jueves, 29 de enero de 2026

ENTREGA 82

  

ACCIDENTE

 Yo me llamo Cacho Madera y voy a seguir con mi historia. De pequeños éramos unos pastas porque nuestros padres eran unos ricachos, esto ya lo dije, lo he dicho varias veces, pero un día se mataron en un accidente de coche y de ahí en adelante todo empezó a ir mal. Primero la Universidad y el baloncesto; luego los abogados, que sonreían y nos invitaban a comer… Más tarde llegaron los amigos y todo cambió. El cuerpo no está hecho para maltratarlo, no, al cuerpo hay que cuidarlo mucho. Cuando uno es joven puede hacer locuras, pero debe ser con tiento.

Ahora estoy en el hospital con la monja. No sólo tengo una de esas enfermedades nuevas y misteriosas para las que no existe cura, sino que encima me he pegado una galleta en la moto y me he quedado medio paralítico. La monja me lava, el culo y lo demás, y yo aprovecho para correrme, o bueno, para intentarlo, porque no lo consigo nunca; tampoco es que tenga muchas fuerzas. Un día se lo dije y ella pegó toda clase de gritos y me lavó con agua bendita, y entonces el médico se enteró y le echó una buena bronca, la llamó santurrona y otros calificativos por el estilo. Luego la monja se fue acostumbrando, y aunque me miraba raro, al final hacía bromas acerca de ello. Yo creo que las monjas que lavan a gente en los hospitales son personas como las demás, aunque a veces no lo parezcan, al menos por la indumentaria.

El guarro ya no viene nunca por aquí, por lo menos hace mucho que no viene, su mujer no le deja. ¿Tiene mujer el guarro? No, debe de ser sólo novia. Ahora no veo más que a la monja, ese pedazo de carne con ojos y manos. El guarro maneja un pontiac y no ha hecho ni la mitad de burradas que yo. Algunos de nosotros no lo han hecho mal, no, aunque otros… Bueno.

Yo me llamo Cacho Madera y estoy fatal, porca vida; para esto le hacen nacer a uno. Quise enrollarme con las máquinas, pero eso no sirve para nada. Nadie sabe cómo lo ha cogido, el bicho, el bisonte pequeñito que empuja. A lo mejor fue en un vaso de un bar, aunque no creo, dicen que así es imposible, pero el caso es que lo tengo dentro, y cuando choqué con la cara de Paco Calambres ya lo tenía. Paco Calambres es buen tío.

Cuando me la di en la moto, iba por un camino de tierra de la sierra de Albarracín. Era primavera y llevaba casco. Yo siempre he sido precavido; no mucho, aunque sí lo suficiente. Como yo llevaba casco, el otro, Paco Calambres le dicen, me metió la frente por el trozo que falta del casco, el trozo por el que miras. Paco Calambres iba en una vespita vieja, pero así y todo debía ir a sesenta ―yo iba a más, claro, yo no iba en una vespita―, y coincidimos en lo alto de una cuesta. Él venía y yo iba, o al revés, y ninguno pensaba que por allí fuera a andar alguien; los dos saltamos y nos encontramos en lo más alto…

El bicho me lo descubrieron en el hospital. El bicho es como un bisonte; pequeñito pero como un bisonte. Embiste poco a poco, se hace el remolón, empuja y empuja…, y el día en que llegue la estampida que sea lo que Dios quiera.

… y cuando llegamos arriba, sentí como si me hubiera tropezado con una pared.

Paco Calambres es buen tío, sí. Al principio venía a verme, luego menos, y ahora hace ya tiempo que no aparece. Me dejó un teléfono. Mira, cuando quieras me llamas aquí, tú y yo somos hermanos de sangre. Así y todo no se lo pegué, a pesar de lo de la sangre no se lo pegué, le hicieron todas las pruebas y dio negativo. (El teléfono lo paga Claudia, me parece.) En su pueblo le tiraban piedras porque es hospiciano. Incluso el guardia le tiraba piedras, pero el guardia al final contrajo, y entonces Paco Calambres fue a la salida del acto y le devolvió las pedradas. Algunos invitados se enfadaron muchísimo, pero aquello no pasó de allí porque era día de fiesta y Paco Calambres ya era mayor, el guardia también, el guardia era mucho mayor que Paco Calambres, y al final tiraron a la novia al río con traje y todo, ceremonia que se sigue llevando a cabo en los pueblos.

Al principio no supe qué sucedía, me parecía que andaba entre nubes, sí, entre nieblas, porque no veía nada, aunque luego, al cabo de un rato, resultó que lo veía todo rojo, como en las discotecas, y aún más tarde oía voces celestiales, las de los espacios etéreos. Cuando empecé a acordarme de lo anterior me veía en moto, iba sobre una moto, pero ahora oía voces celestiales y no entendía nada. Las nubes devinieron en rojas y por fin caí en la cuenta. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¡Si yo iba en moto…! Más tarde aún, de repente, vislumbré un paisaje rojo, un suelo rojo, una especie de retama roja, una mano roja, que era la mía… Estaba sentado en el suelo y tocándome la cabeza, ¡qué cabeza más dura tenía…! Claro, como que era el casco.

Yo quise enrollarme con las máquinas, pero cuando me di cuenta de que aquello no servía para nada, me pasé al budismo zen, eso fue antes de lo del hospital, y también estuve en la Iglesia Evangélica. A esta asociación me llevaron los gitanos. Cantábamos, y les coticé bastante, pero tampoco ha debido de servir para nada porque hace mucho que ninguno aparece por aquí para reconfortarme.

ENTREGA 82

    ACCIDENTE  Yo me llamo Cacho Madera y voy a seguir con mi historia. De pequeños éramos unos pastas porque nuestros padres eran unos ri...