jueves, 23 de abril de 2026

ENTREGA 106

  

Yo no tengo ni idea de quiénes fueron mis antecesores, pero a juzgar por lo que decía nuestro padre, a lo mejor alguno fue holandés y el del informe estaba en lo cierto, porque Bélgica y Holanda son países vecinos. Además, nosotros éramos muy raros, Liria, Jonás, Cati y yo. Yo tenía frente de negra, es cierto, pero otros rasgos de blanca, y Cati también tenía algo de blanco, o de piel roja, no sé. A lo mejor fue mi madre quien tuvo que ver con esto que cuento, o a lo mejor es que no éramos hermanos por entero; eso, ¿quién puede saberlo? Nuestra madre se murió, y en todo caso se llevó el secreto a la tumba. Cuando naces en el Último Mundo no sabes con seguridad si tus hermanos lo son de verdad o sólo medio hermanos, allí suele haber mucho entrevero, pero en el primero, en el Primer Mundo, sucede lo mismo y lo que ocurre es que no se han dado cuenta, y cuando se la dan no lo quieren admitir. De esto me enteré en cuanto viví una temporada en la parte norte del continente, en la parte acaudalada.

Sí, una primavera fui a África, era lo que más me apetecía, fui al África ecuatorial y estuve por allí dando vueltas y más vueltas durante dos meses. Visité todos los países que pude y me quedé en todas las aldeas en las que me quisieron dar cobijo, aunque pocas veces dormí en el suelo de una choza en la selva, sólo dos o tres. Había muchas antiguas casas de labranza convertidas en fondas y casi nunca encontré otra cosa, pero durante las escasas noches que dormí en las chozas de los claros de la jungla experimenté sensaciones que nunca hubiera imaginado. Vi visiones por el sitio, como es lógico, y por la luna de la selva africana, que no es como la que conocemos, y seguramente también por la falta de costumbre, pero lo que más me hizo disparatar fueron las sustancias que se metían dentro del cuerpo en los lugares en los que la civilización aún no había hecho acto de presencia. Yo nunca he visto un cielo como aquel o respirado un aire nocturno como el que me envolvió, no, nunca me ocurrió tal cosa, y me fue a suceder por vez primera en mi tierra profunda, mi tierra adentro.

Un día en un establecimiento ―no un establecimiento normal, claro, porque en África no hay establecimientos normales; no hay ranchitos ni colmados ni hamburgueserías ni nada de eso; aquel era un bazar de una carretera nueva que discurría bordeando una selva, un tenderete que había quedado tras la obra y hacía las funciones de gasolinera y restaurante, y también de mancebía durante las horas nocturnas―, pues yo paré para comer lo que me dieran y uno me habló de una aldea cercana en donde acogían caminantes; yo no iba caminando, pero eso es lo de menos. Por la tarde, después de comerme un capitán con mandasis de plátano, me llegué hasta allí. Vivían en chozas de verdad y el coche me hicieron dejarlo en un cercado, con las vacas. El poblado era circular y tenía un palenque de estacas clavadas en el suelo que lo ceñía. Saludé a todas, que eran muy altas, como yo, y estuve la tarde entera acariciando nutridos niños de pecho ―a los infantes no hay como darles de mamar― y visitando chozas de adobe y tejado de ramas. ¡Qué bonitos trajes tienen las negras…! ¿Por qué no voy yo vestida así?

―¿Me vende usted esa tela?

―¿Cuál?, ¿esta? Ja ja, te la cambio por los pantalones.

―¿Ah, sí…? Venga, ahora mismo.

Luego, cuando llegó el crepúsculo, encendieron una hoguera y sacaron cosas de comer, una especie de revuelto de frutas crudas que me supo a rayos y a comida de la selva, eso de lo que tanto se habla pero nadie sabe dónde está. También arroz con salsa amarilla y leche cortada, algo parecido al asopio pero más historiado, y varios me acompañaron; una vestía de pieles y otros normalmente. Todo esto lo comimos en platos de madera, y luego me leyeron la mano y me hicieron conjuros y exorcismos; fue la de las pieles. A ti te gusta mucho el agua, me dijo, y tenían un brebaje buenísimo. Yo no sé qué era aquello, no era ron ni tequila ni nada normal, sino un aguardiente de origen y sabor desconocido.

―¿No te gusta?

―¿Que no me gusta…? ¡Si me gusta muchísimo!

―Pues bebe, mientras los Dioses lo permitan… ¿Quieres dar un paseo por los bosques?

Dos niños de quince años me llevaron.

―¿Quiere ver la Luna? No hay ningún peligro. Cuando hay luna los animales se esconden, y además volveremos en cuanto usted quiera.

En un barrio que conocí de pequeña, aunque no voy a decir su nombre, cuando nacía una niña la solían tirar por el retrete. Esto se ha hecho mucho. Los griegos clásicos, los de la cuna de la civilización, ya lo hacían. Ellos, en vez de tirarlas por el retrete, las dejaban abandonadas en las esquinas de las calles a merced de las hordas de perros vagabundos, lo hacían por la noche, y yo casi prefiero lo del váter. En el lugar en que estuve aquella tarde y aquella noche ya no abandonaban a las niñas recién nacidas, aunque no dudo de que aún haya lugares en donde se hace, las costumbres antiguas son difíciles de erradicar y esos procederes participan del don de la universalidad; en África sucedieron, claro está, y en Asia y en Europa y en América, y hasta, seguramente, en Oceanía, no hay más que leer la historia. La razón es que, como escribí con anterioridad, con el estómago no se puede discutir. En los lugares opulentos esto no significa nada porque hay superproducción y te puedes alimentar de las sobras, pero en el África profunda, y no digamos ya en los desiertos abisinios, es una verdad irrefutable. El lugar al que viajé, toda esa gran franja arbórea del África ecuatorial, no es pobre, todo lo contrario, rebosa de materias primas, y el flujo de energía es tal que el Sol se basta para hacer crecer las plantas que alimentan a su población. La agricultura, a falta de maquinaria, es espontánea, lo que siempre es una ventaja, y hasta los animales de la selva están bien alimentados, así que, ¿por qué la gente se muere de hambre? Motivos hay muchos, de los que la mayoría tienen que ver con los pecados capitales, soberbia, avaricia, lujuria, etc., y esas manifestaciones del cerebro que llamamos pasiones, las pasiones de los negros y los blancos.

La región a la que me refiero fue esquilmada trescientos años antes de su elemento humano. Los mercaderes europeos y americanos de esclavos, los negreros, conchabados con los sátrapas negros y musulmanes, fueron muy activos durante los siglos XVII y XVIII. La Europa del barroco fue la que, en cierto sentido, puso en marcha todo aquel ancho mundo, aunque ellos no lo hicieran por mera filantropía. Si miraba hacia atrás, y tenía en cuenta lo que decían los papeles, no podía por menos de deducir que muchos de mis tatarabuelos habían sido gaboneses, ¿o fueron zaireños…? En cualquier caso, esclavos, y yo lo soy asimismo, como la mayor parte de las personas de mi época, aunque en la actualidad las formas hayan cambiado mucho.

Al final, los últimos días, estuve en la desembocadura de ese río al que llaman Congo, aunque en su nacimiento lo llamen Sambesi ―que quiere decir agua grande―, y también Lualuba y otros muchos nombres más. Con sus cinco mil kilómetros de longitud (el agua tarda seis meses en llegar desde el nacimiento a la desembocadura), cualquiera se puede imaginar que los nombres que recibe a lo largo de su curso deben de ser infinitos, e incluso hay quien dice que antes de que África se separara de América del Sur formaba una sola cuenca junto con el Amazonas, aunque esto no sea difícil de suponer pues basta contemplar el mapa para darse cuenta. En aquella parte en la que estuve ya es un río manso, de una anchura infinita, que se vierte al océano de forma apacible entre cayos y cañaverales. En sus playas y orillas hay elefantes que comen los frutos de los árboles y a los que nadie dispara por hambre, lucro o simple afición, porque los guardabosques negros de un inmenso Parque Natural, vestidos de verde y marrón, lo impiden.

―Sus papeles, señorita.

―Gracias.

―Que lo pase usted bien.

―Igualmente, hermano.

El negro alto, delgado y casi vestido de militar, me sonrió.

―Adiós.

―Adiós, Jonás.

África es el lugar más grande y tumultuoso de este planeta, pero incluso siéndolo tanto, aún hay algo que es mucho mayor y lleno de vida y monstruos de todo tipo. Ese lugar…, ¿saben cuál es? Es el mar, el océano, mi océano sin interrupción ni fronteras, el lugar en donde el agua se encuentra con el cielo…, y allí, subida en aquella peña, se me ocurrió pensar, pues sí, de pronto se me ocurrió pensar, después de veinticuatro años, enfrente de mí está el mar. Yo estoy aquí, en el África central, subida en un acantilado, y le miro, el mar es el mar y el mismo en todas partes, le miro y le tiro piedras, piedrecitas. Mar, no te enfades, ya sabes que no quiero hacerte daño… ¿Le daré a algún pez? Me extrañaría, el mar es tan grande… Yo estoy aquí, subida a este peñasco, y delante de mí está el mar…

 

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Hasta este lugar llegó la primera parte de la descomunal novela que nos ocupa (por el tamaño), y aquí comenzará la segunda, que es tanto o más larga…, pero sucede que es donde ocurre TODO.

 

lunes, 20 de abril de 2026

ENTREGA 105

 

Durante dos años estuve en un delfinario, fue el primer empleo que me consiguió el gran jefe, el mayor, mi protector, y en él aprendí algo nuevo, como es lo de relacionarte con seres que habitan mundos diferentes. Los perros, los monos, los gatos, los pájaros…, pero ellos son animales terrestres que respiran el mismo aire que tú. Otra cosa son los que viven en el agua, y aunque algunos también respiran, como los cetáceos, el líquido y fluido medio en que se desenvuelven los convierte en individuos especiales con los que poco tenemos en común. Por ejemplo, la dieta, o el lenguaje, enrevesado a más no poder y que nadie ha conseguido descifrar, por más que muchos se jacten de ello. Sin embargo, es posible el intercambio de información.

Un delfín es como una ola muy larga; se anuncia desde lejos y deja todas las puertas abiertas. No es abrumador ni agobiante, como algunas personas. Él habla, pero no pide nada. Si le das algo lo toma, pero de ahí no pasa. Es posible que existan delfines pánfilos y encogidos, eso habría que preguntárselo a los sabios, pero yo nunca conocí a ninguno, sólo tuve tratos con individuos refinados, seres exquisitos que exponían sus argumentos con cartesiana placidez, aquellos que nos acompañaron en el inmenso acuarium y siempre hicieron gala del mejor humor.

Por ejemplo, puedes cabalgar sobre sus lomos como si lo hicieras sobre un caballo, aunque antes tienes que trabar amistad con ellos, pues no a todos se lo permiten. Y les puedes dar un beso en la cabeza, es algo que les gusta, y ríen cuando lo haces. Si te encuentras dentro del agua, abrazándolo, él lo entiende perfectamente. Empieza a cloquear, hace un ruido parecido al de las gallinas ponedoras y comienza a nadar muy suavemente y a arrastrarte, manifestación que significa lo mismo que el ronroneo de los gatos.

El mundo que me ha tocado vivir, el mundo en el que mis mayores me han alumbrado, es un lugar diverso, heterogéneo, polifacético, en el cual coexisten infinidad de especies, y eso sin decir nada de los nuevos y revolucionarios descubrimientos que continuamente se producen. Es un lugar en el que la magia, esa clase de magia a la que aún no sabemos qué nombre dar, ocupa un espacio preeminente, por más que no todo el mundo sea capaz de percibirla en su sentido más recto.

De todas formas, mi principal oficio en aquella institución fue el de fotógrafa. Manejaba una camarita submarina de vídeo, y como pasaba la vida nadando y buceando con ellos, filmé horas y horas de juegos, chapuzones y coloquios en su extraño idioma, que se suele llamar de puerta chirriante. Las películas las usaban para sus estudios, pero también para que el público asistente pudiera ver lo que sucede cuando aquello no está lleno de gente ―porque los delfines, amén de juguetones cuando hay que serlo, son muy recatados; en eso parecen casi humanos―, y hasta el cartel que aquel año exhibieron en las puertas del establecimiento salió de una de mis filmaciones; lo hizo uno que trabajaba allí y era un artista.

Sin embargo, aquello quedó atrás porque después inicié otras tareas y el tiempo lo borra todo, y cuando pasó un año, o pasaron dos, descubrí que de mi dorada etapa de juventud, la de las fotos y películas de mis amigos los delfines, casi no me acordaba. La única foto que recordaba era una que, cuando fui pequeña, a los diez u once años, en la época que narré de mi paso por la humeante civilización de Maracaibo, me empeñé en que me hicieran. Fui un día con Liria a una de aquellas casas de fotógrafos, y un señor me hizo una que tuve mucho tiempo en un marco de plástico. ¿Dónde estarás ahora, foto antigua y perdida con una cortina de fondo, más que en mi memoria? La foto, que era marrón, tenía una cortina como fondo ―yo siempre tuve mucha manía a las cortinas, nunca he sabido por qué―, pero así y todo salí muy bien, con la mano en la barbilla, los dientes rotos, mirando a la cámara y todo el pelo rizado cayendo por los lados y cogido con una cinta que era de Liria…, lo que tampoco se podría decir que constituyera ningún mérito porque a los once años sale bien cualquiera. Y para que se vea que es cierto que yo tengo muchísima manía a las cortinas, contaré que en la época de la que hablo tenía una casa, la casa en donde vivía, una casa pequeñita pero que tenía una gran terraza y muy buenas vistas ―esto ya lo dije―, y en ella no había cortinas; sí, no cabe duda de que es una manía, pero el caso es que no tenía cortinas, nunca puse ninguna, nunca las he puesto y ni se me ocurrió.

―¿Cortinas? ¿Para qué? Yo no tengo nada que ocultar.

―Ya, pero ¿y los mirones? Sí, mujer, les voyeurs

―¿Voyeurs…? ¡Qué cosas dices! La casa de enfrente está al otro lado de una vaguada, a un kilómetro, y los de allí no pueden ver nada; necesitarían el telescopio espacial. Además, me da igual; que miren lo que les dé la gana ―y aquella noche en la playa de la isla en la que nací, como después de nadar con los delfines me dio muchísima pereza volver a la civilización, me quedé con mis antiguos amigos y dormí en el coche con las ventanas bajadas, el viento entrando por todas partes y los gritos de los pájaros y el tronar de las olas de mi infancia metido en los oídos.

Otra de las actividades que me ocuparon durante aquellos años, mis primeros años en la civilización de las máquinas, aparte de extender infructuosamente la búsqueda de mis hermanos a todos los medios de comunicación que se me ocurrieron, fue visitar la tierra de mis antepasados, mis más lejanos antepasados. Como por tales entonces estaban a la orden del día los análisis de ADN, y de ellos podían deducirse multitud de datos genealógicos, me hice uno. Eran caros, pero me salió gratis porque me lo consiguió un amigo que trabajaba en uno de aquellos laboratorios en donde los hacían. Dame uno de tus cepillos de dientes y ya te avisaré. Era un tipo que me caía muy bien, aunque no tanto como para casarme con él, ni aunque me consiguiera un análisis. Le invité a cenar y luego le dejé que dijera algunas tonterías, pero sin pasarse. Como era en la barra de un bar, y estuvimos allí hasta las tantas, riendo y bebiendo cerveza, él también se debió de quedar contento. Al final le di un beso y me bajé del coche poco menos que corriendo, pues si no ya sabía que se iba a poner bastante bruto ―bueno, él a lo mejor no, pero es lo que hacen todos―, y del análisis saqué muchas conclusiones.

Era un informe en lenguaje literario en el que se decía que el individuo objeto del presente estudio ―es decir, yo misma―, tenía sus antepasados más remotos, hasta donde la ciencia podía remontarse, por la zona del África central, y como el que escribía aquello no me conocía ni me había visto nunca, no me pareció mal. Incluso citaba países y grupos étnicos concretos. Decía también que debía de tener algún tatarabuelo ario, de la parte de Bélgica; lo decía textualmente. No sé qué tendrán de especial los belgas, pero a lo mejor es cierto que estos pormenores se pueden reconocer, y ello me recordó algo que una vez me dijo mi padre, Coriandro, nuestro padre, cuando era muy pequeña.

―Ven al baño, ahora te voy a enseñar algo que te servirá para toda la vida. Tú haces una lista de todos tus amigos, amigos y conocidos, y en un calendario que puedas colgar en la pared señalas los días de sus santos, no se lo preguntes, usa el almanaque, y ese calendario lo cuelgas aquí, en el cuarto de baño; así, todos los días sabes a quien tienes que llamar para decirle, ¡muchas felicidades!, lo ves por la mañana ―lo que me pareció una buena política, pues haciéndolo de esta forma no se te escapa nadie―. Esto lo hacen los holandeses, apréndetelo bien.

jueves, 16 de abril de 2026

ENTREGA 104

 

Yo llegué agitadísima, con la boca abierta y el corazón latiéndome furiosamente, y en cuanto pude verla por entero me quedé parada en mitad del camino. La casa en donde nací estaba medio caída, y los que entonces la habitaban sólo habían arreglado un trozo. Aquella parte estaba mucho mejor, pero del resto era preciso imaginarse que existió. Además, el trozo que quedaba había sido parcheado con ladrillos y revocado con mortero, ¡nuestra casa, que había sido de madera de ácana…! Muy poco a poco, muy lentamente, fui acercándome y contemplando lo que la rodeaba, las explanadas laterales desprovistas de vegetación, los cocoteros que le daban sombra, el agujero en donde nos escondíamos, las estacas en las que se amarraban las cabritas, cuando las había… Di toda la vuelta, un perro ladró desde algún lado pero no lo vi, y como no encontré a nadie y todo estaba en silencio, me interné en el bosque; de pequeña me parecía la selva, pero la verdad es que sólo era un bosque. Anduve un rato por el camino por el que íbamos a buscar agua, y en seguida, mucho antes de lo que creía recordar, llegué a la poza entre los árboles. ¡Aquello sí que estaba igual! No había cambiado en absoluto, e incluso los gritos de los pájaros… Me senté en una piedra y estuve mirando al agua y ―esto se lo imagina cualquiera― pensando, trayendo a la cabeza multitud de recuerdos atropellados, todo quería evocarlo a la vez, los baños de los sábados, la luna reflejada en el agua, la noche de los militares, los ruidos de la selva nocturna…

―¿Cuánto tiempo estuviste allí?

―No sé. Mucho; estuve buena parte de la tarde. Primero me senté en las piedras y acabé apretándome la cabeza entre las manos, escuchando. Más tarde me puse en pie y anduve un rato entre la vegetación. Todos vosotros sois mis árboles, ¿no os acordáis de mí? Sí, ya sé que sí, pero no podéis demostrarlo con hechos tangibles. Luego me quité la ropa, y tranquilamente, con movimientos cautos, me sumergí en la fría agua del pozo, en donde estuve mucho rato metiendo la cabeza y haciendo la plancha, mirando al cielo y viendo revolotear a los pájaros, y a continuación me tumbé en una piedra al borde del agua y dejé que los últimos rayos del sol me llevaran a través de…, ¿del reino de quién? No, del reino de nadie. Estas emociones son muy particulares y es difícil compartirlas; quizá con los árboles que me rodeaban, eso sí podría ser.

Con todos aquellos seres alrededor mirando me dije, no puedes defraudarlos, y cuando el sol se ocultó entre ellos me vestí, dije adiós a quienes me rodeaban y tan bien me habían acogido, y recorrí el camino a la inversa. Cuando llegué junto a la casa se abrió la puerta y apareció una señora mayor, negra como yo, y por un momento pensé en mi madre, aunque ella se debió de morir bastante antes de ser mayor.

―Hola ―dije.

La señora me miró con cara de pocos amigos.

―¿Buscas a alguien? Ahora no hay nadie.

Yo, como de repente me quedé sin habla, dudé, pero luego dije,

―¿Podría darme usted un vaso de agua, por favor?

La otra me miró de una manera aún menos amigable, me miró de arriba abajo.

―¿Agua…? Aquí no tenemos agua, el agua es muy cara. Vaya usted al pueblo a buscarla.

Yo, ya se lo pueden imaginar, me quedé de piedra. En realidad no me importó, porque después de toda la que había bebido en el arroyo no tenía sed, pero no me sentó muy bien. No podía recordar ni una sola vez en que me hubiera sucedido algo semejante, y tuvo que sucederme allí, en el lugar en el que viví mis primeros años… Yo iba pensando en contarle a alguien ―y podía haber sido a aquella señora― que yo nací allí más de veinte años antes, eso era cierto, pero allí, en aquella misma casa, la historia del terremoto y que uno de los cocoteros casi había derribado el tejado… Sin embargo, no le conté nada. Me quedé muy desinflada, apreté los labios, miré hacia otro lado y me fui. ¡Qué remedio!

Entonces me dirigí a buscar la playa en donde por primera vez vi el mar. Me dije, Jonás, que ahora seguramente es Charles… ―eso no lo tuve en cuenta al poner el anuncio; ¿y si ahora se llama Charles de verdad…?―, bueno, pues me dije, Jonás y yo anduvimos durante tres horas, lo que son diez kilómetros, no más, así que volví al pueblo, saqué el mapa, localicé el lugar en el que me encontraba y mentalmente tracé una línea hacia el norte. Allí estaba la costa, y hacia ella dirigí el coche. Di muchas vueltas por aquellos selváticos senderos, cada vez más intransitables, y al final arribé a una planicie en la que se acababa la trocha, había un grupo de árboles y empezaba una desigual llanura de arena que se extendía hasta el horizonte. ¿Era aquel el campo de dunas que tanto me impresionó la primera vez que lo vi? Dejé el vehículo y comencé a caminar en dirección al mar, que oía a lo lejos. Allí también los gritos de los pájaros lejanos… Anduve subiendo y bajando dunas, tirándome desde arriba y pensando.

―Jonás, o Charles, ¿dónde estarás? Aquella vez me trajiste tú y me enseñaste a comer los moluscos que están pegados a las rocas. Ahora ya nada es igual. ¿Será posible que no os pueda encontrar…? Mañana seguiré con la búsqueda, pero hoy me voy a recorrer la playa entera hasta el horizonte. ¿Aquí fue donde vi a la diosa del mar…? Podría ser, porque en esta playa, aunque no es tan grande como la recordaba, cabe hasta una diosa…

Eché a andar por la orilla con estos y otros pensamientos, cuando, de repente, pasaron unos delfines con sus charlas y repiqueteos y ni lo dudé, me quité la ropa por segunda vez aquella tarde y me tiré de cabeza al agua.

―¿En qué estabas pensando, negra, que ante ti tienes el mar y no te habías metido dentro? Has tenido que esperar a que aparezcan estos tus amigos, que te llamen y reclamen y te hagan salir de tus apabullantes remembranzas… ―porque yo era muy amiga de los delfines, los conocía bien.

ENTREGA 106

    Yo no tengo ni idea de quiénes fueron mis antecesores, pero a juzgar por lo que decía nuestro padre, a lo mejor alguno fue holandés y ...