La isla, la mía, no me costó encontrarla, claro, porque en el Caribe todo el mundo sabe dónde está Borinquén y mi isla era aledaña, pero una vez allí, en aquel aeropuerto extraño, no supe ni por donde empezar, pues ni siquiera sabía cómo se llamaba el lugar en el que vivimos. Que yo supiera no se llamaba de ninguna manera, y si tenía nombre no me enteré. Aquel pueblo, el pueblo sin nombre, era una aglomeración de barracas de colores en mitad de la selva, y desde ella se tardaban tres horas en llegar hasta la playa andando. Tenía un cine que se llamaba Paraíso, y en el centro, en lo que hacía las veces de plaza, se cruzaban dos carreteras polvorientas. En el cruce solía haber grandes camiones aparcados, gente de paso…
Estos no son muchos datos, es poco menos que nada, así que lo primero que hice fue conseguir un mapa y mirarlo y remirarlo, pero como era un mapa para turistas, en él sólo se hablaba de museos, de playas, de hoteles, de discotecas, de casas de citas y de cosas por el estilo, de forma que tuve que comprar otro. Este ya era más serio. Venían los accidentes geográficos y las carreteras con cierto detalle, y como yo tenía unos recuerdos muy confusos, pensé que debía empezar a buscar por la costa norte, que era la que más cerca me quedaba. Por allí había muchos pueblos y a lo mejor el mío era uno de ellos, aunque ninguno de los nombres que leí me trajo recuerdos. También había muchas carreteras que se entrecruzaban, y una de ellas, ¿sería la que pasaba por delante de mi primera casa…? Todo esto lo estuve mirando en un kiosco en donde una chiquita negra, que no tendría más de trece años y llevaba patines (como yo), me puso un carato buenísimo. Al pagar le di más dinero y ella me lo devolvió. Yo le eché una sonrisa y le dije, no, guárdalo, es para ti, y la niña se quedó mirándome pasmada y como si no lo hubiera entendido, aunque al final me sonrió y se lo metió en el bolsillo.
Lo busqué, di muchas vueltas, fui a varios sitios, y al fin, un día, al tercero o cuarto de camino sin rumbo, lo descubrí por casualidad. Iba por una carretera en mi carrito alquilado y de repente empecé a ver cosas que me sonaban. Lo primero fue una casita pintada de colores que tenía tres palmeras delante. Aquel era el lugar en donde yo, de pequeña, había recalado en una de mis escapadas. Salí del pueblo por la calle principal y eché a andar alejándome de casa. Al cabo de un rato pensé que me había perdido y me senté a la vera del camino a llorar desconsoladamente, pero entonces, de una estancia que había entre los árboles, salió una cachaca que me estuvo dando leche y pan y hablando por teléfono. Allí me tuvo hasta que llegó Liria muy enseriada, y después de caerme un buen chaparrón y hablar con la señora me devolvió a casa.
Paré delante y estuve mirando, pero el único ser vivo que apareció fue una gallina que escarbó en la tierra, seguramente sacó un gusano, y se fue.
Continué y entré en un pueblo. ¿Era aquel el pueblo de mi infancia? No se parecía en nada, pero entonces, ¿la casa de las palmeras…? Iba despacio por la calle principal cuando, a mi derecha, vi el primer signo de que había encontrado lo que buscaba: cerrado, triste y despintado, ante mí tenía el viejo cine Paraíso de mis años infantiles, lo hubiera reconocido entre mil… Luego sonó un ruido, porque como al ver el cine me había quedado paralizada en mitad de la calle, un coche empezó a tocar la bocina, de forma que arrimé el mío al borde con todo cuidado y me eché a llorar. ¡Qué cosas hace la cabeza! Después salí y estuve un rato en la acera sin decidirme. A casa se iba en aquella dirección, estaba cerca, andando sólo era un cuarto de hora, y despuesito empezaban los árboles…, pero todo estaba tan cambiado…
Aquella debía de ser la calle principal del pueblo. Había algunos comercios muy iluminados y gente bien vestida. De repente pasó una mulata a quien un tipo que iba con ella llamó María de la O, María de la O, ven aquí, y yo la miré. ¿María de la O…? Era una chica de mi misma edad, y como yo la miraba, ella me miró al pasar, me miró entornando los ojos y sintiéndose observada, aunque no dijo nada; sonrió un poco, pasó y yo me pregunté, ¿tú eres María de la O, mi antigua amiga, la del chambao bajo las raíces de la palmera? A lo mejor, pero lo más seguro es que no, ¿para qué te voy a preguntar nada? Yo me acuerdo de aquello, pero aunque seas tú, lo más probable es que no te acuerdes, entonces éramos muy pequeñas, y era tal mi confusión que dejé pasar aquella oportunidad.
Luego decidí ir andando desde allí. Había recorrido tantas veces aquel camino que no hubiera podido hacerlo en coche. Miré a mi alrededor, miré en todas direcciones, y al fin, como si quisiera engañarme a mí misma, eché a andar muy despacio en la dirección que tan bien conocía. Pasé ante el lugar en donde estuvo la casa de altos a la que nos fuimos cuando a nuestro padre le tocó la lotería, donde vivimos el último verano, pero había desaparecido y su lugar estaba ocupado por cartelones de publicidad y zarzas sin fin, y el colmao que había al otro lado de la calle, en donde las mesas se llenaban de botellas vacías de cerveza, también había sido engullido por la voracidad del tiempo, y todo esto había sucedido en tan sólo quince años… La calle se acababa en el cruce de las carreteras en donde solía haber camiones, y entonces también los había, camiones más modernos y relucientes, pero allí estaban, junto a algunas guaguas. Había una gasolinera nueva, y los hoteles, los dos que había, uno enfrente del otro, establecimientos de carretera, también seguían allí, aunque más grandes y repintados. Luego continué por la carretera adelante, que estaba asfaltada, y no de tierra como fue antiguamente, y a cada paso que daba… Pasé ensimismada junto a muchos lugares que me trajeron recuerdos sin fin, la fuente de la juventud, el árbol de la escuela al aire libre…, pero lo que quería contar es que, con bastante miedo, al fin doblé el último recodo del camino y apareció nuestra casa.