lunes, 9 de febrero de 2026

ENTREGA 85

 

Nunca segundas partes fueron buenas y aquello estuvo fracasado desde el comienzo. Yo no lo sabía pero podía haberlo supuesto, tampoco es tan difícil, aunque nadie nace sabiendo y yo jamás había intentado semejante experiencia, algo tan largo. Uno se apega a los pensamientos amables, a los recuerdos de los buenos tiempos, y no quiere darse cuenta de lo áspero y erizado del terreno que pisa, de la multitud de espinas que suelen rodear a las rosas…

―¿Aquí pega eso?

―Bueno, aquí pega cualquier estupidez que se te ocurra. Todos sabemos que las penas de amor son las que peor se llevan, los asuntos con los que más lata damos al prójimo.

―Sí, la verdad es que nunca queremos pensar en lo solos que estamos…

―¡Y dale!

En nuestro segundo viaje a África, que empezó bien, ¡cómo iba a empezar después de dos meses sin vernos!, fue cuando, con el tiempo, comencé a notar que si no fumaba antes de la maravillosa hierba africana, no me apetecía fornicar… Bueno, seamos correctos. Lo que no me apetecía no era lo de cohabitar, ayuntarse, negocio muy fácil de llevar a cabo, cosa de un minuto, o menos; cumplir con los ritos encaminados a la reproducción es lo más fácil del mundo, y lo normal es que te apetezca hacerlo. Yo me refería más bien a hacer el amor, que es algo radicalmente distinto.

La construcción mental que se precisa mantener en equilibrio para hacer el amor es muy compleja, y como todas las cosas complejas, muy endeble. Una leve brisa es capaz de echarlo todo a rodar, no digamos ya si lo que sucede es un seísmo, y además está el asunto de la rutina. Lo de hacerlo siempre con la misma, y más a determinadas edades, tiene fecha de caducidad. En los libros de medicina se dice que en una pareja el deseo sólo dura los cuatro primeros años, tras lo que hay que idear nuevos procederes, y a mí este plazo siempre me pareció excesivo. Claro, que la rutina se puede combatir utilizando la imaginación y los diversos alcaloides que la Tierra pone a nuestro alcance. De todo ello, asimismo, te pueden distraer otros factores: los sueños, por ejemplo…

―¿Podría decir que alguien sueña conmigo…? Tú, desde luego, no eres, y eso que te tengo muy cerca. Debe de ser alguien lejano. Es alguien oscuro, oscuro y grande; aparece alguien que habla. Quién es, no se sabe, y lo que dice no se entiende, y sucede en el fondo del mar.

―¿Es una montaña submarina?

―Bueno, podría ser.

―¿Por qué podría ser?

―No sé. Es un bulto que se arrastra por el fondo, como un baúl. El fondo es siempre marrón, marrón oscuro, y hay objetos filamentosos parecidos a algas, racimos de algas que surgen de la parte de atrás.

―¿Y el baúl se arrastra por allí?

―Sí, por el fondo; y habla, aunque no se le entienda.

Todo esto me ha empezado a suceder esta primavera y algo me dice que me pregunte por su significado; sin embargo, me da pereza. La primavera pasada ocurrieron fenómenos parecidos, aunque no les di mucha importancia; cosas raras que suceden a veces, pensé.

En el sueño de los bombones, que ya narré, resultaba que no eran unas señoras de uniforme negro quienes manejaban con toda soltura y delicadeza las pinzas con que se sirven tales golosinas. Al principio era una nube de tormenta, pero en noches sucesivas el sujeto degeneró y era el reflejo de una montaña en un espejo el que hacía las veces. La nube y el reflejo en el espejo eran negros, y los dos se arrastraban y movían sobre el terreno sinuosamente. Además, los bombones no eran negros como otras veces, oscuros, no, sino blancos y rojos, y también los había de un bonito color salmón brillante; por fuera eran como gelatinosos.

―Eso parecen huevas de pez.

―Pues sí, ahora que lo dices… Caviar blanco y rojo. ¡Caviar de gigantes…!

Y también se puede soñar despierto. Este es un artificio del cerebro que te lleva por lugares inaccesibles, regiones que pertenecen al pasajero reino de las muy deseadas, aunque inabordables, fantasías que todos tenemos en la cabeza. Al principio te asusta un poco adentrarte en tan confuso territorio, es verdad, pero sólo al principio, porque una vez que descubres su verdadera magnitud, no hay quien te frene.

―Apaga la luz. ¿Tú eres Xiomara? No, tú eres mi prima Ana, mi prima Anita, porque la verdad es que las dos tenéis un culo como Dios manda. Oye, ponte boca abajo… Bueno, tú no eres tú. ¿Quién eres, en realidad? Tengo muchas posibilidades… ¡Narciso, vete a la mierda!, ¡echa a este mono de aquí!

Caviar blanco y rojo, ¿dónde he leído yo eso…?, y hablando de todo un poco, ¿qué me dices de las putas de este verano?, o mejor dicho, de la puta. Sí, sería puta, pero estaba como para comérsela; seguro que estaba montada en el dólar. Puta joven, cara, y no paraba. La chavala era como una bomba, estaba más buena que Xiomara… Bueno, eso es difícil: estaba tan buena como Xiomara. Alta, con tacones y un vestido rojo de tirantes… Una chavala con un vestido rojo, a fuerza de verlo en el cine, ha llegado a ser un lugar común. Aquella tarde nos miraron mucho, y a nosotros nos invitó a champagne.

―¿Me acompañáis al bar? Me ha entrado sed. Además, ¡para una vez que aparecen dos que se les puede mirar a la cara!

―Bueno, pero yo prefiero cerveza.

―Mejor, más barato.

―¿Sabes que yo tengo una prima que es de tu cofradía?

―¿Ah, sí? ¿Cómo se llama?

―Pues se llama Beatriz, pero no creo que la conozcas, no para por aquí; es más de la gran urbe.

Luego, con el tiempo y la práctica, coges onda y puedes imaginarte lo que quieras, no tienes problema. Esta es tal, esta es cual…, etc. Si te callas, no sucede nada; ahora, como se lo digas, aunque sea por hacer la gracia…

―¿Tú eres imbécil…? ¿Por qué no piensas en el Papa, o en tu madre…?

Aquella fue una de las primeras veces en que yo me di cuenta de que a las mujeres no les gusta nada que pienses en otras mujeres, y menos cuando estás en la cama con ellas, y muchísimo menos que se lo digas.

Como se imponía concebir cosas diferentes, nos dio por ir a bares nocturnos. Al principio me porté bien y la acompañaba, pero a Xiomara le gustaban los bares de crápulas, los de tipos viejos con bastón y bien vestidos, que allí también había, la mayoría extranjeros, aunque algunos aborígenes. Los había blancos y negros. Los crápulas negros llevan barbita, barbita blanca o medio blanca, que es raro, porque los negros casi nunca se dejan barba, y bastón. Los crápulas blancos, en cambio, lo que llevan es chaleco; a veces hasta chaleco de flores, como Wild Bill Hickock. En nuestra aglomeración semiurbana no había mucho en donde elegir, por lo que aquellos lugares no eran lo más divertido del mundo, ¡bares de crápulas y momias!, y al final les adjudiqué un nuevo nombre: la Gran Pirámide.

Yo, ya digo, al principio la acompañaba, pero luego me aburrí de ver todos los días las mismas caras, ¡y qué caras!, y me quedaba en casa tocando y tocando hasta las tantas. Tocaba música antigua y tocaba música moderna; tocaba todas las noches lo mismo, pero es que es la única forma de aprender. Los doce por ocho rocanroleros, con todas esas sextas y cruces de manos, son lo más divertido de tocar del mundo; lo malo es que son muy difíciles y comprometidos. Cuando un día se lo oí a la teósofa, que sería teósofa, pero en cuestiones de estructura musical sabía latín, me quedé deslumbrado.

―Oye, ¿cómo has hecho eso?

―Pues así, mira, si es muy fácil. Ya verás, tócalo despacio.

(Lo de que es muy fácil lo dicen todos los que saben tocar.)

A mí me costó muchísimo aprenderlo, aunque al final lo conseguí y se lo soltaba a cualquiera que apareciese. Unas veces salía más limpio que otras, dependiendo de la cantidad de líquido que hubiera ingerido, pero esto es ley de vida. Sonaba como lo que tocaban los de mediados del siglo pasado, y además allí a nadie le extrañaba porque el rock and roll es pura música negra, aunque en su momento la explotaran los blancos.

Aquella fue la época de mi vida en que más música aprendí. Me refugié en el piano y Xiomara se enfadaba y ya no escuchaba nunca los conciertos nocturnos; ni siquiera aparecía por allí para cantar aquello tan antiguo de, mira qué culo…, etc., que es lo propio de los tiempos finales. En vez de eso se iba por las noches de parranda e incluso ligaba con alguno. Los tíos caían como moscas ―quiero decir, caemos como moscas―, pero es que, como dije, tenían que haber visto a la niña de cerca.

ENTREGA 85

  Nunca segundas partes fueron buenas y aquello estuvo fracasado desde el comienzo. Yo no lo sabía pero podía haberlo supuesto, tampoco es...