lunes, 12 de enero de 2026

ENTREGA 77

  

El lugar en donde conseguí aquellas tierras era, en verdad, paradisíaco. Estaba en una gran extensión ribereña, en el límite de unas larguísimas playas. Al final, uno o dos kilómetros más allá, había una península rocosa que cerraba la entrada de una bahía baja y llena de arenales, la Baia do Barro, y en donde la abundancia de moluscos, y no digamos ya su exquisitez, era extrema. Aquella península, que estaba cubierta por una tupida selva, era recorrida por varios caminos que llevaban hasta una punta encaramada sobre unos acantilados que se adentraban en el mar. Allí había varios lugares con una maravillosa vista sobre el océano y una isla cercana a la costa, la isla de Oruom, coronada por un faro antiguo y medio ruinoso, un faro que databa de los tiempos de los antiguos mercaderes de esclavos, doscientos o trescientos años antes, según me contó Ton, aunque por las noches aún emitiese una amarillenta luz. A lo lejos, hacia el norte, se divisaba el otro extremo de la bahía, una costa lejana con otro faro al que llamaban Dail.

Santa Maria, el único lugar habitado de las cercanías, que se asentaba en el fondo de la bahía que he citado, no era aún una ciudad pero iba a serlo con el tiempo. Por aquel entonces, pese a que tenía aeródromo y una cierta predisposición hacia el turismo, consistía en una polvorienta aglomeración de barracas agrupadas en torno a un barrio de casas que alguna vez, muchos años antes, incluso siglos, levantaron los europeos, por lo que su aspecto cabría ser descrito como colonial. Las barracas, a veces, estaban hechas de materiales más o menos duraderos, como el ladrillo, pero las más estaban construidas con hojalata, madera, incluso cartones y materiales de derribo, sobre todo en las afueras, en el extrarradio. En las playas que miraban hacia el oeste, hacia el mar abierto, unos cuantos hoteles de varias plantas ―uno de los cuales era aquel en el que habíamos vivido cuando llegamos― se alineaban junto a una sucesión de casillas de madera pintadas de colores vivos y que se llenaban de extranjeros durante la estación alta, esto es, los meses del invierno en el hemisferio boreal; durante el resto del año permanecían vacías. El extremo de aquel barrio lo señalaba la arenosa desembocadura de un ancho río, en donde se instalaba un antiguo balneario de tablas blancas y verdes que aprovechaba las salobres aguas, y las abundantes algas, para ciertas prácticas medicinales, lugar que había sido promovido por unos alemanes que profesaban el teosofismo.

En aquel terreno que conseguí, nosotros, que habíamos ido sólo de vacaciones, nos dimos a construir una casa que dibujamos entre los dos, tarea que en seguida se reveló tan complicada que tuvimos que llamar a Javi. Fue él quien nos convenció de que lo hiciéramos con los mejores materiales que encontráramos.

―El continente africano no se creó para albergar imitaciones de ninguna clase, y mucho menos de casas europeas.

Yo no estaba de acuerdo.

―¿Tú crees…? ¿Para qué? No tengo ni idea de lo que va a durar esto, y sólo se trata de construir algo pasajero ―pero Javi se empeñó, y se empeñó tanto que me convenció.

―¿A ti que más te da cuánto vayas a estar? Cuando te vayas la vendes y arreglado. Una buena casa se vende mucho mejor que una caseta de obra.

Yo me reía.

―¿A quién quieres que se la venda? Por aquí nadie tiene dinero, esto es el fin del mundo ―pero Javi era optimista.

―Bueno, ya dejará de serlo, ya veremos en qué acaba el asunto. Además, si haces una casa en condiciones voy a ayudarte. ¿Se puede montar en canoa?

―¿En canoa…? Aquí hay canoas de verdad, de tronco de árbol, y tienes todo el Atlántico delante. Si remas lo suficiente, puedes llegar hasta Brasil ―y un día apareció por nuestra aldea trayéndonos noticias de todos los calibres.

―Aquello sí que es el fin del mundo. Europa se ha convertido en el reino de los parásitos, sí, en el dominio de la arbitrariedad; menos mal que no hay mal que cien años dure y a esto ya le queda poco. Lo último que se compra y vende son bombas de hidrógeno caducadas, así que ni se os ocurra volver, y yo no quiero hablar de ello, sobre todo ahora, que he conseguido liberarme por una temporada. A ver, ¿dónde está ese océano?

Javi se aplicó, se lo tomó como una cuestión personal y echó el resto. Dibujó a mano alzada un bosquejo sin fin provisto de toda clase de detalles, un proyecto que parecía inabarcable. La estructura era de madera, sí, pero no de una madera cualquiera sino de las mejores que se podían encontrar en la zona. La bilinga y el azobé, el mangle y el umgussi y el podocarpo pasaron a constituir el armazón. El tejado fue de planchas de cobre, a las que regó de estiércol para que cogieran cuanto antes un color bonito ―un color que tiraba a verdoso―, y en el suelo pensaba poner un parqué desmontable de cancha de baloncesto, que según él era un suelo eterno, pero al fin, tras mucho dudar entre el framiré y la afrormosia, se decidió por esta última.

―Los suelos, los famosos suelos de afrormosia, deben ser untados con zumo de naranja todas las semanas. Es lo que hacen en el Caribe con la caoba y supongo que será igual, y ya veréis cómo huele. Además, aquí no hay problema: hay mucha mano de obra.

Como éramos jóvenes, y todo aquello para nosotros era nuevo, nos dio la locura y la armamos, y el resultado final fue fantástico y la casa duró muchísimos años, muchísimos más que los que yo hubiera podido imaginar cuando comenzamos.

ENTREGA 77

    El lugar en donde conseguí aquellas tierras era, en verdad, paradisíaco. Estaba en una gran extensión ribereña, en el límite de unas l...