jueves, 19 de febrero de 2026

ENTREGA 88

 

Yo no soy una foca subida en una placa de hielo. Yo soy un cachalote con una mancha blanca en la frente que navega hacia la estrella polar, hacia donde están mis amigos, los solteros que aún no hemos conseguido imponernos. Allí nos esperan los cefalópodos de las profundidades, los ingentes bancos de peces prestos a ser devorados, albacoras, bacalaos, abadejos, merlanes, merluzas, anchoas, sardinas primigenias… Sé que es una puerta, pero ¿quién me lo dice? ¿Sois vosotros, los Reyes del Cielo, quienes me habláis así? No, no lo creo. Vuestros signos, por lo que he oído, son inconfundibles, y esto resulta sumamente confuso. Esa masa de piedra negra…, y tú, hongo blanco, ¿quién eres…? Esa puerta de tijera, esos bombones amargos, ese armario que no puedes volver a armar, lo desarmaste y ahora no puedes volver a armarlo… Allí están las paredes, los montantes, los tornillos, todo está allí, caído en el suelo marrón, y tú te desesperas, lloras como un niño porque no te queda más remedio, pero ya no importa. Ahora vendrá tu padre y te despertará, tu padre, que suele acudir en pijama…

Yo no soy una foca subida en una capa de hielo, pero la veo. Sus azules luces se transmiten instantáneamente a través del tejido universal y me lo cuentan. Aquí estoy, perezosamente tomando el sol y haciendo la digestión. A mi lado hay un agujero que he hecho en el hielo. Así, si viene el oso blanco, el emperador de estas latitudes, el más temido, yo me zambullo y el oso se queda con un palmo de narices, tiene que dar media vuelta y volver nadando a la orilla; otra vez será. Yo me subo a otro de esos objetos planos y fríos y hago un nuevo agujero. Con dificultad repto hasta el centro y allí hago un agujero que me permitirá zambullirme en el salvador líquido salado; mejor será que no llegue el caso, pero nunca se sabe. Luego me estiro y me duermo, me coloco panza arriba. Los rayos del sol de medianoche son muy buenos para la piel. Casi no los siento, porque mi capa de grasa me aísla del mundo exterior, pero mi piel… La placa de hielo se mece suavemente siguiendo el ritmo que le marcan las olas, arriba, abajo, arriba, abajo, y yo dormito con un ojo abierto. Estoy al lado del agujero, y si aconteciera algún peligro sólo tendría que zambullirme…

El oso nada y nada hacia la placa de hielo. Lo hace mansamente porque no tiene prisa y ya casi sabe cuál es su misión. Lo único que asoma sobre la superficie del agua es la punta de su hocico y de vez en cuando una oreja, porque el oso también piensa, no va a ser sólo la foca. El oso nada lentamente y piensa, ya la huelo, ya estoy cerca, la sangre de salmón huele a mucha distancia, ya estoy llegando. El oso blanco sigue nadando y se topa con la placa de hielo, le tropieza en la nariz, ya ha llegado. No la empuja para no darse a conocer, no hace ruido para no descubrirse. El sigilo es su arma, y el silencio. El oso mete la nariz en el agua y mira por debajo de la placa de hielo a la deriva. La placa es blanca, y un poco más allá, al lado del burbujeante agujero, hay una sombra negra, la sombra de una foca que duerme ajena al peligro. Entonces, al oso blanco le llega una idea…

El oso, el terror blanco, no se encarama al borde de la placa de hielo sino que emerge por el agujero rompiéndolo todo y gruñendo de satisfacción. El oso blanco surge del hielo como una montaña y la foca se queda aterrorizada. Instintivamente retrocede, pero ya es tarde: el oso surge como un alud rugiente. El oso blanco lo ha roto todo y ya está encima de ella, ya la ha alcanzado. El oso blanco ha sacado su cuerpo del agua y me ha alcanzado… No, yo no soy una foca del Ártico, yo soy un cachalote con una mancha en la frente y desde el fondo del mar observo las luces azules, permito que sus rayos me atraviesen. El oso blanco ya está a dos metros ya está a un metro sus ojos ya están a medio metro sus dientes ya están a menos de medio metro su mandíbula ya casi me toca su lengua husmea golosamente sus caninos me rozan me hieren se hincan se clavan me penetran perforan mi cuello la sangre roja el sentido se va todo se va…, los aullidos azules traspasan los tejidos universales y se expanden en todas direcciones cruzando las células de mi corteza cerebral…

¡Ayyy…!, sólo eso, ¡ayyy…! A lo mejor no es ¡ayyy!, a lo mejor es ¡urghhh!, es ¡aggghhh! Ello es como un fogonazo, como la luz de los meteoros, una estrella fugaz que cayera, una lágrima del cielo, allí, se acabó, allí, a la derecha, allí fue, un instante, no duró más, un relampagueo en medio de la ancha y estrellada noche, una traza, ¡ayyy…!, eso fue todo, un fogonazo azul y luego el silencio y la compasión. ¿Quién inventó la compasión? Esas son ideas modernas. ¿Tienen porvenir o todo es una momentánea ilusión de los sentidos? Compasión, piedad, misericordia…, palabras huecas que llenan las bocas, pues no hay más amor que el propio…

El oso, seguramente, nada de vuelta a la costa, y yo sigo en mi viaje hacia las latitudes septentrionales. El oso no me cuenta nada. El oso no emite emanaciones de luces azules. El oso no tiene tales habilidades porque la naturaleza no le dotó de esas artes. El oso es blanco y nada de vuelta a la costa, satisfecho, saciado, ahíto, colmado. El oso no sabe que existo, pero ha comido.

lunes, 16 de febrero de 2026

ENTREGA 87

  

YO SOY UNA FOCA

QUE ESTÁ EN UNA PLACA DE HIELO

 

Yo soy una foca que está en una placa de hielo. El hielo es delgado, pero como no peso mucho, no me hundo. El hielo se desgajó de un témpano más grande, se desgajó un trozo y yo aproveché para subirme en él. Hizo un ruido como de sierra, como de juguete roto, un crrraaaac prolongado, y luego se desgajaron otros. Yo, en realidad, no soy una foca subida en una placa de hielo, encaramada en un diminuto témpano flotante, pero es como si lo fuera.

Miro a mi alrededor y veo agua azul, agua salada, agua helada aunque aún líquida. La placa de hielo no es muy grande ni muy gruesa, y voy a contar lo que sucede con ella. Mis enemigos me acechan. El gran y perezoso oso blanco, el gigantesco y peludo oso blanco, las garras y los dientes y el instinto, la poderosa mandíbula del gran y peludo oso blanco, todos ellos me acechan, todos ellos me contemplan, me observan desde lejos, desde el firme hielo de la orilla. Allí están los osos blancos, el oso blanco que me ha señalado el Destino; esto está escrito desde el principio de los tiempos. Sí, allí está el oso blanco, mirando, oteando, husmeando. El oso blanco no está contento, está nervioso y pasea por la orilla…

Yo no soy una foca que está en una placa de hielo flotante, pero hago su papel. Yo soy un cachalote con una mancha blanca en la frente que se dirige al océano boreal, que va de viaje hacia el refrigerante océano Ártico mientras en la orilla el oso husmea el aire… Sí, allí está la foca subida en su placa de hielo. La placa de hielo no aguantaría mi peso, y por eso no me puedo subir encima. Si lo hiciera, la foca, que es lenta y pesada de movimientos, se zambulliría al instante por el agujero que ha excavado a su lado, ¡qué listas son las focas! La placa de hielo es ancha, y la foca, mi foca, está en medio tomando el sol. Las focas son perezosas y holgazanas, comen peces, se tiran al agua y nadan un poco, esperan, ya vendrá la comida, ya pasará por aquí, sólo hay que esperar, es todo lo que hay que hacer. De repente, ¡zas!, pasa un salmón. Los salmones son rápidos y escurridizos. Nuestro salmón, este del que hablamos, buscaba la desembocadura del río de su nacimiento, pero ya nunca la encontrará. El salmón nadaba rápido. Él también estaba nervioso porque no encontraba la desembocadura del río de su nacimiento. Allí es; no, allí no es, es allí; no, tampoco; este banco de hielo no permite que me introduzca… El salmón da vueltas y más vueltas y en su camino se cruza un arenque, ¡ñam!, ya está; ahora la desembocadura. El salmón bordea la placa de hielo y de repente se encuentra al Destino encarnado en boca de agudos dientes. Ahora es él quien siente desgarrarse sus carnes, y yo oigo voces lejanas desde el lugar en que me encuentro. Yo, el cachalote de la mancha blanca en la frente, desde la más alta de las altamares oigo voces y entreveo luces azules

¡Oscuridad sólo rota aquí y allá por destellos fosforescentes…! ¿Qué es aquello…? Nada, nada importante, nada que se pueda comer. ¿Quién es…? Silencio, silencio, nadie contesta…, y sin embargo sé que estás ahí, al otro lado de la pared azul. ¿Quién eres? ¡Hola…!, ¿y esa puerta de tijera? ¿Qué es esto? Estoy viendo una puerta metálica corredera y no sé lo que es. Estoy viendo una corredera puerta metálica, pero no sé adónde lleva. La tengo ante mí, y al otro lado hay una pared blanca que se desliza desde arriba hacia abajo. En el suelo hay objetos verdes y blancos, y también veo oscuras bolas de color marrón. ¿Bombones, dices…? Sí, bombones, bombones que las humanas uniformemente ataviadas me van dando. Ahora uno de esos, ahora otro de esos…; bien, bien. Además son amargos, amargos como las algas marrones… No, amargos como la tinta de los calamares, como los intestinos de los peces, como las desparramadas entrañas del salmón…

La foca está satisfecha. Se lame los bigotes manchados de sangre y bucea, aquí está la placa de hielo a la deriva. La foca se sube encima, se encarama dificultosamente a la placa de hielo a la deriva mientras desde la orilla el oso blanco, el rey, husmea y husmea. Luego se arrastra hasta el centro de su mínimo témpano y con las uñas horada un agujero suficiente. Le cuesta, pero lo hace porque es su salida de socorro, la puerta de su futuro. Si el oso se encaramara a su placa de hielo a la deriva, si el oso, el rey, llegara nadando desde la orilla y se encaramara a su placa de hielo, ella no tendría salvación. Ella es lenta en su reptar y el oso puede correr, puede hasta galopar, si así lo exigen las circunstancias. Si el oso se encaramara a su refugio ella no tendría salvación y sería devorada. El oso empezaría por el cuello, en un segundo habría llegado hasta su lado y comenzaría por su cuello…, pero con el agujero de la salvación esto no va a suceder. Si el oso se encaramara a mi témpano flotante yo sólo tendría que arrojarme por el agujero y volver al agua, dejar al rey atrás compuesto y sin comida, bucear y bucear hasta encontrar otra placa de hielo, ¡hay tantas!, en la que seguir con mis eternas siestas al sol de medianoche… ¡Arenques, salmones, focas, osos!, todos somos eslabones de una misma cadena, que no se le olvide a nadie. Los gusanos son los últimos, o los primeros, eso no está claro, pero tampoco es cierto del todo; también hay gusanos de gusanos, gusanos que se comen a los gusanos, sólo que son más pequeños y no se ven.

jueves, 12 de febrero de 2026

ENTREGA 86

 

Una noche en que estábamos cabreados, y Xiomara era de armas tomar, todo un carácter, trajo a casa a un francés alto, me imagino que para incordiar, porque ella sabía que a mí los franceses siempre me parecieron un poco cursis. Como el pobre gabacho vio lo que sucedía en cuanto entró por la puerta, me sentí obligado a sacar unas cervezas y darle conversación. Al tipo se le cortó todo el rollo. Él pensaba seguramente que había ligado, de forma que se le quedó enorme cara de funeral y tuve que acabar consolándolo, porque lo del piano no le interesó nada, y eso que le dije,

―¿No sabes lo del nocturno ese de Chopin? Sí, hombre, si es muy conocido… Yo lo toco muy mal, pero ya verás…

Imagínate que vas a ligar y te llevan a una casa en donde hay un negro y un blanco, el negro con cara de pocos amigos y bostezando, los dos tocando, el tambor y el piano, y haciendo un ruido infernal. ¿Qué piensas? Bueno, lo que piensas lo sabe todo el mundo, esta tía es gilipollas, aunque te den cerveza.

―No entiendo para qué haces esas cosas ―le dije al día siguiente, y ella me contestó,

―¡Ay!, déjame en paz. ¿Tú nunca te has emborrachado?

Al final, de allí a unos meses, el asunto se disoció. En los últimos tiempos no vino a dormir demasiado, se veía que tenía otros sitios en donde hacerlo, y por mi parte tengo que reconocer que, tal y como en ocasiones me había sucedido antaño, no sabía si salir por la puerta o la ventana. El hartazgo era mayúsculo, y aunque nos quedaban las instrucciones del cerebelo, que nunca se apagan, nunca decaen, una vez satisfechas llegaban los momentos de la más pura y mutua indiferencia.

―¿Hacemos unas patatas con besamel?

―¿Otra vez?

―Bueno, lo decía por decir algo. No sé, tengo hambre…

―Haz lo que quieras, yo me voy a dar una vuelta con Lara. No te importa, ¿verdad?

He dicho indiferencia pero me he confundido. Debería haber dicho aburrimiento, o desgana, o saciedad, o incluso repelús e instintos criminales. Cualquiera de estos términos, y muchos otros, servirían para describir lo que allí sucedió.

Una: las chavalas, cuando se van a dormir, te ponen la mano en salva sea la parte, te la agarran, lo que debe de obedecer a que no quieren que se les escape; eso lo he visto yo ―o notado― cantidad de veces. Los hombres, por el contrario y en la misma situación, lo que hacemos es juntar nuestros pies con los suyos, y tampoco sé por qué; debe de ser una reminiscencia de cuando el claustro materno. Otra: las mujeres que se lavan después del acto ―como quien dice, aunque quizá sea una forma demasiado retórica de decirlo― con uno de esos sprays desinfectantes que existen al efecto, dicen que es como si te metes un cohete por el culo. Esto no sé si es muy exacto porque yo nunca podré tener semejante experiencia, pero teniendo en cuenta que el spray tiene un tubito que se introduce más o menos profundamente, a lo mejor resulta que sí, que está bien descrito; la cara que ponen, de todas formas, sí da indicios de algo por el estilo.

Incluso en las épocas menos favorables para la expansión y enriquecimiento del espíritu se aprende algo. Yo aprendí cosas como aquellas con la única mujer que tuve en mi primera vida, Xiomara, la chavala de los pies helados.

Cuando, al fin, tras todas las vueltas y revueltas que describo, me fui definitivamente, transcurría la estación más florida de todas las estaciones floridas africanas, y hay muchas, de manera que, para evitar cualquier extravío o mal pensamiento, lo hice sin decir una palabra a nadie; sólo a Ton. Una mañana en la que ella no estaba, estaba en la playa tomando el sol, recogí a todo correr unas cuantas cosas ―porque mi salida de la Baia do Barro fue como si me escapara―, llamé a Ton y le dije,

―Me voy, no digas nada a nadie. Te quedas de encargado. Cuida a Xiomara, aunque no creo que venga mucho por aquí, y la casa, ahora, es como si fuera tuya. De paso, tenme informado de cómo va todo. Yo volveré en cuanto pueda, en cuanto se despeje el panorama.

Ton no añadió nada. Me estuvo mirando durante un buen rato de una forma extraña y supongo que se le ocurrieron muchas cosas, pero no abrió la boca. Me llevó en coche al aeropuerto ―que se había renovado por completo desde aquel día, ya lejano, en que aterrizamos por primera vez―, nos tomamos unas cuantas cervezas durante la espera, nos despedimos en una decena de idiomas, y por último se dedicó a agitar un pañuelo desde la terraza que cubría el edificio. Fue lo último que vi desde la ventanilla.

lunes, 9 de febrero de 2026

ENTREGA 85

 

Nunca segundas partes fueron buenas y aquello estuvo fracasado desde el comienzo. Yo no lo sabía pero podía haberlo supuesto, tampoco es tan difícil, aunque nadie nace sabiendo y yo jamás había intentado semejante experiencia, algo tan largo. Uno se apega a los pensamientos amables, a los recuerdos de los buenos tiempos, y no quiere darse cuenta de lo áspero y erizado del terreno que pisa, de la multitud de espinas que suelen rodear a las rosas…

―¿Aquí pega eso?

―Bueno, aquí pega cualquier estupidez que se te ocurra. Todos sabemos que las penas de amor son las que peor se llevan, los asuntos con los que más lata damos al prójimo.

―Sí, la verdad es que nunca queremos pensar en lo solos que estamos…

―¡Y dale!

En nuestro segundo viaje a África, que empezó bien, ¡cómo iba a empezar después de dos meses sin vernos!, fue cuando, con el tiempo, comencé a notar que si no fumaba antes de la maravillosa hierba africana, no me apetecía fornicar… Bueno, seamos correctos. Lo que no me apetecía no era lo de cohabitar, ayuntarse, negocio muy fácil de llevar a cabo, cosa de un minuto, o menos; cumplir con los ritos encaminados a la reproducción es lo más fácil del mundo, y lo normal es que te apetezca hacerlo. Yo me refería más bien a hacer el amor, que es algo radicalmente distinto.

La construcción mental que se precisa mantener en equilibrio para hacer el amor es muy compleja, y como todas las cosas complejas, muy endeble. Una leve brisa es capaz de echarlo todo a rodar, no digamos ya si lo que sucede es un seísmo, y además está el asunto de la rutina. Lo de hacerlo siempre con la misma, y más a determinadas edades, tiene fecha de caducidad. En los libros de medicina se dice que en una pareja el deseo sólo dura los cuatro primeros años, tras lo que hay que idear nuevos procederes, y a mí este plazo siempre me pareció excesivo. Claro, que la rutina se puede combatir utilizando la imaginación y los diversos alcaloides que la Tierra pone a nuestro alcance. De todo ello, asimismo, te pueden distraer otros factores: los sueños, por ejemplo…

―¿Podría decir que alguien sueña conmigo…? Tú, desde luego, no eres, y eso que te tengo muy cerca. Debe de ser alguien lejano. Es alguien oscuro, oscuro y grande; aparece alguien que habla. Quién es, no se sabe, y lo que dice no se entiende, y sucede en el fondo del mar.

―¿Es una montaña submarina?

―Bueno, podría ser.

―¿Por qué podría ser?

―No sé. Es un bulto que se arrastra por el fondo, como un baúl. El fondo es siempre marrón, marrón oscuro, y hay objetos filamentosos parecidos a algas, racimos de algas que surgen de la parte de atrás.

―¿Y el baúl se arrastra por allí?

―Sí, por el fondo; y habla, aunque no se le entienda.

Todo esto me ha empezado a suceder esta primavera y algo me dice que me pregunte por su significado; sin embargo, me da pereza. La primavera pasada ocurrieron fenómenos parecidos, aunque no les di mucha importancia; cosas raras que suceden a veces, pensé.

En el sueño de los bombones, que ya narré, resultaba que no eran unas señoras de uniforme negro quienes manejaban con toda soltura y delicadeza las pinzas con que se sirven tales golosinas. Al principio era una nube de tormenta, pero en noches sucesivas el sujeto degeneró y era el reflejo de una montaña en un espejo el que hacía las veces. La nube y el reflejo en el espejo eran negros, y los dos se arrastraban y movían sobre el terreno sinuosamente. Además, los bombones no eran negros como otras veces, oscuros, no, sino blancos y rojos, y también los había de un bonito color salmón brillante; por fuera eran como gelatinosos.

―Eso parecen huevas de pez.

―Pues sí, ahora que lo dices… Caviar blanco y rojo. ¡Caviar de gigantes…!

Y también se puede soñar despierto. Este es un artificio del cerebro que te lleva por lugares inaccesibles, regiones que pertenecen al pasajero reino de las muy deseadas, aunque inabordables, fantasías que todos tenemos en la cabeza. Al principio te asusta un poco adentrarte en tan confuso territorio, es verdad, pero sólo al principio, porque una vez que descubres su verdadera magnitud, no hay quien te frene.

―Apaga la luz. ¿Tú eres Xiomara? No, tú eres mi prima Ana, mi prima Anita, porque la verdad es que las dos tenéis un culo como Dios manda. Oye, ponte boca abajo… Bueno, tú no eres tú. ¿Quién eres, en realidad? Tengo muchas posibilidades… ¡Narciso, vete a la mierda!, ¡echa a este mono de aquí!

Caviar blanco y rojo, ¿dónde he leído yo eso…?, y hablando de todo un poco, ¿qué me dices de las putas de este verano?, o mejor dicho, de la puta. Sí, sería puta, pero estaba como para comérsela; seguro que estaba montada en el dólar. Puta joven, cara, y no paraba. La chavala era como una bomba, estaba más buena que Xiomara… Bueno, eso es difícil: estaba tan buena como Xiomara. Alta, con tacones y un vestido rojo de tirantes… Una chavala con un vestido rojo, a fuerza de verlo en el cine, ha llegado a ser un lugar común. Aquella tarde nos miraron mucho, y a nosotros nos invitó a champagne.

―¿Me acompañáis al bar? Me ha entrado sed. Además, ¡para una vez que aparecen dos que se les puede mirar a la cara!

―Bueno, pero yo prefiero cerveza.

―Mejor, más barato.

―¿Sabes que yo tengo una prima que es de tu cofradía?

―¿Ah, sí? ¿Cómo se llama?

―Pues se llama Beatriz, pero no creo que la conozcas, no para por aquí; es más de la gran urbe.

Luego, con el tiempo y la práctica, coges onda y puedes imaginarte lo que quieras, no tienes problema. Esta es tal, esta es cual…, etc. Si te callas, no sucede nada; ahora, como se lo digas, aunque sea por hacer la gracia…

―¿Tú eres imbécil…? ¿Por qué no piensas en el Papa, o en tu madre…?

Aquella fue una de las primeras veces en que yo me di cuenta de que a las mujeres no les gusta nada que pienses en otras mujeres, y menos cuando estás en la cama con ellas, y muchísimo menos que se lo digas.

Como se imponía concebir cosas diferentes, nos dio por ir a bares nocturnos. Al principio me porté bien y la acompañaba, pero a Xiomara le gustaban los bares de crápulas, los de tipos viejos con bastón y bien vestidos, que allí también había, la mayoría extranjeros, aunque algunos aborígenes. Los había blancos y negros. Los crápulas negros llevan barbita, barbita blanca o medio blanca, que es raro, porque los negros casi nunca se dejan barba, y bastón. Los crápulas blancos, en cambio, lo que llevan es chaleco; a veces hasta chaleco de flores, como Wild Bill Hickock. En nuestra aglomeración semiurbana no había mucho en donde elegir, por lo que aquellos lugares no eran lo más divertido del mundo, ¡bares de crápulas y momias!, y al final les adjudiqué un nuevo nombre: la Gran Pirámide.

Yo, ya digo, al principio la acompañaba, pero luego me aburrí de ver todos los días las mismas caras, ¡y qué caras!, y me quedaba en casa tocando y tocando hasta las tantas. Tocaba música antigua y tocaba música moderna; tocaba todas las noches lo mismo, pero es que es la única forma de aprender. Los doce por ocho rocanroleros, con todas esas sextas y cruces de manos, son lo más divertido de tocar del mundo; lo malo es que son muy difíciles y comprometidos. Cuando un día se lo oí a la teósofa, que sería teósofa, pero en cuestiones de estructura musical sabía latín, me quedé deslumbrado.

―Oye, ¿cómo has hecho eso?

―Pues así, mira, si es muy fácil. Ya verás, tócalo despacio.

(Lo de que es muy fácil lo dicen todos los que saben tocar.)

A mí me costó muchísimo aprenderlo, aunque al final lo conseguí y se lo soltaba a cualquiera que apareciese. Unas veces salía más limpio que otras, dependiendo de la cantidad de líquido que hubiera ingerido, pero esto es ley de vida. Sonaba como lo que tocaban los de mediados del siglo pasado, y además allí a nadie le extrañaba porque el rock and roll es pura música negra, aunque en su momento la explotaran los blancos.

Aquella fue la época de mi vida en que más música aprendí. Me refugié en el piano y Xiomara se enfadaba y ya no escuchaba nunca los conciertos nocturnos; ni siquiera aparecía por allí para cantar aquello tan antiguo de, mira qué culo…, etc., que es lo propio de los tiempos finales. En vez de eso se iba por las noches de parranda e incluso ligaba con alguno. Los tíos caían como moscas ―quiero decir, caemos como moscas―, pero es que, como dije, tenían que haber visto a la niña de cerca.

ENTREGA 88

  Yo no soy una foca subida en una placa de hielo. Yo soy un cachalote con una mancha blanca en la frente que navega hacia la estrella pol...