jueves, 16 de abril de 2026

ENTREGA 104

 

Yo llegué agitadísima, con la boca abierta y el corazón latiéndome furiosamente, y en cuanto pude verla por entero me quedé parada en mitad del camino. La casa en donde nací estaba medio caída, y los que entonces la habitaban sólo habían arreglado un trozo. Aquella parte estaba mucho mejor, pero del resto era preciso imaginarse que existió. Además, el trozo que quedaba había sido parcheado con ladrillos y revocado con mortero, ¡nuestra casa, que había sido de madera de ácana…! Muy poco a poco, muy lentamente, fui acercándome y contemplando lo que la rodeaba, las explanadas laterales desprovistas de vegetación, los cocoteros que le daban sombra, el agujero en donde nos escondíamos, las estacas en las que se amarraban las cabritas, cuando las había… Di toda la vuelta, un perro ladró desde algún lado pero no lo vi, y como no encontré a nadie y todo estaba en silencio, me interné en el bosque; de pequeña me parecía la selva, pero la verdad es que sólo era un bosque. Anduve un rato por el camino por el que íbamos a buscar agua, y en seguida, mucho antes de lo que creía recordar, llegué a la poza entre los árboles. ¡Aquello sí que estaba igual! No había cambiado en absoluto, e incluso los gritos de los pájaros… Me senté en una piedra y estuve mirando al agua y ―esto se lo imagina cualquiera― pensando, trayendo a la cabeza multitud de recuerdos atropellados, todo quería evocarlo a la vez, los baños de los sábados, la luna reflejada en el agua, la noche de los militares, los ruidos de la selva nocturna…

―¿Cuánto tiempo estuviste allí?

―No sé. Mucho; estuve buena parte de la tarde. Primero me senté en las piedras y acabé apretándome la cabeza entre las manos, escuchando. Más tarde me puse en pie y anduve un rato entre la vegetación. Todos vosotros sois mis árboles, ¿no os acordáis de mí? Sí, ya sé que sí, pero no podéis demostrarlo con hechos tangibles. Luego me quité la ropa, y tranquilamente, con movimientos cautos, me sumergí en la fría agua del pozo, en donde estuve mucho rato metiendo la cabeza y haciendo la plancha, mirando al cielo y viendo revolotear a los pájaros, y a continuación me tumbé en una piedra al borde del agua y dejé que los últimos rayos del sol me llevaran a través de…, ¿del reino de quién? No, del reino de nadie. Estas emociones son muy particulares y es difícil compartirlas; quizá con los árboles que me rodeaban, eso sí podría ser.

Con todos aquellos seres alrededor mirando me dije, no puedes defraudarlos, y cuando el sol se ocultó entre ellos me vestí, dije adiós a quienes me rodeaban y tan bien me habían acogido, y recorrí el camino a la inversa. Cuando llegué junto a la casa se abrió la puerta y apareció una señora mayor, negra como yo, y por un momento pensé en mi madre, aunque ella se debió de morir bastante antes de ser mayor.

―Hola ―dije.

La señora me miró con cara de pocos amigos.

―¿Buscas a alguien? Ahora no hay nadie.

Yo, como de repente me quedé sin habla, dudé, pero luego dije,

―¿Podría darme usted un vaso de agua, por favor?

La otra me miró de una manera aún menos amigable, me miró de arriba abajo.

―¿Agua…? Aquí no tenemos agua, el agua es muy cara. Vaya usted al pueblo a buscarla.

Yo, ya se lo pueden imaginar, me quedé de piedra. En realidad no me importó, porque después de toda la que había bebido en el arroyo no tenía sed, pero no me sentó muy bien. No podía recordar ni una sola vez en que me hubiera sucedido algo semejante, y tuvo que sucederme allí, en el lugar en el que viví mis primeros años… Yo iba pensando en contarle a alguien ―y podía haber sido a aquella señora― que yo nací allí más de veinte años antes, eso era cierto, pero allí, en aquella misma casa, la historia del terremoto y que uno de los cocoteros casi había derribado el tejado… Sin embargo, no le conté nada. Me quedé muy desinflada, apreté los labios, miré hacia otro lado y me fui. ¡Qué remedio!

Entonces me dirigí a buscar la playa en donde por primera vez vi el mar. Me dije, Jonás, que ahora seguramente es Charles… ―eso no lo tuve en cuenta al poner el anuncio; ¿y si ahora se llama Charles de verdad…?―, bueno, pues me dije, Jonás y yo anduvimos durante tres horas, lo que son diez kilómetros, no más, así que volví al pueblo, saqué el mapa, localicé el lugar en el que me encontraba y mentalmente tracé una línea hacia el norte. Allí estaba la costa, y hacia ella dirigí el coche. Di muchas vueltas por aquellos selváticos senderos, cada vez más intransitables, y al final arribé a una planicie en la que se acababa la trocha, había un grupo de árboles y empezaba una desigual llanura de arena que se extendía hasta el horizonte. ¿Era aquel el campo de dunas que tanto me impresionó la primera vez que lo vi? Dejé el vehículo y comencé a caminar en dirección al mar, que oía a lo lejos. Allí también los gritos de los pájaros lejanos… Anduve subiendo y bajando dunas, tirándome desde arriba y pensando.

―Jonás, o Charles, ¿dónde estarás? Aquella vez me trajiste tú y me enseñaste a comer los moluscos que están pegados a las rocas. Ahora ya nada es igual. ¿Será posible que no os pueda encontrar…? Mañana seguiré con la búsqueda, pero hoy me voy a recorrer la playa entera hasta el horizonte. ¿Aquí fue donde vi a la diosa del mar…? Podría ser, porque en esta playa, aunque no es tan grande como la recordaba, cabe hasta una diosa…

Eché a andar por la orilla con estos y otros pensamientos, cuando, de repente, pasaron unos delfines con sus charlas y repiqueteos y ni lo dudé, me quité la ropa por segunda vez aquella tarde y me tiré de cabeza al agua.

―¿En qué estabas pensando, negra, que ante ti tienes el mar y no te habías metido dentro? Has tenido que esperar a que aparezcan estos tus amigos, que te llamen y reclamen y te hagan salir de tus apabullantes remembranzas… ―porque yo era muy amiga de los delfines, los conocía bien.

lunes, 13 de abril de 2026

ENTREGA 103

 

La isla, la mía, no me costó encontrarla, claro, porque en el Caribe todo el mundo sabe dónde está Borinquén y mi isla era aledaña, pero una vez allí, en aquel aeropuerto extraño, no supe ni por donde empezar, pues ni siquiera sabía cómo se llamaba el lugar en el que vivimos. Que yo supiera no se llamaba de ninguna manera, y si tenía nombre no me enteré. Aquel pueblo, el pueblo sin nombre, era una aglomeración de barracas de colores en mitad de la selva, y desde ella se tardaban tres horas en llegar hasta la playa andando. Tenía un cine que se llamaba Paraíso, y en el centro, en lo que hacía las veces de plaza, se cruzaban dos carreteras polvorientas. En el cruce solía haber grandes camiones aparcados, gente de paso…

Estos no son muchos datos, es poco menos que nada, así que lo primero que hice fue conseguir un mapa y mirarlo y remirarlo, pero como era un mapa para turistas, en él sólo se hablaba de museos, de playas, de hoteles, de discotecas, de casas de citas y de cosas por el estilo, de forma que tuve que comprar otro. Este ya era más serio. Venían los accidentes geográficos y las carreteras con cierto detalle, y como yo tenía unos recuerdos muy confusos, pensé que debía empezar a buscar por la costa norte, que era la que más cerca me quedaba. Por allí había muchos pueblos y a lo mejor el mío era uno de ellos, aunque ninguno de los nombres que leí me trajo recuerdos. También había muchas carreteras que se entrecruzaban, y una de ellas, ¿sería la que pasaba por delante de mi primera casa…? Todo esto lo estuve mirando en un kiosco en donde una chiquita negra, que no tendría más de trece años y llevaba patines (como yo), me puso un carato buenísimo. Al pagar le di más dinero y ella me lo devolvió. Yo le eché una sonrisa y le dije, no, guárdalo, es para ti, y la niña se quedó mirándome pasmada y como si no lo hubiera entendido, aunque al final me sonrió y se lo metió en el bolsillo.

Lo busqué, di muchas vueltas, fui a varios sitios, y al fin, un día, al tercero o cuarto de camino sin rumbo, lo descubrí por casualidad. Iba por una carretera en mi carrito alquilado y de repente empecé a ver cosas que me sonaban. Lo primero fue una casita pintada de colores que tenía tres palmeras delante. Aquel era el lugar en donde yo, de pequeña, había recalado en una de mis escapadas. Salí del pueblo por la calle principal y eché a andar alejándome de casa. Al cabo de un rato pensé que me había perdido y me senté a la vera del camino a llorar desconsoladamente, pero entonces, de una estancia que había entre los árboles, salió una cachaca que me estuvo dando leche y pan y hablando por teléfono. Allí me tuvo hasta que llegó Liria muy enseriada, y después de caerme un buen chaparrón y hablar con la señora me devolvió a casa.

Paré delante y estuve mirando, pero el único ser vivo que apareció fue una gallina que escarbó en la tierra, seguramente sacó un gusano, y se fue.

Continué y entré en un pueblo. ¿Era aquel el pueblo de mi infancia? No se parecía en nada, pero entonces, ¿la casa de las palmeras…? Iba despacio por la calle principal cuando, a mi derecha, vi el primer signo de que había encontrado lo que buscaba: cerrado, triste y despintado, ante mí tenía el viejo cine Paraíso de mis años infantiles, lo hubiera reconocido entre mil… Luego sonó un ruido, porque como al ver el cine me había quedado paralizada en mitad de la calle, un coche empezó a tocar la bocina, de forma que arrimé el mío al borde con todo cuidado y me eché a llorar. ¡Qué cosas hace la cabeza! Después salí y estuve un rato en la acera sin decidirme. A casa se iba en aquella dirección, estaba cerca, andando sólo era un cuarto de hora, y despuesito empezaban los árboles…, pero todo estaba tan cambiado…

Aquella debía de ser la calle principal del pueblo. Había algunos comercios muy iluminados y gente bien vestida. De repente pasó una mulata a quien un tipo que iba con ella llamó María de la O, María de la O, ven aquí, y yo la miré. ¿María de la O…? Era una chica de mi misma edad, y como yo la miraba, ella me miró al pasar, me miró entornando los ojos y sintiéndose observada, aunque no dijo nada; sonrió un poco, pasó y yo me pregunté, ¿tú eres María de la O, mi antigua amiga, la del chambao bajo las raíces de la palmera? A lo mejor, pero lo más seguro es que no, ¿para qué te voy a preguntar nada? Yo me acuerdo de aquello, pero aunque seas tú, lo más probable es que no te acuerdes, entonces éramos muy pequeñas, y era tal mi confusión que dejé pasar aquella oportunidad.

Luego decidí ir andando desde allí. Había recorrido tantas veces aquel camino que no hubiera podido hacerlo en coche. Miré a mi alrededor, miré en todas direcciones, y al fin, como si quisiera engañarme a mí misma, eché a andar muy despacio en la dirección que tan bien conocía. Pasé ante el lugar en donde estuvo la casa de altos a la que nos fuimos cuando a nuestro padre le tocó la lotería, donde vivimos el último verano, pero había desaparecido y su lugar estaba ocupado por cartelones de publicidad y zarzas sin fin, y el colmao que había al otro lado de la calle, en donde las mesas se llenaban de botellas vacías de cerveza, también había sido engullido por la voracidad del tiempo, y todo esto había sucedido en tan sólo quince años… La calle se acababa en el cruce de las carreteras en donde solía haber camiones, y entonces también los había, camiones más modernos y relucientes, pero allí estaban, junto a algunas guaguas. Había una gasolinera nueva, y los hoteles, los dos que había, uno enfrente del otro, establecimientos de carretera, también seguían allí, aunque más grandes y repintados. Luego continué por la carretera adelante, que estaba asfaltada, y no de tierra como fue antiguamente, y a cada paso que daba… Pasé ensimismada junto a muchos lugares que me trajeron recuerdos sin fin, la fuente de la juventud, el árbol de la escuela al aire libre…, pero lo que quería contar es que, con bastante miedo, al fin doblé el último recodo del camino y apareció nuestra casa.

jueves, 9 de abril de 2026

ENTREGA 102

  

VACACIONES

 Yo había oído hablar a menudo de las vacaciones, esa época dorada y estacional de la que disfruta la mayor parte de las personas de las sociedades acaudaladas, pero lo que más me impresionó de aquel concepto, para mí desconocido, fue que una amiga me contó que una vez fue a esquiar a algún lugar de Europa, y hacía tanto frío que se metía en la cama con el mono de esquí. Yo nunca fui capaz de entender eso del frío. ¿Qué era el frío?

La primera vez que tuve unas vacaciones, la primera vez que las tuve como si fuera una persona normal y estuviera integrada en aquel sistema en que vivía entonces, tenía veintidós años y cogí un avión de vuelta, tal y como había hecho nueve años antes pero al revés, en sentido contrario. Fue la primera vez en que pude llevar a cabo tan acariciado proyecto, y lo primero que hice en cuanto tuve ocasión. ¡Cuántas veces lo había pensado!, ¿dónde estaréis, Jonás, Liria y Cati, y qué habrá sido de vosotros? Yo iba preparada para cualquier imprevisto, porque durante los últimos tiempos mi vida había cambiado por completo, e imaginaba que las suyas también.

En Maracaibo no encontré a nadie. La casa en donde habíamos vivido había desaparecido, y en su lugar había un parque. Cuando nosotros llegamos ya era un barrio muy viejo, y en diez años da tiempo a que ocurran muchas cosas. Había menos edificios, aunque mucho mejores, más lujosos, más altos y con verjas y pistas de tenis, y todo estaba muy cambiado. Lo único que reconocí, y eso a duras penas y después de dar muchas vueltas y mirarlo y remirarlo desde todos los ángulos, fue la tienda en donde tantas cosas había comprado, la botica. Era una tienda de barrio, una especie de bazar en la que vendían el arroz a granel, también zapatillas y perfumes, cachivaches para la cocina y herramientas en general, latas de todo tipo, calendarios y estampitas; a veces se convertía en pescadería y a veces en verdulería; alquilaban películas, y te dejaban, con un contador a la vista, hablar por teléfono; expendían cervezas y, por la noche, se organizaban tertulias en las que se hablaba de temas muy serios, de política y economía; era el casino del barrio. En la entrada había una cortina de algún material que me recordaba a los abalorios, pero cuando yo llegué de mayor y empujé la puerta, sonó una campanilla.

En la tienda, que había sido renovada totalmente y estaba muy limpia, no había nadie. Sólo muebles, muebles bastante buenos con etiquetas con el precio, y lámparas, lámparas de pie, lámparas de mesa, lámparas en las paredes y de las que también colgaban papelitos blancos de un hilo. Un mulato de mi edad, más o menos, apareció por el fondo.

―Buenos días. ¿Quería ver algo?

Yo iba bien vestida, con uno de esos lujosos pañuelos de colorines cogiéndome la coleta, aseada y pulcra, y llevaba una cartera colgando; así, al pronto, se me podía confundir con alguien del barrio. Me quedé allí parada, primero sin saber qué decir, y luego, a trompicones, le conté por encima mi historia.

―¿Usted no conocerá…?

… pero el mulato no sabía una palabra. Sólo llevaba allí dos o tres años, según me dijo, y eso a raíz de su matrimonio con una de las nietas de la señora, la señora Helena. Cuando oí aquel nombre, una luz se hizo en mi cabeza. ¿La señora Helena?

El mulato me miró suspicazmente.

―¿La conoce usted?

―¡Sí…!

Él dudó y pareció excusarse.

―La señora tuvo una enfermedad… Ahora no sé si podrá contestarle, pero si usted quiere, pregúntele. Venga conmigo.

Me hizo pasar por un patio y me introdujo en una habitación. La señora Helena, a la que al punto reconocí porque no había cambiado nada, estaba sentada en una silla de ruedas con una expresión inconfundible: la de quien prematuramente se ha despedido del mundo real. Cuando le hablé me escuchó, puso los ojos en blanco e hizo todos los esfuerzos posibles por recordar…, pero no se acordó de nada. Estuve allí un buen rato mientras ella hacía visajes y manoteaba, y yo le decía,

―Señora Helena, ¿no se acuerda de mí? Yo tenía una hermana que se llamaba Liria. Usted nos daba caramelos y a mí me daba bacalao, aunque de esto hace mucho… ¿No se acuerda de Liria? Era negra y alta y siempre venía a comprar arroz y pescado. Señora Helena, ¿no se acuerda de Cati, que era entre negro y piel roja y llevaba los zapatos rotos? Usted nos trató muy bien, señora Helena, míreme… ―pero no conseguí sacarle ni una sílaba.

Luego, al final, me miró. Yo estaba allí, a su lado, sentada, y ella sonrió, me acarició la cara y se le puso una mirada especial. De verdad me pareció que de repente se había acordado de algo…, pero la señora Helena había perdido el don del habla, y seguramente también el de la memoria.

Salí a la calle y anduve para uno y otro lado, pero no vi a nadie que me resultara conocido, y a los dos o tres que pregunté resultó que no eran de allí, así que fui a una emisora de radio y puse un anuncio ―Liria solía oír mucho la radio mientras planchaba―, en el que salía yo con voz entrecortada diciendo la siguiente tontería:

―Cati, Liria, Jonás…, ¿dónde estáis? Me he hartado de buscaros por todas partes; llamadme a este teléfono ―y aquí decía un número―. Si alguien los conoce, puede llamarme. Son mis hermanos y los estoy buscando; ellos tienen alrededor de veintiséis o veintisiete años.

El anuncio lo pusieron varias veces, pero el silencio radioeléctrico fue total y nadie me llamó nunca para darme ningún tipo de noticia.

También pensé en ir al platanal, pero sólo sabía que estaba en un lugar que se llamaba Democracia, y en Democracia, otra cosa puede que no, pero platanales hay muchísimos, así que, como el tiempo pasaba, y aunque diera con ello allí no iba a encontrar a nadie, decidí ir al escenario de mis primeros pasos, el lugar en que nací, la isla vecina a Borinquén, aunque de sobra sabía que allí tampoco iba a encontrar a nadie.

lunes, 6 de abril de 2026

ENTREGA 101

 

Javi y yo, en el grandioso parque del hospital, a la sazón desierto, nos hicimos uno de esos pitillos finitos que no tienen tabaco, y cuando nos lo hubimos fumado empecé a ver a Elías en su carro que circulaba por encima de los chopos; sí, el carro de fuego de Elías con sus caballos blancos y alados, y no se sabía cual era la fuerza de propulsión. ¿Eran los caballos blancos que galopaban o era el chorro de fuego…?, y de súbito caí en la cuenta. Aquello se parecía a algo de lo que había estado soñando mientras me mantuvieron en estado de completo reposo. De repente acudieron algunos duendes a mi cabeza y allí empezaron a dar vueltas…

Era de noche, y la noche estrellada. De las alturas se desprendió una de aquellas luces, que después de recorrer muchos caminos zigzagueantes y expeler infinitas luciérnagas coloreadas, vino a tomar mi dirección y aumentar de tamaño hasta convertirse en un voluminoso objeto conducido por dos caballos blancos, una nave espacial llegada calmosamente de las mismísimas estrellas. La nave era entre trineo y bala de cañón de remachadas armaduras, y en sus laterales lucían infinidad de acristalados ojos de buey, circulares ventanillas como las de los aviones antiguos, mientras un personaje de níveas barbas se asomaba precisamente por una de ellas. Era un intermedio entre Papá Noel, el auténtico profeta Elías y un piloto de líneas aéreas; en la bocamanga llevaba galones dorados y hacía señales para llamar mi atención. No sé cómo, pero debió de ser de la forma en la que los sucesos tienen lugar en los sueños, se detuvo mientras los caballos seguían galopando como si lo hicieran en una de esas bandas rodantes, y acercándose a mí desde la ventanilla, haciéndose más y más grande a cada momento, me dijo,

―¿Quieres venir a las estrellas? Nuestra próxima parada es en Alfa del Centauro.

Yo me asusté y dije que no.

―No, muchas gracias, pero estoy bastante ocupado aquí abajo. Además, no fumo.

Entonces, el curioso personaje, que tenía la voz del tío Aldy, me dijo adiós con la mano y tiró de las riendas que salían por la parte delantera de la bala de cañón. Los caballos redoblaron sus esfuerzos, y por la parte de atrás de la bala surgieron llameantes y silenciosos fuegos, como si la maquinaria estuviera en pleno proceso de aceleración, tras lo que poco a poco se perdió en dirección a las alturas, el Reino de las Estrellas, aunque luego, en seguida, en tanto que la nave desaparecía rumbo a su destino, lamenté mucho haberme comportado de tal forma, pues, ¿quién podía saber cuándo se me iba a presentar otra oportunidad de hacer un viaje semejante?, y mientras la veía alejarse decidí no dejar pasar la siguiente ocasión de manera tan tonta.

Todo esto se me representó vívidamente y yo me acordé del tío Aldy y la predicción anterior a su muerte, aquello de la humanidad está a punto de salir de casa para siempre, misteriosas palabras que al final han resultado literalmente ciertas.

No digo que aquella vez, en el parque, sucediera lo mismo, porque cuando Javi y yo estuvimos allí era de día, pero sobre los árboles y por debajo de las nubes blancas vimos circular un artefacto. A lo mejor fue un bólido o a lo mejor fue un pájaro, uno de esos pájaros de la mente, o a lo mejor fue Supermán, quién sabe. Yo le dije a Javi, ¿lo has visto?, y él me dijo, sí, ha debido de ser un meteoro, aunque más bien supongo que se debería a los efluvios del tetrahidrocannabinol, ese alcaloide que, a ciertas personas al menos, nos permitió vivir dos vidas diferentes durante mucho tiempo. Hacía una tarde buenísima, una tarde primaveral y soleada, soplaba un viento fresco, que suelen ser los mejores, y nosotros estuvimos tirados en aquel prado de hierba verde y mirando al cielo muchísimo rato; pudo ser cualquier cosa.

Todo ello me distrajo de tal manera que acabé por olvidarme del tabaco, de Xiomara, de mis achaques, del Cacho, de la edad y de casi todo lo demás. Yo no sé si tendría algo que ver, pero cuando tras un último mes de estancia salí de allí, de aquel hospital, noté que las incertidumbres y conflictos de mi vida anterior se habían borrado de la memoria, aunque la regeneración de las células afectadas también influyó, y de qué manera, y Louis, para colmo, al cabo del tiempo, cuando le tocó, cuando se hizo mayor, porque entonces ya teníamos alguno más de treinta años ―o sea, que habíamos cruzado una de las fronteras de la vida, no sé si la primera o la segunda, eso ya depende de cada cual―, se arrocheló, es decir, se quedó colgado con una chavala. En algunos diccionarios no viene esta acepción, pero yo siempre lo he oído decir así.

La chica, por lo que me pude enterar, se llamaba Aída, aunque eso no me lo dijo él. Lo que Louis hizo fue mandarme un mensaje, en el que, entre otras cosas, decía, he conocido a una chavala que parece brasileña…, y por el tono ya se adivinaba lo que iba a suceder: que se iba a ahorcar. El mensaje, además, incluía una imagen en la que ella no parecía brasileña ni parecía nada; lo que parecía era que Louis no sabía hacer fotos. Cuando miraba por el visor no sabía adónde miraba, y por más que yo había intentado enseñárselo, no lo había conseguido. En aquella imagen se veía mucho cielo, que no interesaba, y muy poco suelo. A la figura la había cortado por la tibia y el peroné, a media altura ―el peor sitio―, aunque luego resultó que estaba muy bien, tanto por fuera como por dentro. Yo la conocí aquel verano en un bar de una costa verde. Tenía diez años menos que nosotros y bebía sin moderación. Era una especie de morena alta que sí, bueno, podía parecer brasileña, pero para imaginarse aquello había que darle muchas vueltas al asunto y echarle bastante imaginación; había que estar muy en trance amoroso, como era el caso de Louis. A mí me pareció normal y con tendencia a la juerga, una piba de las que, a fuerza de buen humor y sonrisas, te inspiran confianza desde el primer momento… Bueno, no puedo decir nada mejor. ¿Alguien pensaba que Louis se iba a confundir? Yo, que le conocía bien, ya sabía que no, pero en fin, dejemos esto, Louis se arrocheló, y por lo menos dejó de hablar de putas.

¿Saben ustedes lo que me dijeron el otro día Pedrito y Sandi, que son como hermanos, cuando volvían de la playa con un gomón monumental que guardan en el garaje? Pues me dijeron: la 3D es para tontos; es muchísimo más divertido irse a la playa con un neumático de tractor y tirarse la mañana cogiendo olas.

Los que van a buscar a las chicas ocultas van siempre en un todo terreno. Están enfrente de su casa, de la de la chica oculta, con los cuatro intermitentes encendidos, esperando. Luego baja ella y se van a cenar por ahí. Entonces, los que los ven, dicen, fíjate, fíjate qué gallina, y parecía tonto… Las chicas ocultas, a las que pocos conocen, viven en casas que están muy bien. Son casas de lujo con tapia blanca muy nueva, aunque llena de pintadas. Allí está escrito lo de, si no está contigo a quien amas, ama a quien está contigo, y también lo de la imaginación al poder y lo de, papá, ven en ácido; allí pone casi todo lo que se puede leer entre las líneas del universo. No lo de que todos somos eslabones de una cadena, de una misma cadena, pero es lo mismo, todo llegará, no se preocupen ustedes por eso, es cuestión de tiempo. Algunas de estas chicas ocultas, por cierto, tienen hijas que en un futuro es casi seguro que no van a ser como sus madres, ni muchísimo menos. Son chavalas de trece años, la mejor edad, que ya prometen, y que cuando pase el tiempo…

ENTREGA 104

  Yo llegué agitadísima, con la boca abierta y el corazón latiéndome furiosamente, y en cuanto pude verla por entero me quedé parada en mi...