MUCHÍSIMO AMOR
Todas las historias pueden empezar con una poesía y acabar con otra, sobre todo si es en una película de amor. A mí me llegaban unas poesías rarísimas, sin medida ni ningún tipo de rima, ni siquiera asonante, poesías modernas y de metro libérrimo que sonaban como una tarjeta de visita.
RESIDENCIAL ALTERNATIVA
A 400 metros da praia
Quarto con banho privado incluindo pequeño almoço
HIGIENE E TRANQUILIDADE
Santa Maria, Baia do Barro
Decir de esto que es una poesía quizá sea decir mucho porque no lo es, de eso se da cuenta cualquiera. Más bien se le podría llamar información de las páginas amarillas, pero es que hoy en día está todo muy confundido, sí, muy confuso, demasiado confuso, y dado que la poesía anda por los suelos, uno se agarra a lo que puede. Antes la poesía y el amor iban de la mano, pero ahora es preciso apañarse con lo que se encuentre, los folletos que te echan en el casillero o los mentirosos mensajes de la civilización. Además, la gente se muere porque sí, se meten en la bañera y se quedan yertos, fríos, aunque el agua estuviera caliente. Como cuando te mueres no puedes volver a dar el grifo del agua caliente, al final todo está muy frío, y antes de que te descubran se queda todo helado, tú, el agua, la bañera, el cuarto de baño, todo, y los demás nos quedamos aquí pensándolo y mirando.
Pensar, es mejor no pensar mucho, y menos en estas cuestiones, así que yo, en cuanto pude, me escapé al mundo libre. Entre unas cosas y otras todavía no me había enterado, no me había dado tiempo a enterarme, de que hay un mundo libre; bueno, una parte del mundo que es libre. Esa parte está dentro de nuestra cabeza, aunque casi nunca nos damos cuenta. El mundo libre son las playas del intelecto, las palmeras espirituales, las chavalas de la imaginación… El mundo libre no es algo que se venda ni se regale, ni tampoco que se pueda adquirir de cualquier otra manera. Sólo se puede robar, robar al descuido y al paso del tiempo. El paso del tiempo, ya que ustedes quieren saberlo todo, es eso que no podemos detener.
Todo esto es muy confuso, tan confuso como lo de las poesías, tan confuso como las muertes inesperadas. A mí me hicieron falta veintiséis años para darme cuenta de que existía, aunque es posible que otros lo descubran antes y aun otros no se den cuenta nunca.
Cómo me fui al mundo libre sí es algo que se puede contar. Yo, en realidad, no hice nada. Fui arrastrado por las circunstancias, por el incansable girar del universo, por el frenesí de la existencia, y un día en que debía de estar inspirado cayó en mis manos la tarjeta que decía lo que he escrito, esa rara poesía que podría ser de amor, y, claro está, me faltó tiempo para coger el teléfono y llamar a Xiomara… Ahora voy a contar quién era Xiomara.
Xiomara ―aunque hay quien escribe Xihomara― era una chavala que trabajaba de azafata ―siempre estaba de viaje― y me presentó Javi el último año que estuvo en las islas con sus estudios, porque Javi al final se fue, volvió a la madre patria y continuó en otra escuela alejada tres mil kilómetros de la anterior; le costó arrancar, pero al final lo hizo. Allí había estado cuatro años y aprobado varias asignaturas, porque él no contaba por años sino por materias.
―Este año me he quitado tres y el anterior dos; a este paso, en quince o veinte lo ventilo ―así lo dijo y así lo hizo.
Xiomara no era rubia ni tenía los ojos azules, tenía otras cosas. Era rizosa, y los ojos los tenía normales, tirando a marrón, pero exhibía esa peculiar mirada de medio lado propia de las mujeres a las que demasiadas veces han dicho, ¡qué niña más guapa!, ven aquí, rica, toma un caramelito, eso de pequeña, y de mayor otras por el estilo. Yo, con los años, estaba aprendiendo lo que significaba todo aquello, porque no se crea nadie que a los veintiséis se sabe algo, no…
―¿Usted sabe si en África hay percebes?
―Pues no sé. ¿Por qué no los va a haber?
―Hombre, en el polo norte no hay pingüinos, y en el polo sur no hay osos blancos…
A Xiomara me la presentó Javi, eso ya lo he dicho, y debía de ser una de sus habituales medio novias, o proyectos de novia. Yo no sé cómo no había ligado con aquella maravilla, aunque lo más probable es que no le hubiera dejado, si no resulta difícil de entender, y las primeras veces que nos vimos no nos hicimos mucho caso. Nos saludamos, eso sí, nos miramos de soslayo…, y no hubo más, sólo que al tercer día, es decir, a la tercera noche que anduvimos por ahí con Javi y otras personas, acabamos en un sofá de un bar antiguo morreando como dos borrachos y escondiéndonos de los demás. Sin embargo, ni pasó de ahí ni se volvió a hablar de ello. Luego desaparecí de aquellas latitudes y allí quedó el asunto, pero ella debía de haberse quedado con alguna espina clavada porque periódicamente, cada diez o doce meses ―esto es, una vez al año―, me llamaba y me decía,
―¿Qué tal?, ¿nunca vas a venir por aquí? ¡Felices pascuas! ―y yo le contestaba,
―Más fácil lo tienes tú ―y me reía, que hay que ser desagradable, pero bueno, me reía; a lo mejor fue por eso por lo que le dio por mí.