No sé cómo se me ocurrió aquello, pero es que el cerebro tiene sus propias andaduras, es tontería querer llevarle la contraria, y cuando todo se complica, cuando la situación es apurada, uno empieza a imaginar disposiciones de la materia que nada tienen que ver con lo que está sucediendo. Cuando cunde el pánico los músculos se tensan, los ojos se cierran y los dientes se aprietan, y toda suerte de expresiones nunca antes meditadas afluyen a tu mente… Es la famosa corteza cerebral que grita, agárrate bien, ya verás adónde te voy a llevar, puerta de negras barras verticales…
Yo nadaba hacia arriba desesperadamente, pero el monstruo no se despegaba sino todo lo contrario, y de repente noté algo como un pinchazo en la cabeza; ya lo decía yo, ¡el espiráculo…! Aquel espantajo me acababa de pegar un bocado en mitad de la frente y me había hecho sangre, porque como tienen una especie de pico córneo, pueden hacer eso y más, y de repente el dolor aumentó; seguro que, abrazado como estaba, ahora se ponía a escarbar en la herida. Esto no es que fuera muy grave, pues al fin y al cabo sólo era superficial, pero a continuación vendría, a buen seguro, la segunda parte. Resulta que los pulpos tienen unas glándulas al lado de la boca que segregan una sustancia irritante, lo que es muy útil cuando la presa es pequeña. Ante una acometida de este tipo la mayor parte de los animales marinos, los congrios, por ejemplo, o los llocántaros, quedan aletargados y ya pueden darse por perdidos. De ahí a ser comidos no hay más que un paso, pero un cachalote es diferente. Un cachalote no se queda aletargado con facilidad. Lo que un cachalote desesperado hace ―y si es pequeño, más― es templar los tendones, agitar la cabeza y la cola desmesuradamente y confiar en que ante semejante revuelo, semejante confusión y oleaje, el contrario abandone la presa…, aunque allí no se dio el caso.
Sí, de cierto que yo aleteaba violentamente, pero la jaula, la jaula de tentáculos con ventosas, el encierro de metálicos barrotes no cedía ni se abría. De verdad parecía que todos mis esfuerzos eran vanos, pero es que, además, de improviso me empezó a arder la herida. El gran pulpo había empezado a segregar veneno y a mí me llegó el pánico y comencé a vociferar desesperadamente, los sonidos escaparon de mi boca…, ¡clac clac clac!, ¡¡crrraaac!!, clac clac…, porque, ¿qué iba a hacer sino pedir socorro? Mi primo y nuestras novias habían salido zumbando al olor de la batalla y no había nadie por las cercanías a quien dirigirse. Mis clac clac clac debían de oírse a cincuenta leguas a la redonda, pero nadie acudía… En las manadas de cachalotes hay centinelas y guardianes, escuchas y vigías, porque nuestros grupos ocupan longitudes de veinte o más kilómetros y deben tomarse todas las precauciones, de forma que mi estupor iba en aumento. ¿Dónde estaba la ayuda y por qué tardaba tanto? De ninguna manera podía creer que la manada en pleno me hubiera dejado abandonado a mi suerte…
El picor se acentuaba, los tentáculos se paseaban ante mi cara con total impunidad y yo perseveraba en mis coletazos, poniéndome boca arriba, boca abajo, hundiéndome en barrena… ―aquello si que no me había sucedido nunca―, gritando, aullando, ¡ay!, ¡ay! ―bueno, no dije ¡ay!, sólo lo pensé, lo estaba pensando, ¡ay, ay, ay…!―, cuando, súbitamente, algo se revolvió encima de nosotros. Una mole que ocultó la poca luz que desde arriba nos llegaba apareció de improviso y a gran velocidad, y pueden ustedes creerme si les digo que lo que hizo acto de presencia navegaba a quince nudos, si no que más, y cayó sobre nosotros como un cuerpo en caída libre, esto es, con toda la potencia que un cachalote adulto puede imprimir a sus movimientos. Fue visto y no visto. El abrazo del monstruo se aflojó, y la boca, su córneo pico, que un instante antes se dedicaba a ahondar en la herida, se retiró y me sentí libre, libre sin aquella carga y aquellos picores…
Miré hacia arriba y pude observar que allí estaba mi tía, que era quien había acudido al salvamento, y que de su boca salía el pulpo, aunque no salía entero sino un trozo de cabeza y un montón de tentáculos que se debatían aún más desesperadamente de lo que lo había hecho yo momentos antes, y ella ―por decirlo ya todo― ponía una cara de satisfacción que para qué les voy a explicar, porque el pulpo es un bocado exquisito. Tengo entendido que los humanos sólo comen los individuos jóvenes; los individuos jóvenes son comestibles, dicen… Bueno, humanos, otra vez, no sabéis lo que os perdéis; quizá es que tenéis la dentadura demasiado frágil, quizá sea algo de eso, porque si no, no tiene explicación.
Yo tenía que salir a respirar pero no había demasiada urgencia, todavía podía estar un rato más bajo el agua, sobre todo a la vista de lo que ante mí tenía, de forma que nadé, ahora ya con tranquilidad, hasta mi salvadora. Abrí las fauces y, con el mayor de los cuidados, así los brazos que pude apresar; tiré fuerte y arranqué tres o cuatro… Una nube de tinta me envolvió por completo, pero aquello fue aún mejor porque esta tinta es muy alimenticia, tiene un sabor sumamente delicado y estimula, por así decirlo, el apetito, y luego…
El pulpo no sabía en dónde se había metido. Era un pulpo grande, un pulpo adulto, y se supone que estas criaturas saben lo que hacen, pero aquel, el pobre, acababa de correr su última aventura; así es la vida.
Aquella noche, flotando entre la oscuridad de dos aguas, estuve preguntándome sobre el significado de mis visiones. ¿Por qué había visto barras metálicas, verticales barras metálicas, en donde sólo había brazos de pulpo…?, pues si alguien piensa que yo no sé lo que es una barra metálica está muy confundido. En el fondo del mar, a veces, se colocan unas jaulas de las que sólo puedo suponer su utilidad, y una vez vi una con un humano dentro. Estaba suspendida de un cable que, sin duda, llegaba hasta un barco en la superficie. La manada transitó cerca de ella, pero a los pequeños no nos dejaron acercarnos demasiado por simple precaución.
―Venga, niños ―nos dijeron―, echad una ojeadita y vámonos.
La guardiana de turno, que no era mi tía ni tampoco mi madre, nos estuvo instruyendo. Nos dijo,
―Los humanos, cuando no se fían de lo que van a encontrar, porque como sabéis el fondo del mar está lleno de animales de todas las clases, se sumergen en estos recipientes. No los construyen por nosotros, claro está, que podríamos destruirlos de un coletazo, sino por otra clase de seres, tiburones sobre todo. Los humanos que van dentro de ellos suelen ser lo que los mismos humanos denominan científicos, un concepto en el que ahora no vamos a entrar, y los utilizan para tomar sus datos o hacer sus medidas, fines que no suponen un peligro para nosotros. Sin embargo, no conviene fiarse de nada, esto sí que debéis recordarlo.
Así nos dijo, y nos dejó verlo un momento. El humano (o la humana; no lo sé, porque con esas coberturas que llevan es difícil determinarlo) estaba muy ocupado con diversas máquinas, una de las cuales emitía destellos, unos destellos muy curiosos, intensos y muy cortos, con los que probablemente almacenaba información de algún tipo, y luego nos fuimos. De esto, de todas formas, hace ya tiempo y no me acuerdo muy bien, aunque aún recuerdo la jaula y los barrotes. Ahora volvían a aparecer y yo me preguntaba por qué. Sí, ¿por qué?