lunes, 13 de abril de 2026

ENTREGA 103

 

La isla, la mía, no me costó encontrarla, claro, porque en el Caribe todo el mundo sabe dónde está Borinquén y mi isla era aledaña, pero una vez allí, en aquel aeropuerto extraño, no supe ni por donde empezar, pues ni siquiera sabía cómo se llamaba el lugar en el que vivimos. Que yo supiera no se llamaba de ninguna manera, y si tenía nombre no me enteré. Aquel pueblo, el pueblo sin nombre, era una aglomeración de barracas de colores en mitad de la selva, y desde ella se tardaban tres horas en llegar hasta la playa andando. Tenía un cine que se llamaba Paraíso, y en el centro, en lo que hacía las veces de plaza, se cruzaban dos carreteras polvorientas. En el cruce solía haber grandes camiones aparcados, gente de paso…

Estos no son muchos datos, es poco menos que nada, así que lo primero que hice fue conseguir un mapa y mirarlo y remirarlo, pero como era un mapa para turistas, en él sólo se hablaba de museos, de playas, de hoteles, de discotecas, de casas de citas y de cosas por el estilo, de forma que tuve que comprar otro. Este ya era más serio. Venían los accidentes geográficos y las carreteras con cierto detalle, y como yo tenía unos recuerdos muy confusos, pensé que debía empezar a buscar por la costa norte, que era la que más cerca me quedaba. Por allí había muchos pueblos y a lo mejor el mío era uno de ellos, aunque ninguno de los nombres que leí me trajo recuerdos. También había muchas carreteras que se entrecruzaban, y una de ellas, ¿sería la que pasaba por delante de mi primera casa…? Todo esto lo estuve mirando en un kiosco en donde una chiquita negra, que no tendría más de trece años y llevaba patines (como yo), me puso un carato buenísimo. Al pagar le di más dinero y ella me lo devolvió. Yo le eché una sonrisa y le dije, no, guárdalo, es para ti, y la niña se quedó mirándome pasmada y como si no lo hubiera entendido, aunque al final me sonrió y se lo metió en el bolsillo.

Lo busqué, di muchas vueltas, fui a varios sitios, y al fin, un día, al tercero o cuarto de camino sin rumbo, lo descubrí por casualidad. Iba por una carretera en mi carrito alquilado y de repente empecé a ver cosas que me sonaban. Lo primero fue una casita pintada de colores que tenía tres palmeras delante. Aquel era el lugar en donde yo, de pequeña, había recalado en una de mis escapadas. Salí del pueblo por la calle principal y eché a andar alejándome de casa. Al cabo de un rato pensé que me había perdido y me senté a la vera del camino a llorar desconsoladamente, pero entonces, de una estancia que había entre los árboles, salió una cachaca que me estuvo dando leche y pan y hablando por teléfono. Allí me tuvo hasta que llegó Liria muy enseriada, y después de caerme un buen chaparrón y hablar con la señora me devolvió a casa.

Paré delante y estuve mirando, pero el único ser vivo que apareció fue una gallina que escarbó en la tierra, seguramente sacó un gusano, y se fue.

Continué y entré en un pueblo. ¿Era aquel el pueblo de mi infancia? No se parecía en nada, pero entonces, ¿la casa de las palmeras…? Iba despacio por la calle principal cuando, a mi derecha, vi el primer signo de que había encontrado lo que buscaba: cerrado, triste y despintado, ante mí tenía el viejo cine Paraíso de mis años infantiles, lo hubiera reconocido entre mil… Luego sonó un ruido, porque como al ver el cine me había quedado paralizada en mitad de la calle, un coche empezó a tocar la bocina, de forma que arrimé el mío al borde con todo cuidado y me eché a llorar. ¡Qué cosas hace la cabeza! Después salí y estuve un rato en la acera sin decidirme. A casa se iba en aquella dirección, estaba cerca, andando sólo era un cuarto de hora, y despuesito empezaban los árboles…, pero todo estaba tan cambiado…

Aquella debía de ser la calle principal del pueblo. Había algunos comercios muy iluminados y gente bien vestida. De repente pasó una mulata a quien un tipo que iba con ella llamó María de la O, María de la O, ven aquí, y yo la miré. ¿María de la O…? Era una chica de mi misma edad, y como yo la miraba, ella me miró al pasar, me miró entornando los ojos y sintiéndose observada, aunque no dijo nada; sonrió un poco, pasó y yo me pregunté, ¿tú eres María de la O, mi antigua amiga, la del chambao bajo las raíces de la palmera? A lo mejor, pero lo más seguro es que no, ¿para qué te voy a preguntar nada? Yo me acuerdo de aquello, pero aunque seas tú, lo más probable es que no te acuerdes, entonces éramos muy pequeñas, y era tal mi confusión que dejé pasar aquella oportunidad.

Luego decidí ir andando desde allí. Había recorrido tantas veces aquel camino que no hubiera podido hacerlo en coche. Miré a mi alrededor, miré en todas direcciones, y al fin, como si quisiera engañarme a mí misma, eché a andar muy despacio en la dirección que tan bien conocía. Pasé ante el lugar en donde estuvo la casa de altos a la que nos fuimos cuando a nuestro padre le tocó la lotería, donde vivimos el último verano, pero había desaparecido y su lugar estaba ocupado por cartelones de publicidad y zarzas sin fin, y el colmao que había al otro lado de la calle, en donde las mesas se llenaban de botellas vacías de cerveza, también había sido engullido por la voracidad del tiempo, y todo esto había sucedido en tan sólo quince años… La calle se acababa en el cruce de las carreteras en donde solía haber camiones, y entonces también los había, camiones más modernos y relucientes, pero allí estaban, junto a algunas guaguas. Había una gasolinera nueva, y los hoteles, los dos que había, uno enfrente del otro, establecimientos de carretera, también seguían allí, aunque más grandes y repintados. Luego continué por la carretera adelante, que estaba asfaltada, y no de tierra como fue antiguamente, y a cada paso que daba… Pasé ensimismada junto a muchos lugares que me trajeron recuerdos sin fin, la fuente de la juventud, el árbol de la escuela al aire libre…, pero lo que quería contar es que, con bastante miedo, al fin doblé el último recodo del camino y apareció nuestra casa.

jueves, 9 de abril de 2026

ENTREGA 102

  

VACACIONES

 Yo había oído hablar a menudo de las vacaciones, esa época dorada y estacional de la que disfruta la mayor parte de las personas de las sociedades acaudaladas, pero lo que más me impresionó de aquel concepto, para mí desconocido, fue que una amiga me contó que una vez fue a esquiar a algún lugar de Europa, y hacía tanto frío que se metía en la cama con el mono de esquí. Yo nunca fui capaz de entender eso del frío. ¿Qué era el frío?

La primera vez que tuve unas vacaciones, la primera vez que las tuve como si fuera una persona normal y estuviera integrada en aquel sistema en que vivía entonces, tenía veintidós años y cogí un avión de vuelta, tal y como había hecho nueve años antes pero al revés, en sentido contrario. Fue la primera vez en que pude llevar a cabo tan acariciado proyecto, y lo primero que hice en cuanto tuve ocasión. ¡Cuántas veces lo había pensado!, ¿dónde estaréis, Jonás, Liria y Cati, y qué habrá sido de vosotros? Yo iba preparada para cualquier imprevisto, porque durante los últimos tiempos mi vida había cambiado por completo, e imaginaba que las suyas también.

En Maracaibo no encontré a nadie. La casa en donde habíamos vivido había desaparecido, y en su lugar había un parque. Cuando nosotros llegamos ya era un barrio muy viejo, y en diez años da tiempo a que ocurran muchas cosas. Había menos edificios, aunque mucho mejores, más lujosos, más altos y con verjas y pistas de tenis, y todo estaba muy cambiado. Lo único que reconocí, y eso a duras penas y después de dar muchas vueltas y mirarlo y remirarlo desde todos los ángulos, fue la tienda en donde tantas cosas había comprado, la botica. Era una tienda de barrio, una especie de bazar en la que vendían el arroz a granel, también zapatillas y perfumes, cachivaches para la cocina y herramientas en general, latas de todo tipo, calendarios y estampitas; a veces se convertía en pescadería y a veces en verdulería; alquilaban películas, y te dejaban, con un contador a la vista, hablar por teléfono; expendían cervezas y, por la noche, se organizaban tertulias en las que se hablaba de temas muy serios, de política y economía; era el casino del barrio. En la entrada había una cortina de algún material que me recordaba a los abalorios, pero cuando yo llegué de mayor y empujé la puerta, sonó una campanilla.

En la tienda, que había sido renovada totalmente y estaba muy limpia, no había nadie. Sólo muebles, muebles bastante buenos con etiquetas con el precio, y lámparas, lámparas de pie, lámparas de mesa, lámparas en las paredes y de las que también colgaban papelitos blancos de un hilo. Un mulato de mi edad, más o menos, apareció por el fondo.

―Buenos días. ¿Quería ver algo?

Yo iba bien vestida, con uno de esos lujosos pañuelos de colorines cogiéndome la coleta, aseada y pulcra, y llevaba una cartera colgando; así, al pronto, se me podía confundir con alguien del barrio. Me quedé allí parada, primero sin saber qué decir, y luego, a trompicones, le conté por encima mi historia.

―¿Usted no conocerá…?

… pero el mulato no sabía una palabra. Sólo llevaba allí dos o tres años, según me dijo, y eso a raíz de su matrimonio con una de las nietas de la señora, la señora Helena. Cuando oí aquel nombre, una luz se hizo en mi cabeza. ¿La señora Helena?

El mulato me miró suspicazmente.

―¿La conoce usted?

―¡Sí…!

Él dudó y pareció excusarse.

―La señora tuvo una enfermedad… Ahora no sé si podrá contestarle, pero si usted quiere, pregúntele. Venga conmigo.

Me hizo pasar por un patio y me introdujo en una habitación. La señora Helena, a la que al punto reconocí porque no había cambiado nada, estaba sentada en una silla de ruedas con una expresión inconfundible: la de quien prematuramente se ha despedido del mundo real. Cuando le hablé me escuchó, puso los ojos en blanco e hizo todos los esfuerzos posibles por recordar…, pero no se acordó de nada. Estuve allí un buen rato mientras ella hacía visajes y manoteaba, y yo le decía,

―Señora Helena, ¿no se acuerda de mí? Yo tenía una hermana que se llamaba Liria. Usted nos daba caramelos y a mí me daba bacalao, aunque de esto hace mucho… ¿No se acuerda de Liria? Era negra y alta y siempre venía a comprar arroz y pescado. Señora Helena, ¿no se acuerda de Cati, que era entre negro y piel roja y llevaba los zapatos rotos? Usted nos trató muy bien, señora Helena, míreme… ―pero no conseguí sacarle ni una sílaba.

Luego, al final, me miró. Yo estaba allí, a su lado, sentada, y ella sonrió, me acarició la cara y se le puso una mirada especial. De verdad me pareció que de repente se había acordado de algo…, pero la señora Helena había perdido el don del habla, y seguramente también el de la memoria.

Salí a la calle y anduve para uno y otro lado, pero no vi a nadie que me resultara conocido, y a los dos o tres que pregunté resultó que no eran de allí, así que fui a una emisora de radio y puse un anuncio ―Liria solía oír mucho la radio mientras planchaba―, en el que salía yo con voz entrecortada diciendo la siguiente tontería:

―Cati, Liria, Jonás…, ¿dónde estáis? Me he hartado de buscaros por todas partes; llamadme a este teléfono ―y aquí decía un número―. Si alguien los conoce, puede llamarme. Son mis hermanos y los estoy buscando; ellos tienen alrededor de veintiséis o veintisiete años.

El anuncio lo pusieron varias veces, pero el silencio radioeléctrico fue total y nadie me llamó nunca para darme ningún tipo de noticia.

También pensé en ir al platanal, pero sólo sabía que estaba en un lugar que se llamaba Democracia, y en Democracia, otra cosa puede que no, pero platanales hay muchísimos, así que, como el tiempo pasaba, y aunque diera con ello allí no iba a encontrar a nadie, decidí ir al escenario de mis primeros pasos, el lugar en que nací, la isla vecina a Borinquén, aunque de sobra sabía que allí tampoco iba a encontrar a nadie.

lunes, 6 de abril de 2026

ENTREGA 101

 

Javi y yo, en el grandioso parque del hospital, a la sazón desierto, nos hicimos uno de esos pitillos finitos que no tienen tabaco, y cuando nos lo hubimos fumado empecé a ver a Elías en su carro que circulaba por encima de los chopos; sí, el carro de fuego de Elías con sus caballos blancos y alados, y no se sabía cual era la fuerza de propulsión. ¿Eran los caballos blancos que galopaban o era el chorro de fuego…?, y de súbito caí en la cuenta. Aquello se parecía a algo de lo que había estado soñando mientras me mantuvieron en estado de completo reposo. De repente acudieron algunos duendes a mi cabeza y allí empezaron a dar vueltas…

Era de noche, y la noche estrellada. De las alturas se desprendió una de aquellas luces, que después de recorrer muchos caminos zigzagueantes y expeler infinitas luciérnagas coloreadas, vino a tomar mi dirección y aumentar de tamaño hasta convertirse en un voluminoso objeto conducido por dos caballos blancos, una nave espacial llegada calmosamente de las mismísimas estrellas. La nave era entre trineo y bala de cañón de remachadas armaduras, y en sus laterales lucían infinidad de acristalados ojos de buey, circulares ventanillas como las de los aviones antiguos, mientras un personaje de níveas barbas se asomaba precisamente por una de ellas. Era un intermedio entre Papá Noel, el auténtico profeta Elías y un piloto de líneas aéreas; en la bocamanga llevaba galones dorados y hacía señales para llamar mi atención. No sé cómo, pero debió de ser de la forma en la que los sucesos tienen lugar en los sueños, se detuvo mientras los caballos seguían galopando como si lo hicieran en una de esas bandas rodantes, y acercándose a mí desde la ventanilla, haciéndose más y más grande a cada momento, me dijo,

―¿Quieres venir a las estrellas? Nuestra próxima parada es en Alfa del Centauro.

Yo me asusté y dije que no.

―No, muchas gracias, pero estoy bastante ocupado aquí abajo. Además, no fumo.

Entonces, el curioso personaje, que tenía la voz del tío Aldy, me dijo adiós con la mano y tiró de las riendas que salían por la parte delantera de la bala de cañón. Los caballos redoblaron sus esfuerzos, y por la parte de atrás de la bala surgieron llameantes y silenciosos fuegos, como si la maquinaria estuviera en pleno proceso de aceleración, tras lo que poco a poco se perdió en dirección a las alturas, el Reino de las Estrellas, aunque luego, en seguida, en tanto que la nave desaparecía rumbo a su destino, lamenté mucho haberme comportado de tal forma, pues, ¿quién podía saber cuándo se me iba a presentar otra oportunidad de hacer un viaje semejante?, y mientras la veía alejarse decidí no dejar pasar la siguiente ocasión de manera tan tonta.

Todo esto se me representó vívidamente y yo me acordé del tío Aldy y la predicción anterior a su muerte, aquello de la humanidad está a punto de salir de casa para siempre, misteriosas palabras que al final han resultado literalmente ciertas.

No digo que aquella vez, en el parque, sucediera lo mismo, porque cuando Javi y yo estuvimos allí era de día, pero sobre los árboles y por debajo de las nubes blancas vimos circular un artefacto. A lo mejor fue un bólido o a lo mejor fue un pájaro, uno de esos pájaros de la mente, o a lo mejor fue Supermán, quién sabe. Yo le dije a Javi, ¿lo has visto?, y él me dijo, sí, ha debido de ser un meteoro, aunque más bien supongo que se debería a los efluvios del tetrahidrocannabinol, ese alcaloide que, a ciertas personas al menos, nos permitió vivir dos vidas diferentes durante mucho tiempo. Hacía una tarde buenísima, una tarde primaveral y soleada, soplaba un viento fresco, que suelen ser los mejores, y nosotros estuvimos tirados en aquel prado de hierba verde y mirando al cielo muchísimo rato; pudo ser cualquier cosa.

Todo ello me distrajo de tal manera que acabé por olvidarme del tabaco, de Xiomara, de mis achaques, del Cacho, de la edad y de casi todo lo demás. Yo no sé si tendría algo que ver, pero cuando tras un último mes de estancia salí de allí, de aquel hospital, noté que las incertidumbres y conflictos de mi vida anterior se habían borrado de la memoria, aunque la regeneración de las células afectadas también influyó, y de qué manera, y Louis, para colmo, al cabo del tiempo, cuando le tocó, cuando se hizo mayor, porque entonces ya teníamos alguno más de treinta años ―o sea, que habíamos cruzado una de las fronteras de la vida, no sé si la primera o la segunda, eso ya depende de cada cual―, se arrocheló, es decir, se quedó colgado con una chavala. En algunos diccionarios no viene esta acepción, pero yo siempre lo he oído decir así.

La chica, por lo que me pude enterar, se llamaba Aída, aunque eso no me lo dijo él. Lo que Louis hizo fue mandarme un mensaje, en el que, entre otras cosas, decía, he conocido a una chavala que parece brasileña…, y por el tono ya se adivinaba lo que iba a suceder: que se iba a ahorcar. El mensaje, además, incluía una imagen en la que ella no parecía brasileña ni parecía nada; lo que parecía era que Louis no sabía hacer fotos. Cuando miraba por el visor no sabía adónde miraba, y por más que yo había intentado enseñárselo, no lo había conseguido. En aquella imagen se veía mucho cielo, que no interesaba, y muy poco suelo. A la figura la había cortado por la tibia y el peroné, a media altura ―el peor sitio―, aunque luego resultó que estaba muy bien, tanto por fuera como por dentro. Yo la conocí aquel verano en un bar de una costa verde. Tenía diez años menos que nosotros y bebía sin moderación. Era una especie de morena alta que sí, bueno, podía parecer brasileña, pero para imaginarse aquello había que darle muchas vueltas al asunto y echarle bastante imaginación; había que estar muy en trance amoroso, como era el caso de Louis. A mí me pareció normal y con tendencia a la juerga, una piba de las que, a fuerza de buen humor y sonrisas, te inspiran confianza desde el primer momento… Bueno, no puedo decir nada mejor. ¿Alguien pensaba que Louis se iba a confundir? Yo, que le conocía bien, ya sabía que no, pero en fin, dejemos esto, Louis se arrocheló, y por lo menos dejó de hablar de putas.

¿Saben ustedes lo que me dijeron el otro día Pedrito y Sandi, que son como hermanos, cuando volvían de la playa con un gomón monumental que guardan en el garaje? Pues me dijeron: la 3D es para tontos; es muchísimo más divertido irse a la playa con un neumático de tractor y tirarse la mañana cogiendo olas.

Los que van a buscar a las chicas ocultas van siempre en un todo terreno. Están enfrente de su casa, de la de la chica oculta, con los cuatro intermitentes encendidos, esperando. Luego baja ella y se van a cenar por ahí. Entonces, los que los ven, dicen, fíjate, fíjate qué gallina, y parecía tonto… Las chicas ocultas, a las que pocos conocen, viven en casas que están muy bien. Son casas de lujo con tapia blanca muy nueva, aunque llena de pintadas. Allí está escrito lo de, si no está contigo a quien amas, ama a quien está contigo, y también lo de la imaginación al poder y lo de, papá, ven en ácido; allí pone casi todo lo que se puede leer entre las líneas del universo. No lo de que todos somos eslabones de una cadena, de una misma cadena, pero es lo mismo, todo llegará, no se preocupen ustedes por eso, es cuestión de tiempo. Algunas de estas chicas ocultas, por cierto, tienen hijas que en un futuro es casi seguro que no van a ser como sus madres, ni muchísimo menos. Son chavalas de trece años, la mejor edad, que ya prometen, y que cuando pase el tiempo…

jueves, 2 de abril de 2026

ENTREGA 100

  

LOS TREINTA AÑOS

 Después de la aventura africana y las muertes del Cacho y el tío Aldy, no sé cual de aquellos motivos fue la causa, seguramente todo se debió a una conjunción de ambos, volví al punto de partida, mi ciudad de siempre, y allí me quedé atascado. No podía salir y no sabía la razón, algo parecido a lo que les sucede a esos que están en una casa en El ángel exterminador, aquella película de Buñuel. Ya la he visto, claro, y Viridiana también la he visto y me acuerdo mucho de ella. Él, o Rosana, también las he visto… De Buñuel me parece que las he visto todas, es inútil que insistas, no me vas a coger, son todas fantásticas. ¿Cuándo nacerá el próximo Buñuel? A lo mejor ha nacido ya y nadie lo sabe; él tampoco.

Aparte de mi repentina incapacidad para ir a algún lado o hacer algo nuevo, empecé a advertir señales raras, barruntos del porvenir. No sabía qué era, pero en mi fuero interno lo achacaba a la edad: claro, como acabo de cumplir treinta años… Eso me decía: esto debe de ser cosa de la edad… ¡Lo que es la ignorancia!

Entonces empecé a ir al médico. El médico era el de la familia, el de toda la vida, aunque también le pregunté alguna vez a Pedro, mi cuñado, pero lo que me sucedía no debía de ser de la especialidad de ninguno de los dos porque no acertaron en absoluto; vamos, ni se aproximaron. El médico que yo conocía desde siempre, que por aquel entonces era muy mayor, me dijo que no me ocurría nada, que fumaba demasiado y tenía un principio de bronquitis; que fumara menos y me pusiera no sé qué inyecciones.

Yo pasé aquel invierno dando tumbos por la ciudad, leyendo sin parar y bebiendo cerveza, y también me dio por escribir. Me iba al campo en coche, a las afueras, día tras día, y pasaba el tiempo escribiendo. Llené varios blocs, pero aquel malestar, que al principio era muy tenue, no desaparecía sino que iba a más. Volví al médico varias veces, pero no me hizo el menor caso. Insistía en lo de la bronquitis y yo seguía escribiendo y pensando en lo de la edad; claro, como ya tengo treinta años…

Así transcurrieron unos meses, ya digo que llené varios blocs, y a lo anterior se sumaron otros síntomas, si cabe más alarmantes. Tenía una tos desmedida, o también, de repente me despertaba por la noche chorreando, como si hubiera tirado un cubo de agua encima de la cama o acabara de salir de la ducha; era sudor a lo bestia, y tenía que cambiar la ropa porque estaba empapada. Yo, mientras tanto, temblaba y temblaba y no sabía lo que ocurría… Tampoco podía subir cuestas porque me cansaba y empezaba a jadear, y, además, no podía comer, aquello era lo peor. Parecía que tenía hambre, pero en cuanto me ponía delante del plato y tomaba dos cucharadas se me quitaba, la comida me empezaba a dar asco y lo tenía que dejar.

¡Qué bien me hubiera venido entonces tener una Carina al lado! ―claro, esto es lo que se piensa siempre―, pero no la tuve y no me quedó más remedio que lidiar yo solo con aquella historia, y en cuanto a lo que escribí, no puse más que tonterías; aquello parecían las lamentaciones del Miserere a propósito de mis últimas y fatales aventuras con Xiomara… Me dio por acordarme y no me lo podía quitar de la cabeza. Menos mal que duró poco y que aquellos papeles se perdieron.

Al fin, una noche, durmiendo, me despertó uno de los acostumbrados y monumentales ataques de tos y pensé, ¡qué raro sabe esta tos…! Encendí la luz y encontré la almohada roja, y nada más verlo supe qué era lo que me sucedía, claro, tampoco es que haya que ser adivino, aunque el que no lo era era el médico. A la mañana siguiente le llamé y le dije, oye, mira, escúchame, esta noche he puesto la almohada perdida de sangre, y él, tras una pausa muy significativa, me dijo, hombre, entonces lo que tú tienes es tuberculosis… Eso ya lo sabía yo, que para saber eso no hace falta ser médico.

De allí me mandaron a un hospital en el campo, me mandaron Claudia y Pedro. Estaba en el borde del mar y en él hice dos descubrimientos. El primero, que había adelgazado veinte kilos y no me había dado cuenta ―cuando llegué al hospital pesaba alguno más de cincuenta, es decir, que estaba en los huesos; la ropa me sobraba por todas partes y no me había dado cuenta, ni nadie―, y el segundo, que con una banda de Mœbius se puede demostrar que una hoja de papel tiene sólo una cara. Esto lo leí en un libro y me costó entenderlo, aunque al final lo consiguiera; en cuanto lo hice con las manos.

Era un hospital buenísimo. Para empezar, estaba medio vacío. Éramos unos treinta o cuarenta residentes, la mayoría muy mayores y tristes, que nos recuperábamos de diversas dolencias. Entre las enfermeras y enfermeros había de todo, pero había una en particular, Ana, Ana la guapa, que solía venir a despertarme por las mañanas. Entraba con su sonrisa, su traje clásico de enfermera, su melena larga y negra y una bandeja llena de frasquitos, y decía, buenos días… Yo, para hacerla rabiar, me hacía el dormido un instante, y luego sacaba de debajo de las sábanas la cámara de fotos y le hacía unas cuantas mientras ella intentaba esconderse dando gritos. Lo que sucedía era que en aquella habitación no había en dónde esconderse. Si no querías que te hicieran fotos sólo podías tirarte al suelo, porque yo estaba en una cama grande y alta, o salir corriendo por la puerta, pero Ana nunca hizo nada de aquello sino que me reñía, aunque tampoco demasiado porque luego se iba riendo, de forma que yo creo que aquello la motivaba; yo tenía treinta años y Ana debía de andar por los diecinueve o veinte, que es una de las varias edades perfectas por las que transitan las mujeres.

Ya saben ustedes que una tuberculosis, en particular si es pulmonar, bilateral, activa y cavitaria, te deja completamente hecho polvo. Si, además, te ha pillado desprevenido y se ha podido desarrollar con impunidad, empiezan a producirse fenómenos paranormales. A mí se sucedió de todo, pero es que yo me había hecho un agujero del tamaño de una naranja. Primero estuve, según me contaron, durmiendo una semana. No sé cómo fue aquello, porque lógicamente no me enteré, pero dejé de fumar. Cuando me desperté del prolongado letargo en que me sumieron la química y los médicos se me había olvidado lo del tabaco; es más, si lo pensaba me daba asco. Yo no había fumado mucho, pero desde entonces comenzaron a darme asco los cigarrillos.

Durante aquella semana en los brazos de Morfeo debí de soñar multitud de cosas, ¡con lo dado que era yo a soñar!, pero cuando desperté no me acordaba de nada, y bien que me extrañó. Sin embargo, una mañana de unos días después, de repente, imágenes vislumbradas con anterioridad afluyeron a mi cabeza. Vi otra vez la montaña submarina que se movía, la mole inconcebible erizada de fibrosas algas marrones, algo muy oscuro. Además nadaba, no sé por qué pero nadaba, o quizá fuera mejor decir que se arrastraba. Se desplazaba dando tumbos por el fondo del mar levantando cieno y espantando a los peces abisales…, pero aquello no fue nada comparado con lo que me sucedió a los pocos días.

Javi había venido a hacerme una visita (visitar a los enfermos, una de las obras de misericordia) desde varios cientos de kilómetros de distancia, y trajo un poco de hierba. Yo no tenía ninguna gana de fumar, ya lo dije, pero aquello no lo miré con mala cara, todo lo contrario, aquello me apeteció porque fumar hierba no es fumar, o eso me había parecido desde siempre.

ENTREGA 103

  La isla, la mía, no me costó encontrarla, claro, porque en el Caribe todo el mundo sabe dónde está Borinquén y mi isla era aledaña, pero...