jueves, 2 de abril de 2026

ENTREGA 100

  

LOS TREINTA AÑOS

 Después de la aventura africana y las muertes del Cacho y el tío Aldy, no sé cual de aquellos motivos fue la causa, seguramente todo se debió a una conjunción de ambos, volví al punto de partida, mi ciudad de siempre, y allí me quedé atascado. No podía salir y no sabía la razón, algo parecido a lo que les sucede a esos que están en una casa en El ángel exterminador, aquella película de Buñuel. Ya la he visto, claro, y Viridiana también la he visto y me acuerdo mucho de ella. Él, o Rosana, también las he visto… De Buñuel me parece que las he visto todas, es inútil que insistas, no me vas a coger, son todas fantásticas. ¿Cuándo nacerá el próximo Buñuel? A lo mejor ha nacido ya y nadie lo sabe; él tampoco.

Aparte de mi repentina incapacidad para ir a algún lado o hacer algo nuevo, empecé a advertir señales raras, barruntos del porvenir. No sabía qué era, pero en mi fuero interno lo achacaba a la edad: claro, como acabo de cumplir treinta años… Eso me decía: esto debe de ser cosa de la edad… ¡Lo que es la ignorancia!

Entonces empecé a ir al médico. El médico era el de la familia, el de toda la vida, aunque también le pregunté alguna vez a Pedro, mi cuñado, pero lo que me sucedía no debía de ser de la especialidad de ninguno de los dos porque no acertaron en absoluto; vamos, ni se aproximaron. El médico que yo conocía desde siempre, que por aquel entonces era muy mayor, me dijo que no me ocurría nada, que fumaba demasiado y tenía un principio de bronquitis; que fumara menos y me pusiera no sé qué inyecciones.

Yo pasé aquel invierno dando tumbos por la ciudad, leyendo sin parar y bebiendo cerveza, y también me dio por escribir. Me iba al campo en coche, a las afueras, día tras día, y pasaba el tiempo escribiendo. Llené varios blocs, pero aquel malestar, que al principio era muy tenue, no desaparecía sino que iba a más. Volví al médico varias veces, pero no me hizo el menor caso. Insistía en lo de la bronquitis y yo seguía escribiendo y pensando en lo de la edad; claro, como ya tengo treinta años…

Así transcurrieron unos meses, ya digo que llené varios blocs, y a lo anterior se sumaron otros síntomas, si cabe más alarmantes. Tenía una tos desmedida, o también, de repente me despertaba por la noche chorreando, como si hubiera tirado un cubo de agua encima de la cama o acabara de salir de la ducha; era sudor a lo bestia, y tenía que cambiar la ropa porque estaba empapada. Yo, mientras tanto, temblaba y temblaba y no sabía lo que ocurría… Tampoco podía subir cuestas porque me cansaba y empezaba a jadear, y, además, no podía comer, aquello era lo peor. Parecía que tenía hambre, pero en cuanto me ponía delante del plato y tomaba dos cucharadas se me quitaba, la comida me empezaba a dar asco y lo tenía que dejar.

¡Qué bien me hubiera venido entonces tener una Carina al lado! ―claro, esto es lo que se piensa siempre―, pero no la tuve y no me quedó más remedio que lidiar yo solo con aquella historia, y en cuanto a lo que escribí, no puse más que tonterías; aquello parecían las lamentaciones del Miserere a propósito de mis últimas y fatales aventuras con Xiomara… Me dio por acordarme y no me lo podía quitar de la cabeza. Menos mal que duró poco y que aquellos papeles se perdieron.

Al fin, una noche, durmiendo, me despertó uno de los acostumbrados y monumentales ataques de tos y pensé, ¡qué raro sabe esta tos…! Encendí la luz y encontré la almohada roja, y nada más verlo supe qué era lo que me sucedía, claro, tampoco es que haya que ser adivino, aunque el que no lo era era el médico. A la mañana siguiente le llamé y le dije, oye, mira, escúchame, esta noche he puesto la almohada perdida de sangre, y él, tras una pausa muy significativa, me dijo, hombre, entonces lo que tú tienes es tuberculosis… Eso ya lo sabía yo, que para saber eso no hace falta ser médico.

De allí me mandaron a un hospital en el campo, me mandaron Claudia y Pedro. Estaba en el borde del mar y en él hice dos descubrimientos. El primero, que había adelgazado veinte kilos y no me había dado cuenta ―cuando llegué al hospital pesaba alguno más de cincuenta, es decir, que estaba en los huesos; la ropa me sobraba por todas partes y no me había dado cuenta, ni nadie―, y el segundo, que con una banda de Mœbius se puede demostrar que una hoja de papel tiene sólo una cara. Esto lo leí en un libro y me costó entenderlo, aunque al final lo consiguiera; en cuanto lo hice con las manos.

Era un hospital buenísimo. Para empezar, estaba medio vacío. Éramos unos treinta o cuarenta residentes, la mayoría muy mayores y tristes, que nos recuperábamos de diversas dolencias. Entre las enfermeras y enfermeros había de todo, pero había una en particular, Ana, Ana la guapa, que solía venir a despertarme por las mañanas. Entraba con su sonrisa, su traje clásico de enfermera, su melena larga y negra y una bandeja llena de frasquitos, y decía, buenos días… Yo, para hacerla rabiar, me hacía el dormido un instante, y luego sacaba de debajo de las sábanas la cámara de fotos y le hacía unas cuantas mientras ella intentaba esconderse dando gritos. Lo que sucedía era que en aquella habitación no había en dónde esconderse. Si no querías que te hicieran fotos sólo podías tirarte al suelo, porque yo estaba en una cama grande y alta, o salir corriendo por la puerta, pero Ana nunca hizo nada de aquello sino que me reñía, aunque tampoco demasiado porque luego se iba riendo, de forma que yo creo que aquello la motivaba; yo tenía treinta años y Ana debía de andar por los diecinueve o veinte, que es una de las varias edades perfectas por las que transitan las mujeres.

Ya saben ustedes que una tuberculosis, en particular si es pulmonar, bilateral, activa y cavitaria, te deja completamente hecho polvo. Si, además, te ha pillado desprevenido y se ha podido desarrollar con impunidad, empiezan a producirse fenómenos paranormales. A mí se sucedió de todo, pero es que yo me había hecho un agujero del tamaño de una naranja. Primero estuve, según me contaron, durmiendo una semana. No sé cómo fue aquello, porque lógicamente no me enteré, pero dejé de fumar. Cuando me desperté del prolongado letargo en que me sumieron la química y los médicos se me había olvidado lo del tabaco; es más, si lo pensaba me daba asco. Yo no había fumado mucho, pero desde entonces comenzaron a darme asco los cigarrillos.

Durante aquella semana en los brazos de Morfeo debí de soñar multitud de cosas, ¡con lo dado que era yo a soñar!, pero cuando desperté no me acordaba de nada, y bien que me extrañó. Sin embargo, una mañana de unos días después, de repente, imágenes vislumbradas con anterioridad afluyeron a mi cabeza. Vi otra vez la montaña submarina que se movía, la mole inconcebible erizada de fibrosas algas marrones, algo muy oscuro. Además nadaba, no sé por qué pero nadaba, o quizá fuera mejor decir que se arrastraba. Se desplazaba dando tumbos por el fondo del mar levantando cieno y espantando a los peces abisales…, pero aquello no fue nada comparado con lo que me sucedió a los pocos días.

Javi había venido a hacerme una visita (visitar a los enfermos, una de las obras de misericordia) desde varios cientos de kilómetros de distancia, y trajo un poco de hierba. Yo no tenía ninguna gana de fumar, ya lo dije, pero aquello no lo miré con mala cara, todo lo contrario, aquello me apeteció porque fumar hierba no es fumar, o eso me había parecido desde siempre.

lunes, 30 de marzo de 2026

ENTREGA 99

  

Y así estaban las cosas cuando, un día, de improviso, llegó la hora que tanto tiempo había esperado.

―Sí, mucho os esperé y mucho había oído hablar de vosotros, noticias anteriores procedentes de algunos miembros de mi grupo original, enseñanzas con este objeto y las luces azules de focas y personas y todos los seres que piensan. ¡Aquellos bombones amargos y las puertas de los ascensores…! Malos y angustiosos ratos también hubo, y vanos y fallidos intentos, hubo de todo, pero al fin estoy aquí, con ellos, y lo que he sentido compensa con creces lo anterior.

Sucedió una tarde en que estábamos retozando en ciertas praderas marinas conocidas por su exuberancia, en aguas de escaso calado, y ellos llegaron despacio. La manada, mi aún exigua manada, fue atravesada por ciertos pensamientos, empezaron a oírse voces, ¡ya están aquí!, ¡han vuelto…!, y el agua se tiñó momentáneamente de color azul eléctrico. Sólo fue un instantáneo fogonazo pero la señal no pudo ser más clara, y unos cuantos más decididos, o simplemente más predispuestos a tan desusado fenómeno, se apartaron del grupo y se reunieron alrededor de unas formaciones de coral policromado iluminadas por la difusa luz solar que hay en esas profundidades.

―Estas luces atraviesan todo el planeta; algunos las sienten, pero la mayoría no advierte nada.

Estas luces se expanden a mayor velocidad que la propia de la luz.

―¿Es esto posible?

Sí, aquí todo es posible, hasta lo que no tiene nombre conocido; todo puede suceder, aunque nosotros no sepamos cómo.

―¿No caerían con ello las leyes de la física?

Las leyes de la física no pueden caer porque nosotros somos la física. Ya sé que a muchos de vosotros esto les parece una barbaridad, pero no os fiéis de ellos. Ellos no lo saben todo, nadie lo sabe todo y siempre habrá un más allá, incluso tras la muerte térmica.

―Así pues, ¿de dónde proceden estas luces?

Es tontería querer averiguarlo. Proceden de más allá del océano, y también de más allá de lo que podéis ver. ¡Vuestros ojos son tan limitados!

―¡Proceden de Próxima del Centauro, lo estoy sintiendo en mis oídos…! Me gustaría conocer los nombres de las estrellas…

¿Los humanos nombres de las estrellas?

―Sí, eso también. En una ocasión me habló una voz humana. Era la de su abuela Tente y me dijo, visto desde la superficie de la Tierra todo el firmamento gira alrededor de la Estrella Polar. Por la noche, cuando sacas la cabeza del agua, puedes contemplar el cielo estrellado con sus mil figuras, y si tienes suerte puedes ver hasta el Lucero del Alba…

Yo, que sentía gran curiosidad por conocer lo que estaba sucediendo, me uní a aquel grupo, y aunque tuve que soportar ciertas miradas, e incluso algunos leves aletazos de recelo, conseguí hacerme un hueco y escuchar.

―La humanidad en conjunto es una enfermedad venérea para el planeta Tierra ―y si eso dicen los ets, que están tan lejos y nunca sufrieron ningún daño, solamente en lo que pueda afectar a su sensibilidad, ¿qué deberíamos decir nosotros, los cetáceos, de esa misma humanidad, capitaneada por aquel hijo de infame madre que en mala hora nació y en su funesta vida se llamó Svend Foyn, el inventor del arpón explosivo?

Semejante personaje, que en su actual encarnación estará purgando sus muchos delitos en un baño de alquitrán fundido, armó un navío para mejorar con la práctica sus instrumentos de tortura y muerte y lo llamó Spes et Fides, Esperanza y Fe. A más no se atrevió, porque la caridad era algo que no entraba en sus planes.

Aquel fue mi primer encuentro con los exteriores, y desde entonces…, sí, desde entonces han sucedido muchas, muchísimas cosas.

jueves, 26 de marzo de 2026

ENTREGA 98

Los extraterrestres

 

CONEXIÓN

En aquellos tiempos iniciales, durante una buena temporada, fuimos muy pocos. Los cinco que nos habíamos desgajado del grupo original, otras dos hembras perdidas que encontramos en mitad del océano y aceptamos de buen grado, y los recién venidos al mundo, tres bebés que nacieron puntualmente trece meses después de los ritos de rigor. Ellos fueron mis primeros hijos, y cuando nacieron sentí una nueva responsabilidad. ¿Podría irme aquel verano a los mares del Norte? La excursión anual, que ya me había acostumbrado a hacer, era lo mejor que sucedía durante la temporada, pero dejar a mi reciente familia a expensas de lo que pudiera decidir Crispincín, que era jovencísimo, ¿sería prudente…? Una manada de cachalotes de diez individuos es una manada ridícula, y si aparecieran las orcas ninguno tendría salvación, no digamos ya los humanos, insaciables seres que matan por placer. Ambos supuestos eran improbables porque el océano es muy grande y las posibilidades de encuentro remotas, pero nunca se debe descartar tal contingencia, así que me dije, mejor este año me quedo con ellos, y de paso podemos suscitar unos cuantos encuentros con grupos fecundos para aumentar nuestro número. Las manadas de cachalotes tienden a equilibrarse unas con otras, al igual que sucede con las olas del mar, de manera que aquel verano fuimos tímidamente en busca de alguna que nos acogiese de forma transitoria.

El primer encuentro se produjo en una de las fosas de las Antillas que conocíamos de ocasiones anteriores, y no fue un encuentro normal, no, porque topamos con una de las manadas más grandes que he visto en mi vida. En los grupos grandes suele haber mucho jolgorio y diversión, debido a lo cual las maestras tienen dificultades para gobernarlas en su totalidad, y aquella, por lo que pude observar, no era una excepción. Como yo era el jefe de los recién llegados, fui saludado por los mandamases de la ingente comunidad con gran alborozo, mugidos, piruetas, saltos y chapuzones. Uno de ellos, el que llevaba la voz cantante, me dijo,

―Buena ocasión para que elijas unas cuantas hembras. Procura que sean jóvenes para que tengan la oportunidad de aprender vuestros usos y costumbres, y si quieres machos también te puedes llevar; tenemos muchísimos que no hacen más que revolver. Ya están a punto de salir de este grupo, pero no sería malo que se fueran colocando cuanto antes. ¿No vas a subir este año a los mares fríos? Algunos de nosotros nos iremos pasado mañana, y si quieres te puedes unir al grupo ―pero yo, que ya había decidido quedarme con los míos, decliné el ofrecimiento.

―No obstante, el año que viene sí podríamos hacer el viaje juntos.

A mediados de la estación y reforzados en número partimos en busca de nuevos grupos. En aquella ocasión nos dirigimos hacia el norte, a las frías aguas del Atlántico en donde las fosas son aún más profundas, y allí permanecimos el resto del verano. Tuvimos algunos nuevos intercambios, y también algún parto, pero lo mejor y más sorprendente fue que en uno de los encuentros me di de bruces con una antigua conocida de la que es posible que aún se acuerden ustedes. Yo sí me acordaba, ¡y cómo!, porque estas aventuras no se olvidan fácilmente. Era aquella hembra que en mis años de juventud estuvo a punto de apartarme de mi grupo. ¿No recuerdan su nombre? Yo la llamaba Proserpina, la hembra de piel suave y hondo mirar, que por aquel entonces estaba muy crecida, casi tanto como yo.

―¿Tú por aquí…? ¡Qué sorpresa!, el mar es un pañuelo ―y desde que la vi me dije―. Buen hallazgo, ¿querrá venir con nosotros?, y lo que es más, ¿podrá hacerlo sin impedimentos?

En estos casos hay que dirigirse a las hembras ancianas, que son las que mantienen el orden y la cohesión, pero ellas no encontraron obstáculo.

―No hay ningún problema. Quizá te la cambiaríamos por alguna de las tuyas, pero no es necesario; tenemos superpoblación de hembras en edad fértil, y si te gusta, que se vaya con vosotros. Espero que el gran maestro no se enfade a la vuelta de su viaje, aunque lo más probable es que no se dé cuenta; ya está muy viejo y va a durar poco.

Proserpina, por su parte, dijo,

―Tengo varios hijos, pero están todos criados y quizá sea este el momento de cambiar de vida y horizontes. ¿Quién fue aquel que dijo que cada diez años se debe cambiar de ocupación?

―No lo sé, pero debió de ser un sabio.

―Sí, un sabio… Nosotros sólo vivimos una vez, y ahora que te he vuelto a encontrar…

Después de aquel verano la manada aumentó mucho su número, hasta llegar a la treintena. Teníamos con nosotros una pandilla de jovencitos que eran quienes abrían camino, o sea, actuaban de exploradores, subían y bajaban a las fosas que encontrábamos y daban novedades acerca de sus características, preferentemente las que se referían a la calidad de los alimentos, y había también un núcleo de madres primerizas enormemente preocupadas por los niños, la educación de estos y otras materias afines, con cuya ayuda organizamos la escuela que en toda manada debe haber, a la que dedicaban la mayor parte de su tiempo.

―¿Qué es un cefalópodo…? ¡Mirad!, ¡qué tonto!, no sabe lo que es un cefalópodo; pareces Crispincín en su más tierna juventud… Pues como no espabiles te vas a morir de hambre. ¡Un cefalópodo es un bicho que tiene los pies en la cabeza!, ¿cuántas veces lo vamos a tener que repetir? Apréndetelo bien… ¿Y la talasoterapia?, ¿tampoco sabes lo que es la talasoterapia? Pero si de eso hemos hablado muchas veces…

lunes, 23 de marzo de 2026

ENTREGA 97

YO ME LLAMO SANDI ESTILOGRÁFICA

Yo me llamo Sandi, Sandi Estilográfica; lo de estilográfica me lo puso mí tío el guarro y luego contaré por qué, tampoco hay que ir acelerando innecesariamente. A mí siempre me ha gustado mucho escribir. De pequeña aprendí a hacer una letra buenísima, y mi padre putativo, o sea, mi pseudopadre, el Cacho, el Cacho Madera le decían, aunque se llamaba Víctor ―pero esto no lo debe de saber mucha gente―, me llamaba pendolista; menudo lío me armó con ese término cuando era pequeña. Mi tío, mi único tío, el guarro, está más bueno que un queso, sobre todo cuando no se afeita, o eso me parece a mí. A lo mejor me equivoco o a lo mejor poca gente estaría de acuerdo conmigo, pero a mí siempre me pareció guapísimo. El Cacho, mi padre, era muy alto y rubio y también era guapo, pero a mí no me inspiraba nada. Estas cosas de que unos te digan y otros no son dignas de estudio, son un misterio, son como la mayor parte de los fenómenos que suceden dentro de la cabeza. Todo esto lo estoy escribiendo con la mejor letra de que soy capaz.

Cuando mamá se murió, mamá era Alison, lo pongo por si alguien no se acuerda, yo me quedé con Cacho, Cacho es Víctor, pero él estaba hecho de una pasta un poco rara, no tengo más remedio que reconocer que era débil, el pobre. Bueno, con nosotras siempre se portó bien, y aun mejor que bien; con nosotras formó una familia, su familia, pues parecía que llevaba toda la vida esperando a que apareciéramos. Yo nunca tuve familia. Cuando era pequeña no tuve padre, y si lo tuve, no me acuerdo. Los primeros años de mi vida se pierden en la noche de los tiempos. Mis primeros recuerdos se reducen al jardinero de mis tías, que llevaba un buzo azul y me miraba de soslayo ―y eso que yo sólo debía de tener cinco años―, y a mis tías, mi tía Ciruela y mi tía Mandarina, aunque mejor habría que decir mis tías uvas, porque estaban más secas que una pasa. ¿Dónde estaréis ahora, tías de mi madre…? En aquella finca estuvimos algún tiempo. Era en el Devonshire, pero a mí me gusta más Castilla y sus cielos transparentes. Yo, aunque nunca lo supe, nunca hubiera podido imaginarlo, lo que quería es haber sido castellana, y menos mal que al final lo conseguí.

Ahora resulta que se ha muerto, el Cacho, mi pseudopadre, Víctor, se ha muerto. Yo ya lo veía venir, esas cosas no hace falta que nadie te las explique. Se nota en el brillo de los ojos, en el aspecto de la piel cuando la ves a menos de medio metro, en la gradual ronquera que se va apoderando de la voz… Las últimas semanas han sido sobrecogedoras, propias de una película de terror. A mí no me gusta esa clase de películas pero allí aguanté todo, aguanté hasta el final, aguanté hasta la extenuación, ¿qué otra cosa hubiera podido hacer?, y sin dormir ni nada, casi sin comer, con Claudia al lado, Claudia y sus tíos, por lo menos algunos. El que no vino fue Eduardo, el guarro. A mí me hubiera gustado verte, me hubiera gustado tenerte al lado, no sé por qué, a lo mejor es que me dabas seguridad, pero casi no viniste. Yo a veces te eché en falta, pero ya se sabe que a las niñas de catorce años los demás no suelen hacerles demasiado caso, y menos mal que estaban Claudia y Pedro, y Pedrito.

El Cacho, papá, empeoró de pronto. Parecía que no le sucedía nada, hacía planes y me decía ―¡hay que ver cómo se notan estas cosas!―, pues me decía, bueno, hija, de esto se muere ya poca gente, en cuanto consiga encaminar esta historia nos vamos tú y yo de vacaciones, ¿vale?, ¿adónde quieres ir?, ¿a las Filipinas?, bueno, pues a las Filipinas nos vamos, o a Pernambuco, o a donde quieras, el mundo es muy grande y yo todavía he visto pocos sitios, todavía me quedan muchos por ver. Luego se dormía en el sillón, tenía un sillón atómico, y yo me bajaba a la cafetería y me tomaba una cocaloca con mucho miedo esperando a que viniera alguien, Claudia, Pedrito, tío Juan, yo que sé, aunque a ti me harté de esperarte. Bueno. Luego, de un día para otro, se puso fatal, de repente no podía comer y le operaron, le operaron de golpe de algo del estómago, se le puso una cara que prefiero no recordar. Cuando lo subieron y nos dejaron verlo, yo me salí. A mí me pareció que se iba a morir, más con todos aquellos tubos… Ya sé que los tubos no son nada malo, a mí me pusieron un montón cuando me dio la peritonitis, pero el pobre Cacho tenía otro aspecto, tenía un aspecto de los que te dan que pensar. Cómo no sería que Claudia, aquella noche, llamó a Eduardo a algún sitio en donde vivía por entonces, me parece que en África, y estuvieron media hora conferenciando. Luego, cuando acabaron, no dijo nada y se fue a la cama derecha. Yo lo sé porque estaba por allí medio escuchando.

Después de aquello sólo duró dos días y no volvió a despertarse, no volvió a decir nada. Respiraba como si no pudiera hacerlo, pero tenía un respirador que le obligaba. Era un aparato que hacía mucho ruido y tenía una pantalla al lado de la cama, detrás, de forma que él no pudiera verla ni aunque hubiera vuelto la cabeza, una pantalla en donde se pintaban las rayas de su salud, sus constantes, aunque yo más diría sus variables. Como aquella visión era muy agobiante, Claudia y yo nos fuimos al pasillo y dejamos transcurrir las últimas horas paseando entre sillas de ruedas, enfermeras apresuradas y caras desconocidas. Hubo mucho ajetreo, mucho ir y venir de personas. A unas las conocía y a otras no, pero todas me besaban una y otra vez, me daban palmadas en la cabeza y adoptaban una expresión indefinible, yo llegué a aprenderla de memoria. Algunos se ponían rígidos y hacían chocar los talones, como si saludaran militarmente, mientras que otros, aunque solían ser otras, me miraban con lástima y se iban cuchicheando, pobre niña, ¡qué pena!, así es la vida.

Yo estaba sentada en un sofá de aquel pasillo y era por la noche; no había nadie ni se oía ningún ruido. Estaba medio dormitando, enfundada en un jersey larguísimo porque tenía frío, cuando noté que alguien me cogía de la mano, sólo me la rozó, casi sólo me la rozó. Miré, y vi a Pedrito que se había sentado a mi lado y, efectivamente, me había cogido de la mano. No tuve más que verle la cara y cómo me miraba para saber lo que había sucedido. Yo intenté ponerme en pie, me desperté del todo y pegué un respingo, pero él no me dejó. Tiró de mí hacia abajo y me obligó a sentarme. Así estuvimos mucho rato, mirándonos y sin decir nada, cogidos de la mano, hasta que la puerta de la habitación de Cacho se abrió y salió una enfermera que se alejó corriendo por el pasillo. La puerta se quedó abierta y al cabo apareció Claudia andando lentamente. Vino hasta nosotros, se sentó a nuestro lado sin abrir la boca y sin mirarnos, abrió el bolso, sacó un cigarro ―porque Claudia, que no había fumado nunca, empezó a fumar allí―, lo prendió y se lo fumó entero, con los labios bien apretados. Así estuvimos como diez minutos. Nadie, ninguno de nosotros, dijo nada, pero la verdad es que Pedrito, y lo fue toda su vida, era un santo, era más bueno que un santo.

Yo al Cacho le quería mucho, claro, era mi padre, y con nosotras siempre se portó muy bien. Si mamá no se hubiera muerto no habría ocurrido nada de aquello, pero se murió y todas las cosas perdieron su razón de ser, aunque nunca entendí el motivo. Yo nunca sé nada, y me parece que esto mismo le sucede a la mayor parte de las personas… Luego, cuando transcurrió el tiempo, cuando llevaba una temporada viviendo en casa de Claudia ―porque Claudia y Pedro, y Pedrito, me prohijaron―, me olvidé de todo, y ahora al pobre Cacho casi ni le veo la cara. Yo no sé por qué, pero a mí, los hombres que más me gustaban eran los que tenían cabeza de león; esto lo vi una vez en un videojuego, y me impresionó tanto que no se me ha olvidado, no creo que se me olvide nunca, y lo que tampoco sé es por qué unas cosas se te olvidan en seguida y otras no se te olvidan nunca.

 

jueves, 19 de marzo de 2026

ENTREGA 96

  

Estudiar es fácil, mucho más fácil y agradecido que limpiar pescado. Hay quien dice que es difícil, es verdad, pero yo no lo creo así; basta con que te interese lo que estudias, y si te interesa muchísimo, como era mi caso, es aún más fácil. Yo no pensaba en ninguna otra cosa, e incluso en los ratos de asueto lo que hacía era zambullirme en el mar y emplear el tiempo explorando fondos marinos. Descendía hasta veinte o treinta metros al lado de una isla de roca que había en la salida de nuestra bahía, me tumbaba en el fondo arenoso y me pasaba las horas muertas mirando hacia arriba. Esto lo hacía con botellas, claro está, y si acertaba a deambular algo comestible por allí cerca, ni lo dudaba; estaba prohibido, pero semejantes ocasiones no se pueden dejar pasar, y no llevaba fusil, lo hacía a cuchillo. La mayoría de mis presas, como es lógico, se escapaban, porque los peces nadan muchísimo más deprisa que las personas, incluso aunque lleven aletas y sean campeonas de natación, pero alguna vez ensarté algo. Un día me peleé con un pulpo. Lo encontré dentro de una cueva y me dije, hoy ceno pulpo de verdad, nada de comida de colores, y luego me quedó cierto cargo de conciencia, porque, aunque el pulpo era grande e intentó defenderse, aquello fue un crimen. Me estuve llamando de todo durante el resto de la tarde, pero tras el acto de contrición me lo comí. Un pulpo siempre es un pulpo, y con patatas está buenísimo. Aquel quedó como si fuera langosta, blanco por dentro y rosa por fuera, y tenía una textura especial.

Las últimas prácticas, las definitivas, las hicimos al sur del mar de las Antillas, y para ello llevaron unos submarinos en miniatura ―a los que llamaban minisubs― que eran un primor. A mí nunca me gustaron las máquinas en sí, sólo como herramientas. Hay mucha gente aficionada a idealizar estos objetos ―los coches, por ejemplo―, pero a mí nunca me gustó hacerlo. Máquina por máquina prefería a los hombres, y si tenían los ojos verdes ―como el mayor―, el pelo revuelto y tirando a rubio ―no rubio entero―, mejor, pero tengo que reconocer que los minisubs eran algo más, sobre todo por lo que hacían, llevarte al reino del azul, ese lugar inaccesible para los torpes seres que, por motivos que tienen que ver con la evolución, no disponemos de branquias o agallas, órganos muy útiles cuando una está dentro del agua. Sirenas no vi nunca, por más que las busqué, sirenas rubias o pelirrojas con los ojos azules, sirenas como las que nos cuentan las historias del mar, pero sirénidos sí vi muchos, manatíes que vivían en fiordos y manglares. Salían a nuestro encuentro con total confianza y paseaban a nuestro lado como si fueran una escolta. Los minisubs, ahora que lo pienso, podían parecer un manatí gordo y a lo mejor nos confundían con ellos…, pero no lo creo, porque ni su fantasía ni su olfato les pueden engañar de tal manera.

Una de aquellas tardes de paseos submarinos, una tarde en que iba sola y no con alguno de los instructores, una tarde en que había hecho todo lo posible por perderme, y lo había conseguido, encontré un viejo pecio sumergido que no estaba registrado en las cartas. Debía de ser un galeón con más de quinientos años a cuestas y las tripas llenas de tesoros fabulosos, cofres llenos de monedas de oro y collares de perlas y diamantes, casi deshechos cuadernos de bitácora que narrarían la aventura de sus andanzas, y hasta el esqueleto del último gobernador portugués de las Molucas… En realidad no vi ningún esqueleto, aunque si lo hubiera visto hubiera sabido de sobra a quién correspondía, pero en cambio me di de manos a boca con un personaje singular.

En el castillo de popa de aquel barco hundido y olvidado que encontré en el fondo del mar estaba sentado Neptuno, aunque a lo mejor era Poseidón, el dios del océano. Era un viejo señor de largas y encharcadas y céreas barbas y cabellera, enorme cola de pez como la de las sirenas y gafas de buceador, que con su mano derecha sostenía un ya herrumbroso tridente de muchos metros de longitud. Cuando llegué estaba descansando, sentado en los restos de la barandilla, con la mandíbula apoyada en su puño izquierdo y rodeado por una corte de diminutos caballos de mar, y al oír el motor de mi nave giró la cabeza, me miró durante unos segundos y habló; de su boca salió el obligado burbujeo de aire y, dirigiéndose a mí con inconfundibles ademanes, dijo,

―¿Qué haces aquí, ser de otro universo, y por qué con tu máquina vienes a perturbar la vida de los seres marinos…? Vuelve al lugar de donde procedes y no cuentes a nadie lo que has visto; es mejor para todos ―y a continuación dio una voltereta en cámara lenta y hacia atrás, como uno de esos trapecistas de los circos mecánicos, y desapareció nadando tranquilamente en dirección al fondo más profundo.

Al cabo de un momento se perdió en la oscuridad seguido por los hipocampos, dejé de verlo y me quedé allí, sola y atónita, dentro de mi burbuja y pensando.

Yo no creía en Neptuno ni creía en Poseidón, esos son inventos propios de la civilización europea, y aunque no están mal, yo sólo creía en la diosa del océano, aquella ballena yubarta que varó en la playa de mi isla cuando era pequeña, ¡aquella sí que era una diosa…!, pero a la vista de lo que sucedió tuve que reconocer que las cosas no eran tan sencillas como había pensado, y, además, ¡fíjense en dónde iba a estar Neptuno…! ¡Si resulta que estaba cerca de Maracaibo…!

Sí, los dos estábamos muy cerca de Maracaibo, pero como no estaba el mayor, no pude pedir permiso y acercarme hasta allí. Me quedé con las ganas de ir a mi antigua ciudad e intentar buscar a mis hermanos, aunque, por enésima vez, me juré hacerlo en cuanto pudiera.

Cuando sucedió aquello ya estaba cerca de que me dieran el quinto diploma. Fue el final de una de las etapas de mi vida, y cuando acabé del todo, tras las fiestas y las celebraciones de los gorros y las túnicas y las fotos ―ahora mirando hacia este lado, señorita, ¿por qué no me hace caso?, deje de reírse con sus amigas…; así, muy bien, otra―, el mayor me dijo,

―Oye, boricua, ¿sabes que tú has sido una de las mejores alumnas que nunca tuve? ―y yo, que por aquellos tiempos estaba muy crecida ―en sueños me veía en el estrado con la túnica y el gorro de la graduación―, contesté,

―No lo sabía, pero me lo imaginaba.

Como el mayor y yo siempre nos habíamos llevado muy bien, y nos habíamos mirado harto y reído mucho juntos, no me importó decírselo de aquella manera, aunque visto desde aquí no dejó de ser un arranque de chulería, pero el se rió porque le debió de hacer gracia la respuesta y añadió,

―Bueno, pues si ahora quieres conseguir un trabajo de verdad, dímelo ―y a mí, claro, me faltó tiempo para decírselo.

―¿Usted cree que será un trabajo bueno?

El mayor me miró como solía mirarme y preguntó,

―¿Quieres bajar al fondo del mar? ―y casi grité.

―¡Sí, claro…! Si eso es lo que quiero hacer…

Él se rió.

―Yo también suponía algo así…, pero ahora te voy a decir algo muy importante y que no conviene que eches en saco roto. No olvides nunca que los que trabajamos, lo hacemos porque no servimos para otra cosa, ¿eh…? Luego, cuando lleguen los momentos difíciles, no me digas que…

Aquello me dejó un poco sobrecogida y al pronto me pareció alguna clase de maldición, pero luego, con el paso de los tiempos, he comprobado que es la pura verdad.

lunes, 16 de marzo de 2026

ENTREGA 95

 

LA OCEANAUTA

Los últimos años de mi formación académica fueron los más divertidos de mi etapa de huérfana adoptada por el Estado en país extranjero, y eso que antes tampoco lo había pasado mal. Me mandaron a la costa oeste, la de los desiertos rojos y las playas interminables. Fue el mayor el que intervino; quién iba a ser, si no… Un día me dijo,

―Tú aquí no haces nada. Tienes que ir a la Escuela de Oceanografía y ya puedes hacerlo. Yo he pedido el traslado a California y me puedo llevar a quien quiera, así que he hecho una lista de candidatos. ¿Te apuntas?

Luego estuve seis meses sin verlo ni tener noticias suyas, pero yo sabía que no se había olvidado de mí.

A los que nos fuimos aquel año del college nos hicieron una fiesta de despedida en la piscina, una fiesta en la que estuvimos todos metidos en el agua, y a una profesora que no quiso meterse porque no tenía traje de baño, la tiramos y después no quería salir. Comimos y bebimos en el agua, dimos saltos desde el trampolín, echamos carreras, y luego, al final, salimos del edificio, hicimos una pira con todo lo antiguo, la ropa vieja, los lápices gastados y rotos, los apuntes que nunca más íbamos a ver…

―¿Y los amores no correspondidos?

―Sí, por supuesto, también los amores no correspondidos. Y los malhumores e impaciencias y amarguras, las aflicciones y desengaños y todas esas cosas que no deben quedar en la memoria…

… y estuvimos bailando a su alrededor hasta que amaneció; también bebiendo bastante de un combinado temible que teníamos en un balde, e invitamos a todo el mundo, condiscípulos y profesores. Cuando una es joven puede bailar y beber hasta la amanezca, y cuando la fiesta termina, cuando comienzan a clarear los cielos de oriente, es el momento de hacerse un ovillo sobre la hierba, a ser posible debajo de un árbol, y dormir en grupo con los que te han acompañado. Algunos roncaban, pero eso sucede siempre y no era el momento de protestar.

La institución que desde aquel momento me acogió estaba situada a orillas del Pacífico, y el viaje lo hice yo sola. ¿Por qué a veces queremos estar solos? Misterios de la corteza cerebral. ¿Me había hecho mayor…? Sí, seguramente era eso, y cuando me dijeron que debía ir hasta allá, el corazón me dio un vuelco.

―¿Voy yo sola…?

―Sí, señorita. Aquí tiene usted todo, papeles, dinero, etc. Guarde todo bien ―y el corazón me dio un nuevo vuelco.

Tardé una semana entera en llegar, porque ya que estaba de camino, y no un camino cualquiera, sino el camino del Oeste, lo hice dando saltos; me subí en muchos trenes diferentes y fui durante todo el viaje mirando por la ventanilla. Me harté de observar las Grandes Praderas Americanas, y en una de las paradas entre tren y tren tuve ocasión de ver un espectáculo para turistas que representaban cow-boys e indios sioux. Había diligencias y caravanas y soldados, todo ambientado a la vieja usanza y estrictamente como sale en las películas, la escenificación estaba muy bien. Los caballos eran preciosos, sobre todo unos muy especiales a los que llamaban apaloosas, y hasta la troupe de putas teñidas de la compañía de Calamity Jane me sacaron a bailar al escenario en donde actuaban; yo no quería salir, pero no me quedó más remedio porque todo el mundo se puso a gritar. Las que hacían de putas debían de ser caribeñas, porque me dijeron,

―Mi niña, ¿cómo has caído tú por aquí? En las películas del oeste casi no había negros, y menos negras. Si no tienes trabajo te puedes venir con nosotras, siempre será un toque exótico; sólo hay que saber pegar muchos tiros de guáchara ―y yo les di las gracias, pero, la verdad, prefería lo del océano.

Luego atravesé las Montañas Rocosas por antiguas vías de comunicación que salvaban barrancos sin fin sobre puentes de caballetes, y llegué a mi destino en donde fui muy bien recibida, no lo podría expresar de otra manera. Allí estaba el mayor, para empezar, y además conocían mis hazañas natatorias y todo el mundo me miraba con aprobación, lo que a lo mejor se debía a que era anormalmente alta. Además, en la costa oeste no son racistas, son mucho peores los del este, los wasps, y no digamos ya los del sur. La costa oeste es uno de los pocos sitios de este país en donde se hacen cargo de que cada cual es cada cual, por lo menos de puertas adentro, y con eso yo tenía suficiente.

Durante aquellos años viví en un apartamento. Me dieron a elegir entre una residencia de estudiantes o el dinero, para que hiciera lo que quisiera, y opté por lo último, y todo esto sucedió en un lugar que estaba lleno de avenidas flanqueadas por naranjos. El dinero no era mucho, pero de vez en cuando trabajaba de camarera en el restaurante de un amigo y así me fui apañando. Comparado con la gente que conocía, vivía modestamente, porque en aquella parte del país en donde solía hacer tan buena temperatura todos eran muy ricos, todo el mundo tenía piscinas y descapotables en los que asistir a los cines al aire libre, pero si lo comparaba con mi vida anterior, cuando estaba en la mayor de las pránganas en el chambao de tablas de la isla de los turistas, en donde conviví con mi primer novio, el barquerito, o la casa de Maracaibo o la de la selva, aquello era un palacio. Sólo eran un par de habitaciones, en lo más alto de un edificio antiguo, que daban a una gran terraza ―lo mejor era la terraza―, y allí estuve varios años viviendo sola ―aunque, a veces, intermitentemente, acompañada―, y en ciertas ocasiones invité a cenar al mayor.

Las primeras veces me azoró un poco hacerlo, pero como él lo pasaba muy bien ―siempre me decía que sí a todo; se sentaba en la terraza, ponía las piernas en una silla y se dedicaba a mirarme mientras cocinaba en una parrillita que había en la pared; además, traía unas botellas de vino buenísimas y nos quedábamos hablando y bebiendo hasta las tantas―, dejé de apurarme. Yo me decía, a lo mejor algún día se decide, y si se decide, ¿se estropeará esta relación? Sí, seguramente, yo no voy a hacer nada, le prefiero así, y él nunca dijo una palabra y siempre se despidió muy cortésmente. Como de aquello seguramente pensaba lo mismo que yo, cuando se iba, algunas veces, pero pocas, me daba un beso, aunque otras, las más, lo que me daba era un golpe muy peculiar, una especie de golpecito en la parte de arriba del brazo, en donde duele. Lo hacía flojo, pero luego me salía un cardenal diminuto; era el cardenal del mayor, y me hacía mucha gracia verlo.

jueves, 12 de marzo de 2026

ENTREGA 94

  

MUERTE DEL TÍO ALDY

 ―¿Tú sabes lo que, según se dice, escribió en una ocasión Pérez Galdós?

Como yo sabía que el tío Aldy, a pesar de todo lo demás, era un estudioso, y aunque estuviera en las últimas no desvariaba, presté atención.

―Pues escribió: El español salió de su casa en 1808 y todavía no ha regresado a ella.

El tío Aldy, sentado en un sillón al lado de una ventana que daba a la dehesa, me miró medio de reojo, seguramente por comprobar el efecto que sus palabras me habían causado. Luego añadió,

―Así son las cosas. Yo ya no lo veré, pero la humanidad, y los españoles también, está a punto de salir de su casa para siempre ―y enarcó las cejas y señaló con el dedo encima de él, al techo de la habitación.

De por qué dijo aquello el tío Aldy no tengo la menor idea, pero de que por su cabeza circulaban ideas que ninguno de nosotros éramos capaces de poner por escrito, de eso sí que estoy seguro. Luego me preguntó,

―¿Te quedas a comer…? Sí, ¿no? He dicho que nos pongan cosas de esas que te gustan a ti.

Los últimos tiempos del tío Aldy, mi segundo padre, transcurrieron en una de sus fincas rodeado de servidumbre. No había tenido hijos, pero tenía criados muy fieles, y sobrinos. Yo fui a verle muchas veces, más en mi estado de idiotez supina, recién salido de la casi conyugal y africana aventura que narré, y alguna de aquellas veces me quedé varios días. En ocasiones todavía tuvo humor para coger la escopeta y llevarme a recorrer cerros y quebradas, pero ya no era lo mismo; cualquiera que tuviera ojos en la cara se habría dado cuenta.

Cuando se murió, al cabo de unos meses, estaba de guardia el tío Eduardo. Al final, cuando ya se veía lo que iba a suceder, se turnaban él y el tío Juan. La tía Beatriz, la cornúpeta, también iba, pero se asustaba y se quedaba en la habitación de al lado. El tío Aldy respiraba fatal y hacía unos ruidos como una locomotora. No se puede tener al mismo tiempo pancreatitis y pulmonía, no, eso es excesivo para el cuerpo, sobre todo si eres viejo, aunque los ruidos, ahora que lo pienso, a lo mejor eran unas señales ultraterrenas que ninguno reconocíamos. Es seguro que en los tránsitos tienen lugar toda clase de fenómenos inexplicables para los no iniciados, para los que nos quedamos aquí, pero el caso es que de esto no se sabe nada cierto porque nadie ha vuelto para contarlo.

Cuando se murió también sucedieron fenómenos paranormales como los que dije que tuvieron lugar cuando se murió la abuela, su madre; debía de ser cosa de familia. Yo no estaba presente, y bien que lo sentí, pero me enteré de que se produjeron fuegos fatuos de color azul eléctrico. Comenzaron a correr por el techo de su habitación y desde allí se extendieron a la alfombra. Aquellos fuegos no quemaron nada pero estaban vivos. Recorrieron el pasillo, salieron al jardín en ristras y se pasearon entre los rosales ―esto me lo contó Rosario―, y las rosas que quedaron tocadas por tan extraña energía estuvieron toda la noche brillando.

―¿Usted se imagina…? Las rosas relucían como si tuvieran luz propia, se volvieron de color azul. Cuando amaneció se apagaron, y después no han vuelto a brillar… Sin embargo, no les ha sucedido nada. ¿Usted cree que todo esto es normal? Yo nunca vi nada igual.

―Bueno, Rosario, pero al final no ha ocurrido nada. Sólo que casi se incendia la habitación.

―Sí, esto debió de suceder por la noche, a última hora, y su tío Juan tuvo que apagarlo. Pregúntele, pregúntele a él…

La señora Rosario me miró con cautela y, tras pensarlo, añadió,

―En la hora de la muerte, cuando nos hallamos en la mayor necesidad, los impulsos que durante toda nuestra vida hemos reprimido salen a la superficie. ¿No lo cree usted así?

―Sí, Rosario, es posible que sea así…, pero ¡qué cosas dice! ¿Está leyendo revistas de astrología?

―No, ¡por Dios!, pero yo a su tío le conocía muy bien. Fíjese, él ha sido quien nos ha cuidado a todos. Le conocía desde niña…

Yo nunca supe si creerme todas aquellas historias, pero a veces pienso que debería hacerlo. El tío Eduardo también me contó cosas por el estilo, aunque veladamente, y si él lo decía debía de ser verdad, porque la fantasía no era su fuerte. La tía Beatriz no contaba nada, pero no había más que verle la cara, y de ninguna manera quería hablar de ello.

―Eduardo, hijo, no me hagas decir lo que no quiero. Tú nunca viste una cortina arder espontáneamente… Yo no creo en el demonio, pero hay veces en que una no sabe qué pensar.

La tía Beatriz lo decía muy alto. Se aceleraba cuando hablaba de ello y acababa desencajada, lo que no era propio de su habitual forma de ser. La tía Beatriz siempre utilizaba aquel tonillo propio de la gente bien criada, pero las pocas veces que le oí referirse a los últimos días del tío Aldy, perdió toda la compostura y acabó dando gritos, y el tío Juan, que siempre fue un viva la virgen ―uno de los mejores oficios que se pueden desempeñar en esta vida― y nació con el santo de cara, cruzaba los dedos y me daba palmaditas, aunque no abría la boca. Toda aquella familia, la de mi padre, siempre estuvo muy templada. Al jefe se le notó menos porque murió joven, pero me pregunto qué se le hubiera ocurrido de haber asistido a los últimos momentos del patriarca de su familia.

Cada vez quedamos menos, y dentro de poco no quedaremos ninguno; sólo quedará Pedrito, nuestro único descendiente, y Sandi, aunque ella no tenga nada que ver con nosotros. No sé si lo he dicho, pero al Cacho no le veo muy bien; mejor dicho, le veo fatal. Estaba cantado que iba a acabar así. De joven hacía unas cosas tan raras, tan elaboradas, que me tenía alarmado. No me refiero a lo del baloncesto, aquello estaba bien, pero durante la misma época ya se le adivinaban las tendencias taumatúrgicas. Tuvo una novia un par de años ―de esto hace muchísimo― antes de lo de Alison. La novia se llamaba Teresa, y en casa la llamaban Teresa la marquesa. El Cacho estaba más puesto con ella que un perro de caza, cosas de la primera juventud, sí, de la tonta juventud, y le ponía velas. Esto es difícil de explicar, pero era así. Colocaba de pie una foto de Teresa en la mesilla, y ante ella, día y noche, ardía una de aquellas velas. Además, no eran unas velas cualesquiera. Tenían que ser velas de cera de santa Teresa, porque si no el conjuro no surtía efecto. Se iba a buscarlas a un pueblo de Ávila, a un convento, y de paso traía yemas de las que yo me ponía morado, y todo esto lo sé porque durante una temporada estuve durmiendo en el mismo cuarto que él, y teníamos una mesita de noche, en medio, entre las dos camas, en donde sucedía lo de las velas.

Todos hemos visto desaparecer las cosas. Cada día desaparece algo que hemos conocido; el pescado, por ejemplo. Cuando era pequeño comí muchísima merluza, pero si hoy quisiera hacer lo mismo ya podría ir comprándome una caña. En la plaza venden algo a lo que llaman merluza, pero debe de ser fletán del Mar del Norte pasado por la trituradora. ¿Y los bocartes…? El paisaje también ha cambiado. Los árboles están en extinción, y a este paso sólo va a quedar la verde hierba de los campos de golf. Todo se esfuma. Las estrellas están siendo engullidas por la contaminación y para verlas hay que irse a África. Como están lejos no les va a suceder nada, pero nosotros dejaremos de verlas del todo y muchos se olvidarán de su existencia; hoy en día casi nadie las conoce, aunque dentro de poco serán olvidadas por completo. La humanidad será capaz de vivir sin saber que existen luces en el cielo, como los peces del mar o los animales terrestres que son miopes, los perros, por ejemplo, y hasta el tío Aldy, si mal no recuerdo, me habló de ello. Lo que el tío Aldy vio desaparecer fue a las costureras, alguna vez se lo oí decir.

―Ya nadie cose. ¿Es posible que nadie pueda coserme este botón…? Sobrino, ¡cómo han cambiado las cosas!

ENTREGA 100

    LOS TREINTA AÑOS  Después de la aventura africana y las muertes del Cacho y el tío Aldy, no sé cual de aquellos motivos fue la causa, ...