LA OCEANAUTA
Los últimos años de mi formación académica fueron los más divertidos de mi etapa de huérfana adoptada por el Estado en país extranjero, y eso que antes tampoco lo había pasado mal. Me mandaron a la costa oeste, la de los desiertos rojos y las playas interminables. Fue el mayor el que intervino; quién iba a ser, si no… Un día me dijo,
―Tú aquí no haces nada. Tienes que ir a la Escuela de Oceanografía y ya puedes hacerlo. Yo he pedido el traslado a California y me puedo llevar a quien quiera, así que he hecho una lista de candidatos. ¿Te apuntas?
Luego estuve seis meses sin verlo ni tener noticias suyas, pero yo sabía que no se había olvidado de mí.
A los que nos fuimos aquel año del college nos hicieron una fiesta de despedida en la piscina, una fiesta en la que estuvimos todos metidos en el agua, y a una profesora que no quiso meterse porque no tenía traje de baño, la tiramos y después no quería salir. Comimos y bebimos en el agua, dimos saltos desde el trampolín, echamos carreras, y luego, al final, salimos del edificio, hicimos una pira con todo lo antiguo, la ropa vieja, los lápices gastados y rotos, los apuntes que nunca más íbamos a ver…
―¿Y los amores no correspondidos?
―Sí, por supuesto, también los amores no correspondidos. Y los malhumores e impaciencias y amarguras, las aflicciones y desengaños y todas esas cosas que no deben quedar en la memoria…
… y estuvimos bailando a su alrededor hasta que amaneció; también bebiendo bastante de un combinado temible que teníamos en un balde, e invitamos a todo el mundo, condiscípulos y profesores. Cuando una es joven puede bailar y beber hasta la amanezca, y cuando la fiesta termina, cuando comienzan a clarear los cielos de oriente, es el momento de hacerse un ovillo sobre la hierba, a ser posible debajo de un árbol, y dormir en grupo con los que te han acompañado. Algunos roncaban, pero eso sucede siempre y no era el momento de protestar.
La institución que desde aquel momento me acogió estaba situada a orillas del Pacífico, y el viaje lo hice yo sola. ¿Por qué a veces queremos estar solos? Misterios de la corteza cerebral. ¿Me había hecho mayor…? Sí, seguramente era eso, y cuando me dijeron que debía ir hasta allá, el corazón me dio un vuelco.
―¿Voy yo sola…?
―Sí, señorita. Aquí tiene usted todo, papeles, dinero, etc. Guarde todo bien ―y el corazón me dio un nuevo vuelco.
Tardé una semana entera en llegar, porque ya que estaba de camino, y no un camino cualquiera, sino el camino del Oeste, lo hice dando saltos; me subí en muchos trenes diferentes y fui durante todo el viaje mirando por la ventanilla. Me harté de observar las Grandes Praderas Americanas, y en una de las paradas entre tren y tren tuve ocasión de ver un espectáculo para turistas que representaban cow-boys e indios sioux. Había diligencias y caravanas y soldados, todo ambientado a la vieja usanza y estrictamente como sale en las películas, la escenificación estaba muy bien. Los caballos eran preciosos, sobre todo unos muy especiales a los que llamaban apaloosas, y hasta la troupe de putas teñidas de la compañía de Calamity Jane me sacaron a bailar al escenario en donde actuaban; yo no quería salir, pero no me quedó más remedio porque todo el mundo se puso a gritar. Las que hacían de putas debían de ser caribeñas, porque me dijeron,
―Mi niña, ¿cómo has caído tú por aquí? En las películas del oeste casi no había negros, y menos negras. Si no tienes trabajo te puedes venir con nosotras, siempre será un toque exótico; sólo hay que saber pegar muchos tiros de guáchara ―y yo les di las gracias, pero, la verdad, prefería lo del océano.
Luego atravesé las Montañas Rocosas por antiguas vías de comunicación que salvaban barrancos sin fin sobre puentes de caballetes, y llegué a mi destino en donde fui muy bien recibida, no lo podría expresar de otra manera. Allí estaba el mayor, para empezar, y además conocían mis hazañas natatorias y todo el mundo me miraba con aprobación, lo que a lo mejor se debía a que era anormalmente alta. Además, en la costa oeste no son racistas, son mucho peores los del este, los wasps, y no digamos ya los del sur. La costa oeste es uno de los pocos sitios de este país en donde se hacen cargo de que cada cual es cada cual, por lo menos de puertas adentro, y con eso yo tenía suficiente.
Durante aquellos años viví en un apartamento. Me dieron a elegir entre una residencia de estudiantes o el dinero, para que hiciera lo que quisiera, y opté por lo último, y todo esto sucedió en un lugar que estaba lleno de avenidas flanqueadas por naranjos. El dinero no era mucho, pero de vez en cuando trabajaba de camarera en el restaurante de un amigo y así me fui apañando. Comparado con la gente que conocía, vivía modestamente, porque en aquella parte del país en donde solía hacer tan buena temperatura todos eran muy ricos, todo el mundo tenía piscinas y descapotables en los que asistir a los cines al aire libre, pero si lo comparaba con mi vida anterior, cuando estaba en la mayor de las pránganas en el chambao de tablas de la isla de los turistas, en donde conviví con mi primer novio, el barquerito, o la casa de Maracaibo o la de la selva, aquello era un palacio. Sólo eran un par de habitaciones, en lo más alto de un edificio antiguo, que daban a una gran terraza ―lo mejor era la terraza―, y allí estuve varios años viviendo sola ―aunque, a veces, intermitentemente, acompañada―, y en ciertas ocasiones invité a cenar al mayor.
Las primeras veces me azoró un poco hacerlo, pero como él lo pasaba muy bien ―siempre me decía que sí a todo; se sentaba en la terraza, ponía las piernas en una silla y se dedicaba a mirarme mientras cocinaba en una parrillita que había en la pared; además, traía unas botellas de vino buenísimas y nos quedábamos hablando y bebiendo hasta las tantas―, dejé de apurarme. Yo me decía, a lo mejor algún día se decide, y si se decide, ¿se estropeará esta relación? Sí, seguramente, yo no voy a hacer nada, le prefiero así, y él nunca dijo una palabra y siempre se despidió muy cortésmente. Como de aquello seguramente pensaba lo mismo que yo, cuando se iba, algunas veces, pero pocas, me daba un beso, aunque otras, las más, lo que me daba era un golpe muy peculiar, una especie de golpecito en la parte de arriba del brazo, en donde duele. Lo hacía flojo, pero luego me salía un cardenal diminuto; era el cardenal del mayor, y me hacía mucha gracia verlo.