lunes, 5 de enero de 2026

ENTREGA 75

 

Una tarde cualquiera, es decir, una tarde en que nada hacía presagiar lo que iba a suceder, recibí una de sus llamadas. Fue de repente y sin previo aviso, que es el modo en que tienen que darse estos acontecimientos. Sonó el teléfono, y ella, como por arte de magia, apareció al otro lado del hilo haciendo súbitas e irresistibles proposiciones.

―Oye ―me dijo todo seguido―, me voy al norte de otro continente. ¿Te vienes conmigo? ―imagínense quienes me escuchan.

Con lo que a mí me costaba abrir la boca resultaba que la Virgen se me aparecía en carne mortal, y yo, que era de reflejos rápidos, no lo pensé ni un momento. Como lo de que se te aparezca la Virgen sólo sucede muy de tarde en tarde, atropelladamente dije que sí, que bueno, que por supuesto, que íbamos a donde ella quisiera… Es decir, que me hizo la conocida maniobra de la que tanto se ha hablado, pero ya se sabe que, en general, son las mujeres las que disponen, aunque yo me lo tomara como un milagro. Yo nunca había creído en milagros, pero desde entonces, desde aquel mismo momento, empecé a creer en ellos. Alguna vez sucede lo que uno, ardientemente, está deseando que suceda, y casi siempre lo hace sin avisar.

Nos fuimos a un sitio rarísimo, nada de lugares comunes ni destinos turísticos. Nos fuimos a las montañas del Rif, a una ciudad vieja y destartalada que no recuerdo cómo se llama y en donde no había extranjeros, y nos fuimos en autobús, un autobús en el que viajaban gallinas y cabras y personas vestidas con túnicas que se cogían de la mano para fumar la pipa de la paz, y cuyo más típico plato ―el del autobús― eran sardinas de lata regadas con salsa de tomate. Como allí nunca se sabía cuánto iban a durar los viajes, en los autobuses se hacía la vida diaria; se comía, se tomaba el té, se merendaba e, incluso, a ratos, se dormía. Nosotros no pudimos hacer tanto porque el viaje sólo duró una tarde.

En aquella ciudad, que se había quedado detenida en los tiempos antiguos y no pasaba de desvencijado poblachón regado de flores, fuimos adoptados por Hassán, un moro mayor que hablaba castellano con suma pulcritud y era propietario de una empresa de transportes, dueño asimismo del lugar en que nos aposentamos, el hostal Marco Polo. Nos colocó en la mejor habitación, con un balcón que hacía chaflán y daba al zoco, y nos aprovisionó de inmediato del más excelente material que en sitio tan elegido se puede conseguir, kiffi de verdad. Lo olí, y aquello sí que no olía a mierda de burro, como alguna vez dije, a estiércol de caballería, no; aquello olía a fragancias de las vecinas montañas, a las mil y una noches, a cueva profunda y a verdín…, y por la ventana, mientras tanto, por el balcón, cuya cortina de listas rojas ondeaba con el constante viento, se colaban los aromas propios de los mercados en los que la trituradora aún no había hecho acto de presencia. Todo olía a pieles curtidas, a tierra mojada, a serrín, a hierbas y a las más diversas especias. Luego salías a la calle y entrabas de lleno en aquella sinfonía de sensaciones que sólo unos kilómetros al norte se desconocía. El perfumado té moro, el zoco, el cus cus, los mercados y las casas de adobe pintadas de los colores del almagre, los eternos olores a cuero y hierbas desconocidas y hasta un edificio multicolor, por los desconchados de su fachada, en donde se podía leer, Correos… Correos, Correos Españoles, palabras ya desvaídas y que databan de mucho tiempo atrás, de la época del protectorado.

―Mira. ¿Qué pone ahí?

―¿Dónde?

―Ahí, en ese edificio viejo.

―Cooo… rre… os. ¿Qué es eso?

―Pues, hija, bien claro lo pone. Correos, españoles; te lo dice a ti.

―Ja ja, ¡qué gracioso! ¿No será a ti?

―Bueno, a mí también, claro, pero a ti más, ja ja.

Xiomara ponía una de sus caras, y luego me cogía de la mano e intentaba darme. Yo no me dejaba, y al final acabábamos los dos persiguiéndonos por las calles llenas de gente…

Pasamos la primera semana con arrebatos de todo tipo, no paramos, y eso que casi nunca estábamos en el hotel, pero todo influyó, el calor, la bañera de la habitación, la máquina de fotos…, y bueno, que de esta materia no voy a añadir nada más porque lo que se hace en estos casos es lo de menos. Todos hacemos lo mismo, aquello a que nos obliga nuestra madre naturaleza, creced y multiplicaos ―que es una florida manera de decirlo―, y lo que he contado tampoco es de extrañar porque Xiomara lo tenía todo en su sitio, aparte de su pelo rizado y la historia que dije de sus oblicuas miradas. ¡Fíjese qué pensaría yo de aquello…! Con la edad que tenía, se me subía la libido hasta la estratosfera.

Luego, tras varios días de mayúsculo desenfreno, después de aquella primera toma de contacto, aquella semana de enajenación, nos separamos. Ella volvió a sus quehaceres y yo me quedé poco menos que desesperado, porque ya saben ustedes cómo son estas cosas, las separaciones esperpénticas y las tácticas de las mujeres. El alejamiento, sin embargo, no duró casi nada. Yo creo que había salido airoso de la prueba, porque tan sólo dos o tres semanas después me dije, ¿a qué esperas?, ¿vas a dejar que…?, y todo eso que el cerebelo, las instrucciones del tiempo de los lagartos, te obliga a releer…

La juventud es atrevida e ignorante, de esto ya se ha hablado mucho, y escrito hasta la saciedad, pero lo repito por si quedaba alguna duda, y aquí es donde enlazamos con lo anterior, con aquello de la tarjeta que alguien me diera, de la extraña poesía que comenzaba diciendo, Residencial alternativa, a 400 mts. da praia, y toda aquella larga parrafada, y, como dije, cogí el teléfono y me lié a hacer proposiciones de esas que nadie en su juicio hubiera tomado en serio ―menos mal que Xiomara estaba tan loca como yo―, proposiciones que acabaron en un lugar muy al sur ―también en África, porque aquel sitio de la Baia do Barro estaba en el África tropical―, prometiéndonoslas muy felices y sin mirar más que al presente. Cuando puedas no mires más que al presente, es una recomendación gratuita.

jueves, 1 de enero de 2026

ENTREGA 74

  

MUCHÍSIMO AMOR

 Todas las historias pueden empezar con una poesía y acabar con otra, sobre todo si es en una película de amor. A mí me llegaban unas poesías rarísimas, sin medida ni ningún tipo de rima, ni siquiera asonante, poesías modernas y de metro libérrimo que sonaban como una tarjeta de visita.

 

RESIDENCIAL ALTERNATIVA

A 400 metros da praia

Quarto con banho privado incluindo pequeño almoço

HIGIENE E TRANQUILIDADE

Santa Maria, Baia do Barro

 

Decir de esto que es una poesía quizá sea decir mucho porque no lo es, de eso se da cuenta cualquiera. Más bien se le podría llamar información de las páginas amarillas, pero es que hoy en día está todo muy confundido, sí, muy confuso, demasiado confuso, y dado que la poesía anda por los suelos, uno se agarra a lo que puede. Antes la poesía y el amor iban de la mano, pero ahora es preciso apañarse con lo que se encuentre, los folletos que te echan en el casillero o los mentirosos mensajes de la civilización. Además, la gente se muere porque sí, se meten en la bañera y se quedan yertos, fríos, aunque el agua estuviera caliente. Como cuando te mueres no puedes volver a dar el grifo del agua caliente, al final todo está muy frío, y antes de que te descubran se queda todo helado, tú, el agua, la bañera, el cuarto de baño, todo, y los demás nos quedamos aquí pensándolo y mirando.

Pensar, es mejor no pensar mucho, y menos en estas cuestiones, así que yo, en cuanto pude, me escapé al mundo libre. Entre unas cosas y otras todavía no me había enterado, no me había dado tiempo a enterarme, de que hay un mundo libre; bueno, una parte del mundo que es libre. Esa parte está dentro de nuestra cabeza, aunque casi nunca nos damos cuenta. El mundo libre son las playas del intelecto, las palmeras espirituales, las chavalas de la imaginación… El mundo libre no es algo que se venda ni se regale, ni tampoco que se pueda adquirir de cualquier otra manera. Sólo se puede robar, robar al descuido y al paso del tiempo. El paso del tiempo, ya que ustedes quieren saberlo todo, es eso que no podemos detener.

Todo esto es muy confuso, tan confuso como lo de las poesías, tan confuso como las muertes inesperadas. A mí me hicieron falta veintiséis años para darme cuenta de que existía, aunque es posible que otros lo descubran antes y aun otros no se den cuenta nunca.

Cómo me fui al mundo libre sí es algo que se puede contar. Yo, en realidad, no hice nada. Fui arrastrado por las circunstancias, por el incansable girar del universo, por el frenesí de la existencia, y un día en que debía de estar inspirado cayó en mis manos la tarjeta que decía lo que he escrito, esa rara poesía que podría ser de amor, y, claro está, me faltó tiempo para coger el teléfono y llamar a Xiomara… Ahora voy a contar quién era Xiomara.

Xiomara ―aunque hay quien escribe Xihomara― era una chavala que trabajaba de azafata ―siempre estaba de viaje― y me presentó Javi el último año que estuvo en las islas con sus estudios, porque Javi al final se fue, volvió a la madre patria y continuó en otra escuela alejada tres mil kilómetros de la anterior; le costó arrancar, pero al final lo hizo. Allí había estado cuatro años y aprobado varias asignaturas, porque él no contaba por años sino por materias.

―Este año me he quitado tres y el anterior dos; a este paso, en quince o veinte lo ventilo ―así lo dijo y así lo hizo.

Xiomara no era rubia ni tenía los ojos azules, tenía otras cosas. Era rizosa, y los ojos los tenía normales, tirando a marrón, pero exhibía esa peculiar mirada de medio lado propia de las mujeres a las que demasiadas veces han dicho, ¡qué niña más guapa!, ven aquí, rica, toma un caramelito, eso de pequeña, y de mayor otras por el estilo. Yo, con los años, estaba aprendiendo lo que significaba todo aquello, porque no se crea nadie que a los veintiséis se sabe algo, no…

―¿Usted sabe si en África hay percebes?

―Pues no sé. ¿Por qué no los va a haber?

―Hombre, en el polo norte no hay pingüinos, y en el polo sur no hay osos blancos…

A Xiomara me la presentó Javi, eso ya lo he dicho, y debía de ser una de sus habituales medio novias, o proyectos de novia. Yo no sé cómo no había ligado con aquella maravilla, aunque lo más probable es que no le hubiera dejado, si no resulta difícil de entender, y las primeras veces que nos vimos no nos hicimos mucho caso. Nos saludamos, eso sí, nos miramos de soslayo…, y no hubo más, sólo que al tercer día, es decir, a la tercera noche que anduvimos por ahí con Javi y otras personas, acabamos en un sofá de un bar antiguo morreando como dos borrachos y escondiéndonos de los demás. Sin embargo, ni pasó de ahí ni se volvió a hablar de ello. Luego desaparecí de aquellas latitudes y allí quedó el asunto, pero ella debía de haberse quedado con alguna espina clavada porque periódicamente, cada diez o doce meses ―esto es, una vez al año―, me llamaba y me decía,

―¿Qué tal?, ¿nunca vas a venir por aquí? ¡Felices pascuas! ―y yo le contestaba,

―Más fácil lo tienes tú ―y me reía, que hay que ser desagradable, pero bueno, me reía; a lo mejor fue por eso por lo que le dio por mí.

lunes, 29 de diciembre de 2025

ENTREGA 73

 

Una de aquellas noches, la última vez que lo vi, ¡quién me iba a decir que aquella iba a ser la última vez que lo viera!, llegó a casa muy tarde y con los ojos rojos, parecían dos semáforos. Con seguridad que habría estado con Bill, y este le ponía bien, es decir, que le metía en el cuerpo tal cantidad de sustancias que su latente esquizofrenia alcanzaba niveles de hospital, así que entró dando gritos y portazos. Frankie (o Johnnie) venía con la libido desatada, como si de repente se hubiera vuelto loco. Yo estaba en la terraza, leyendo un libro que me había comprado y que a él no le gustaba nada.

―Lo único que te satisface ―me dijo una vez―, negra de mierda ―y eso que yo era muy guapa y alta y aún no había cumplido quince años―, son los idiomas extranjeros ―y apretaba los dientes.

Si hubiera podido me habría estrangulado, pero no podía, por lo menos de una manera cómoda. Frankie (o Johnnie) no era tan fuerte como para poder conmigo, y además tenía pánico a la ley de su nación.

―Este es un país de orden. A los delincuentes aquí sabemos cómo tratarlos, apréndetelo bien. Si me desobedeces, ya sabes dónde vas a acabar.

Desde los tiempos de la isla de los helados las cosas habían cambiado muchísimo, como se puede ver, y eso que sólo habían transcurrido unos meses, pero no voy a regalar a nadie con nuestras conversaciones, sobre todo que eran monólogos, los míos, porque él no decía más que groserías e insensateces.

Aquella noche, la última vez que lo vi, después de un nuevo discurso sobre los valores morales propios de la sociedad occidental, una vez que hubo descargado parte de su rabia en un mar de insultos, se empeñó en repetir la pantomima del parque, ya saben ustedes, él me dejaba allí, daba unas vueltas con el coche y volvía, yo tenía que hacerme la encontradiza y salir huyendo. Lo que sucedía a continuación no constaba en el programa, lo mismo podía haberme atropellado, porque cuando se cargaba mucho se ponía completamente fuera de sí, pero en aquella ocasión no hubo que lamentar ninguna desgracia personal. Dejé que me persiguiera unos cuantos minutos y luego me caí al borde de la carretera, jadeante, como él quería. (Yo no estaba cansada pero había que echarle teatro, y en aquellas ocasiones me acordaba mucho de mis hermanos; la razón no la conozco, pero el caso es que era así.) Luego detuvo el coche, se puso unos guantes negros ―este detalle describe bien al personaje―, se bajó, me cogió por los pelos y me arrastró dentro, me metió a empujones. También le vi la intención de darme una patada, pero se la paré con el tacón del zapato y él soltó un aullido porque se dio en la espinilla; todo esto en un parque nocturno y solitario. A continuación me tumbó en el asiento de atrás y se me tiró encima. No era de los que se molestaban en desvestirte. Te arrancaba la ropa que le estorbara, se te echaba encima, te agarraba por las muñecas y se meneaba como si le hubieran dado cuerda. Luego, acto seguido, a los dos minutos, aunque a veces a los quince segundos, dependiendo de lo descompuesto que estuviera, organizaba un concierto de aullidos que duraba otros quince segundos, sobre poco más o menos, tras lo cual dejaba caer pesadamente la cabeza sobre mi cuello y recuperaba el resuello con enormes aspavientos. Aquel día cumplió. Como debía de estar muy borracho, el tiempo de actuación estuvo entre dos y tres minutos, que era casi un récord, y cuando empezaron los chillidos…, ¡oí golpear con un objeto metálico en la ventanilla! El susto que me llevé fue de los que se tienen pocas veces. Entre el coro de gemidos miré hacia arriba, y fuera del coche vi una gorra de plato; luego, otra…

Los guardias nos sacaron a gritos, apuntándonos con las pistolas y a empellones, a él con los pantalones abajo y a mí con las faldas por la cintura y la entrepierna chorreando. Nos pusieron de espaldas, con las manos sobre el capó y las piernas separadas, y nos cachearon. Eso de que a veces patrullan mujeres policías puede que sea verdad, pero yo allí no vi ninguna. También hay que tener en cuenta que yo no tenía mucho que ocultar, y que aquellos dos gordos medio rubios con gafas oscuras debían de ser racistas porque casi ni me tocaron; seguramente les daba asco. Luego empezaron a hablar por teléfono y a pedirnos papeles y números. Frankie (¿o Johnnie?) sacó los suyos, y yo puse cara de póker y de hacer como que no entendía y me llevé la primera bofetada. A continuación canté todo. Como no tenía allí el pasaporte, que además era falso, dije medio lloriqueando que me llamaba de alguna extraña manera que no recuerdo, que tenía quince años y que aquel era mi novio. ¡Imagínese usted lo que pensarían de nosotros aquellos dos policías de un país en el que el simple hecho de pasear se mira muy sospechosamente!

Cualquiera que haya estado en los USA sabe que gran parte de este pueblo tiene extrañas ―extrañas, bárbaras y rancias― ideas sobre las cuestiones que afectan a la actividad sexual, y yo, que por aquellos entonces era totalmente novata en lo que a semejante clase de asuntos se refiere, acababa de decir lo peor que podía haber dicho, lo peor para él, se entiende, así que supongo que le acusarían de estupro, de violación, de pederastia, de fornicación ilegal o de abuso de poder, los gringos son muy dados a poner nombres a las cosas, allí el que la hace la paga, pero la verdad es que no sé qué le sucedió porque no lo he vuelto a ver.

jueves, 25 de diciembre de 2025

ENTREGA 72

 

 Nosotros no teníamos teléfono en casa, mis hermanos, quiero decir, y en Maracaibo, pero hacía casi dos años que yo me había ido de allí, y a lo mejor… Llamé a una central telefónica de ese país y pregunté por todos los López que había en Maracaibo, lo que no se debe hacer nunca. La chica con la que hablé era muy simpática y me contó que estaban en estado de sitio y que en Maracaibo había muchísimos López, ¿no sabes ninguna calle?, y yo le dije la calle, del número no estaba segura y le dije varios, así que me dio un montón de números a los que estuve llamando toda la mañana sin conseguir nada. De las personas con las que hablé nadie conocía a una chica negra que se llamaba Liria y tenía dos hermanos. Alguien me dijo, sí, espere un momento que voy a preguntar a la vecina, me tuvo allí diez minutos y luego me contó una historia acerca de una señora mayor que yo no sé quién era, y es que decir López tampoco es decir mucho. Mi genial idea, como otras que tuve más adelante, no funcionó.

En aquel plan estuvimos los primeros meses, con frecuentes y sordos altercados, aunque también se dieron ciertos períodos de calma. Algunas veces me llevó a exhibirme ante sus amistades, porque estaba muy orgulloso de su conquista y quería que me viera todo el mundo, pero no decía mi edad, no sé si es que no la sabía o que no se atrevía. Bueno, debía de ser que no la sabía porque yo no recuerdo habérsela dicho, y él tampoco tenía mucha imaginación ni miraba nunca a las rodillas, no se fijaba en esos detalles. A su familia ni me la presentó. Yo alguna vez se lo dije, oye, ¿no te acuerdas de que me ibas a llevar a la casa de tus padres? En la casa de sus padres había piscina, eso decía, y yo sólo las había visto en las películas, en las series americanas de televisión. Yo nunca había visto una piscina en directo, únicamente las de los hoteles de mi país de adopción, pero siempre estaban llenas de gente y no era lo mismo. Lo que yo quería ver era una particular, y bañarme sola, si podía ser, de forma que se lo recordé en un par de ocasiones, pero se excusó con razones de esas que todos sabemos que no significan nada y, la verdad, teniendo en cuenta lo que sucedió luego, al final se me olvidó.

Cuando ya llevaba allí varios meses, yendo casi todos los días a la playa y preguntándome qué iba a ocurrir a continuación, la situación comenzó a degenerar. Primero empezó a salir solo por la noche, a mí no me llevaba, y eso que las discotecas de aquella ciudad me gustaban mucho. Eran buenísimas, con muchísimas luces y unos altavoces que te destrozaban los tímpanos. Yo, en cuanto podía, me pasaba las horas de la noche bailando mientras él hablaba en la barra con la gente; hablaba, bebía, y entre copa y copa se metía todo lo que tuviera a su alcance. Yo algo también, claro, porque era muy joven y los materiales que barajaban en aquel país eran muchísimo mejores que el aguarrás de las discotecas de Maracaibo, pero yo no abusaba en absoluto sino que lo único que hacía era bailar y luego me iba a la cama tan fresca; él sí, y de algunos conocidos suyos no digo nada porque no se debe hablar mal de los ausentes. Bueno, sí, algo sí podría decir. Había uno que me miraba, no mucho pero siempre estaba con bromas, y también le gustaba bailar y hablar español. Era un chico muy simpático, y hasta guapo; lástima que no lo vi muchas veces, aunque para mí era un poco pequeño porque sólo me llegaba por el hombro.

Luego, después de unas semanas de desaires, se le empezaron a ocurrir ideas. ¿Hacemos lo que hacía con mi novia la de Indianápolis? Lo que hacía con su novia la de Indianápolis era la comedia de que no se conocían, se citaban en lo oscuro, en la calle, en el parque, y él hacía como que ligaba con ella, ella también, se hacían los encontradizos, y la primera vez fue hasta divertido. Nos disfrazamos y lo pasamos muy bien, pero luego los acontecimientos se fueron torciendo, y se torcieron tanto que la tercera vez me partió un labio, el de arriba, y me lo partió de un guantazo que no vi venir y no pude parar. Él era sumamente bestia, y cuando andaba con juegos convenía estar prevenida.

Después de aquello, lo primero que se me ocurrió fue largarme, desaparecer, pero no me atreví porque no sabía adónde ir. Podría haberme ido al oeste haciendo auto stop, go west!, que decían los antiguos, pues por lo que pude oír California debía de ser algo parecido a la tierra prometida, pero no me atreví; a los catorce años no se tienen muchos recursos y yo era especialmente torpe. Si hubiera pasado hambre es casi seguro que algo habría hecho, claro, porque ya se dice que con el estómago no se puede discutir, pero como después de todo ―y si salvamos algunas de las aventuras que he narrado― no vivía mal, no hice nada; sólo que me puse a sisar dinero y a guardarlo, guardaba todo lo que podía y llegué a tener suficiente para coger el avión de vuelta a casa… Sin embargo, tampoco lo hice. Lo fui posponiendo, y no es que el lugar me atrajera ni me faltaran ganas de volver a ver a mi familia, pero a veces cuesta arrancar de determinadas situaciones y yo era especialmente acomodaticia, de forma que dejé que transcurriera el tiempo y los sucesos propios de la vida me arrastraran con su eterno girar…

ENTREGA 75

  Una tarde cualquiera, es decir, una tarde en que nada hacía presagiar lo que iba a suceder, recibí una de sus llamadas. Fue de repente y...