jueves, 28 de agosto de 2025

ENTREGA 40

 

 

TRAS AQUELLA NOCHE TOLEDANA…

 

… me despertó un ruido de cerrojos. Después de mis angustias había acabado por quedarme dormido en aquella especie de banco de madera, y cuando los oí, abrí los ojos y vi el techo. ¿Qué techo era aquel, tan desconchado y con manchas de humedad…?, y luego, al instante, volví a recordar los acontecimientos de la tarde anterior. Ya había amanecido, y por un tragaluz que había en lo alto de una de las paredes entraba la luz del día. Me enderecé, no muy seguro de lo que fuera a suceder, y vi que en la puerta había un pavo de uniforme, uno de aquellos funcionarios ―que, dicho sea de paso, iba más bien desaliñado―, quien, de malas maneras, como de costumbre, dijo,

―Venga conmigo.

Yo salí, y por el camino recogimos a Louis. El funcionario abrió otra de aquellas puertas que había en el pasillo y allí estaba, al fondo, con cara de pocos amigos. El que dirigía la operación aquella vez sólo dijo,

―Vamos.

Louis salió y subimos al piso de arriba, al de la tarde anterior. El funcionario nos señaló un banco de madera que había en el pasillo y dijo,

―¡Siéntense!

Nosotros nos sentamos, y, la verdad, aquella vez la espera se me hizo hasta corta. Al cabo de cinco minutos se abrió una de las puertas del pasillo y apareció… el tío Aldy, acompañado del rubio de la tarde anterior. Al rubio le había cambiado la cara totalmente y ya no decía las tonterías con que me había obsequiado. Ahora todo era, ya sabe usted, sí, claro, los chicos jóvenes, bueno, sí, todo está bien, muy amable, y cosas de esas; lo de lo sabemos todo, aquella vez no lo dijo. Se dieron la mano ―el rubio ni nos miró― y el tío Aldy vino hacia nosotros. Me echó una mirada de complicidad, me dio en un brazo, miró a Louis dubitativamente y concluyó,

―Venga, vámonos.

En el patio del cuartel, alrededor de uno de sus despampanantes coches, un descapotable que yo no conocía, y con una rubia de las que solía en el asiento de la derecha, había dos o tres de aquellos guardias, comentando a distancia la marca, el modelo, la cilindrada y todos esos detalles de los que habla la gente a los que les gustan estos vehículos. Fuera lucía el sol… ¡Hay que ver cómo cambian las cosas en brevísimo tiempo! Después de lo sucedido, incluidas las amenazas del rubio de la tarde anterior, al salir hasta nos saludaron.

Lo primero que el tío Aldy dijo, riéndose, fue,

―¡No tenéis ni idea de la suerte que habéis tenido! Cuando me llamaste estaba a menos de cien kilómetros de aquí, de forma que me dije… ¡Anda, que si me llegas a pillar en América…! ¡Qué!, ¿os lo han hecho pasar muy mal?

Ninguno de los dos contestamos y el tío Aldy remató la frase.

―Bueno, así aprendéis. De todo se aprende en esta vida. ¿Queréis desayunar?

Nos detuvimos en el primer bar por el que pasamos, y Louis, llevado por no sé qué impulso o necesidad fisiológica, pidió un coñac y se lo bebió casi de un trago. Luego ya se le puso mejor cara. Como tardamos bastante, porque yo me tomé dos colacaos y varios bollos ―de esos que vienen dentro de un plástico―, el tío Aldy nos dejó solos, y en cuanto salió por la puerta Louis dijo,

―Jo, macho…

Yo ni adivinaba por dónde iba.

―¿Qué pasa?

Louis resopló.

―Nada. ¡Que vaya gallina lleva tu tío!

Luego fuimos a otro pueblo que estaba al lado, este más lujoso que el que nosotros habíamos elegido, y allí a un hotel a todo plan. El tío Aldy era un tío como Dios manda, como tienen que ser los tíos, así que nos dijo,

―Si queréis ducharos o lo que sea, pedid mi llave. Nosotros os esperamos en la terraza. Ahora vendrá tu padre.

Louis se quedó estupefacto.

―¿Mi padre?

El tío Aldy hizo como que se excusaba. Abrió las manos y añadió,

―Le he tenido que avisar… Si no, no te saco.

Nosotros tardamos poco en bajar, pero cuando llegamos ya estaba la reunión montada. El padre de Louis, que era alto, fuerte, medio calvo y colorado, como hipertenso, sólo hablaba de putas. Claro, como Louis; los niños aprenden todo lo que oyen. Cuando llegamos, le estaba diciendo al tío Aldy,

―Pero si estos son tontos, hombre, son tontos, te lo digo yo. ¿Que quieren irse de putas? Pues que me hubieran pedido el dinero. ¿Qué problema hay? Si yo les hubiera dado el dinero…

Louis, por aquellos tiempos, no se atrevía ni a mirar a su padre, que, aparte lo dicho, era un cafre, grosero a más no poder, y hablaba a voces. El tío Aldy ponía unas caras…

―Y qué… ¿Qué ha hecho tu niño? ¿Por qué lo tienes encerrado en ese colegio? ―y me miraba con una sonrisa torcida.

―¿Eh, buena pieza…?

¡Buena pieza, buena pieza…! Eso lo había oído yo de pequeño, ya ni recuerdo dónde, pero creía que había caído en desuso. El padre de Louis, aparte de poco educado, era más bien antiguo. A Louis le daba unos capones en todo el cuello que sonaban como trallazos.

―¡Ven aquí, hombre, que no te voy a matar…!

El tío Aldy no sabía si decir la verdad, que yo no era su niño, pero desistió. El padre de Louis pidió otro alcohol fúnico, de esos de Giraud, y después de hacer unos cuantos ruidos volvió a la carga. Ahora nos miraba a los dos, como entidad, como novatos.

―A ver, decidme. ¿Adónde creíais que ibais?

Louis, al principio, no dijo nada. Vamos, ni miró, pero luego le debió de molestar el sepulcral silencio, porque al fin y al cabo era su padre, y contestó como a media voz.

―No…, a ver chavalas.

―Chavalas, chavalas… ¡Putas!, querrás decir… ¡Putas!, si lo sabré yo…

Lo más divertido era la cara que ponía la novia que llevaba aquel día el tío Aldy… El padre de Louis nos miraba a todos y luego le daba a su hijo más capones; a mí también me miraba, pero conmigo, con el tío Aldy allí delante, no se atrevía.

―¡Putas, hombre, putas…! Dilo bien claro, si nadie se va a asustar… ¿Qué crees?, ¿qué yo no sé lo que son las putas? ―y se reía a grandes carcajadas.

Aquello tampoco duró mucho. El tío Aldy, que era muy diplomático, viendo que semejante situación podía prolongarse toda la mañana empezó a hacer como que le llamaban por teléfono y a ausentarse repetidamente, y al fin apareció con una de sus sonrisas de lado a lado de la cara diciendo eso de, ya lo siento, hombre, pero es que las obligaciones…, y cosas por el estilo, y allí se quedaron Louis, su padre y los alcoholes fúnicos. Nosotros nos levantamos, nos dimos unos apretones de manos ―que el padre de Louis, en el colmo del cinismo, a la acompañante de turno del tío Aldy le besó la mano con unos ademanes muy a la antigua; debió de ser lo único que hizo bien en toda la mañana― y nos fuimos.

El tío Aldy, a continuación, me llevó a cazar. Ya sé que esto de la caza no está bien ―y es que siempre se me ha hecho muy cuesta arriba eso de andar por el campo disparando a bichos indefensos…―, pero qué quieren ustedes, tras semejante experiencia lo que no iba a hacer era volver a encerrarme en casa o en el colegio…, así que dije que sí nada más oír la propuesta. Nos fuimos a una de sus fincas y estuvimos cuatro días subiendo y bajando cerros y disparando a todo bicho viviente ―eso nosotros, porque la chavala sólo nos acompañó el primero; los demás se quedó en casa tomando el sol y bañándose en la alberca―, y cocinando, porque hay que decir en descargo del tío Aldy que todo lo que matamos ―es decir, que mató él, porque yo no le daba ni al arco iris― se comió. Nosotros unas cuantas liebres y perdices, y los guardas, y supongo que la gente de los alrededores, el resto. El tío Aldy sacó a relucir sus habilidades y se pasó una tarde entera escabechando perdices, que metió en botes cuidadosamente lacrados y a los que incluso puso etiquetas con la fecha y el contenido. El tío Aldy, a pesar de que era cazador, y bastante burro, solía ser muy cuidadoso.

Después de aquello casi no volví al colegio porque había llegado el final del curso y se habían acabado las clases; sólo volví para examinarme, y me aprobaron. Además, allí acababa el último ciclo, lo llamaban no sé cómo, y un año después, si quería, podía ir a la Universidad, pero todavía faltaba mucho y ni se me ocurrió pensar en ello. En aquella época no tenía ni idea de lo que quería y los demás no me dieron la lata; como ya no estaba la abuela casi todos se desentendieron. Sólo el tío Aldy o Claudia me preguntaron sobre aquel asunto, pero yo les di largas y durante una temporada se olvidaron de él.


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