una cascada de rizos; en su juventud, al parecer, había cogido olas, porque esas maneras no se pierden. A mí me miraba de un modo harto especial, sobre todo cuando estaba de espaldas, y no creo que fuera por mi expediente. A Patricia la gafas, que era otra lista y tampoco estaba mal, no le hacía el menor caso y la echaba de su despacho dando voces destempladas que se oían por los contornos; claro, porque Patricia era un poco pesada, siempre andaba con reivindicaciones, sobre todo de tipo científico, es que usted nos dijo, es que cuando sucedió aquello, etc. Debía de querer hacer méritos, pero no consiguió nada. Más bien se confundió, porque el mayor no era dado a paternalismos ni indulgencias.

―Señorita blanca, imagínese que está sola en el fondo del mar y se queda sin baterías. ¿Qué hace? ¿Profiere exigentes voces de protesta dirigidas a los peces o intenta recordar la página cuarta del manual, en donde se dice que si no sabe qué hacer, no haga nada…? ―y lo de blanca se lo decía porque era muy pálida; nunca tomaba el sol porque daba cáncer.

Entonces la pobre Patricia se quedaba aún más lívida, se quedaba despavorida y sin habla, abría la boca, tartamudeaba algo ininteligible, casi se echaba a llorar y se sentaba. De todas formas, a aquella niña, con todo lo cursi que era, tampoco le fue mal. Al final se ligó a un pelirrojo muy amigo de pamplinas, se casó con él y, con el tiempo, se dedicó a labores de tipo burocrático. Yo creo que estaba más predispuesta hacia aquella clase de tareas ―porque al cabo de cinco años tenía cuatro hijos― que a surcar las profundidades del océano, para lo que solía tener demasiado frío, ¡qué frío!

Bueno, todo esto no pasaban de ser aventuras juveniles de liceo. Lo que me interesaba a mí por aquellos tiempos era la composición geológica y la fauna y flora del fondo del mar. También el relieve submarino, del que tenía muchos mapas, y los hombres, en especial el mayor, aunque como él no me hacía caso ―quiero decir que no me hacía aquella clase de caso―, me dedicaba a los de mi edad, que son mucho más dóciles. Con ellos iba a conciertos, por ejemplo, dejaba que me llevaran, aunque no tenían mis gustos; lástima. Las primeras músicas que me gustaron de verdad las oí en el fondo del mar, pero de eso ya hablaremos cuando llegue la ocasión.

Los conciertos a que me llevaban mis novios eran conciertos en torno a veinticuatro hertzios, y lo sé porque me lo dijo el otorrino, el de las revisiones periódicas.

―Usted no oye nada por debajo de veintitrés hertzios. ¿Por qué? Sí, yo me pregunto por qué. Dígame, señorita, ¿oyó usted mucha música de joven con unos auriculares puestos? ―y yo respondí,

―Pues no recuerdo. Mucha no; supongo que algo. ¿No puede ser de nacimiento? Yo nací durante un terremoto… ―a lo que él contestó,

―Puede ser, sí, pero su tipo de lesión es más bien artificial. En fin, no ocurre nada; no haga locuras a partir de ahora ―aunque no sé qué quiso decir con aquello.

Bueno, pues yo iba a los conciertos a que me llevaban los novios de mi edad, unos conciertos en veinticuatro hertzios; esa era la frecuencia dominante y la que más me afectaba. O es que no se oía otra cosa o es que soy muy torpe, porque yo sólo oía los veinticuatro hertzios, y fortísimos… Luego me he enterado de que lo que sucede es que refuerzan los graves porque eso atonta a la gente y protestan menos. Nadie va a decir que le devuelvan el dinero y al final está todo el mundo patas arriba en el prado, aunque he oído contar que antiguamente los conciertos no eran así. No se dedicaban a romper los tímpanos al público, ni mucho menos; eran normales y sólo se hablaba de paz, amor y otros asuntos por el estilo. Ahora no sé qué sucede, pero, en cierto sentido, no me extraña que procedan de esta manera. Los conciertos de música popular son lugares peligrosísimos porque la muchitanga es muy dada a desmadrarse a la menor oportunidad. A veces hay tantos policías que la gente se comporta, pero otras no, y eso me ocurrió en una ocasión.

Era en una campa fantástica, una campa verde, y al fondo había un parque con un palacio de tipo inglés en medio; al palacio no dejaban ir, pero te podías perder en el bosque. También había una playa que daba a un gran lago y en cuyos bordes se asentaban muchas casitas blancas. Como cuando llegamos era por la tarde, me tiré al agua de inmediato y luego ya estuve todo el rato bastante fresca. Aquel con el que fui no me acompañó en el baño. Los tipos piensan que con cuidarte la ropa han cumplido, y no es así. A mí me gusta bañarme con los demás, que ellos sientan lo mismo que tú, mojar a la gente y dar gritos dentro del agua, pero ninguno quiere; debe de ser que los hombres también se destemplan, no sólo las mujeres, que somos las que llevamos la fama. Luego se hizo de noche y comenzó el concierto.

Primero tocaron los teloneros, unos muy malos que iban vestidos de negro, parecían ejecutivos antiguos y no hacían más que ruido, un ruido molestísimo. En los lados de la campa había unos tenderetes que simulaban ser los bares, y como en el centro el ruido era insoportable, fuimos a beber algunas cervezas, si podía ser, mientras empezaban a tocar los famosos. El caso fue que llegamos al mostrador, y un negro raro, un negro no hermano, nos dijo que fuéramos antes a buscar los tickets. Total, que fuimos hasta un kiosco con muchos guardias y nos los vendieron, y luego nos dieron la cerveza en vasos de plástico. La cerveza era carísima, malísima y estaba caliente, pero en estos sitios suceden cosas muy raras y en los bares no iba a ser menos. Al final, después de hacernos esperar muchísimo y cambiar todos los instrumentos que había en el escenario, salieron los famosos y todo el mundo se puso a dar gritos y saltos, parecía que iba a empezar la fiesta de verdad, aunque pronto me desilusioné. Los nuevos, los famosos, tras una entrada con mucho rayo láser y humaredas de colores, arrancaron como un dinosaurio en un jardín de la infancia. El de la mesa debió de pensar, de esta se van a acordar, y subió el volumen un poco más. Así estuvimos un rato, una o dos canciones, hasta que el que iba conmigo tuvo una idea genial, fue lo mejor que hizo durante aquella noche. Me dijo,

―¿No quieres más cerveza? ―y yo, que estaba atronada, contesté,

―Sí, vamos.

jueves, 26 de febrero de 2026

ENTREGA 90

 

 

- 4 -

RONDEAU

 

La negra a los veinte años

Un cachalote funda su manada

Muerte del tío Aldy

La oceanauta

Yo me llamo Sandi Estilográfica

Conexión

Los treinta años

Vacaciones


 

LA NEGRA A LOS VEINTE AÑOS

 

Yo aprendí a nadar en la Universidad, en aquel college al que me mandaron con una beca de una Fundación, aunque con esto no quiero decir que antes no supiera hacerlo, porque había pasado muchas horas en el mar ―sobre todo en mi islita, la recordarán, la del restaurante para turistas― y no me ahogué. Lo que sucedía era que no sabía hacerlo correctamente, no conocía ninguno de los estilos tradicionales, lo hacía como podía y no me salía mal, pero en cuanto me lo explicaron, y allí, en mi primer año, me lo explicaron de inmediato, lo entendí.

Como es fácil de suponer, aquello fue para mí un hallazgo muy importante. Descubrí lo conveniente que es aplicar la técnica adecuada en cada caso, y lo equivocados que solemos estar cuando, en la mayoría de las ocasiones, pensamos que ya lo sabemos todo. Al año siguiente, que fue el primer año en que me presenté, gané el campeonato del colegio, y eso que éramos muchos, y algunos ―y algunas― lo hacían muy bien, y luego me inscribieron en una carrera que se hacía entre todos los centros de las cercanías. Allí sólo nadaban los mejores de cada lugar, y la prueba consistía en atravesar una bahía, una bahía muy grande, de casi tres millas de ancha, con muchos barcos de apoyo, banderolas, cohetes y gente dando gritos y animándote. Pues bien, para que se vea mi estado por aquel entonces, en la prueba de la bahía gané también a todos, a las mujeres y a los hombres, llegué la primera. Los hombres, en particular, se quedaron boquiabiertos y más de uno se lo tomó a mal, asunto del que me enteré porque en la fiesta nocturna subsiguiente, aquella misma noche, dos pájaros decían que me metía no sé qué sustancias, que si no a ellos no les ganaba, pero no les hice ningún caso. A continuación, en el college, en donde vivía, me estuvieron dando la lata para que me apuntara a unos cursillos de perfeccionamiento, ya verás, tú puedes ser campeona de no sé cuántas cosas, ¡campeona olímpica!, y todo el mundo me decía que lo hiciera pero yo no quise, nunca me gustó lo de la competencia, y menos en plan profesional, y además había que hacer régimen.

El mayor, aquí, ya me conocía. Sabía de sobra quién era yo, la mejor alumna, no la mejor de la clase sino casi la mejor de todo el centro, una especie de eminencia, y no sólo nadando, lo que no me había sucedido ni por asomo en el colegio de las monjas. Además, hablaba español e inglés por igual, habilidad que allí casi nadie poseía porque los nativos del país son muy reacios a aprender lenguas extranjeras, y tampoco tenía ningún acento, lo que quizá signifique que tengo buen oído. A lo mejor lo mío hubiera sido la música, no sé, pero los que sólo hablaban inglés y no me conocían, los nuevos ―porque allí llegaba gente nueva todos los meses―, me tomaban por sureña.

―Tú eres de Alabama, ¿verdad?, o de Mississippi.

¡Sí, de Alabama…! Yo era de las Antillas, pero solía decir que había nacido en el África profunda, que había venido de Ouagadougu, o de Tombuctú, y como los gringos desconocen cualquier geografía que no sea la de su país, y de ella tampoco saben mucho, se quedaban embobados.

―¿Ah, sí…? ¿Y dónde está eso? ―y yo contestaba que al sur de Australia, aunque otras veces decía que no…

―No. Al norte de Noruega, en el mar de Barents. Yo soy una negra septentrional e hiperbórea, ¿no se me nota?

El mayor, cuando oía cosas como aquella, soltaba la carcajada. Él se reía de casi todo, incluida su sombra, siempre lo hizo. Teníamos en común eso y el gusto por estar metidos en el agua, pues no en vano era un pez gordo de alguna especie de institución dedicada a lo submarino, una organización que estaba construyendo granjas marinas en todo el planeta; así está el pescado hoy en día, y sabe a lo que sabe.

lunes, 23 de febrero de 2026

ENTREGA 89

  

YO ME LLAMO CACHO MADERA

 Desde el control me dijeron que me fuera despidiendo, entró la monja y me dijo que me fuera despidiendo, debió de escapársele. Esta monja es muy grande y desconsiderada, aunque yo lo prefiero. El otro día el médico le echó una bronca de padre y muy señor mío…

Yo no sé cómo es esto de la técnica. A veces creemos que puede hacerlo todo… Sin embargo, yo aquí y las estrellas, sí, yo aquí y las estrellas, y si me descuido, sólo un descuido, vendrán hasta los de Recursos Humanos, los Asistentes Sociales o comoquiera que se los conozca ahora. Esos también hacen pajas, pero unas pajas muy raras; yo prefiero las normales.

Ahora veo la superficie del mar, la veo en ocasiones y cuando menos lo espero. De repente allí aparece la azul superficie del mar plagada de bichos saltarines que croan como ranas y circulan ante mi punto de vista; deben de ser delfines. Una vez vi a un oso blanco paseando nerviosamente por la orilla de un mar glacial, un salmón se comía a un arenque, una foca se comía al salmón y luego el oso se comía a la foca… Después no sé qué sucedió porque entró la monja y me despertó: ¡su inyección! Entonces yo puse el culo, como de costumbre… Me parece que estas medicinas modernas, esos líquidos rojos y transparentes, no sirven para nada, o por lo menos a mí no me sirven para nada. Yo sigo aquí, en la cama, a veces en el sillón, pero las fuerzas no me vuelven. En ocasiones parece que sí, y entonces me torno optimista y le digo a Sandi,

―Cuando todo esto acabe tenemos que dar la vuelta al mundo; yo no la he dado nunca. No sé a qué estaba esperando, pero ahora que estás tú aquí lo podemos hacer. A lo mejor es que me daba pereza hacerlo solo, pero eso se acabó. ¿Quieres ir a Ceilán? Sí, primera parada en Ceilán, y luego, ya que estamos cerca, podemos intentar subir en el teleférico del Everest. Dicen que hay mucha cola, pero si se va con dinero por delante te la saltan y pasas el primero. También podemos ir a Pelotas. Está en el sur de Brasil y he oído decir que allí están las mejores playas del mundo. ¿Tú no sabes esa que dice, mi tío, que es brasileño, pasa en Pelotas el mes de abril…?

―No le digas eso a la niña.

―¿La niña…? ¡Pero si es muy mayor! Sandi, díselo a tu tía… Hermana mía, pareces una de los de Recursos Humanos.

Bueno, y otras veces, en vez de la azul y espejeante superficie del mar, lo que he visto ha sido la totalidad del Cosmos. Yo no sé si esto tiene que ver con lo que sucede cuando te ponen la inyección y ves las estrellas, porque con algunos de esos líquidos ves las estrellas. Como la monja debe de ser un poco sádica, tarda más de la cuenta en enchufármela y dice, aguante, aguante, sí, aguante, ¿eso no se puede hacer mejor?, y ella me dijo, no, es así como hay que hacerlo.

En cierta ocasión una voz me habló.

―Hace veinte millones de sus años que arribaron las primeras Oleadas, los primeros torbellinos de luces azules. ¿Azules…? Sí, ¿por qué no? Las primeras luces azules se produjeron hace cierto tiempo, algo después de nuestra toma de contacto con este lugar apartado.

Yo no sé si fue la abuela; la abuela hablaba con el pensamiento y la voz que oí me pareció la suya. Esto es difícil de determinar, más en mis circunstancias, pero aquella voz me pareció la suya, aunque la abuela nunca me habló de las estrellas ni de los misterios que encierra el universo; eso lo he aprendido yo solo hace poco.

―No, hija, a las estrellas no iremos, por lo menos tú y yo. Iremos mejor a alguna playa de una isla desierta. Las estrellas son lugares en exceso complicados para nosotros, los seres humanos del siglo veintiuno. Están muy lejos, y una vez allí, cuando llegas, no sabes qué hacer. ¿Cómo te vas a pelear con el principio de exclusión entre neutrones? Las fuerzas son demasiado poderosas y no hay nada de comer.

Claudia me mira alucinada: seguro que se está preguntando dónde he aprendido eso del principio de exclusión. Pues lo leí en un libro que me trajo el guarro. El libro estaba muy bien, muy claro. Era un poco antiguo, pero me dio igual porque tenía muchísimas fotos y dibujos; lo explicaba todo meridianamente. Ahora resulta que al guarro, que era tan tímido de pequeño, le ha dado por la física, y yo, desde que leí el libro, empecé a tener visiones cosmológicas.

Cuando me entró el bicho, el bisonte dentro del organismo, y lo digo ahora que sé que la luz se acaba, me dije, adiós mates, adiós pases y asistencias, ¡con lo bueno que era yo en esto de las asistencias…! Lo aprendí de pequeño, cuando jugaba de base, y engañas a todo el mundo. Miras hacia la derecha y lanzas el balón al que tienes a la izquierda. También lo puedes hacer poniéndote de espaldas y soltando el balón hacia atrás y por encima de tu cabeza, así sí que engañas a todo el mundo, nadie se espera semejante pase. Yo engañaba hasta a los de mi equipo, y el balón se iba fuera del campo y lo perdíamos. Cuando se juega hay que estar muy atento, menudas broncas tuvimos por ello… ¿Y qué me dicen del corte Ucla? Esto del corte Ucla es antiguo, muy antiguo, se descubrió el siglo pasado pero se sigue usando. Para hacerlo bien hay que tenerlo muy ensayado, pero para eso están los entrenamientos. Yo no sé cuando podré volver a entrenar. Entre unas cosas y otras lo tengo un poco abandonado, aunque en realidad es lo único que sé hacer, ¿o debería decir, que sabía hacer?

jueves, 19 de febrero de 2026

ENTREGA 88

 

Yo no soy una foca subida en una placa de hielo. Yo soy un cachalote con una mancha blanca en la frente que navega hacia la estrella polar, hacia donde están mis amigos, los solteros que aún no hemos conseguido imponernos. Allí nos esperan los cefalópodos de las profundidades, los ingentes bancos de peces prestos a ser devorados, albacoras, bacalaos, abadejos, merlanes, merluzas, anchoas, sardinas primigenias… Sé que es una puerta, pero ¿quién me lo dice? ¿Sois vosotros, los Reyes del Cielo, quienes me habláis así? No, no lo creo. Vuestros signos, por lo que he oído, son inconfundibles, y esto resulta sumamente confuso. Esa masa de piedra negra…, y tú, hongo blanco, ¿quién eres…? Esa puerta de tijera, esos bombones amargos, ese armario que no puedes volver a armar, lo desarmaste y ahora no puedes volver a armarlo… Allí están las paredes, los montantes, los tornillos, todo está allí, caído en el suelo marrón, y tú te desesperas, lloras como un niño porque no te queda más remedio, pero ya no importa. Ahora vendrá tu padre y te despertará, tu padre, que suele acudir en pijama…

Yo no soy una foca subida en una capa de hielo, pero la veo. Sus azules luces se transmiten instantáneamente a través del tejido universal y me lo cuentan. Aquí estoy, perezosamente tomando el sol y haciendo la digestión. A mi lado hay un agujero que he hecho en el hielo. Así, si viene el oso blanco, el emperador de estas latitudes, el más temido, yo me zambullo y el oso se queda con un palmo de narices, tiene que dar media vuelta y volver nadando a la orilla; otra vez será. Yo me subo a otro de esos objetos planos y fríos y hago un nuevo agujero. Con dificultad repto hasta el centro y allí hago un agujero que me permitirá zambullirme en el salvador líquido salado; mejor será que no llegue el caso, pero nunca se sabe. Luego me estiro y me duermo, me coloco panza arriba. Los rayos del sol de medianoche son muy buenos para la piel. Casi no los siento, porque mi capa de grasa me aísla del mundo exterior, pero mi piel… La placa de hielo se mece suavemente siguiendo el ritmo que le marcan las olas, arriba, abajo, arriba, abajo, y yo dormito con un ojo abierto. Estoy al lado del agujero, y si aconteciera algún peligro sólo tendría que zambullirme…

El oso nada y nada hacia la placa de hielo. Lo hace mansamente porque no tiene prisa y ya casi sabe cuál es su misión. Lo único que asoma sobre la superficie del agua es la punta de su hocico y de vez en cuando una oreja, porque el oso también piensa, no va a ser sólo la foca. El oso nada lentamente y piensa, ya la huelo, ya estoy cerca, la sangre de salmón huele a mucha distancia, ya estoy llegando. El oso blanco sigue nadando y se topa con la placa de hielo, le tropieza en la nariz, ya ha llegado. No la empuja para no darse a conocer, no hace ruido para no descubrirse. El sigilo es su arma, y el silencio. El oso mete la nariz en el agua y mira por debajo de la placa de hielo a la deriva. La placa es blanca, y un poco más allá, al lado del burbujeante agujero, hay una sombra negra, la sombra de una foca que duerme ajena al peligro. Entonces, al oso blanco le llega una idea…

El oso, el terror blanco, no se encarama al borde de la placa de hielo sino que emerge por el agujero rompiéndolo todo y gruñendo de satisfacción. El oso blanco surge del hielo como una montaña y la foca se queda aterrorizada. Instintivamente retrocede, pero ya es tarde: el oso surge como un alud rugiente. El oso blanco lo ha roto todo y ya está encima de ella, ya la ha alcanzado. El oso blanco ha sacado su cuerpo del agua y me ha alcanzado… No, yo no soy una foca del Ártico, yo soy un cachalote con una mancha en la frente y desde el fondo del mar observo las luces azules, permito que sus rayos me atraviesen. El oso blanco ya está a dos metros ya está a un metro sus ojos ya están a medio metro sus dientes ya están a menos de medio metro su mandíbula ya casi me toca su lengua husmea golosamente sus caninos me rozan me hieren se hincan se clavan me penetran perforan mi cuello la sangre roja el sentido se va todo se va…, los aullidos azules traspasan los tejidos universales y se expanden en todas direcciones cruzando las células de mi corteza cerebral…

¡Ayyy…!, sólo eso, ¡ayyy…! A lo mejor no es ¡ayyy!, a lo mejor es ¡urghhh!, es ¡aggghhh! Ello es como un fogonazo, como la luz de los meteoros, una estrella fugaz que cayera, una lágrima del cielo, allí, se acabó, allí, a la derecha, allí fue, un instante, no duró más, un relampagueo en medio de la ancha y estrellada noche, una traza, ¡ayyy…!, eso fue todo, un fogonazo azul y luego el silencio y la compasión. ¿Quién inventó la compasión? Esas son ideas modernas. ¿Tienen porvenir o todo es una momentánea ilusión de los sentidos? Compasión, piedad, misericordia…, palabras huecas que llenan las bocas, pues no hay más amor que el propio…

El oso, seguramente, nada de vuelta a la costa, y yo sigo en mi viaje hacia las latitudes septentrionales. El oso no me cuenta nada. El oso no emite emanaciones de luces azules. El oso no tiene tales habilidades porque la naturaleza no le dotó de esas artes. El oso es blanco y nada de vuelta a la costa, satisfecho, saciado, ahíto, colmado. El oso no sabe que existo, pero ha comido.

lunes, 16 de febrero de 2026

ENTREGA 87

  

YO SOY UNA FOCA

QUE ESTÁ EN UNA PLACA DE HIELO

 

Yo soy una foca que está en una placa de hielo. El hielo es delgado, pero como no peso mucho, no me hundo. El hielo se desgajó de un témpano más grande, se desgajó un trozo y yo aproveché para subirme en él. Hizo un ruido como de sierra, como de juguete roto, un crrraaaac prolongado, y luego se desgajaron otros. Yo, en realidad, no soy una foca subida en una placa de hielo, encaramada en un diminuto témpano flotante, pero es como si lo fuera.

Miro a mi alrededor y veo agua azul, agua salada, agua helada aunque aún líquida. La placa de hielo no es muy grande ni muy gruesa, y voy a contar lo que sucede con ella. Mis enemigos me acechan. El gran y perezoso oso blanco, el gigantesco y peludo oso blanco, las garras y los dientes y el instinto, la poderosa mandíbula del gran y peludo oso blanco, todos ellos me acechan, todos ellos me contemplan, me observan desde lejos, desde el firme hielo de la orilla. Allí están los osos blancos, el oso blanco que me ha señalado el Destino; esto está escrito desde el principio de los tiempos. Sí, allí está el oso blanco, mirando, oteando, husmeando. El oso blanco no está contento, está nervioso y pasea por la orilla…

Yo no soy una foca que está en una placa de hielo flotante, pero hago su papel. Yo soy un cachalote con una mancha blanca en la frente que se dirige al océano boreal, que va de viaje hacia el refrigerante océano Ártico mientras en la orilla el oso husmea el aire… Sí, allí está la foca subida en su placa de hielo. La placa de hielo no aguantaría mi peso, y por eso no me puedo subir encima. Si lo hiciera, la foca, que es lenta y pesada de movimientos, se zambulliría al instante por el agujero que ha excavado a su lado, ¡qué listas son las focas! La placa de hielo es ancha, y la foca, mi foca, está en medio tomando el sol. Las focas son perezosas y holgazanas, comen peces, se tiran al agua y nadan un poco, esperan, ya vendrá la comida, ya pasará por aquí, sólo hay que esperar, es todo lo que hay que hacer. De repente, ¡zas!, pasa un salmón. Los salmones son rápidos y escurridizos. Nuestro salmón, este del que hablamos, buscaba la desembocadura del río de su nacimiento, pero ya nunca la encontrará. El salmón nadaba rápido. Él también estaba nervioso porque no encontraba la desembocadura del río de su nacimiento. Allí es; no, allí no es, es allí; no, tampoco; este banco de hielo no permite que me introduzca… El salmón da vueltas y más vueltas y en su camino se cruza un arenque, ¡ñam!, ya está; ahora la desembocadura. El salmón bordea la placa de hielo y de repente se encuentra al Destino encarnado en boca de agudos dientes. Ahora es él quien siente desgarrarse sus carnes, y yo oigo voces lejanas desde el lugar en que me encuentro. Yo, el cachalote de la mancha blanca en la frente, desde la más alta de las altamares oigo voces y entreveo luces azules

¡Oscuridad sólo rota aquí y allá por destellos fosforescentes…! ¿Qué es aquello…? Nada, nada importante, nada que se pueda comer. ¿Quién es…? Silencio, silencio, nadie contesta…, y sin embargo sé que estás ahí, al otro lado de la pared azul. ¿Quién eres? ¡Hola…!, ¿y esa puerta de tijera? ¿Qué es esto? Estoy viendo una puerta metálica corredera y no sé lo que es. Estoy viendo una corredera puerta metálica, pero no sé adónde lleva. La tengo ante mí, y al otro lado hay una pared blanca que se desliza desde arriba hacia abajo. En el suelo hay objetos verdes y blancos, y también veo oscuras bolas de color marrón. ¿Bombones, dices…? Sí, bombones, bombones que las humanas uniformemente ataviadas me van dando. Ahora uno de esos, ahora otro de esos…; bien, bien. Además son amargos, amargos como las algas marrones… No, amargos como la tinta de los calamares, como los intestinos de los peces, como las desparramadas entrañas del salmón…

La foca está satisfecha. Se lame los bigotes manchados de sangre y bucea, aquí está la placa de hielo a la deriva. La foca se sube encima, se encarama dificultosamente a la placa de hielo a la deriva mientras desde la orilla el oso blanco, el rey, husmea y husmea. Luego se arrastra hasta el centro de su mínimo témpano y con las uñas horada un agujero suficiente. Le cuesta, pero lo hace porque es su salida de socorro, la puerta de su futuro. Si el oso se encaramara a su placa de hielo a la deriva, si el oso, el rey, llegara nadando desde la orilla y se encaramara a su placa de hielo, ella no tendría salvación. Ella es lenta en su reptar y el oso puede correr, puede hasta galopar, si así lo exigen las circunstancias. Si el oso se encaramara a su refugio ella no tendría salvación y sería devorada. El oso empezaría por el cuello, en un segundo habría llegado hasta su lado y comenzaría por su cuello…, pero con el agujero de la salvación esto no va a suceder. Si el oso se encaramara a mi témpano flotante yo sólo tendría que arrojarme por el agujero y volver al agua, dejar al rey atrás compuesto y sin comida, bucear y bucear hasta encontrar otra placa de hielo, ¡hay tantas!, en la que seguir con mis eternas siestas al sol de medianoche… ¡Arenques, salmones, focas, osos!, todos somos eslabones de una misma cadena, que no se le olvide a nadie. Los gusanos son los últimos, o los primeros, eso no está claro, pero tampoco es cierto del todo; también hay gusanos de gusanos, gusanos que se comen a los gusanos, sólo que son más pequeños y no se ven.

ENTREGA 91

    El mayor, por aquel entonces, debía de tener cerca de cuarenta años y a mí me imponía. Desde luego era guapo, y contra lo que pudiera ...