jueves, 12 de febrero de 2026

ENTREGA 86

 

Una noche en que estábamos cabreados, y Xiomara era de armas tomar, todo un carácter, trajo a casa a un francés alto, me imagino que para incordiar, porque ella sabía que a mí los franceses siempre me parecieron un poco cursis. Como el pobre gabacho vio lo que sucedía en cuanto entró por la puerta, me sentí obligado a sacar unas cervezas y darle conversación. Al tipo se le cortó todo el rollo. Él pensaba seguramente que había ligado, de forma que se le quedó enorme cara de funeral y tuve que acabar consolándolo, porque lo del piano no le interesó nada, y eso que le dije,

―¿No sabes lo del nocturno ese de Chopin? Sí, hombre, si es muy conocido… Yo lo toco muy mal, pero ya verás…

Imagínate que vas a ligar y te llevan a una casa en donde hay un negro y un blanco, el negro con cara de pocos amigos y bostezando, los dos tocando, el tambor y el piano, y haciendo un ruido infernal. ¿Qué piensas? Bueno, lo que piensas lo sabe todo el mundo, esta tía es gilipollas, aunque te den cerveza.

―No entiendo para qué haces esas cosas ―le dije al día siguiente, y ella me contestó,

―¡Ay!, déjame en paz. ¿Tú nunca te has emborrachado?

Al final, de allí a unos meses, el asunto se disoció. En los últimos tiempos no vino a dormir demasiado, se veía que tenía otros sitios en donde hacerlo, y por mi parte tengo que reconocer que, tal y como en ocasiones me había sucedido antaño, no sabía si salir por la puerta o la ventana. El hartazgo era mayúsculo, y aunque nos quedaban las instrucciones del cerebelo, que nunca se apagan, nunca decaen, una vez satisfechas llegaban los momentos de la más pura y mutua indiferencia.

―¿Hacemos unas patatas con besamel?

―¿Otra vez?

―Bueno, lo decía por decir algo. No sé, tengo hambre…

―Haz lo que quieras, yo me voy a dar una vuelta con Lara. No te importa, ¿verdad?

He dicho indiferencia pero me he confundido. Debería haber dicho aburrimiento, o desgana, o saciedad, o incluso repelús e instintos criminales. Cualquiera de estos términos, y muchos otros, servirían para describir lo que allí sucedió.

Una: las chavalas, cuando se van a dormir, te ponen la mano en salva sea la parte, te la agarran, lo que debe de obedecer a que no quieren que se les escape; eso lo he visto yo ―o notado― cantidad de veces. Los hombres, por el contrario y en la misma situación, lo que hacemos es juntar nuestros pies con los suyos, y tampoco sé por qué; debe de ser una reminiscencia de cuando el claustro materno. Otra: las mujeres que se lavan después del acto ―como quien dice, aunque quizá sea una forma demasiado retórica de decirlo― con uno de esos sprays desinfectantes que existen al efecto, dicen que es como si te metes un cohete por el culo. Esto no sé si es muy exacto porque yo nunca podré tener semejante experiencia, pero teniendo en cuenta que el spray tiene un tubito que se introduce más o menos profundamente, a lo mejor resulta que sí, que está bien descrito; la cara que ponen, de todas formas, sí da indicios de algo por el estilo.

Incluso en las épocas menos favorables para la expansión y enriquecimiento del espíritu se aprende algo. Yo aprendí cosas como aquellas con la única mujer que tuve en mi primera vida, Xiomara, la chavala de los pies helados.

Cuando, al fin, tras todas las vueltas y revueltas que describo, me fui definitivamente, transcurría la estación más florida de todas las estaciones floridas africanas, y hay muchas, de manera que, para evitar cualquier extravío o mal pensamiento, lo hice sin decir una palabra a nadie; sólo a Ton. Una mañana en la que ella no estaba, estaba en la playa tomando el sol, recogí a todo correr unas cuantas cosas ―porque mi salida de la Baia do Barro fue como si me escapara―, llamé a Ton y le dije,

―Me voy, no digas nada a nadie. Te quedas de encargado. Cuida a Xiomara, aunque no creo que venga mucho por aquí, y la casa, ahora, es como si fuera tuya. De paso, tenme informado de cómo va todo. Yo volveré en cuanto pueda, en cuanto se despeje el panorama.

Ton no añadió nada. Me estuvo mirando durante un buen rato de una forma extraña y supongo que se le ocurrieron muchas cosas, pero no abrió la boca. Me llevó en coche al aeropuerto ―que se había renovado por completo desde aquel día, ya lejano, en que aterrizamos por primera vez―, nos tomamos unas cuantas cervezas durante la espera, nos despedimos en una decena de idiomas, y por último se dedicó a agitar un pañuelo desde la terraza que cubría el edificio. Fue lo último que vi desde la ventanilla.

ENTREGA 86

  Una noche en que estábamos cabreados, y Xiomara era de armas tomar, todo un carácter, trajo a casa a un francés alto, me imagino que par...