lunes, 2 de febrero de 2026

ENTREGA 83

  

Lo del budismo zen, lo de sentarse a meditar, es un poco como lo que estaba contando. Estar sentado es buena postura para tocarse la cabeza, para intentar esclarecer cómo es la vida. A veces se ve todo rojo y a veces se ve todo verde. Cuando se ve verde es que tienes vía libre, el mundo es tuyo, no hay problema, y cuando se ve rojo, lo que a lo mejor sucede es que te has estrellado contra una pared o cualquier otro obstáculo. A lo mejor lo que ocurre es que estás en el suelo sentado con las piernas cruzadas y sin poderte levantar, ningún músculo te responde, los de los brazos mucho menos; no oyes; la sangre te chorrea por la cara, pero como de momento no sabes quién eres, no suele haber conflictos de ningún tipo, ni siquiera mentales, y puedes hasta escuchar las voces del cielo. ¿Puedes hacer eso? Pues sí, o por lo menos oyes cánticos celestiales. ¿Era Sandi la que cantaba? Pudiera ser, porque lo primero que vi, y esta vez no era ya rojo sino que tenía estrellitas en la frente, fue a Sandi que me miraba. Luego también vi a Pedro y escuché su voz de trueno, y luego a Claudia, que estaba sonriendo forzadamente… Lo que ocurrió fue que Pedro se marchó en seguida, porque como siempre está tan ocupado no estuvo mucho rato, pero las mujeres se quedaron a hacerme compañía y me explicaron algunas cosas.

Cuando me la di con Paco Calambres, cuando nos encontramos en lo alto de aquella cuesta de la sierra de Albarracín, cuando coincidimos en el espacio y el tiempo, puesto que ambos supuestos tienen que darse simultáneamente ―si no, no sucede nada―, estuvimos un rato allí tirados. Yo me desperté antes, pero aquello tampoco sirvió de mucho porque lo veía todo rojo y escuchaba los citados cánticos celestiales. Luego él se despertó, y aunque no estaba muy bien ―tenía un hombro roto y la cara llena de sangre― se dirigió a mí y dijo, ¿estás bien?, ¿te puedes levantar? Como yo sólo le miraba, y no contestaba, me preguntó, ¿tienes teléfono?, pero yo no tenía, hacía muchísimo que no lo llevaba, él tampoco, y todo esto sucedió en mitad de una sierra que no debía de venir ni en los mapas. A lo mejor estoy confundido y no era la sierra de Albarracín, a lo mejor eran los Montes Universales.

Hay que reconocer que Paco Calambres estaba cachas. Con un hombro roto se las ingenió para levantarme del suelo, y eso que yo pesaba ciento veinte kilos. Me puso en pie y me dijo, haz un esfuerzo, tenemos que ir a que nos curen, por aquí no hay nadie, bueno, si tú no puedes, ya iré yo y traeré a alguien, y no sé cómo pero lo hice, aunque por el camino aún me caí varias veces, y al final de la mañana, después de caminar muchísimo, llegamos a una carretera; no era una carretera buena, era de segunda fila, pero pasaban coches, por lo menos algunos. Yo, cuando vi la carretera, pensé que estábamos salvados y me senté en el borde a esperar. Paco Calambres se puso allí de pie a hacer gestos a los pocos coches que circulaban, sólo alguno de vez en cuando, pero no paró nadie, aunque resulte raro. Las personas nunca pensamos en el sufrimiento ajeno, no lo sentimos; pensamos que se va a manchar la tapicería del coche, por ejemplo. Eso a algunos no nos importa, pero a la mayoría sí y tampoco vamos a pensar todos igual. También pensamos en que tenemos prisa o el coche lleno y ya no cabe nadie más, pensamos muchas cosas, así que al cabo de un rato me dijo, aquí cerca hay una gasolinera, a ver si podemos llegar hasta ella, y me volvió a levantar, yo esta vez ya casi pude hacerlo, de forma que, agarrados y apoyándonos el uno en el otro, anduvimos unos cuantos kilómetros hasta que llegamos a la gasolinera. Durante el trayecto pasaron más coches pero tampoco se detuvo nadie, ni siquiera para preguntar, y eso que yo iba disfrazado de motorista y cayéndome y Paco Calambres hizo toda clase de gestos con el brazo que le quedaba sano; alguno frenó un poco, sí, pero luego aceleró. La verdad es que no teníamos un aspecto muy presentable, pero así y todo. Si hubiera pasado algún motorista seguramente se habría detenido porque los de las motos suelen ser más corporativos, pero no pasó ninguno, y yo todo esto lo vi entre nubes de color púrpura, y si no juraba en hebreo era porque ni fuerzas para ello debía de tener.

Luego ya fue todo más fluido porque en las gasolineras no suele haber tapicerías. Al cabo de un buen rato aparecieron las ambulancias y los guardias y a nosotros nos trasladaron al hospital de la comarca, en donde acabó aquella aventura. También debería añadir que, después de lo sucedido, a ninguno nos sucedió nada. A mí me descubrieron el bisonte, pero eso no tuvo nada que ver con lo de los Montes Universales, porque cuando llegué al hospital ya lo tenía dentro.

Nuestra prima Beatriz salió la más puta de toda la familia. Esto de tener tan cerca lo que no te imaginas es una cosa que llama la atención. Además, ella no se corta, y en eso hace bien. Una vez le oí decir,

―A la mitad no les cobro, ya tengo yo suficiente dinero, ¿para qué les iba a cobrar? Así puedo elegir al que me dé la gana, aunque algunos días prefiero a los que no me gustan nada, a los más asquerosos. Cuando uno de esos te pone la mano encima tienes sensaciones que no se pueden explicar. Deberíais hacer la prueba alguna vez.

Beatriz respiró y nos contó algunos de sus artificios.

―Te disfrazas de monja, y cuando llega el maromo, vamos, quiero decir el chorvo ―en la literatura clásica se le conoce como cabrito―, te haces un rato la estrecha y luego te desnudas delante de él. Cuanta más ropa lleves encima, mejor; así dura más el numerito. Al final te tienes que quedar en tanga, porque si te lo quitas todo es contraproducente. Luego, si quieres, lo puedes apalear; la mayoría se deja.

Beatriz siempre tuvo una imaginación desbordada, y todo esto lo dijo en una cena que organizó en una gran mesa redonda y a la que asistimos unos cuantos, y cuantas. Varias amigas suyas, Ana ―que es su hermana, como recordarán―, Alison, el guarro y yo mismo. Las mujeres se rieron muchísimo, estuvieron toda la cena y la sobremesa riéndose, jaleándola y tirándole de la lengua, pero el guarro y yo nos escandalizamos no poco y pusimos toda clase de caras. Se ve que eso de ser mujer es una cosa bastante especial.

jueves, 29 de enero de 2026

ENTREGA 82

  

ACCIDENTE

 Yo me llamo Cacho Madera y voy a seguir con mi historia. De pequeños éramos unos pastas porque nuestros padres eran unos ricachos, esto ya lo dije, lo he dicho varias veces, pero un día se mataron en un accidente de coche y de ahí en adelante todo empezó a ir mal. Primero la Universidad y el baloncesto; luego los abogados, que sonreían y nos invitaban a comer… Más tarde llegaron los amigos y todo cambió. El cuerpo no está hecho para maltratarlo, no, al cuerpo hay que cuidarlo mucho. Cuando uno es joven puede hacer locuras, pero debe ser con tiento.

Ahora estoy en el hospital con la monja. No sólo tengo una de esas enfermedades nuevas y misteriosas para las que no existe cura, sino que encima me he pegado una galleta en la moto y me he quedado medio paralítico. La monja me lava, el culo y lo demás, y yo aprovecho para correrme, o bueno, para intentarlo, porque no lo consigo nunca; tampoco es que tenga muchas fuerzas. Un día se lo dije y ella pegó toda clase de gritos y me lavó con agua bendita, y entonces el médico se enteró y le echó una buena bronca, la llamó santurrona y otros calificativos por el estilo. Luego la monja se fue acostumbrando, y aunque me miraba raro, al final hacía bromas acerca de ello. Yo creo que las monjas que lavan a gente en los hospitales son personas como las demás, aunque a veces no lo parezcan, al menos por la indumentaria.

El guarro ya no viene nunca por aquí, por lo menos hace mucho que no viene, su mujer no le deja. ¿Tiene mujer el guarro? No, debe de ser sólo novia. Ahora no veo más que a la monja, ese pedazo de carne con ojos y manos. El guarro maneja un pontiac y no ha hecho ni la mitad de burradas que yo. Algunos de nosotros no lo han hecho mal, no, aunque otros… Bueno.

Yo me llamo Cacho Madera y estoy fatal, porca vida; para esto le hacen nacer a uno. Quise enrollarme con las máquinas, pero eso no sirve para nada. Nadie sabe cómo lo ha cogido, el bicho, el bisonte pequeñito que empuja. A lo mejor fue en un vaso de un bar, aunque no creo, dicen que así es imposible, pero el caso es que lo tengo dentro, y cuando choqué con la cara de Paco Calambres ya lo tenía. Paco Calambres es buen tío.

Cuando me la di en la moto, iba por un camino de tierra de la sierra de Albarracín. Era primavera y llevaba casco. Yo siempre he sido precavido; no mucho, aunque sí lo suficiente. Como yo llevaba casco, el otro, Paco Calambres le dicen, me metió la frente por el trozo que falta del casco, el trozo por el que miras. Paco Calambres iba en una vespita vieja, pero así y todo debía ir a sesenta ―yo iba a más, claro, yo no iba en una vespita―, y coincidimos en lo alto de una cuesta. Él venía y yo iba, o al revés, y ninguno pensaba que por allí fuera a andar alguien; los dos saltamos y nos encontramos en lo más alto…

El bicho me lo descubrieron en el hospital. El bicho es como un bisonte; pequeñito pero como un bisonte. Embiste poco a poco, se hace el remolón, empuja y empuja…, y el día en que llegue la estampida que sea lo que Dios quiera.

… y cuando llegamos arriba, sentí como si me hubiera tropezado con una pared.

Paco Calambres es buen tío, sí. Al principio venía a verme, luego menos, y ahora hace ya tiempo que no aparece. Me dejó un teléfono. Mira, cuando quieras me llamas aquí, tú y yo somos hermanos de sangre. Así y todo no se lo pegué, a pesar de lo de la sangre no se lo pegué, le hicieron todas las pruebas y dio negativo. (El teléfono lo paga Claudia, me parece.) En su pueblo le tiraban piedras porque es hospiciano. Incluso el guardia le tiraba piedras, pero el guardia al final contrajo, y entonces Paco Calambres fue a la salida del acto y le devolvió las pedradas. Algunos invitados se enfadaron muchísimo, pero aquello no pasó de allí porque era día de fiesta y Paco Calambres ya era mayor, el guardia también, el guardia era mucho mayor que Paco Calambres, y al final tiraron a la novia al río con traje y todo, ceremonia que se sigue llevando a cabo en los pueblos.

Al principio no supe qué sucedía, me parecía que andaba entre nubes, sí, entre nieblas, porque no veía nada, aunque luego, al cabo de un rato, resultó que lo veía todo rojo, como en las discotecas, y aún más tarde oía voces celestiales, las de los espacios etéreos. Cuando empecé a acordarme de lo anterior me veía en moto, iba sobre una moto, pero ahora oía voces celestiales y no entendía nada. Las nubes devinieron en rojas y por fin caí en la cuenta. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¡Si yo iba en moto…! Más tarde aún, de repente, vislumbré un paisaje rojo, un suelo rojo, una especie de retama roja, una mano roja, que era la mía… Estaba sentado en el suelo y tocándome la cabeza, ¡qué cabeza más dura tenía…! Claro, como que era el casco.

Yo quise enrollarme con las máquinas, pero cuando me di cuenta de que aquello no servía para nada, me pasé al budismo zen, eso fue antes de lo del hospital, y también estuve en la Iglesia Evangélica. A esta asociación me llevaron los gitanos. Cantábamos, y les coticé bastante, pero tampoco ha debido de servir para nada porque hace mucho que ninguno aparece por aquí para reconfortarme.

lunes, 26 de enero de 2026

ENTREGA 81

  

Yo corrí y corrí hacia lo más profundo del bosque, pero me detuve justo antes de llegar a la linde del claro en donde nos encontrábamos y desde allí vi cómo el demonio se despojaba de casi toda la ropa, comenzaba a lanzar aullidos y luego se subía a un árbol, se subió con una agilidad asombrosa, y ello me extrañó porque a mí me había parecido que estaba gordo y calvo. La sorpresa fue tal que di media vuelta y me interné en la floresta, por donde corrí tanto rato que me encontré al oso Yogui de piedra. No era un monumento, era el oso Yogui fósil. Este, como se sabe, es el guía de los turistas extraviados, y que hubiera devenido en fósil tampoco era de extrañar porque desde que vivió había transcurrido muchísimo tiempo. Estaba allí, recogida entre sus brazos, cuando aparecieron nuevos personajes. Eran el príncipe y la princesa que caminaban cogidos de la mano, y yo les dije,

―¡Eh, chssttt! ―y ellos vinieron dando saltos y se encaramaron en el lugar que ocupaba, en donde estuvimos muchísimo rato abrazados y acariciándonos.

Al del árbol lo rodearon, y como no quería bajar, le obligaron a hacerlo a pedradas, cada uno por un lado. Luego aquellos seres fuera de sí lo amarraron al tronco y, allí mismo, delante de él, se dieron a toda clase de excesos, primero verbales y más tarde de los otros; unos gritaban, y otros…, pues eso. Nosotros tres, sin embargo, en la piedra del oso Yogui estuvimos muchísimo rato abrazados, y cuando volvimos al campamento lo hicimos cogidos de la mano, se ve que habíamos comido las flores justas, aunque después, a los pocos días, la princesa, que se llamaba Claude, se enfadó conmigo porque decía que lo había hecho a propósito, y agarraba al príncipe por la mano para que no se le volviera a desmandar.

El monitor caminaba por aquellos andurriales con ropas talares porque pertenecía a una orden misteriosa, pero el día de la orgía en el bosque se quitó todo y resultó que debajo llevaba pantalones. Lo aún más íntimo no es para describir, pero a mí lo de los pantalones me dejó patidifusa, y su planta, la de las agujetas, la había confundido con la hierba hedionda, la higuera loca o alguna de sus hermanas, contenedora en todo caso de un alcaloide que trastornó a cuantos había llevado de excursión. Imagino que aquello le costaría el puesto ―aunque ya lo había pagado con lo de la lapidación―, y por ello en su congregación le darían una medalla, no sé, pero seguramente de resultas de aquella y otras aventuras, dos semanas después tuve un aborto, y todo por no tomar las debidas precauciones…

¿Qué podría decir ahora en mi descargo, sobre todo acerca de una cuestión que me pareció tan grave? Ni siquiera sabía que estuviera embarazada y aquello fue espontáneo, pero acabé en el hospital, en donde me tuvieron algún tiempo. Como lo pasé tan mal, me dio tanto miedo y a la cabeza me vinieron tal cantidad de contradictorios pensamientos, después ya me preocupé de no traspasar las barreras naturales, pero como ni con mi novio el barquerito ni con el gringo de la gorra había tenido ningún problema, había llegado a creerme totalmente estéril. Al principio tuve unos dolores terribles y los médicos creyeron que se me había inflamado el peritoneo, pero después, cuando descubrieron lo que en realidad sucedía, resultó que el procedimiento era muy sencillo y ni me operaron: me dieron unas pastillas y asunto concluido. Lo de la selva y el vudú hacía mucho que había pasado a la historia, y de la cirugía para qué vamos a hablar; allí usaban métodos mucho más modernos.

Las píldoras no sé si serían buenas o malas, pero me produjeron alucinaciones. Durante los días que duró el proceso no pude dejar de pensar en Liria. ¿Dónde estarás? Ahora sí que me harías falta, pero aquí no puedo decir que te llamen por teléfono porque a lo mejor aprovechan para expulsarme por la puerta de atrás, y fue Lucy quien me echó una mano. Lucy era blanca, pelirroja como Macu la maracucha, y los chicos decían que era guapísima, lo que seguramente era cierto, porque cuando íbamos juntas tenían dificultades para decidirse por alguna, nos miraban a las dos con ansiedad. ¡Qué curioso es esto de las amistades de la juventud! Luego pasa el tiempo y no vuelves a ver a nadie. Macu, Lucy, Liria…, ¡no os he vuelto a ver a ninguna…! De mayor tuve un novio que se llamaba el mayor; a ese lo vi mucho por la pantalla de la televisión, pero ahora no quiero hablar de ello.

Bueno, al final todo se resolvió bien y nunca he vuelto a pensar en aquella época embarazosa. Transcurrió otro año en el que la situación se normalizó y yo empecé a convertirme en una señorita, o a lo mejor fue que me llegó la edad de razonar. Dejé de reírme a todas horas, y todo aquello que nunca antes me había gustado me empezó a atraer. Lo de la risa sí me extrañó un poco. ¡Yo, que me había reído tanto!, y ahora, de repente…, pero no me importó. Al poco tiempo me había adaptado y comencé a interesarme en la oceanografía, mi gran afición desde entonces. Leí todos los libros que cayeron en mis manos, me pasé la mayor parte del nevado invierno leyendo en la biblioteca y allí dejé mi vida anterior. ¿Todo ello fue el resultado del conflictivo proceso que mencioné? Pues a lo mejor. A unas les llega la cordura antes y a otras después, y ya se sabe que los desarreglos endocrinos nos ocasionan a las mujeres efectos particularmente interesantes y sobrenaturales.

En el segundo verano, a los que nos habíamos portado mejor nos llevaron a hacer turismo en autobuses por casi todo el país, aunque a Florida no fuimos, y menos mal, porque no tenía ninguna gana de volver al territorio de los aligatores, de tan ingrato recuerdo. Viajamos hasta la costa oeste y me gustaron mucho las playas del Pacífico. Había unas puestas de sol fantásticas, también mucha hierba, y la gente tenía otro aspecto. Todo el mundo llevaba el pelo largo y se pasaban la mayor parte del tiempo gritando metidos en el agua ―eso también lo hice yo―, aunque lo que más me gustó fueron los rojos desiertos del sur, la tierra de los apaches, el lugar del cactus y la serpiente de cascabel. Como yo nunca había visto un desierto, aquello me impresionó vivamente, y a partir de entonces, en las clases de pintura ―que también teníamos― pinté muchos desiertos, rojizos desiertos, aparte de mis eternos mares con seres verdes cabalgando sobre las olas…

¿Qué más podría decir? Así fueron mis primeros tiempos en el reino de la opulencia. A veces nos llevaban al cine, a cines con el suelo lleno de plásticos y la gente aplaudiendo a rabiar cuando llegaban los buenos, y también a las discotecas al aire libre en los meses cálidos, e incluso salí en la televisión en primer plano con ocasión de un lanzamiento, cuando mandaron una nave a Marte, nave que, por cierto, se perdió en los espacios interplanetarios. Para eso usaban a los expósitos. Me pusieron delante de todo el mundo, y así los telespectadores miraban a lo que había que mirar, por si sucedía un accidente, nunca se sabe, tú, mira que negra más buena…, aunque a lo que más tiempo dediqué en aquella época fue a estudiar. En mi primera graduación, como era muy lista, me dieron un diploma con una orla magnífica y una recomendación para una beca, of course. La negra ―yo― empezó allí a hacer carrera, ya se verá luego.

jueves, 22 de enero de 2026

ENTREGA 80

  

PRIMEROS PASOS EN LOS USA

 Desde los EEUU de América, en donde incluso para los oficios más bajos había emigrantes de sobra, solían devolver a sus países de origen a los que sorprendían en alguna fechoría, pero yo, que algo había aprendido desde que salí de casa, pues hacía ya dos años de aquello, primero me negué a decir al juez de dónde había venido, aunque luego admití que era haitiana, sí, papá Duvalier, el abuelo, ¡macumba, macumba!, usted ya me entiende. Por entonces hablaba el inglés medio de corrido. Al juez le comprendía, desde luego, aunque en tales circunstancias procuré hacerme la tonta y pronunciar fatal, y aquel señor rodeado de secretarios que la mañana en que estuve ante él tendría hasta treinta o cuarenta casos parecidos ―pues sobre su mesa había muchísimos papeles― me envió a un reformatorio. ¿Qué hacemos con esta gente? Si por mí fuera, flagelación, envenenamiento, radiación alfa, horca, pero el gran hermano, ese charlatán que todo lo ve, que todo lo habla…; el gran hermano es la Red, la Red de Redes… Bueno, que se vaya a Mountain Falls, para qué vamos a complicar las cosas; otro, el siguiente. Ya he dicho que yo nací con el santo de cara.

Mountain Falls era una institución, parecida a un correccional, de alguna de esas agencias a que tan aficionados son en lo que era mi nuevo país y en donde aceptaban desamparados procedentes de la emigración. Te miraban los dientes, y si dabas la talla, si te veían suficientemente sana, te hacían unos papeles por una temporada, y si al final de ella habías demostrado tu amor por la nación, te admitían definitivamente. En caso contrario no sé qué harían, supongo que te mandarían a galeras o te dejarían abandonada en la Costa de los Esclavos a merced de las hordas de traficantes de seres humanos.

A mí, como tenía la dentadura perfectamente, me asignaron a un programa que se llamaba de una forma muy sugerente. Se llamaba Renacimiento del Tercer Mundo, y al principio nos daban muchas horas de clases sobre las materias más inmediatas, inglés, derechos humanos y constitucionales, defensa personal, etc., pero nos alimentaban, a mí y a otros quinientos. La comida, aunque si tenías mucha hambre te la podías tragar, era pura manteca de cacahués y otras semillas afines, era casi todo grasa. La sopa rusa que hacía yo en el país de los caimanes era muchísimo mejor, pero es que los gringos no tienen ni idea de lo que es comer, se come infinitamente mejor en la selva. Luego, con los meses, a los que nos vieron cierta predisposición intentaron enseñarnos algo más, matemáticas elementales, física recreativa, el gran Shakespeare, y también los rudimentos de religiones antiguas, aunque esto último ya lo conocía del colegio de las monjas.

En aquel dormitorio comunitario, el que tuve como casa a los quince o dieciséis años, el desgobierno era constante. Algunas, las más revoltosas, se escapaban, desaparecían y no volvíamos a verlas, y su sitio era ocupado por las nuevas, pero la mayor parte nos comportábamos correctamente porque el lugar no era tan desagradable como podría parecer a primera vista. No había violaciones ni duchas frías ni nada de eso que aparece en las películas, aunque buena parte de las chicas, mis condiscípulas, eran un si es no es disolutas y lanzadas, eso sí. Aquello ya no era como lo de Maracaibo y mis amigas, era más en serio, se conoce que las incluseras tienen la sangre caliente, y como todo se pega y yo era de tendencias primitivas, me di a la voluptuosidad, por lo menos durante los primeros meses. Durante la etapa que cuento procuré recuperar el tiempo perdido, sobre todo en un campamento en las montañas al que nos llevaron el primer verano.

Era un lugar muy bonito, un acantonamiento de tiendas de campaña en las cumbres de unas montañas casi nevadas. Durante el día se hacía mucho deporte y se asistía a clases al aire libre, pero por las noches, tras las reuniones alrededor de las hogueras y pese a la vigilancia, nos escapábamos por los bajos de las tiendas y nos íbamos reptando al bosque, yo no sé si lo haría todo el mundo pero yo sí lo hice a veces, y en el bosque cualquiera se puede imaginar lo que sucedía ―aunque ustedes me excusarán si no hablo sobre los novios que tuve en aquellas edades juveniles, pues no tuvieron ningún interés y lo he olvidado por completo―, pero lo mejor sucedió un día en que un monitor que estudiaba botánica, para impresionarnos nos dijo que el gran remedio contra las agujetas…

―Mirad, chicos, esta es una fundamental regla de supervivencia, recordad esta planta. Un cocimiento de sus semillas es mucho mejor que una bebida reconstituyente. Veréis, nos vamos a llevar unas cuantas al campamento y lo hacemos allí…

Las plantas tenían unas flores de bonita forma, muy delicadas, y las fuimos chupando hasta el campamento, aunque algunos no llegaron. Yo notaba que todo se nublaba y así se lo hice saber a mis compañeras. Ellas me dijeron,

―Sí, nos parece que cae la tarde, pero a lo mejor es una ilusión.

Luego, unos quince pasos más adelante, la que llevaba al lado se derrumbó, iba andando y de repente se desplomó. Yo creí que se había muerto, pero resultó que no. Estaba en el suelo retorciéndose de risa y no se podía levantar.

―Seguid vosotros ―nos dijo―, yo ahora voy.

Entonces llegó el guardián de la botánica, que preguntó,

―¿Qué pasa aquí? ―y nosotras lo miramos como si fuera el demonio, porque los cuernos y el rabo ya le estaban saliendo, y como nos dio muchísimo miedo nos dispersamos a toda velocidad.

lunes, 19 de enero de 2026

ENTREGA 79

 

En aquella época, y en aquella casa, la única que fabriqué con mis manos, movido por impulsos en los que intervinieron muchos factores ―las sobredosis de endorfinas, la presencia de los astros del cielo, la hierba africana, y también, seguramente, los recuerdos de la abuela―, fue donde llevé a cabo mis primeros tanteos musicales. Como la vida era muy pausada, pues no de otra forma puede ser en un lugar en el que hace tal calor, y había tiempo para todo, más en un lugar apartado, me compré un piano ―no un piano de cola, y menos blanco, claro está; sólo era un piano de pared normal― y lo instalé en casa, en la habitación más grande y el lugar más visible. Luego, tras aporrearlo sin resultados durante una temporada, me informé sobre los métodos más rápidos y comencé a estudiar por correspondencia eléctrica y con la ayuda de una de las teósofas del balneario de las algas que había al otro extremo de nuestra gran playa, una alemana muy mayor que me introdujo en los intríngulis de aquel instrumento tan familiar para mí. ¡Ay, y cómo eché en falta entonces el no haber comenzado cuando era pequeño y la abuela me lo había propuesto!, pero, como todos sabemos, la vida es imprevisible y los sucesos sólo se producen cuando se producen.

A Xiomara le gustó, y durante los primeros tiempos, los primeros meses, estuvo horas y horas conmigo dando terribles conciertos a cuatro manos que solían acabar a las tantas y, lógicamente, en la cama. Xiomara, además, cantaba bien, tenía buena voz, sentido del ritmo y de la orientación ―es decir, que no se perdía―, y sabía muchas canciones, aunque casi todas modernas. Yo le enseñé algunas antiguas, como aquella de guarda che luna, guarda che mare…, canción a la que había cambiado un poco la letra y entonces decía, mira qué culo, mira qué piernas…, y ella se moría de risa; se debía de sentir muy identificada, o muy deseada, que es algo que a las mujeres les gusta sobre casi todo lo demás.

Lo curioso de aquellas primeras aventuras musicales fue que, a la larga, quien más interés tomó por ello fue Ton. Pasaba las horas muertas contemplándome, canturreando y haciendo acompañamientos de tambor ―con lo aburrido que es oír tocar mal―, mientras yo le decía,

―Pero si tú no eres músico ni europeo, ¿por qué te gusta esto? ―y él me contestaba,

―Eduguá, ¡tocas unas cosas más raras…! ¡Pareces un músico de los mil países! ―y se reía como se ríen los negros, esto es, abriendo la boca a lo bestia y destapando la siguiente cerveza.

Yo nunca he visto a nadie beber más cerveza que a Ton, a mí siempre me tumbaba, bebía más que yo, y eso que me sacaba varios años, pero como era el encargado de traerlas de la tienda, y las traía por docenas de cajas, nunca hubo ningún problema. Él, muy hábilmente, me decía, en esto de las cervezas hay que ser como los obispos, cada uno debe conocer muy bien su diócesis, porque Ton, aunque se expresaba en un castellano macarrónico, conocía infinidad de chistes, bromas, remoquetes y retruécanos en varios idiomas ―que debe de ser lo único que se aprende en países extranjeros―, e incluso ripios, y no tan ripios, como el que, con voz de trueno, mirando al cielo y moviendo las manos como si modelara el aire, declamaba parafraseando lo que decía aquel otro, sí, aquel que decía,

 

¡la múuusica…!,

mujer desnuda

corriendo loca

por la noche pura…

 

(Esto, en realidad, lo decía Ricardo Bellés por mediación de las ondas hertzianas, y lo dijo durante muchísimos años. Algunos de ustedes no saben quién es, pero eso no importa; lo único que decía era la verdad.)

jueves, 15 de enero de 2026

ENTREGA 78

  

De Javi también podría decir que intentó ligar con todas las negras que le salieron al paso, y que con alguna lo consiguió, y que cuando aquella vasta construcción comenzó a tomar cuerpo, se despidió, bien que lo siento, pero la clientela está histérica y tengo que volver para que se calmen, así que una tarde cogió un avión y desapareció. Ni que decir tiene que se refería a su padre y a sus profesores, porque Javi seguía con sus eternos estudios, que aún le duraron una temporada, aunque a juzgar por lo que hizo allí, le debían haber dado el título aquel mismo año.

Nosotros, con sus planos y detalladas instrucciones conseguimos que se levantara aquella construcción de puro barro y madera tropical en tiempo récord, y mientras duró la obra, Ton y yo, cuando sus obligaciones de taxista se lo permitían, pusimos a punto una huerta, una huerta que hacía las delicias de la fauna vernácula. Una huerta asentada en algún terreno no excesivamente adecuado produce mucho con poco esfuerzo, pero si el lugar que ocupa es soleado, soleado sin pausa, y la tierra más o menos virgen, tierra poco cultivada, las cosechas pueden llegar a ser monumentales, y el tamaño de los frutos recogidos titánico, colosal. Las calabazas, los pimientos, los tomates, las cebollas, las matas de cilantro, todo era propio de gigantes y de la mejor calidad. Los tomates y los pimientos, por ende, sabían a tomate y a pimiento, y a mí aquello me llamó mucho la atención, porque, a pesar de mis muchas reticencias, de una manera inconsciente debía de estar entrando por el aro de la comida industrial.

Animales feroces por aquellos pagos no había muchos. La fauna local era prácticamente inexistente, si exceptuamos los pájaros, las serpientes y los monos, seguramente porque los habitantes de aquellos parajes los habían exterminado con el correr de los tiempos, supongo que para comérselos. Xiomara tuvo un mono que se llamaba Narciso, porque pasaba los días mirándose en los espejos.

―¿Qué es lo que más le gusta a los colobos?

El colobo, también llamado colobo de Abisinia, Colobus polykomos o Colobus guereza, es un mono de porte mediano, un cercopitécido originario del África oriental que, por razones oscuras, aunque probablemente de tipo industrial, había sido extendido a ciertos lugares de este continente. Es un auténtico mono en blanco y negro, pues mientras su cuerpo es negro por completo, con un pelo magnífico y que parece seda, alrededor de la cabeza, en la espalda y la cola, exhibe unas larguísimas crines blancas que le prestan un aspecto nada habitual. Es un animal arborícola, de dieta exclusivamente vegetariana ―si hacemos excepción de su afición a los insectos―, ágil, volatinero y saltarín como el que más, y con un carácter independiente, aunque muy amigo, por lo menos a determinadas horas, de las personas.

―Lo que más le gusta a los colobos, aparte de dormir en las copas de los árboles, son los espejos.

―¿Los espejos?

Ton tenía ciertas ideas extrañas en la cabeza, aunque manejaba la azada como nadie.

―Hay quien dice que fueron ellos los que redujeron el fuego a la obediencia, no los seres humanos, aunque otros dicen que fueron los chimpancés. Yo no lo sé porque no estaba allí para verlo.

Yo también le daba a la azada, pero no tanto.

―¿Tú crees…?

―Ya verás, llámalo.

Narciso, en cuanto oyó los gritos, vino corriendo porque Xiomara le había preparado una ensalada monumental. El colobo sólo comía ensaladas, y las comía con muchísimo cuidado y un espejo delante, escogiendo las cosas y comiéndose primero las que más le gustaban, aunque al final solía dar cuenta de todo.

A Xiomara, aparte de los animales salvajes, también le interesaban otras cuestiones. Una, pasarse las horas muertas tomando el sol, lo que se debía a que, como muchas mujeres, tenía la tensión baja. Dos, las palmeras y los países tropicales, y al que nos habíamos ido lo era con suficiencia; además, resultaba que dentro de nuestras tierras teníamos un grupo de aquellos árboles, algo así como un oasis con un pozo entre ellas ―un pozo cuya agua no era salobre, era dulce y se podía beber―, y nos proveían de dátiles en cantidades propias del continente en que estábamos. Y tres, también le gustaba jugar a los matrimonios, no sé si con intenciones posteriores, yo creo que no. A eso, en realidad, nos gustó jugar a los dos, aunque sólo nos durase una temporada.

Aquella fue la única época de mi vida en que tuve mujer. Empecé con novia, pero al cabo de dos años lo que tenía era mujer, y con las palmeras me sucedió algo por el estilo. A fuerza de mirarlas empecé a ver detrás los astros del firmamento, primero la Luna creciente, luego los planetas ―como Venus, por ejemplo, la luz más brillante de el cielo―, y al fin las estrellas y la bóveda celeste en conjunto. Todo gira alrededor de la Polar ―enseñanza que aún recordaba de tiempos pasados―, y siempre será así, aunque nosotros no estemos aquí para verlo…

Como yo era muy inseguro, también se podría decir tímido ―de pequeño lo fui siempre; de pequeño, a los doce años, cuando iba solo por la calle andaba pegado a las fachadas de las casas―, mis relaciones con las mujeres siempre habían estado condicionadas por la coraza, la coraza del alma, la coraza que nos defiende, y no del pecado, como dicen algunos. De pequeño utilizaba a Louis, porque me parecía que si era él quien usaba el teléfono aquello resultaba menos evidente ―y además estaban los coñacs que tomábamos para animarnos―, pero de mayor tuve que aprender a apañármelas por mí mismo, y mi método preferido consistió en agarrarme a las luces del cielo.

―¿No querías algo eterno, que no se acabara nunca…? Pues ahí tienes a tus amigas, las estrellas, que jamás desaparecerán.

Para mí era un consuelo, un consuelo bastante tonto, pero durante una temporada me sirvió.

lunes, 12 de enero de 2026

ENTREGA 77

  

El lugar en donde conseguí aquellas tierras era, en verdad, paradisíaco. Estaba en una gran extensión ribereña, en el límite de unas larguísimas playas. Al final, uno o dos kilómetros más allá, había una península rocosa que cerraba la entrada de una bahía baja y llena de arenales, la Baia do Barro, y en donde la abundancia de moluscos, y no digamos ya su exquisitez, era extrema. Aquella península, que estaba cubierta por una tupida selva, era recorrida por varios caminos que llevaban hasta una punta encaramada sobre unos acantilados que se adentraban en el mar. Allí había varios lugares con una maravillosa vista sobre el océano y una isla cercana a la costa, la isla de Oruom, coronada por un faro antiguo y medio ruinoso, un faro que databa de los tiempos de los antiguos mercaderes de esclavos, doscientos o trescientos años antes, según me contó Ton, aunque por las noches aún emitiese una amarillenta luz. A lo lejos, hacia el norte, se divisaba el otro extremo de la bahía, una costa lejana con otro faro al que llamaban Dail.

Santa Maria, el único lugar habitado de las cercanías, que se asentaba en el fondo de la bahía que he citado, no era aún una ciudad pero iba a serlo con el tiempo. Por aquel entonces, pese a que tenía aeródromo y una cierta predisposición hacia el turismo, consistía en una polvorienta aglomeración de barracas agrupadas en torno a un barrio de casas que alguna vez, muchos años antes, incluso siglos, levantaron los europeos, por lo que su aspecto cabría ser descrito como colonial. Las barracas, a veces, estaban hechas de materiales más o menos duraderos, como el ladrillo, pero las más estaban construidas con hojalata, madera, incluso cartones y materiales de derribo, sobre todo en las afueras, en el extrarradio. En las playas que miraban hacia el oeste, hacia el mar abierto, unos cuantos hoteles de varias plantas ―uno de los cuales era aquel en el que habíamos vivido cuando llegamos― se alineaban junto a una sucesión de casillas de madera pintadas de colores vivos y que se llenaban de extranjeros durante la estación alta, esto es, los meses del invierno en el hemisferio boreal; durante el resto del año permanecían vacías. El extremo de aquel barrio lo señalaba la arenosa desembocadura de un ancho río, en donde se instalaba un antiguo balneario de tablas blancas y verdes que aprovechaba las salobres aguas, y las abundantes algas, para ciertas prácticas medicinales, lugar que había sido promovido por unos alemanes que profesaban el teosofismo.

En aquel terreno que conseguí, nosotros, que habíamos ido sólo de vacaciones, nos dimos a construir una casa que dibujamos entre los dos, tarea que en seguida se reveló tan complicada que tuvimos que llamar a Javi. Fue él quien nos convenció de que lo hiciéramos con los mejores materiales que encontráramos.

―El continente africano no se creó para albergar imitaciones de ninguna clase, y mucho menos de casas europeas.

Yo no estaba de acuerdo.

―¿Tú crees…? ¿Para qué? No tengo ni idea de lo que va a durar esto, y sólo se trata de construir algo pasajero ―pero Javi se empeñó, y se empeñó tanto que me convenció.

―¿A ti que más te da cuánto vayas a estar? Cuando te vayas la vendes y arreglado. Una buena casa se vende mucho mejor que una caseta de obra.

Yo me reía.

―¿A quién quieres que se la venda? Por aquí nadie tiene dinero, esto es el fin del mundo ―pero Javi era optimista.

―Bueno, ya dejará de serlo, ya veremos en qué acaba el asunto. Además, si haces una casa en condiciones voy a ayudarte. ¿Se puede montar en canoa?

―¿En canoa…? Aquí hay canoas de verdad, de tronco de árbol, y tienes todo el Atlántico delante. Si remas lo suficiente, puedes llegar hasta Brasil ―y un día apareció por nuestra aldea trayéndonos noticias de todos los calibres.

―Aquello sí que es el fin del mundo. Europa se ha convertido en el reino de los parásitos, sí, en el dominio de la arbitrariedad; menos mal que no hay mal que cien años dure y a esto ya le queda poco. Lo último que se compra y vende son bombas de hidrógeno caducadas, así que ni se os ocurra volver, y yo no quiero hablar de ello, sobre todo ahora, que he conseguido liberarme por una temporada. A ver, ¿dónde está ese océano?

Javi se aplicó, se lo tomó como una cuestión personal y echó el resto. Dibujó a mano alzada un bosquejo sin fin provisto de toda clase de detalles, un proyecto que parecía inabarcable. La estructura era de madera, sí, pero no de una madera cualquiera sino de las mejores que se podían encontrar en la zona. La bilinga y el azobé, el mangle y el umgussi y el podocarpo pasaron a constituir el armazón. El tejado fue de planchas de cobre, a las que regó de estiércol para que cogieran cuanto antes un color bonito ―un color que tiraba a verdoso―, y en el suelo pensaba poner un parqué desmontable de cancha de baloncesto, que según él era un suelo eterno, pero al fin, tras mucho dudar entre el framiré y la afrormosia, se decidió por esta última.

―Los suelos, los famosos suelos de afrormosia, deben ser untados con zumo de naranja todas las semanas. Es lo que hacen en el Caribe con la caoba y supongo que será igual, y ya veréis cómo huele. Además, aquí no hay problema: hay mucha mano de obra.

Como éramos jóvenes, y todo aquello para nosotros era nuevo, nos dio la locura y la armamos, y el resultado final fue fantástico y la casa duró muchísimos años, muchísimos más que los que yo hubiera podido imaginar cuando comenzamos.

ENTREGA 83

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