jueves, 12 de febrero de 2026

ENTREGA 86

 

Una noche en que estábamos cabreados, y Xiomara era de armas tomar, todo un carácter, trajo a casa a un francés alto, me imagino que para incordiar, porque ella sabía que a mí los franceses siempre me parecieron un poco cursis. Como el pobre gabacho vio lo que sucedía en cuanto entró por la puerta, me sentí obligado a sacar unas cervezas y darle conversación. Al tipo se le cortó todo el rollo. Él pensaba seguramente que había ligado, de forma que se le quedó enorme cara de funeral y tuve que acabar consolándolo, porque lo del piano no le interesó nada, y eso que le dije,

―¿No sabes lo del nocturno ese de Chopin? Sí, hombre, si es muy conocido… Yo lo toco muy mal, pero ya verás…

Imagínate que vas a ligar y te llevan a una casa en donde hay un negro y un blanco, el negro con cara de pocos amigos y bostezando, los dos tocando, el tambor y el piano, y haciendo un ruido infernal. ¿Qué piensas? Bueno, lo que piensas lo sabe todo el mundo, esta tía es gilipollas, aunque te den cerveza.

―No entiendo para qué haces esas cosas ―le dije al día siguiente, y ella me contestó,

―¡Ay!, déjame en paz. ¿Tú nunca te has emborrachado?

Al final, de allí a unos meses, el asunto se disoció. En los últimos tiempos no vino a dormir demasiado, se veía que tenía otros sitios en donde hacerlo, y por mi parte tengo que reconocer que, tal y como en ocasiones me había sucedido antaño, no sabía si salir por la puerta o la ventana. El hartazgo era mayúsculo, y aunque nos quedaban las instrucciones del cerebelo, que nunca se apagan, nunca decaen, una vez satisfechas llegaban los momentos de la más pura y mutua indiferencia.

―¿Hacemos unas patatas con besamel?

―¿Otra vez?

―Bueno, lo decía por decir algo. No sé, tengo hambre…

―Haz lo que quieras, yo me voy a dar una vuelta con Lara. No te importa, ¿verdad?

He dicho indiferencia pero me he confundido. Debería haber dicho aburrimiento, o desgana, o saciedad, o incluso repelús e instintos criminales. Cualquiera de estos términos, y muchos otros, servirían para describir lo que allí sucedió.

Una: las chavalas, cuando se van a dormir, te ponen la mano en salva sea la parte, te la agarran, lo que debe de obedecer a que no quieren que se les escape; eso lo he visto yo ―o notado― cantidad de veces. Los hombres, por el contrario y en la misma situación, lo que hacemos es juntar nuestros pies con los suyos, y tampoco sé por qué; debe de ser una reminiscencia de cuando el claustro materno. Otra: las mujeres que se lavan después del acto ―como quien dice, aunque quizá sea una forma demasiado retórica de decirlo― con uno de esos sprays desinfectantes que existen al efecto, dicen que es como si te metes un cohete por el culo. Esto no sé si es muy exacto porque yo nunca podré tener semejante experiencia, pero teniendo en cuenta que el spray tiene un tubito que se introduce más o menos profundamente, a lo mejor resulta que sí, que está bien descrito; la cara que ponen, de todas formas, sí da indicios de algo por el estilo.

Incluso en las épocas menos favorables para la expansión y enriquecimiento del espíritu se aprende algo. Yo aprendí cosas como aquellas con la única mujer que tuve en mi primera vida, Xiomara, la chavala de los pies helados.

Cuando, al fin, tras todas las vueltas y revueltas que describo, me fui definitivamente, transcurría la estación más florida de todas las estaciones floridas africanas, y hay muchas, de manera que, para evitar cualquier extravío o mal pensamiento, lo hice sin decir una palabra a nadie; sólo a Ton. Una mañana en la que ella no estaba, estaba en la playa tomando el sol, recogí a todo correr unas cuantas cosas ―porque mi salida de la Baia do Barro fue como si me escapara―, llamé a Ton y le dije,

―Me voy, no digas nada a nadie. Te quedas de encargado. Cuida a Xiomara, aunque no creo que venga mucho por aquí, y la casa, ahora, es como si fuera tuya. De paso, tenme informado de cómo va todo. Yo volveré en cuanto pueda, en cuanto se despeje el panorama.

Ton no añadió nada. Me estuvo mirando durante un buen rato de una forma extraña y supongo que se le ocurrieron muchas cosas, pero no abrió la boca. Me llevó en coche al aeropuerto ―que se había renovado por completo desde aquel día, ya lejano, en que aterrizamos por primera vez―, nos tomamos unas cuantas cervezas durante la espera, nos despedimos en una decena de idiomas, y por último se dedicó a agitar un pañuelo desde la terraza que cubría el edificio. Fue lo último que vi desde la ventanilla.

lunes, 9 de febrero de 2026

ENTREGA 85

 

Nunca segundas partes fueron buenas y aquello estuvo fracasado desde el comienzo. Yo no lo sabía pero podía haberlo supuesto, tampoco es tan difícil, aunque nadie nace sabiendo y yo jamás había intentado semejante experiencia, algo tan largo. Uno se apega a los pensamientos amables, a los recuerdos de los buenos tiempos, y no quiere darse cuenta de lo áspero y erizado del terreno que pisa, de la multitud de espinas que suelen rodear a las rosas…

―¿Aquí pega eso?

―Bueno, aquí pega cualquier estupidez que se te ocurra. Todos sabemos que las penas de amor son las que peor se llevan, los asuntos con los que más lata damos al prójimo.

―Sí, la verdad es que nunca queremos pensar en lo solos que estamos…

―¡Y dale!

En nuestro segundo viaje a África, que empezó bien, ¡cómo iba a empezar después de dos meses sin vernos!, fue cuando, con el tiempo, comencé a notar que si no fumaba antes de la maravillosa hierba africana, no me apetecía fornicar… Bueno, seamos correctos. Lo que no me apetecía no era lo de cohabitar, ayuntarse, negocio muy fácil de llevar a cabo, cosa de un minuto, o menos; cumplir con los ritos encaminados a la reproducción es lo más fácil del mundo, y lo normal es que te apetezca hacerlo. Yo me refería más bien a hacer el amor, que es algo radicalmente distinto.

La construcción mental que se precisa mantener en equilibrio para hacer el amor es muy compleja, y como todas las cosas complejas, muy endeble. Una leve brisa es capaz de echarlo todo a rodar, no digamos ya si lo que sucede es un seísmo, y además está el asunto de la rutina. Lo de hacerlo siempre con la misma, y más a determinadas edades, tiene fecha de caducidad. En los libros de medicina se dice que en una pareja el deseo sólo dura los cuatro primeros años, tras lo que hay que idear nuevos procederes, y a mí este plazo siempre me pareció excesivo. Claro, que la rutina se puede combatir utilizando la imaginación y los diversos alcaloides que la Tierra pone a nuestro alcance. De todo ello, asimismo, te pueden distraer otros factores: los sueños, por ejemplo…

―¿Podría decir que alguien sueña conmigo…? Tú, desde luego, no eres, y eso que te tengo muy cerca. Debe de ser alguien lejano. Es alguien oscuro, oscuro y grande; aparece alguien que habla. Quién es, no se sabe, y lo que dice no se entiende, y sucede en el fondo del mar.

―¿Es una montaña submarina?

―Bueno, podría ser.

―¿Por qué podría ser?

―No sé. Es un bulto que se arrastra por el fondo, como un baúl. El fondo es siempre marrón, marrón oscuro, y hay objetos filamentosos parecidos a algas, racimos de algas que surgen de la parte de atrás.

―¿Y el baúl se arrastra por allí?

―Sí, por el fondo; y habla, aunque no se le entienda.

Todo esto me ha empezado a suceder esta primavera y algo me dice que me pregunte por su significado; sin embargo, me da pereza. La primavera pasada ocurrieron fenómenos parecidos, aunque no les di mucha importancia; cosas raras que suceden a veces, pensé.

En el sueño de los bombones, que ya narré, resultaba que no eran unas señoras de uniforme negro quienes manejaban con toda soltura y delicadeza las pinzas con que se sirven tales golosinas. Al principio era una nube de tormenta, pero en noches sucesivas el sujeto degeneró y era el reflejo de una montaña en un espejo el que hacía las veces. La nube y el reflejo en el espejo eran negros, y los dos se arrastraban y movían sobre el terreno sinuosamente. Además, los bombones no eran negros como otras veces, oscuros, no, sino blancos y rojos, y también los había de un bonito color salmón brillante; por fuera eran como gelatinosos.

―Eso parecen huevas de pez.

―Pues sí, ahora que lo dices… Caviar blanco y rojo. ¡Caviar de gigantes…!

Y también se puede soñar despierto. Este es un artificio del cerebro que te lleva por lugares inaccesibles, regiones que pertenecen al pasajero reino de las muy deseadas, aunque inabordables, fantasías que todos tenemos en la cabeza. Al principio te asusta un poco adentrarte en tan confuso territorio, es verdad, pero sólo al principio, porque una vez que descubres su verdadera magnitud, no hay quien te frene.

―Apaga la luz. ¿Tú eres Xiomara? No, tú eres mi prima Ana, mi prima Anita, porque la verdad es que las dos tenéis un culo como Dios manda. Oye, ponte boca abajo… Bueno, tú no eres tú. ¿Quién eres, en realidad? Tengo muchas posibilidades… ¡Narciso, vete a la mierda!, ¡echa a este mono de aquí!

Caviar blanco y rojo, ¿dónde he leído yo eso…?, y hablando de todo un poco, ¿qué me dices de las putas de este verano?, o mejor dicho, de la puta. Sí, sería puta, pero estaba como para comérsela; seguro que estaba montada en el dólar. Puta joven, cara, y no paraba. La chavala era como una bomba, estaba más buena que Xiomara… Bueno, eso es difícil: estaba tan buena como Xiomara. Alta, con tacones y un vestido rojo de tirantes… Una chavala con un vestido rojo, a fuerza de verlo en el cine, ha llegado a ser un lugar común. Aquella tarde nos miraron mucho, y a nosotros nos invitó a champagne.

―¿Me acompañáis al bar? Me ha entrado sed. Además, ¡para una vez que aparecen dos que se les puede mirar a la cara!

―Bueno, pero yo prefiero cerveza.

―Mejor, más barato.

―¿Sabes que yo tengo una prima que es de tu cofradía?

―¿Ah, sí? ¿Cómo se llama?

―Pues se llama Beatriz, pero no creo que la conozcas, no para por aquí; es más de la gran urbe.

Luego, con el tiempo y la práctica, coges onda y puedes imaginarte lo que quieras, no tienes problema. Esta es tal, esta es cual…, etc. Si te callas, no sucede nada; ahora, como se lo digas, aunque sea por hacer la gracia…

―¿Tú eres imbécil…? ¿Por qué no piensas en el Papa, o en tu madre…?

Aquella fue una de las primeras veces en que yo me di cuenta de que a las mujeres no les gusta nada que pienses en otras mujeres, y menos cuando estás en la cama con ellas, y muchísimo menos que se lo digas.

Como se imponía concebir cosas diferentes, nos dio por ir a bares nocturnos. Al principio me porté bien y la acompañaba, pero a Xiomara le gustaban los bares de crápulas, los de tipos viejos con bastón y bien vestidos, que allí también había, la mayoría extranjeros, aunque algunos aborígenes. Los había blancos y negros. Los crápulas negros llevan barbita, barbita blanca o medio blanca, que es raro, porque los negros casi nunca se dejan barba, y bastón. Los crápulas blancos, en cambio, lo que llevan es chaleco; a veces hasta chaleco de flores, como Wild Bill Hickock. En nuestra aglomeración semiurbana no había mucho en donde elegir, por lo que aquellos lugares no eran lo más divertido del mundo, ¡bares de crápulas y momias!, y al final les adjudiqué un nuevo nombre: la Gran Pirámide.

Yo, ya digo, al principio la acompañaba, pero luego me aburrí de ver todos los días las mismas caras, ¡y qué caras!, y me quedaba en casa tocando y tocando hasta las tantas. Tocaba música antigua y tocaba música moderna; tocaba todas las noches lo mismo, pero es que es la única forma de aprender. Los doce por ocho rocanroleros, con todas esas sextas y cruces de manos, son lo más divertido de tocar del mundo; lo malo es que son muy difíciles y comprometidos. Cuando un día se lo oí a la teósofa, que sería teósofa, pero en cuestiones de estructura musical sabía latín, me quedé deslumbrado.

―Oye, ¿cómo has hecho eso?

―Pues así, mira, si es muy fácil. Ya verás, tócalo despacio.

(Lo de que es muy fácil lo dicen todos los que saben tocar.)

A mí me costó muchísimo aprenderlo, aunque al final lo conseguí y se lo soltaba a cualquiera que apareciese. Unas veces salía más limpio que otras, dependiendo de la cantidad de líquido que hubiera ingerido, pero esto es ley de vida. Sonaba como lo que tocaban los de mediados del siglo pasado, y además allí a nadie le extrañaba porque el rock and roll es pura música negra, aunque en su momento la explotaran los blancos.

Aquella fue la época de mi vida en que más música aprendí. Me refugié en el piano y Xiomara se enfadaba y ya no escuchaba nunca los conciertos nocturnos; ni siquiera aparecía por allí para cantar aquello tan antiguo de, mira qué culo…, etc., que es lo propio de los tiempos finales. En vez de eso se iba por las noches de parranda e incluso ligaba con alguno. Los tíos caían como moscas ―quiero decir, caemos como moscas―, pero es que, como dije, tenían que haber visto a la niña de cerca.

jueves, 5 de febrero de 2026

ENTREGA 84

  

SEGUNDO VIAJE A ÁFRICA

 A Xiomara se le murió su padre. Se murió de repente, de un día para otro y sin avisar. Su padre era joven y ella estaba enamorada de él, esto lo sé seguro, aunque ella decía que no y le molestaba oírmelo decir; quizá por eso estoy tan seguro. Sin embargo, se acordaba mucho de él porque no tenía hermanos y su madre había desaparecido del mapa un buen día.

―Se fue con otro, y mi padre, de rebote, con otra. ¿Por qué los hombres no sabéis vivir sin una mujer al lado?

―Eso pregúntatelo a ti misma, que eres la que va a heredar esa tendencia. Yo te contestaré cuando sea mayor y me suceda.

En semejantes circunstancias hay que agarrarse a lo que sea. Yo tenía las estrellas, las músicas y todas mis fantasías, pero ella no tenía nada de eso, no disponía de esa clase de recursos. A lo mejor es que aún era joven para ello o a lo mejor es que era de otra guerra. Aquí cada uno ve su película, me canso de repetirlo, sobre todo si el padre que se muere es el tuyo.

Cuando aquello sucedió, la situación tomó visos de tragedia. De repente sonó el teléfono a hora muy intempestiva, un teléfono que no sonaba nunca por la noche, y los dos pegamos un salto. Un teléfono que suena por la noche suele ser el anuncio de alguna noticia importante, a veces trágica y luctuosa…, y luego los gritos y los lloros se adueñaron de aquel silencioso lugar, y ni siquiera el concurso de Ton sirvió para calmar el torrente desatado.

Tal acontecimiento nos obligó a volver a Europa. Xiomara salió disparada al día siguiente y yo me fui con ella. Durante el viaje lo estuve pensando y se lo dije.

―¿Sabes que hace casi tres años que estamos juntos?

―Ya, ¡y qué…!

―Nada; eso.

Desde luego, no era el momento de hablar. Ella ya no lloraba, porque las lágrimas se le debieron de acabar la noche anterior, pero estaba claro que no era el momento de disquisiciones, y menos metafísicas.

Aquello sucedió al principio de un verano, un verano que dividí entre Javi y Louis: estuve un mes en casa de cada uno. La casa de Javi era una tienda de campaña, pero la tenía instalada en un sitio muy bueno, al lado de una playa desierta ―por lo ventosa― de la costa oeste europea, y Louis me llevó de excursión.

―¿Vamos a ver putas? Todo será que tengamos que acabar llamando a tu tío… ―e hicimos un recorrido parecido al que habíamos hecho de jóvenes, sólo que más largo y sacándole más provecho.

Louis, una vez más, volvió a decir aquello de, antes las putas eran espantosas, pero hoy en día estas cosas han cambiado mucho.

―¿Yo dije eso?

―Sí. Vamos, no lo dijiste, lo decías a todas horas, y ¿sabes lo que se me ocurre? Pues que sí, que es verdad, que las putas han cambiado bastante: ya casi ni me acuerdo de X. ¿No sabes eso de que un clavo se saca con otro clavo?

Louis me miró atravesadamente, pero como nos conocíamos de antiguo, no se lo tomó en serio.

―No me lo creo ni de coña. ¿Tan pronto se te olvidan a ti las cosas? ¿Después de tres años…? Eso sólo sucede de joven.

―Bueno, quizá sea una mejoría pasajera.

―¿En serio…? Entonces hay que celebrarlo. ¡La rotura de las cadenas! ¡La ruptura de las comunicaciones, ni más ni menos…! Camarero, ¡otro coñac!

―Cualquiera que te oiga va a pensar que hemos estado todo el verano borrachos y de putas.

―¿Y no ha sido así, tú, músico?

… y cuando pasó, cuando el verano hubo transcurrido, las aguas volvieron a sus cauces y la vida diaria a hacer su aparición…

―He heredado ―me dijo ella con cierta sorna.

―Ya me imagino.

―No, como tú piensas que es lo único que me importa…

En realidad, fui yo quien rompió el fuego. Quizá debiera explicar, o intentarlo, las sinrazones de las palabras que se pronuncian, pero no lo voy a hacer porque la sinrazón de fondo, la más importante, no depende de nosotros; su correcta administración no está a nuestro alcance. Reside en el cerebelo, la sede de la agresión, el cerebro que de los lagartos hemos heredado, y no es otra que la irrefrenable y universal tendencia a llevar a cabo el acto de la reproducción, al que, quizá por esa universalidad, llamamos el acto a secas.

¿Alguna vez se le ha ocurrido pensar que la Naturaleza nos ha dado un plazo de veinte años para reproducirnos? Pues es así. Todo lo demás es un tiempo de regalo en el que llevamos a cabo ociosas tareas que a la Naturaleza no le interesan nada. El cerebro, que también es parte de la Naturaleza, ha inventado sin embargo nuevas herramientas ―a una de las cuales llamamos medicina―, porque el cerebro demuestra mayor afecto por los individuos que su desnaturalizada madre. El conflicto entre madre e hijo acabará saldándose con la victoria del segundo, el cerebro y sus circunvoluciones ―el reino de la fantasía―, pero los débiles seres humanos, aún agarrotados por las instrucciones del tiempo de los lagartos, ¿qué decimos? Pues, con el corazón en un puño, cogemos el teléfono y decimos, ¿quieres que volvamos a casa?, ¿qué clase de planes tienes…? Sí, fui yo el que empezó.

lunes, 2 de febrero de 2026

ENTREGA 83

  

Lo del budismo zen, lo de sentarse a meditar, es un poco como lo que estaba contando. Estar sentado es buena postura para tocarse la cabeza, para intentar esclarecer cómo es la vida. A veces se ve todo rojo y a veces se ve todo verde. Cuando se ve verde es que tienes vía libre, el mundo es tuyo, no hay problema, y cuando se ve rojo, lo que a lo mejor sucede es que te has estrellado contra una pared o cualquier otro obstáculo. A lo mejor lo que ocurre es que estás en el suelo sentado con las piernas cruzadas y sin poderte levantar, ningún músculo te responde, los de los brazos mucho menos; no oyes; la sangre te chorrea por la cara, pero como de momento no sabes quién eres, no suele haber conflictos de ningún tipo, ni siquiera mentales, y puedes hasta escuchar las voces del cielo. ¿Puedes hacer eso? Pues sí, o por lo menos oyes cánticos celestiales. ¿Era Sandi la que cantaba? Pudiera ser, porque lo primero que vi, y esta vez no era ya rojo sino que tenía estrellitas en la frente, fue a Sandi que me miraba. Luego también vi a Pedro y escuché su voz de trueno, y luego a Claudia, que estaba sonriendo forzadamente… Lo que ocurrió fue que Pedro se marchó en seguida, porque como siempre está tan ocupado no estuvo mucho rato, pero las mujeres se quedaron a hacerme compañía y me explicaron algunas cosas.

Cuando me la di con Paco Calambres, cuando nos encontramos en lo alto de aquella cuesta de la sierra de Albarracín, cuando coincidimos en el espacio y el tiempo, puesto que ambos supuestos tienen que darse simultáneamente ―si no, no sucede nada―, estuvimos un rato allí tirados. Yo me desperté antes, pero aquello tampoco sirvió de mucho porque lo veía todo rojo y escuchaba los citados cánticos celestiales. Luego él se despertó, y aunque no estaba muy bien ―tenía un hombro roto y la cara llena de sangre― se dirigió a mí y dijo, ¿estás bien?, ¿te puedes levantar? Como yo sólo le miraba, y no contestaba, me preguntó, ¿tienes teléfono?, pero yo no tenía, hacía muchísimo que no lo llevaba, él tampoco, y todo esto sucedió en mitad de una sierra que no debía de venir ni en los mapas. A lo mejor estoy confundido y no era la sierra de Albarracín, a lo mejor eran los Montes Universales.

Hay que reconocer que Paco Calambres estaba cachas. Con un hombro roto se las ingenió para levantarme del suelo, y eso que yo pesaba ciento veinte kilos. Me puso en pie y me dijo, haz un esfuerzo, tenemos que ir a que nos curen, por aquí no hay nadie, bueno, si tú no puedes, ya iré yo y traeré a alguien, y no sé cómo pero lo hice, aunque por el camino aún me caí varias veces, y al final de la mañana, después de caminar muchísimo, llegamos a una carretera; no era una carretera buena, era de segunda fila, pero pasaban coches, por lo menos algunos. Yo, cuando vi la carretera, pensé que estábamos salvados y me senté en el borde a esperar. Paco Calambres se puso allí de pie a hacer gestos a los pocos coches que circulaban, sólo alguno de vez en cuando, pero no paró nadie, aunque resulte raro. Las personas nunca pensamos en el sufrimiento ajeno, no lo sentimos; pensamos que se va a manchar la tapicería del coche, por ejemplo. Eso a algunos no nos importa, pero a la mayoría sí y tampoco vamos a pensar todos igual. También pensamos en que tenemos prisa o el coche lleno y ya no cabe nadie más, pensamos muchas cosas, así que al cabo de un rato me dijo, aquí cerca hay una gasolinera, a ver si podemos llegar hasta ella, y me volvió a levantar, yo esta vez ya casi pude hacerlo, de forma que, agarrados y apoyándonos el uno en el otro, anduvimos unos cuantos kilómetros hasta que llegamos a la gasolinera. Durante el trayecto pasaron más coches pero tampoco se detuvo nadie, ni siquiera para preguntar, y eso que yo iba disfrazado de motorista y cayéndome y Paco Calambres hizo toda clase de gestos con el brazo que le quedaba sano; alguno frenó un poco, sí, pero luego aceleró. La verdad es que no teníamos un aspecto muy presentable, pero así y todo. Si hubiera pasado algún motorista seguramente se habría detenido porque los de las motos suelen ser más corporativos, pero no pasó ninguno, y yo todo esto lo vi entre nubes de color púrpura, y si no juraba en hebreo era porque ni fuerzas para ello debía de tener.

Luego ya fue todo más fluido porque en las gasolineras no suele haber tapicerías. Al cabo de un buen rato aparecieron las ambulancias y los guardias y a nosotros nos trasladaron al hospital de la comarca, en donde acabó aquella aventura. También debería añadir que, después de lo sucedido, a ninguno nos sucedió nada. A mí me descubrieron el bisonte, pero eso no tuvo nada que ver con lo de los Montes Universales, porque cuando llegué al hospital ya lo tenía dentro.

Nuestra prima Beatriz salió la más puta de toda la familia. Esto de tener tan cerca lo que no te imaginas es una cosa que llama la atención. Además, ella no se corta, y en eso hace bien. Una vez le oí decir,

―A la mitad no les cobro, ya tengo yo suficiente dinero, ¿para qué les iba a cobrar? Así puedo elegir al que me dé la gana, aunque algunos días prefiero a los que no me gustan nada, a los más asquerosos. Cuando uno de esos te pone la mano encima tienes sensaciones que no se pueden explicar. Deberíais hacer la prueba alguna vez.

Beatriz respiró y nos contó algunos de sus artificios.

―Te disfrazas de monja, y cuando llega el maromo, vamos, quiero decir el chorvo ―en la literatura clásica se le conoce como cabrito―, te haces un rato la estrecha y luego te desnudas delante de él. Cuanta más ropa lleves encima, mejor; así dura más el numerito. Al final te tienes que quedar en tanga, porque si te lo quitas todo es contraproducente. Luego, si quieres, lo puedes apalear; la mayoría se deja.

Beatriz siempre tuvo una imaginación desbordada, y todo esto lo dijo en una cena que organizó en una gran mesa redonda y a la que asistimos unos cuantos, y cuantas. Varias amigas suyas, Ana ―que es su hermana, como recordarán―, Alison, el guarro y yo mismo. Las mujeres se rieron muchísimo, estuvieron toda la cena y la sobremesa riéndose, jaleándola y tirándole de la lengua, pero el guarro y yo nos escandalizamos no poco y pusimos toda clase de caras. Se ve que eso de ser mujer es una cosa bastante especial.

jueves, 29 de enero de 2026

ENTREGA 82

  

ACCIDENTE

 Yo me llamo Cacho Madera y voy a seguir con mi historia. De pequeños éramos unos pastas porque nuestros padres eran unos ricachos, esto ya lo dije, lo he dicho varias veces, pero un día se mataron en un accidente de coche y de ahí en adelante todo empezó a ir mal. Primero la Universidad y el baloncesto; luego los abogados, que sonreían y nos invitaban a comer… Más tarde llegaron los amigos y todo cambió. El cuerpo no está hecho para maltratarlo, no, al cuerpo hay que cuidarlo mucho. Cuando uno es joven puede hacer locuras, pero debe ser con tiento.

Ahora estoy en el hospital con la monja. No sólo tengo una de esas enfermedades nuevas y misteriosas para las que no existe cura, sino que encima me he pegado una galleta en la moto y me he quedado medio paralítico. La monja me lava, el culo y lo demás, y yo aprovecho para correrme, o bueno, para intentarlo, porque no lo consigo nunca; tampoco es que tenga muchas fuerzas. Un día se lo dije y ella pegó toda clase de gritos y me lavó con agua bendita, y entonces el médico se enteró y le echó una buena bronca, la llamó santurrona y otros calificativos por el estilo. Luego la monja se fue acostumbrando, y aunque me miraba raro, al final hacía bromas acerca de ello. Yo creo que las monjas que lavan a gente en los hospitales son personas como las demás, aunque a veces no lo parezcan, al menos por la indumentaria.

El guarro ya no viene nunca por aquí, por lo menos hace mucho que no viene, su mujer no le deja. ¿Tiene mujer el guarro? No, debe de ser sólo novia. Ahora no veo más que a la monja, ese pedazo de carne con ojos y manos. El guarro maneja un pontiac y no ha hecho ni la mitad de burradas que yo. Algunos de nosotros no lo han hecho mal, no, aunque otros… Bueno.

Yo me llamo Cacho Madera y estoy fatal, porca vida; para esto le hacen nacer a uno. Quise enrollarme con las máquinas, pero eso no sirve para nada. Nadie sabe cómo lo ha cogido, el bicho, el bisonte pequeñito que empuja. A lo mejor fue en un vaso de un bar, aunque no creo, dicen que así es imposible, pero el caso es que lo tengo dentro, y cuando choqué con la cara de Paco Calambres ya lo tenía. Paco Calambres es buen tío.

Cuando me la di en la moto, iba por un camino de tierra de la sierra de Albarracín. Era primavera y llevaba casco. Yo siempre he sido precavido; no mucho, aunque sí lo suficiente. Como yo llevaba casco, el otro, Paco Calambres le dicen, me metió la frente por el trozo que falta del casco, el trozo por el que miras. Paco Calambres iba en una vespita vieja, pero así y todo debía ir a sesenta ―yo iba a más, claro, yo no iba en una vespita―, y coincidimos en lo alto de una cuesta. Él venía y yo iba, o al revés, y ninguno pensaba que por allí fuera a andar alguien; los dos saltamos y nos encontramos en lo más alto…

El bicho me lo descubrieron en el hospital. El bicho es como un bisonte; pequeñito pero como un bisonte. Embiste poco a poco, se hace el remolón, empuja y empuja…, y el día en que llegue la estampida que sea lo que Dios quiera.

… y cuando llegamos arriba, sentí como si me hubiera tropezado con una pared.

Paco Calambres es buen tío, sí. Al principio venía a verme, luego menos, y ahora hace ya tiempo que no aparece. Me dejó un teléfono. Mira, cuando quieras me llamas aquí, tú y yo somos hermanos de sangre. Así y todo no se lo pegué, a pesar de lo de la sangre no se lo pegué, le hicieron todas las pruebas y dio negativo. (El teléfono lo paga Claudia, me parece.) En su pueblo le tiraban piedras porque es hospiciano. Incluso el guardia le tiraba piedras, pero el guardia al final contrajo, y entonces Paco Calambres fue a la salida del acto y le devolvió las pedradas. Algunos invitados se enfadaron muchísimo, pero aquello no pasó de allí porque era día de fiesta y Paco Calambres ya era mayor, el guardia también, el guardia era mucho mayor que Paco Calambres, y al final tiraron a la novia al río con traje y todo, ceremonia que se sigue llevando a cabo en los pueblos.

Al principio no supe qué sucedía, me parecía que andaba entre nubes, sí, entre nieblas, porque no veía nada, aunque luego, al cabo de un rato, resultó que lo veía todo rojo, como en las discotecas, y aún más tarde oía voces celestiales, las de los espacios etéreos. Cuando empecé a acordarme de lo anterior me veía en moto, iba sobre una moto, pero ahora oía voces celestiales y no entendía nada. Las nubes devinieron en rojas y por fin caí en la cuenta. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¡Si yo iba en moto…! Más tarde aún, de repente, vislumbré un paisaje rojo, un suelo rojo, una especie de retama roja, una mano roja, que era la mía… Estaba sentado en el suelo y tocándome la cabeza, ¡qué cabeza más dura tenía…! Claro, como que era el casco.

Yo quise enrollarme con las máquinas, pero cuando me di cuenta de que aquello no servía para nada, me pasé al budismo zen, eso fue antes de lo del hospital, y también estuve en la Iglesia Evangélica. A esta asociación me llevaron los gitanos. Cantábamos, y les coticé bastante, pero tampoco ha debido de servir para nada porque hace mucho que ninguno aparece por aquí para reconfortarme.

ENTREGA 86

  Una noche en que estábamos cabreados, y Xiomara era de armas tomar, todo un carácter, trajo a casa a un francés alto, me imagino que par...