Lo del budismo zen, lo de sentarse a meditar, es un poco como lo que estaba contando. Estar sentado es buena postura para tocarse la cabeza, para intentar esclarecer cómo es la vida. A veces se ve todo rojo y a veces se ve todo verde. Cuando se ve verde es que tienes vía libre, el mundo es tuyo, no hay problema, y cuando se ve rojo, lo que a lo mejor sucede es que te has estrellado contra una pared o cualquier otro obstáculo. A lo mejor lo que ocurre es que estás en el suelo sentado con las piernas cruzadas y sin poderte levantar, ningún músculo te responde, los de los brazos mucho menos; no oyes; la sangre te chorrea por la cara, pero como de momento no sabes quién eres, no suele haber conflictos de ningún tipo, ni siquiera mentales, y puedes hasta escuchar las voces del cielo. ¿Puedes hacer eso? Pues sí, o por lo menos oyes cánticos celestiales. ¿Era Sandi la que cantaba? Pudiera ser, porque lo primero que vi, y esta vez no era ya rojo sino que tenía estrellitas en la frente, fue a Sandi que me miraba. Luego también vi a Pedro y escuché su voz de trueno, y luego a Claudia, que estaba sonriendo forzadamente… Lo que ocurrió fue que Pedro se marchó en seguida, porque como siempre está tan ocupado no estuvo mucho rato, pero las mujeres se quedaron a hacerme compañía y me explicaron algunas cosas.
Cuando me la di con Paco Calambres, cuando nos encontramos en lo alto de aquella cuesta de la sierra de Albarracín, cuando coincidimos en el espacio y el tiempo, puesto que ambos supuestos tienen que darse simultáneamente ―si no, no sucede nada―, estuvimos un rato allí tirados. Yo me desperté antes, pero aquello tampoco sirvió de mucho porque lo veía todo rojo y escuchaba los citados cánticos celestiales. Luego él se despertó, y aunque no estaba muy bien ―tenía un hombro roto y la cara llena de sangre― se dirigió a mí y dijo, ¿estás bien?, ¿te puedes levantar? Como yo sólo le miraba, y no contestaba, me preguntó, ¿tienes teléfono?, pero yo no tenía, hacía muchísimo que no lo llevaba, él tampoco, y todo esto sucedió en mitad de una sierra que no debía de venir ni en los mapas. A lo mejor estoy confundido y no era la sierra de Albarracín, a lo mejor eran los Montes Universales.
Hay que reconocer que Paco Calambres estaba cachas. Con un hombro roto se las ingenió para levantarme del suelo, y eso que yo pesaba ciento veinte kilos. Me puso en pie y me dijo, haz un esfuerzo, tenemos que ir a que nos curen, por aquí no hay nadie, bueno, si tú no puedes, ya iré yo y traeré a alguien, y no sé cómo pero lo hice, aunque por el camino aún me caí varias veces, y al final de la mañana, después de caminar muchísimo, llegamos a una carretera; no era una carretera buena, era de segunda fila, pero pasaban coches, por lo menos algunos. Yo, cuando vi la carretera, pensé que estábamos salvados y me senté en el borde a esperar. Paco Calambres se puso allí de pie a hacer gestos a los pocos coches que circulaban, sólo alguno de vez en cuando, pero no paró nadie, aunque resulte raro. Las personas nunca pensamos en el sufrimiento ajeno, no lo sentimos; pensamos que se va a manchar la tapicería del coche, por ejemplo. Eso a algunos no nos importa, pero a la mayoría sí y tampoco vamos a pensar todos igual. También pensamos en que tenemos prisa o el coche lleno y ya no cabe nadie más, pensamos muchas cosas, así que al cabo de un rato me dijo, aquí cerca hay una gasolinera, a ver si podemos llegar hasta ella, y me volvió a levantar, yo esta vez ya casi pude hacerlo, de forma que, agarrados y apoyándonos el uno en el otro, anduvimos unos cuantos kilómetros hasta que llegamos a la gasolinera. Durante el trayecto pasaron más coches pero tampoco se detuvo nadie, ni siquiera para preguntar, y eso que yo iba disfrazado de motorista y cayéndome y Paco Calambres hizo toda clase de gestos con el brazo que le quedaba sano; alguno frenó un poco, sí, pero luego aceleró. La verdad es que no teníamos un aspecto muy presentable, pero así y todo. Si hubiera pasado algún motorista seguramente se habría detenido porque los de las motos suelen ser más corporativos, pero no pasó ninguno, y yo todo esto lo vi entre nubes de color púrpura, y si no juraba en hebreo era porque ni fuerzas para ello debía de tener.
Luego ya fue todo más fluido porque en las gasolineras no suele haber tapicerías. Al cabo de un buen rato aparecieron las ambulancias y los guardias y a nosotros nos trasladaron al hospital de la comarca, en donde acabó aquella aventura. También debería añadir que, después de lo sucedido, a ninguno nos sucedió nada. A mí me descubrieron el bisonte, pero eso no tuvo nada que ver con lo de los Montes Universales, porque cuando llegué al hospital ya lo tenía dentro.
Nuestra prima Beatriz salió la más puta de toda la familia. Esto de tener tan cerca lo que no te imaginas es una cosa que llama la atención. Además, ella no se corta, y en eso hace bien. Una vez le oí decir,
―A la mitad no les cobro, ya tengo yo suficiente dinero, ¿para qué les iba a cobrar? Así puedo elegir al que me dé la gana, aunque algunos días prefiero a los que no me gustan nada, a los más asquerosos. Cuando uno de esos te pone la mano encima tienes sensaciones que no se pueden explicar. Deberíais hacer la prueba alguna vez.
Beatriz respiró y nos contó algunos de sus artificios.
―Te disfrazas de monja, y cuando llega el maromo, vamos, quiero decir el chorvo ―en la literatura clásica se le conoce como cabrito―, te haces un rato la estrecha y luego te desnudas delante de él. Cuanta más ropa lleves encima, mejor; así dura más el numerito. Al final te tienes que quedar en tanga, porque si te lo quitas todo es contraproducente. Luego, si quieres, lo puedes apalear; la mayoría se deja.
Beatriz siempre tuvo una imaginación desbordada, y todo esto lo dijo en una cena que organizó en una gran mesa redonda y a la que asistimos unos cuantos, y cuantas. Varias amigas suyas, Ana ―que es su hermana, como recordarán―, Alison, el guarro y yo mismo. Las mujeres se rieron muchísimo, estuvieron toda la cena y la sobremesa riéndose, jaleándola y tirándole de la lengua, pero el guarro y yo nos escandalizamos no poco y pusimos toda clase de caras. Se ve que eso de ser mujer es una cosa bastante especial.