lunes, 6 de abril de 2026

ENTREGA 101

 

Javi y yo, en el grandioso parque del hospital, a la sazón desierto, nos hicimos uno de esos pitillos finitos que no tienen tabaco, y cuando nos lo hubimos fumado empecé a ver a Elías en su carro que circulaba por encima de los chopos; sí, el carro de fuego de Elías con sus caballos blancos y alados, y no se sabía cual era la fuerza de propulsión. ¿Eran los caballos blancos que galopaban o era el chorro de fuego…?, y de súbito caí en la cuenta. Aquello se parecía a algo de lo que había estado soñando mientras me mantuvieron en estado de completo reposo. De repente acudieron algunos duendes a mi cabeza y allí empezaron a dar vueltas…

Era de noche, y la noche estrellada. De las alturas se desprendió una de aquellas luces, que después de recorrer muchos caminos zigzagueantes y expeler infinitas luciérnagas coloreadas, vino a tomar mi dirección y aumentar de tamaño hasta convertirse en un voluminoso objeto conducido por dos caballos blancos, una nave espacial llegada calmosamente de las mismísimas estrellas. La nave era entre trineo y bala de cañón de remachadas armaduras, y en sus laterales lucían infinidad de acristalados ojos de buey, circulares ventanillas como las de los aviones antiguos, mientras un personaje de níveas barbas se asomaba precisamente por una de ellas. Era un intermedio entre Papá Noel, el auténtico profeta Elías y un piloto de líneas aéreas; en la bocamanga llevaba galones dorados y hacía señales para llamar mi atención. No sé cómo, pero debió de ser de la forma en la que los sucesos tienen lugar en los sueños, se detuvo mientras los caballos seguían galopando como si lo hicieran en una de esas bandas rodantes, y acercándose a mí desde la ventanilla, haciéndose más y más grande a cada momento, me dijo,

―¿Quieres venir a las estrellas? Nuestra próxima parada es en Alfa del Centauro.

Yo me asusté y dije que no.

―No, muchas gracias, pero estoy bastante ocupado aquí abajo. Además, no fumo.

Entonces, el curioso personaje, que tenía la voz del tío Aldy, me dijo adiós con la mano y tiró de las riendas que salían por la parte delantera de la bala de cañón. Los caballos redoblaron sus esfuerzos, y por la parte de atrás de la bala surgieron llameantes y silenciosos fuegos, como si la maquinaria estuviera en pleno proceso de aceleración, tras lo que poco a poco se perdió en dirección a las alturas, el Reino de las Estrellas, aunque luego, en seguida, en tanto que la nave desaparecía rumbo a su destino, lamenté mucho haberme comportado de tal forma, pues, ¿quién podía saber cuándo se me iba a presentar otra oportunidad de hacer un viaje semejante?, y mientras la veía alejarse decidí no dejar pasar la siguiente ocasión de manera tan tonta.

Todo esto se me representó vívidamente y yo me acordé del tío Aldy y la predicción anterior a su muerte, aquello de la humanidad está a punto de salir de casa para siempre, misteriosas palabras que al final han resultado literalmente ciertas.

No digo que aquella vez, en el parque, sucediera lo mismo, porque cuando Javi y yo estuvimos allí era de día, pero sobre los árboles y por debajo de las nubes blancas vimos circular un artefacto. A lo mejor fue un bólido o a lo mejor fue un pájaro, uno de esos pájaros de la mente, o a lo mejor fue Supermán, quién sabe. Yo le dije a Javi, ¿lo has visto?, y él me dijo, sí, ha debido de ser un meteoro, aunque más bien supongo que se debería a los efluvios del tetrahidrocannabinol, ese alcaloide que, a ciertas personas al menos, nos permitió vivir dos vidas diferentes durante mucho tiempo. Hacía una tarde buenísima, una tarde primaveral y soleada, soplaba un viento fresco, que suelen ser los mejores, y nosotros estuvimos tirados en aquel prado de hierba verde y mirando al cielo muchísimo rato; pudo ser cualquier cosa.

Todo ello me distrajo de tal manera que acabé por olvidarme del tabaco, de Xiomara, de mis achaques, del Cacho, de la edad y de casi todo lo demás. Yo no sé si tendría algo que ver, pero cuando tras un último mes de estancia salí de allí, de aquel hospital, noté que las incertidumbres y conflictos de mi vida anterior se habían borrado de la memoria, aunque la regeneración de las células afectadas también influyó, y de qué manera, y Louis, para colmo, al cabo del tiempo, cuando le tocó, cuando se hizo mayor, porque entonces ya teníamos alguno más de treinta años ―o sea, que habíamos cruzado una de las fronteras de la vida, no sé si la primera o la segunda, eso ya depende de cada cual―, se arrocheló, es decir, se quedó colgado con una chavala. En algunos diccionarios no viene esta acepción, pero yo siempre lo he oído decir así.

La chica, por lo que me pude enterar, se llamaba Aída, aunque eso no me lo dijo él. Lo que Louis hizo fue mandarme un mensaje, en el que, entre otras cosas, decía, he conocido a una chavala que parece brasileña…, y por el tono ya se adivinaba lo que iba a suceder: que se iba a ahorcar. El mensaje, además, incluía una imagen en la que ella no parecía brasileña ni parecía nada; lo que parecía era que Louis no sabía hacer fotos. Cuando miraba por el visor no sabía adónde miraba, y por más que yo había intentado enseñárselo, no lo había conseguido. En aquella imagen se veía mucho cielo, que no interesaba, y muy poco suelo. A la figura la había cortado por la tibia y el peroné, a media altura ―el peor sitio―, aunque luego resultó que estaba muy bien, tanto por fuera como por dentro. Yo la conocí aquel verano en un bar de una costa verde. Tenía diez años menos que nosotros y bebía sin moderación. Era una especie de morena alta que sí, bueno, podía parecer brasileña, pero para imaginarse aquello había que darle muchas vueltas al asunto y echarle bastante imaginación; había que estar muy en trance amoroso, como era el caso de Louis. A mí me pareció normal y con tendencia a la juerga, una piba de las que, a fuerza de buen humor y sonrisas, te inspiran confianza desde el primer momento… Bueno, no puedo decir nada mejor. ¿Alguien pensaba que Louis se iba a confundir? Yo, que le conocía bien, ya sabía que no, pero en fin, dejemos esto, Louis se arrocheló, y por lo menos dejó de hablar de putas.

¿Saben ustedes lo que me dijeron el otro día Pedrito y Sandi, que son como hermanos, cuando volvían de la playa con un gomón monumental que guardan en el garaje? Pues me dijeron: la 3D es para tontos; es muchísimo más divertido irse a la playa con un neumático de tractor y tirarse la mañana cogiendo olas.

Los que van a buscar a las chicas ocultas van siempre en un todo terreno. Están enfrente de su casa, de la de la chica oculta, con los cuatro intermitentes encendidos, esperando. Luego baja ella y se van a cenar por ahí. Entonces, los que los ven, dicen, fíjate, fíjate qué gallina, y parecía tonto… Las chicas ocultas, a las que pocos conocen, viven en casas que están muy bien. Son casas de lujo con tapia blanca muy nueva, aunque llena de pintadas. Allí está escrito lo de, si no está contigo a quien amas, ama a quien está contigo, y también lo de la imaginación al poder y lo de, papá, ven en ácido; allí pone casi todo lo que se puede leer entre las líneas del universo. No lo de que todos somos eslabones de una cadena, de una misma cadena, pero es lo mismo, todo llegará, no se preocupen ustedes por eso, es cuestión de tiempo. Algunas de estas chicas ocultas, por cierto, tienen hijas que en un futuro es casi seguro que no van a ser como sus madres, ni muchísimo menos. Son chavalas de trece años, la mejor edad, que ya prometen, y que cuando pase el tiempo…

jueves, 2 de abril de 2026

ENTREGA 100

  

LOS TREINTA AÑOS

 Después de la aventura africana y las muertes del Cacho y el tío Aldy, no sé cual de aquellos motivos fue la causa, seguramente todo se debió a una conjunción de ambos, volví al punto de partida, mi ciudad de siempre, y allí me quedé atascado. No podía salir y no sabía la razón, algo parecido a lo que les sucede a esos que están en una casa en El ángel exterminador, aquella película de Buñuel. Ya la he visto, claro, y Viridiana también la he visto y me acuerdo mucho de ella. Él, o Rosana, también las he visto… De Buñuel me parece que las he visto todas, es inútil que insistas, no me vas a coger, son todas fantásticas. ¿Cuándo nacerá el próximo Buñuel? A lo mejor ha nacido ya y nadie lo sabe; él tampoco.

Aparte de mi repentina incapacidad para ir a algún lado o hacer algo nuevo, empecé a advertir señales raras, barruntos del porvenir. No sabía qué era, pero en mi fuero interno lo achacaba a la edad: claro, como acabo de cumplir treinta años… Eso me decía: esto debe de ser cosa de la edad… ¡Lo que es la ignorancia!

Entonces empecé a ir al médico. El médico era el de la familia, el de toda la vida, aunque también le pregunté alguna vez a Pedro, mi cuñado, pero lo que me sucedía no debía de ser de la especialidad de ninguno de los dos porque no acertaron en absoluto; vamos, ni se aproximaron. El médico que yo conocía desde siempre, que por aquel entonces era muy mayor, me dijo que no me ocurría nada, que fumaba demasiado y tenía un principio de bronquitis; que fumara menos y me pusiera no sé qué inyecciones.

Yo pasé aquel invierno dando tumbos por la ciudad, leyendo sin parar y bebiendo cerveza, y también me dio por escribir. Me iba al campo en coche, a las afueras, día tras día, y pasaba el tiempo escribiendo. Llené varios blocs, pero aquel malestar, que al principio era muy tenue, no desaparecía sino que iba a más. Volví al médico varias veces, pero no me hizo el menor caso. Insistía en lo de la bronquitis y yo seguía escribiendo y pensando en lo de la edad; claro, como ya tengo treinta años…

Así transcurrieron unos meses, ya digo que llené varios blocs, y a lo anterior se sumaron otros síntomas, si cabe más alarmantes. Tenía una tos desmedida, o también, de repente me despertaba por la noche chorreando, como si hubiera tirado un cubo de agua encima de la cama o acabara de salir de la ducha; era sudor a lo bestia, y tenía que cambiar la ropa porque estaba empapada. Yo, mientras tanto, temblaba y temblaba y no sabía lo que ocurría… Tampoco podía subir cuestas porque me cansaba y empezaba a jadear, y, además, no podía comer, aquello era lo peor. Parecía que tenía hambre, pero en cuanto me ponía delante del plato y tomaba dos cucharadas se me quitaba, la comida me empezaba a dar asco y lo tenía que dejar.

¡Qué bien me hubiera venido entonces tener una Carina al lado! ―claro, esto es lo que se piensa siempre―, pero no la tuve y no me quedó más remedio que lidiar yo solo con aquella historia, y en cuanto a lo que escribí, no puse más que tonterías; aquello parecían las lamentaciones del Miserere a propósito de mis últimas y fatales aventuras con Xiomara… Me dio por acordarme y no me lo podía quitar de la cabeza. Menos mal que duró poco y que aquellos papeles se perdieron.

Al fin, una noche, durmiendo, me despertó uno de los acostumbrados y monumentales ataques de tos y pensé, ¡qué raro sabe esta tos…! Encendí la luz y encontré la almohada roja, y nada más verlo supe qué era lo que me sucedía, claro, tampoco es que haya que ser adivino, aunque el que no lo era era el médico. A la mañana siguiente le llamé y le dije, oye, mira, escúchame, esta noche he puesto la almohada perdida de sangre, y él, tras una pausa muy significativa, me dijo, hombre, entonces lo que tú tienes es tuberculosis… Eso ya lo sabía yo, que para saber eso no hace falta ser médico.

De allí me mandaron a un hospital en el campo, me mandaron Claudia y Pedro. Estaba en el borde del mar y en él hice dos descubrimientos. El primero, que había adelgazado veinte kilos y no me había dado cuenta ―cuando llegué al hospital pesaba alguno más de cincuenta, es decir, que estaba en los huesos; la ropa me sobraba por todas partes y no me había dado cuenta, ni nadie―, y el segundo, que con una banda de Mœbius se puede demostrar que una hoja de papel tiene sólo una cara. Esto lo leí en un libro y me costó entenderlo, aunque al final lo consiguiera; en cuanto lo hice con las manos.

Era un hospital buenísimo. Para empezar, estaba medio vacío. Éramos unos treinta o cuarenta residentes, la mayoría muy mayores y tristes, que nos recuperábamos de diversas dolencias. Entre las enfermeras y enfermeros había de todo, pero había una en particular, Ana, Ana la guapa, que solía venir a despertarme por las mañanas. Entraba con su sonrisa, su traje clásico de enfermera, su melena larga y negra y una bandeja llena de frasquitos, y decía, buenos días… Yo, para hacerla rabiar, me hacía el dormido un instante, y luego sacaba de debajo de las sábanas la cámara de fotos y le hacía unas cuantas mientras ella intentaba esconderse dando gritos. Lo que sucedía era que en aquella habitación no había en dónde esconderse. Si no querías que te hicieran fotos sólo podías tirarte al suelo, porque yo estaba en una cama grande y alta, o salir corriendo por la puerta, pero Ana nunca hizo nada de aquello sino que me reñía, aunque tampoco demasiado porque luego se iba riendo, de forma que yo creo que aquello la motivaba; yo tenía treinta años y Ana debía de andar por los diecinueve o veinte, que es una de las varias edades perfectas por las que transitan las mujeres.

Ya saben ustedes que una tuberculosis, en particular si es pulmonar, bilateral, activa y cavitaria, te deja completamente hecho polvo. Si, además, te ha pillado desprevenido y se ha podido desarrollar con impunidad, empiezan a producirse fenómenos paranormales. A mí se sucedió de todo, pero es que yo me había hecho un agujero del tamaño de una naranja. Primero estuve, según me contaron, durmiendo una semana. No sé cómo fue aquello, porque lógicamente no me enteré, pero dejé de fumar. Cuando me desperté del prolongado letargo en que me sumieron la química y los médicos se me había olvidado lo del tabaco; es más, si lo pensaba me daba asco. Yo no había fumado mucho, pero desde entonces comenzaron a darme asco los cigarrillos.

Durante aquella semana en los brazos de Morfeo debí de soñar multitud de cosas, ¡con lo dado que era yo a soñar!, pero cuando desperté no me acordaba de nada, y bien que me extrañó. Sin embargo, una mañana de unos días después, de repente, imágenes vislumbradas con anterioridad afluyeron a mi cabeza. Vi otra vez la montaña submarina que se movía, la mole inconcebible erizada de fibrosas algas marrones, algo muy oscuro. Además nadaba, no sé por qué pero nadaba, o quizá fuera mejor decir que se arrastraba. Se desplazaba dando tumbos por el fondo del mar levantando cieno y espantando a los peces abisales…, pero aquello no fue nada comparado con lo que me sucedió a los pocos días.

Javi había venido a hacerme una visita (visitar a los enfermos, una de las obras de misericordia) desde varios cientos de kilómetros de distancia, y trajo un poco de hierba. Yo no tenía ninguna gana de fumar, ya lo dije, pero aquello no lo miré con mala cara, todo lo contrario, aquello me apeteció porque fumar hierba no es fumar, o eso me había parecido desde siempre.

lunes, 30 de marzo de 2026

ENTREGA 99

  

Y así estaban las cosas cuando, un día, de improviso, llegó la hora que tanto tiempo había esperado.

―Sí, mucho os esperé y mucho había oído hablar de vosotros, noticias anteriores procedentes de algunos miembros de mi grupo original, enseñanzas con este objeto y las luces azules de focas y personas y todos los seres que piensan. ¡Aquellos bombones amargos y las puertas de los ascensores…! Malos y angustiosos ratos también hubo, y vanos y fallidos intentos, hubo de todo, pero al fin estoy aquí, con ellos, y lo que he sentido compensa con creces lo anterior.

Sucedió una tarde en que estábamos retozando en ciertas praderas marinas conocidas por su exuberancia, en aguas de escaso calado, y ellos llegaron despacio. La manada, mi aún exigua manada, fue atravesada por ciertos pensamientos, empezaron a oírse voces, ¡ya están aquí!, ¡han vuelto…!, y el agua se tiñó momentáneamente de color azul eléctrico. Sólo fue un instantáneo fogonazo pero la señal no pudo ser más clara, y unos cuantos más decididos, o simplemente más predispuestos a tan desusado fenómeno, se apartaron del grupo y se reunieron alrededor de unas formaciones de coral policromado iluminadas por la difusa luz solar que hay en esas profundidades.

―Estas luces atraviesan todo el planeta; algunos las sienten, pero la mayoría no advierte nada.

Estas luces se expanden a mayor velocidad que la propia de la luz.

―¿Es esto posible?

Sí, aquí todo es posible, hasta lo que no tiene nombre conocido; todo puede suceder, aunque nosotros no sepamos cómo.

―¿No caerían con ello las leyes de la física?

Las leyes de la física no pueden caer porque nosotros somos la física. Ya sé que a muchos de vosotros esto les parece una barbaridad, pero no os fiéis de ellos. Ellos no lo saben todo, nadie lo sabe todo y siempre habrá un más allá, incluso tras la muerte térmica.

―Así pues, ¿de dónde proceden estas luces?

Es tontería querer averiguarlo. Proceden de más allá del océano, y también de más allá de lo que podéis ver. ¡Vuestros ojos son tan limitados!

―¡Proceden de Próxima del Centauro, lo estoy sintiendo en mis oídos…! Me gustaría conocer los nombres de las estrellas…

¿Los humanos nombres de las estrellas?

―Sí, eso también. En una ocasión me habló una voz humana. Era la de su abuela Tente y me dijo, visto desde la superficie de la Tierra todo el firmamento gira alrededor de la Estrella Polar. Por la noche, cuando sacas la cabeza del agua, puedes contemplar el cielo estrellado con sus mil figuras, y si tienes suerte puedes ver hasta el Lucero del Alba…

Yo, que sentía gran curiosidad por conocer lo que estaba sucediendo, me uní a aquel grupo, y aunque tuve que soportar ciertas miradas, e incluso algunos leves aletazos de recelo, conseguí hacerme un hueco y escuchar.

―La humanidad en conjunto es una enfermedad venérea para el planeta Tierra ―y si eso dicen los ets, que están tan lejos y nunca sufrieron ningún daño, solamente en lo que pueda afectar a su sensibilidad, ¿qué deberíamos decir nosotros, los cetáceos, de esa misma humanidad, capitaneada por aquel hijo de infame madre que en mala hora nació y en su funesta vida se llamó Svend Foyn, el inventor del arpón explosivo?

Semejante personaje, que en su actual encarnación estará purgando sus muchos delitos en un baño de alquitrán fundido, armó un navío para mejorar con la práctica sus instrumentos de tortura y muerte y lo llamó Spes et Fides, Esperanza y Fe. A más no se atrevió, porque la caridad era algo que no entraba en sus planes.

Aquel fue mi primer encuentro con los exteriores, y desde entonces…, sí, desde entonces han sucedido muchas, muchísimas cosas.

jueves, 26 de marzo de 2026

ENTREGA 98

Los extraterrestres

 

CONEXIÓN

En aquellos tiempos iniciales, durante una buena temporada, fuimos muy pocos. Los cinco que nos habíamos desgajado del grupo original, otras dos hembras perdidas que encontramos en mitad del océano y aceptamos de buen grado, y los recién venidos al mundo, tres bebés que nacieron puntualmente trece meses después de los ritos de rigor. Ellos fueron mis primeros hijos, y cuando nacieron sentí una nueva responsabilidad. ¿Podría irme aquel verano a los mares del Norte? La excursión anual, que ya me había acostumbrado a hacer, era lo mejor que sucedía durante la temporada, pero dejar a mi reciente familia a expensas de lo que pudiera decidir Crispincín, que era jovencísimo, ¿sería prudente…? Una manada de cachalotes de diez individuos es una manada ridícula, y si aparecieran las orcas ninguno tendría salvación, no digamos ya los humanos, insaciables seres que matan por placer. Ambos supuestos eran improbables porque el océano es muy grande y las posibilidades de encuentro remotas, pero nunca se debe descartar tal contingencia, así que me dije, mejor este año me quedo con ellos, y de paso podemos suscitar unos cuantos encuentros con grupos fecundos para aumentar nuestro número. Las manadas de cachalotes tienden a equilibrarse unas con otras, al igual que sucede con las olas del mar, de manera que aquel verano fuimos tímidamente en busca de alguna que nos acogiese de forma transitoria.

El primer encuentro se produjo en una de las fosas de las Antillas que conocíamos de ocasiones anteriores, y no fue un encuentro normal, no, porque topamos con una de las manadas más grandes que he visto en mi vida. En los grupos grandes suele haber mucho jolgorio y diversión, debido a lo cual las maestras tienen dificultades para gobernarlas en su totalidad, y aquella, por lo que pude observar, no era una excepción. Como yo era el jefe de los recién llegados, fui saludado por los mandamases de la ingente comunidad con gran alborozo, mugidos, piruetas, saltos y chapuzones. Uno de ellos, el que llevaba la voz cantante, me dijo,

―Buena ocasión para que elijas unas cuantas hembras. Procura que sean jóvenes para que tengan la oportunidad de aprender vuestros usos y costumbres, y si quieres machos también te puedes llevar; tenemos muchísimos que no hacen más que revolver. Ya están a punto de salir de este grupo, pero no sería malo que se fueran colocando cuanto antes. ¿No vas a subir este año a los mares fríos? Algunos de nosotros nos iremos pasado mañana, y si quieres te puedes unir al grupo ―pero yo, que ya había decidido quedarme con los míos, decliné el ofrecimiento.

―No obstante, el año que viene sí podríamos hacer el viaje juntos.

A mediados de la estación y reforzados en número partimos en busca de nuevos grupos. En aquella ocasión nos dirigimos hacia el norte, a las frías aguas del Atlántico en donde las fosas son aún más profundas, y allí permanecimos el resto del verano. Tuvimos algunos nuevos intercambios, y también algún parto, pero lo mejor y más sorprendente fue que en uno de los encuentros me di de bruces con una antigua conocida de la que es posible que aún se acuerden ustedes. Yo sí me acordaba, ¡y cómo!, porque estas aventuras no se olvidan fácilmente. Era aquella hembra que en mis años de juventud estuvo a punto de apartarme de mi grupo. ¿No recuerdan su nombre? Yo la llamaba Proserpina, la hembra de piel suave y hondo mirar, que por aquel entonces estaba muy crecida, casi tanto como yo.

―¿Tú por aquí…? ¡Qué sorpresa!, el mar es un pañuelo ―y desde que la vi me dije―. Buen hallazgo, ¿querrá venir con nosotros?, y lo que es más, ¿podrá hacerlo sin impedimentos?

En estos casos hay que dirigirse a las hembras ancianas, que son las que mantienen el orden y la cohesión, pero ellas no encontraron obstáculo.

―No hay ningún problema. Quizá te la cambiaríamos por alguna de las tuyas, pero no es necesario; tenemos superpoblación de hembras en edad fértil, y si te gusta, que se vaya con vosotros. Espero que el gran maestro no se enfade a la vuelta de su viaje, aunque lo más probable es que no se dé cuenta; ya está muy viejo y va a durar poco.

Proserpina, por su parte, dijo,

―Tengo varios hijos, pero están todos criados y quizá sea este el momento de cambiar de vida y horizontes. ¿Quién fue aquel que dijo que cada diez años se debe cambiar de ocupación?

―No lo sé, pero debió de ser un sabio.

―Sí, un sabio… Nosotros sólo vivimos una vez, y ahora que te he vuelto a encontrar…

Después de aquel verano la manada aumentó mucho su número, hasta llegar a la treintena. Teníamos con nosotros una pandilla de jovencitos que eran quienes abrían camino, o sea, actuaban de exploradores, subían y bajaban a las fosas que encontrábamos y daban novedades acerca de sus características, preferentemente las que se referían a la calidad de los alimentos, y había también un núcleo de madres primerizas enormemente preocupadas por los niños, la educación de estos y otras materias afines, con cuya ayuda organizamos la escuela que en toda manada debe haber, a la que dedicaban la mayor parte de su tiempo.

―¿Qué es un cefalópodo…? ¡Mirad!, ¡qué tonto!, no sabe lo que es un cefalópodo; pareces Crispincín en su más tierna juventud… Pues como no espabiles te vas a morir de hambre. ¡Un cefalópodo es un bicho que tiene los pies en la cabeza!, ¿cuántas veces lo vamos a tener que repetir? Apréndetelo bien… ¿Y la talasoterapia?, ¿tampoco sabes lo que es la talasoterapia? Pero si de eso hemos hablado muchas veces…

lunes, 23 de marzo de 2026

ENTREGA 97

YO ME LLAMO SANDI ESTILOGRÁFICA

Yo me llamo Sandi, Sandi Estilográfica; lo de estilográfica me lo puso mí tío el guarro y luego contaré por qué, tampoco hay que ir acelerando innecesariamente. A mí siempre me ha gustado mucho escribir. De pequeña aprendí a hacer una letra buenísima, y mi padre putativo, o sea, mi pseudopadre, el Cacho, el Cacho Madera le decían, aunque se llamaba Víctor ―pero esto no lo debe de saber mucha gente―, me llamaba pendolista; menudo lío me armó con ese término cuando era pequeña. Mi tío, mi único tío, el guarro, está más bueno que un queso, sobre todo cuando no se afeita, o eso me parece a mí. A lo mejor me equivoco o a lo mejor poca gente estaría de acuerdo conmigo, pero a mí siempre me pareció guapísimo. El Cacho, mi padre, era muy alto y rubio y también era guapo, pero a mí no me inspiraba nada. Estas cosas de que unos te digan y otros no son dignas de estudio, son un misterio, son como la mayor parte de los fenómenos que suceden dentro de la cabeza. Todo esto lo estoy escribiendo con la mejor letra de que soy capaz.

Cuando mamá se murió, mamá era Alison, lo pongo por si alguien no se acuerda, yo me quedé con Cacho, Cacho es Víctor, pero él estaba hecho de una pasta un poco rara, no tengo más remedio que reconocer que era débil, el pobre. Bueno, con nosotras siempre se portó bien, y aun mejor que bien; con nosotras formó una familia, su familia, pues parecía que llevaba toda la vida esperando a que apareciéramos. Yo nunca tuve familia. Cuando era pequeña no tuve padre, y si lo tuve, no me acuerdo. Los primeros años de mi vida se pierden en la noche de los tiempos. Mis primeros recuerdos se reducen al jardinero de mis tías, que llevaba un buzo azul y me miraba de soslayo ―y eso que yo sólo debía de tener cinco años―, y a mis tías, mi tía Ciruela y mi tía Mandarina, aunque mejor habría que decir mis tías uvas, porque estaban más secas que una pasa. ¿Dónde estaréis ahora, tías de mi madre…? En aquella finca estuvimos algún tiempo. Era en el Devonshire, pero a mí me gusta más Castilla y sus cielos transparentes. Yo, aunque nunca lo supe, nunca hubiera podido imaginarlo, lo que quería es haber sido castellana, y menos mal que al final lo conseguí.

Ahora resulta que se ha muerto, el Cacho, mi pseudopadre, Víctor, se ha muerto. Yo ya lo veía venir, esas cosas no hace falta que nadie te las explique. Se nota en el brillo de los ojos, en el aspecto de la piel cuando la ves a menos de medio metro, en la gradual ronquera que se va apoderando de la voz… Las últimas semanas han sido sobrecogedoras, propias de una película de terror. A mí no me gusta esa clase de películas pero allí aguanté todo, aguanté hasta el final, aguanté hasta la extenuación, ¿qué otra cosa hubiera podido hacer?, y sin dormir ni nada, casi sin comer, con Claudia al lado, Claudia y sus tíos, por lo menos algunos. El que no vino fue Eduardo, el guarro. A mí me hubiera gustado verte, me hubiera gustado tenerte al lado, no sé por qué, a lo mejor es que me dabas seguridad, pero casi no viniste. Yo a veces te eché en falta, pero ya se sabe que a las niñas de catorce años los demás no suelen hacerles demasiado caso, y menos mal que estaban Claudia y Pedro, y Pedrito.

El Cacho, papá, empeoró de pronto. Parecía que no le sucedía nada, hacía planes y me decía ―¡hay que ver cómo se notan estas cosas!―, pues me decía, bueno, hija, de esto se muere ya poca gente, en cuanto consiga encaminar esta historia nos vamos tú y yo de vacaciones, ¿vale?, ¿adónde quieres ir?, ¿a las Filipinas?, bueno, pues a las Filipinas nos vamos, o a Pernambuco, o a donde quieras, el mundo es muy grande y yo todavía he visto pocos sitios, todavía me quedan muchos por ver. Luego se dormía en el sillón, tenía un sillón atómico, y yo me bajaba a la cafetería y me tomaba una cocaloca con mucho miedo esperando a que viniera alguien, Claudia, Pedrito, tío Juan, yo que sé, aunque a ti me harté de esperarte. Bueno. Luego, de un día para otro, se puso fatal, de repente no podía comer y le operaron, le operaron de golpe de algo del estómago, se le puso una cara que prefiero no recordar. Cuando lo subieron y nos dejaron verlo, yo me salí. A mí me pareció que se iba a morir, más con todos aquellos tubos… Ya sé que los tubos no son nada malo, a mí me pusieron un montón cuando me dio la peritonitis, pero el pobre Cacho tenía otro aspecto, tenía un aspecto de los que te dan que pensar. Cómo no sería que Claudia, aquella noche, llamó a Eduardo a algún sitio en donde vivía por entonces, me parece que en África, y estuvieron media hora conferenciando. Luego, cuando acabaron, no dijo nada y se fue a la cama derecha. Yo lo sé porque estaba por allí medio escuchando.

Después de aquello sólo duró dos días y no volvió a despertarse, no volvió a decir nada. Respiraba como si no pudiera hacerlo, pero tenía un respirador que le obligaba. Era un aparato que hacía mucho ruido y tenía una pantalla al lado de la cama, detrás, de forma que él no pudiera verla ni aunque hubiera vuelto la cabeza, una pantalla en donde se pintaban las rayas de su salud, sus constantes, aunque yo más diría sus variables. Como aquella visión era muy agobiante, Claudia y yo nos fuimos al pasillo y dejamos transcurrir las últimas horas paseando entre sillas de ruedas, enfermeras apresuradas y caras desconocidas. Hubo mucho ajetreo, mucho ir y venir de personas. A unas las conocía y a otras no, pero todas me besaban una y otra vez, me daban palmadas en la cabeza y adoptaban una expresión indefinible, yo llegué a aprenderla de memoria. Algunos se ponían rígidos y hacían chocar los talones, como si saludaran militarmente, mientras que otros, aunque solían ser otras, me miraban con lástima y se iban cuchicheando, pobre niña, ¡qué pena!, así es la vida.

Yo estaba sentada en un sofá de aquel pasillo y era por la noche; no había nadie ni se oía ningún ruido. Estaba medio dormitando, enfundada en un jersey larguísimo porque tenía frío, cuando noté que alguien me cogía de la mano, sólo me la rozó, casi sólo me la rozó. Miré, y vi a Pedrito que se había sentado a mi lado y, efectivamente, me había cogido de la mano. No tuve más que verle la cara y cómo me miraba para saber lo que había sucedido. Yo intenté ponerme en pie, me desperté del todo y pegué un respingo, pero él no me dejó. Tiró de mí hacia abajo y me obligó a sentarme. Así estuvimos mucho rato, mirándonos y sin decir nada, cogidos de la mano, hasta que la puerta de la habitación de Cacho se abrió y salió una enfermera que se alejó corriendo por el pasillo. La puerta se quedó abierta y al cabo apareció Claudia andando lentamente. Vino hasta nosotros, se sentó a nuestro lado sin abrir la boca y sin mirarnos, abrió el bolso, sacó un cigarro ―porque Claudia, que no había fumado nunca, empezó a fumar allí―, lo prendió y se lo fumó entero, con los labios bien apretados. Así estuvimos como diez minutos. Nadie, ninguno de nosotros, dijo nada, pero la verdad es que Pedrito, y lo fue toda su vida, era un santo, era más bueno que un santo.

Yo al Cacho le quería mucho, claro, era mi padre, y con nosotras siempre se portó muy bien. Si mamá no se hubiera muerto no habría ocurrido nada de aquello, pero se murió y todas las cosas perdieron su razón de ser, aunque nunca entendí el motivo. Yo nunca sé nada, y me parece que esto mismo le sucede a la mayor parte de las personas… Luego, cuando transcurrió el tiempo, cuando llevaba una temporada viviendo en casa de Claudia ―porque Claudia y Pedro, y Pedrito, me prohijaron―, me olvidé de todo, y ahora al pobre Cacho casi ni le veo la cara. Yo no sé por qué, pero a mí, los hombres que más me gustaban eran los que tenían cabeza de león; esto lo vi una vez en un videojuego, y me impresionó tanto que no se me ha olvidado, no creo que se me olvide nunca, y lo que tampoco sé es por qué unas cosas se te olvidan en seguida y otras no se te olvidan nunca.

 

ENTREGA 101

  Javi y yo, en el grandioso parque del hospital, a la sazón desierto, nos hicimos uno de esos pitillos finitos que no tienen tabaco, y cu...