jueves, 8 de enero de 2026

ENTREGA 76

  

Ton, el negro, que así le llamé yo desde entonces, apareció precisamente cuando llegamos a su aeropuerto, otro lugar que no figuraba en los mapas y en donde no había casi nadie. Él estaba allí, en el aeropuerto, en mitad de un páramo, apoyado en una farola rota, gruñendo y denostando, aunque no sé por qué porque hacía un día buenísimo.

―¿Taxi? ―nos dijo, y nosotros, que íbamos con las manos en los bolsillos, le enseñamos aquella tarjeta, la de la poesía, que era nuestra única referencia, y él, con ciertos ademanes que al principio no supimos interpretar, nos llevó hasta un hotel.

El hotel era lo suficientemente bueno como para estar en aquellas remotas tierras, aunque en la abundante Europa nadie lo hubiera mirado dos veces. Era un desvencijado edificio de tres plantas al borde de la playa, en donde, efectivamente, te daban un pequeño almoço al salir el sol, por más que el agua sólo corriera a horas determinadas. Un hotel con la marquesina medio caída y en donde se traficaba con todas las sustancias y objetos imaginables, sobre todo en una especie de bar con el que contaba y que estaba decorado con pieles de animales salvajes, aunque con el tiempo descubrí que eran apolilladas imitaciones. El sátrapa del bar, un gordo que llevaba más anillos que Saturno, era quien manejaba el mercado de esclavos de la zona, aunque en los escasos ratos que estuve allí preferí no enterarme de sus manejos.

Ton, el negro, aquella tarde, cuando nos dejó instalados, en una mezcla de castellano, portugués e italiano, nos preguntó si queríamos que nos volviera a buscar por la noche. De su larga parrafada sólo comprendí dos palabras, cerveza y noche, así que le dijimos que sí, porque en estos lugares siempre conviene tener guía, aunque sólo sea al principio.

Mientras estuve con Ton cerca, tan sólo una vez en toda mi vida, me sucedió entrar en un bar y que él no entrara conmigo, la primera. Fue aquella misma noche y en el primero al que nos llevó, un bar muy fino, como para turistas. Debía de ser el único en muchas leguas a la redonda que tuviera semejante aspecto, con lámparas con pantallas y música ambiental de los países europeos, aunque no del barroco, precisamente. Además, estaba vacío. Al salir le dijimos, muy bonito, pero mejor vamos a alguna otra clase de sitio, y a continuación nos llevó a un lugar más normal, y como hiciera ademán de quedarse en la puerta, le dijimos, no, aquí vamos todos juntos, y desde aquel momento ya fue todo más fluido.

Los bares de África no se llaman bares, claro está, ni son como los europeos, pero los nombro así para entendernos. La mayor parte se alumbran con candiles de gas y tienen el suelo de tierra apisonada por el uso, aunque las cervezas sí suelen ser por un estilo, botellas de medio litro que todo el mundo bebe a morro, sobre todo los ingleses. Ingleses había bastantes por aquella zona, más que alemanes, porque aquello no era Tanganika, Tanganika está muchísimo más al este, y decir que los ingleses eran los que más bebían tampoco es decir mucho ni descubrir la pólvora. Un inglés bebe cualquier cosa a cualquier hora, y las inglesas se ponen minifalda en cuanto se acuerdan.

Ton, el negro, fue nuestro introductor, por decirlo así, en los arcanos de su África tropical. Él, por ejemplo, fue quien, en cuanto tuvo ocasión, nos contó el chiste ese de, si vas por África y oyes a dos negros decir, vamos a tomar un blanco…, sal corriendo. Había estado en Europa, en Inglaterra, en Alemania, en Italia, en Austria y en el sur de nuestro país de origen, había estado en todas partes y trabajado en mil y un oficios, pero no le gustó y se volvió, aquello no era lo suyo. Tuvo un hijo allí, alguno le estará alimentando, eso decía, eso nos dijo, los blancos para eso son muy maternales; lo malo es si el niño sale negro o parece negro, allí lo habrá pasado mal, con toda seguridad. Ton también decía que había blancos normales, en unos sitios más que en otros, pero que la mayoría eran unos mentecatos, visa, visa, mastercard; eso sí, las blancas son otra cosa…, y todo esto nos lo contó la primera noche.

Ton comía tierra…

―¿A vosotros no os gusta? Aquí, en África, se come mucha tierra; es muy buena para el cuerpo.

… y no se llamaba Ton, sino Amílcar dos Santos.

―Ese no es un nombre de negro; ese es un nombre lusitano.

―Sí ―me dijo―, es el nombre de mis antepasados, de mis antepasados paternos, pero es que yo también soy mestizo, ¿o es que no te has dado cuenta? Y además, los amigos me llaman Cimarrosa.

Ton lo decía así y quedaba muy bien explicado, según mi parecer, aunque Xiomara no estaba de acuerdo, porque como era más negro que el carbón, opinaba que era más negro que mestizo. Ton, además, fue quien, con el tiempo, nos buscó un alojamiento acorde con el continente en que estábamos.

―¿A vosotros os gusta vivir en los hoteles? ¿Y más en ese hotel…?

Uno se va con la chavala de sus amores por un mes o dos a lugares desconocidos, y cuando se quiere dar cuenta han transcurrido nueve, ha pasado casi un año. Novios son los que se van a casar, eso es lo que dice el diccionario, pero la gente no lo entiende así. Novios son los que viven juntos, los que comen y duermen juntos; lo demás no suele tener importancia.

Primero nos hizo alquilar unas tierras, con una vivienda que tenía algo de choza, que estaban entre la selva y el mar, y luego, con el tiempo, al cabo de unos meses y en un rapto de fantasía, las compré. Yo ya me veía casado ―con Xiomara, por supuesto―, rodeado al principio de hijos y luego de nietecitos, sentado en una hamaca en el porche y viendo discurrir el tiempo. Todos somos muy dados a fantasear, a hacer planes, a configurar el futuro, eso que, aunque pocos lo saben y la mayoría ni lo imaginamos, es imposible de llevar a cabo… Sí, yo también atravesé por ese lance, el lance del patriarca, pero sólo fue una alucinación momentánea.

ENTREGA 76

    Ton, el negro, que así le llamé yo desde entonces, apareció precisamente cuando llegamos a su aeropuerto, otro lugar que no figuraba e...