LOS TREINTA AÑOS
Después de la aventura africana y las muertes del Cacho y el tío Aldy, no sé cual de aquellos motivos fue la causa, seguramente todo se debió a una conjunción de ambos, volví al punto de partida, mi ciudad de siempre, y allí me quedé atascado. No podía salir y no sabía la razón, algo parecido a lo que les sucede a esos que están en una casa en El ángel exterminador, aquella película de Buñuel. Ya la he visto, claro, y Viridiana también la he visto y me acuerdo mucho de ella. Él, o Rosana, también las he visto… De Buñuel me parece que las he visto todas, es inútil que insistas, no me vas a coger, son todas fantásticas. ¿Cuándo nacerá el próximo Buñuel? A lo mejor ha nacido ya y nadie lo sabe; él tampoco.
Aparte de mi repentina incapacidad para ir a algún lado o hacer algo nuevo, empecé a advertir señales raras, barruntos del porvenir. No sabía qué era, pero en mi fuero interno lo achacaba a la edad: claro, como acabo de cumplir treinta años… Eso me decía: esto debe de ser cosa de la edad… ¡Lo que es la ignorancia!
Entonces empecé a ir al médico. El médico era el de la familia, el de toda la vida, aunque también le pregunté alguna vez a Pedro, mi cuñado, pero lo que me sucedía no debía de ser de la especialidad de ninguno de los dos porque no acertaron en absoluto; vamos, ni se aproximaron. El médico que yo conocía desde siempre, que por aquel entonces era muy mayor, me dijo que no me ocurría nada, que fumaba demasiado y tenía un principio de bronquitis; que fumara menos y me pusiera no sé qué inyecciones.
Yo pasé aquel invierno dando tumbos por la ciudad, leyendo sin parar y bebiendo cerveza, y también me dio por escribir. Me iba al campo en coche, a las afueras, día tras día, y pasaba el tiempo escribiendo. Llené varios blocs, pero aquel malestar, que al principio era muy tenue, no desaparecía sino que iba a más. Volví al médico varias veces, pero no me hizo el menor caso. Insistía en lo de la bronquitis y yo seguía escribiendo y pensando en lo de la edad; claro, como ya tengo treinta años…
Así transcurrieron unos meses, ya digo que llené varios blocs, y a lo anterior se sumaron otros síntomas, si cabe más alarmantes. Tenía una tos desmedida, o también, de repente me despertaba por la noche chorreando, como si hubiera tirado un cubo de agua encima de la cama o acabara de salir de la ducha; era sudor a lo bestia, y tenía que cambiar la ropa porque estaba empapada. Yo, mientras tanto, temblaba y temblaba y no sabía lo que ocurría… Tampoco podía subir cuestas porque me cansaba y empezaba a jadear, y, además, no podía comer, aquello era lo peor. Parecía que tenía hambre, pero en cuanto me ponía delante del plato y tomaba dos cucharadas se me quitaba, la comida me empezaba a dar asco y lo tenía que dejar.
¡Qué bien me hubiera venido entonces tener una Carina al lado! ―claro, esto es lo que se piensa siempre―, pero no la tuve y no me quedó más remedio que lidiar yo solo con aquella historia, y en cuanto a lo que escribí, no puse más que tonterías; aquello parecían las lamentaciones del Miserere a propósito de mis últimas y fatales aventuras con Xiomara… Me dio por acordarme y no me lo podía quitar de la cabeza. Menos mal que duró poco y que aquellos papeles se perdieron.
Al fin, una noche, durmiendo, me despertó uno de los acostumbrados y monumentales ataques de tos y pensé, ¡qué raro sabe esta tos…! Encendí la luz y encontré la almohada roja, y nada más verlo supe qué era lo que me sucedía, claro, tampoco es que haya que ser adivino, aunque el que no lo era era el médico. A la mañana siguiente le llamé y le dije, oye, mira, escúchame, esta noche he puesto la almohada perdida de sangre, y él, tras una pausa muy significativa, me dijo, hombre, entonces lo que tú tienes es tuberculosis… Eso ya lo sabía yo, que para saber eso no hace falta ser médico.
De allí me mandaron a un hospital en el campo, me mandaron Claudia y Pedro. Estaba en el borde del mar y en él hice dos descubrimientos. El primero, que había adelgazado veinte kilos y no me había dado cuenta ―cuando llegué al hospital pesaba alguno más de cincuenta, es decir, que estaba en los huesos; la ropa me sobraba por todas partes y no me había dado cuenta, ni nadie―, y el segundo, que con una banda de Mœbius se puede demostrar que una hoja de papel tiene sólo una cara. Esto lo leí en un libro y me costó entenderlo, aunque al final lo consiguiera; en cuanto lo hice con las manos.
Era un hospital buenísimo. Para empezar, estaba medio vacío. Éramos unos treinta o cuarenta residentes, la mayoría muy mayores y tristes, que nos recuperábamos de diversas dolencias. Entre las enfermeras y enfermeros había de todo, pero había una en particular, Ana, Ana la guapa, que solía venir a despertarme por las mañanas. Entraba con su sonrisa, su traje clásico de enfermera, su melena larga y negra y una bandeja llena de frasquitos, y decía, buenos días… Yo, para hacerla rabiar, me hacía el dormido un instante, y luego sacaba de debajo de las sábanas la cámara de fotos y le hacía unas cuantas mientras ella intentaba esconderse dando gritos. Lo que sucedía era que en aquella habitación no había en dónde esconderse. Si no querías que te hicieran fotos sólo podías tirarte al suelo, porque yo estaba en una cama grande y alta, o salir corriendo por la puerta, pero Ana nunca hizo nada de aquello sino que me reñía, aunque tampoco demasiado porque luego se iba riendo, de forma que yo creo que aquello la motivaba; yo tenía treinta años y Ana debía de andar por los diecinueve o veinte, que es una de las varias edades perfectas por las que transitan las mujeres.
Ya saben ustedes que una tuberculosis, en particular si es pulmonar, bilateral, activa y cavitaria, te deja completamente hecho polvo. Si, además, te ha pillado desprevenido y se ha podido desarrollar con impunidad, empiezan a producirse fenómenos paranormales. A mí se sucedió de todo, pero es que yo me había hecho un agujero del tamaño de una naranja. Primero estuve, según me contaron, durmiendo una semana. No sé cómo fue aquello, porque lógicamente no me enteré, pero dejé de fumar. Cuando me desperté del prolongado letargo en que me sumieron la química y los médicos se me había olvidado lo del tabaco; es más, si lo pensaba me daba asco. Yo no había fumado mucho, pero desde entonces comenzaron a darme asco los cigarrillos.
Durante aquella semana en los brazos de Morfeo debí de soñar multitud de cosas, ¡con lo dado que era yo a soñar!, pero cuando desperté no me acordaba de nada, y bien que me extrañó. Sin embargo, una mañana de unos días después, de repente, imágenes vislumbradas con anterioridad afluyeron a mi cabeza. Vi otra vez la montaña submarina que se movía, la mole inconcebible erizada de fibrosas algas marrones, algo muy oscuro. Además nadaba, no sé por qué pero nadaba, o quizá fuera mejor decir que se arrastraba. Se desplazaba dando tumbos por el fondo del mar levantando cieno y espantando a los peces abisales…, pero aquello no fue nada comparado con lo que me sucedió a los pocos días.
Javi había venido a hacerme una visita (visitar a los enfermos, una de las obras de misericordia) desde varios cientos de kilómetros de distancia, y trajo un poco de hierba. Yo no tenía ninguna gana de fumar, ya lo dije, pero aquello no lo miré con mala cara, todo lo contrario, aquello me apeteció porque fumar hierba no es fumar, o eso me había parecido desde siempre.