En aquella época, y en aquella casa, la única que fabriqué con mis manos, movido por impulsos en los que intervinieron muchos factores ―las sobredosis de endorfinas, la presencia de los astros del cielo, la hierba africana, y también, seguramente, los recuerdos de la abuela―, fue donde llevé a cabo mis primeros tanteos musicales. Como la vida era muy pausada, pues no de otra forma puede ser en un lugar en el que hace tal calor, y había tiempo para todo, más en un lugar apartado, me compré un piano ―no un piano de cola, y menos blanco, claro está; sólo era un piano de pared normal― y lo instalé en casa, en la habitación más grande y el lugar más visible. Luego, tras aporrearlo sin resultados durante una temporada, me informé sobre los métodos más rápidos y comencé a estudiar por correspondencia eléctrica y con la ayuda de una de las teósofas del balneario de las algas que había al otro extremo de nuestra gran playa, una alemana muy mayor que me introdujo en los intríngulis de aquel instrumento tan familiar para mí. ¡Ay, y cómo eché en falta entonces el no haber comenzado cuando era pequeño y la abuela me lo había propuesto!, pero, como todos sabemos, la vida es imprevisible y los sucesos sólo se producen cuando se producen.
A Xiomara le gustó, y durante los primeros tiempos, los primeros meses, estuvo horas y horas conmigo dando terribles conciertos a cuatro manos que solían acabar a las tantas y, lógicamente, en la cama. Xiomara, además, cantaba bien, tenía buena voz, sentido del ritmo y de la orientación ―es decir, que no se perdía―, y sabía muchas canciones, aunque casi todas modernas. Yo le enseñé algunas antiguas, como aquella de guarda che luna, guarda che mare…, canción a la que había cambiado un poco la letra y entonces decía, mira qué culo, mira qué piernas…, y ella se moría de risa; se debía de sentir muy identificada, o muy deseada, que es algo que a las mujeres les gusta sobre casi todo lo demás.
Lo curioso de aquellas primeras aventuras musicales fue que, a la larga, quien más interés tomó por ello fue Ton. Pasaba las horas muertas contemplándome, canturreando y haciendo acompañamientos de tambor ―con lo aburrido que es oír tocar mal―, mientras yo le decía,
―Pero si tú no eres músico ni europeo, ¿por qué te gusta esto? ―y él me contestaba,
―Eduguá, ¡tocas unas cosas más raras…! ¡Pareces un músico de los mil países! ―y se reía como se ríen los negros, esto es, abriendo la boca a lo bestia y destapando la siguiente cerveza.
Yo nunca he visto a nadie beber más cerveza que a Ton, a mí siempre me tumbaba, bebía más que yo, y eso que me sacaba varios años, pero como era el encargado de traerlas de la tienda, y las traía por docenas de cajas, nunca hubo ningún problema. Él, muy hábilmente, me decía, en esto de las cervezas hay que ser como los obispos, cada uno debe conocer muy bien su diócesis, porque Ton, aunque se expresaba en un castellano macarrónico, conocía infinidad de chistes, bromas, remoquetes y retruécanos en varios idiomas ―que debe de ser lo único que se aprende en países extranjeros―, e incluso ripios, y no tan ripios, como el que, con voz de trueno, mirando al cielo y moviendo las manos como si modelara el aire, declamaba parafraseando lo que decía aquel otro, sí, aquel que decía,
¡la múuusica…!,
mujer desnuda
corriendo loca
por la noche pura…
(Esto, en realidad, lo decía Ricardo Bellés por mediación de las ondas hertzianas, y lo dijo durante muchísimos años. Algunos de ustedes no saben quién es, pero eso no importa; lo único que decía era la verdad.)