lunes, 26 de enero de 2026

ENTREGA 81

  

Yo corrí y corrí hacia lo más profundo del bosque, pero me detuve justo antes de llegar a la linde del claro en donde nos encontrábamos y desde allí vi cómo el demonio se despojaba de casi toda la ropa, comenzaba a lanzar aullidos y luego se subía a un árbol, se subió con una agilidad asombrosa, y ello me extrañó porque a mí me había parecido que estaba gordo y calvo. La sorpresa fue tal que di media vuelta y me interné en la floresta, por donde corrí tanto rato que me encontré al oso Yogui de piedra. No era un monumento, era el oso Yogui fósil. Este, como se sabe, es el guía de los turistas extraviados, y que hubiera devenido en fósil tampoco era de extrañar porque desde que vivió había transcurrido muchísimo tiempo. Estaba allí, recogida entre sus brazos, cuando aparecieron nuevos personajes. Eran el príncipe y la princesa que caminaban cogidos de la mano, y yo les dije,

―¡Eh, chssttt! ―y ellos vinieron dando saltos y se encaramaron en el lugar que ocupaba, en donde estuvimos muchísimo rato abrazados y acariciándonos.

Al del árbol lo rodearon, y como no quería bajar, le obligaron a hacerlo a pedradas, cada uno por un lado. Luego aquellos seres fuera de sí lo amarraron al tronco y, allí mismo, delante de él, se dieron a toda clase de excesos, primero verbales y más tarde de los otros; unos gritaban, y otros…, pues eso. Nosotros tres, sin embargo, en la piedra del oso Yogui estuvimos muchísimo rato abrazados, y cuando volvimos al campamento lo hicimos cogidos de la mano, se ve que habíamos comido las flores justas, aunque después, a los pocos días, la princesa, que se llamaba Claude, se enfadó conmigo porque decía que lo había hecho a propósito, y agarraba al príncipe por la mano para que no se le volviera a desmandar.

El monitor caminaba por aquellos andurriales con ropas talares porque pertenecía a una orden misteriosa, pero el día de la orgía en el bosque se quitó todo y resultó que debajo llevaba pantalones. Lo aún más íntimo no es para describir, pero a mí lo de los pantalones me dejó patidifusa, y su planta, la de las agujetas, la había confundido con la hierba hedionda, la higuera loca o alguna de sus hermanas, contenedora en todo caso de un alcaloide que trastornó a cuantos había llevado de excursión. Imagino que aquello le costaría el puesto ―aunque ya lo había pagado con lo de la lapidación―, y por ello en su congregación le darían una medalla, no sé, pero seguramente de resultas de aquella y otras aventuras, dos semanas después tuve un aborto, y todo por no tomar las debidas precauciones…

¿Qué podría decir ahora en mi descargo, sobre todo acerca de una cuestión que me pareció tan grave? Ni siquiera sabía que estuviera embarazada y aquello fue espontáneo, pero acabé en el hospital, en donde me tuvieron algún tiempo. Como lo pasé tan mal, me dio tanto miedo y a la cabeza me vinieron tal cantidad de contradictorios pensamientos, después ya me preocupé de no traspasar las barreras naturales, pero como ni con mi novio el barquerito ni con el gringo de la gorra había tenido ningún problema, había llegado a creerme totalmente estéril. Al principio tuve unos dolores terribles y los médicos creyeron que se me había inflamado el peritoneo, pero después, cuando descubrieron lo que en realidad sucedía, resultó que el procedimiento era muy sencillo y ni me operaron: me dieron unas pastillas y asunto concluido. Lo de la selva y el vudú hacía mucho que había pasado a la historia, y de la cirugía para qué vamos a hablar; allí usaban métodos mucho más modernos.

Las píldoras no sé si serían buenas o malas, pero me produjeron alucinaciones. Durante los días que duró el proceso no pude dejar de pensar en Liria. ¿Dónde estarás? Ahora sí que me harías falta, pero aquí no puedo decir que te llamen por teléfono porque a lo mejor aprovechan para expulsarme por la puerta de atrás, y fue Lucy quien me echó una mano. Lucy era blanca, pelirroja como Macu la maracucha, y los chicos decían que era guapísima, lo que seguramente era cierto, porque cuando íbamos juntas tenían dificultades para decidirse por alguna, nos miraban a las dos con ansiedad. ¡Qué curioso es esto de las amistades de la juventud! Luego pasa el tiempo y no vuelves a ver a nadie. Macu, Lucy, Liria…, ¡no os he vuelto a ver a ninguna…! De mayor tuve un novio que se llamaba el mayor; a ese lo vi mucho por la pantalla de la televisión, pero ahora no quiero hablar de ello.

Bueno, al final todo se resolvió bien y nunca he vuelto a pensar en aquella época embarazosa. Transcurrió otro año en el que la situación se normalizó y yo empecé a convertirme en una señorita, o a lo mejor fue que me llegó la edad de razonar. Dejé de reírme a todas horas, y todo aquello que nunca antes me había gustado me empezó a atraer. Lo de la risa sí me extrañó un poco. ¡Yo, que me había reído tanto!, y ahora, de repente…, pero no me importó. Al poco tiempo me había adaptado y comencé a interesarme en la oceanografía, mi gran afición desde entonces. Leí todos los libros que cayeron en mis manos, me pasé la mayor parte del nevado invierno leyendo en la biblioteca y allí dejé mi vida anterior. ¿Todo ello fue el resultado del conflictivo proceso que mencioné? Pues a lo mejor. A unas les llega la cordura antes y a otras después, y ya se sabe que los desarreglos endocrinos nos ocasionan a las mujeres efectos particularmente interesantes y sobrenaturales.

En el segundo verano, a los que nos habíamos portado mejor nos llevaron a hacer turismo en autobuses por casi todo el país, aunque a Florida no fuimos, y menos mal, porque no tenía ninguna gana de volver al territorio de los aligatores, de tan ingrato recuerdo. Viajamos hasta la costa oeste y me gustaron mucho las playas del Pacífico. Había unas puestas de sol fantásticas, también mucha hierba, y la gente tenía otro aspecto. Todo el mundo llevaba el pelo largo y se pasaban la mayor parte del tiempo gritando metidos en el agua ―eso también lo hice yo―, aunque lo que más me gustó fueron los rojos desiertos del sur, la tierra de los apaches, el lugar del cactus y la serpiente de cascabel. Como yo nunca había visto un desierto, aquello me impresionó vivamente, y a partir de entonces, en las clases de pintura ―que también teníamos― pinté muchos desiertos, rojizos desiertos, aparte de mis eternos mares con seres verdes cabalgando sobre las olas…

¿Qué más podría decir? Así fueron mis primeros tiempos en el reino de la opulencia. A veces nos llevaban al cine, a cines con el suelo lleno de plásticos y la gente aplaudiendo a rabiar cuando llegaban los buenos, y también a las discotecas al aire libre en los meses cálidos, e incluso salí en la televisión en primer plano con ocasión de un lanzamiento, cuando mandaron una nave a Marte, nave que, por cierto, se perdió en los espacios interplanetarios. Para eso usaban a los expósitos. Me pusieron delante de todo el mundo, y así los telespectadores miraban a lo que había que mirar, por si sucedía un accidente, nunca se sabe, tú, mira que negra más buena…, aunque a lo que más tiempo dediqué en aquella época fue a estudiar. En mi primera graduación, como era muy lista, me dieron un diploma con una orla magnífica y una recomendación para una beca, of course. La negra ―yo― empezó allí a hacer carrera, ya se verá luego.

jueves, 22 de enero de 2026

ENTREGA 80

  

PRIMEROS PASOS EN LOS USA

 Desde los EEUU de América, en donde incluso para los oficios más bajos había emigrantes de sobra, solían devolver a sus países de origen a los que sorprendían en alguna fechoría, pero yo, que algo había aprendido desde que salí de casa, pues hacía ya dos años de aquello, primero me negué a decir al juez de dónde había venido, aunque luego admití que era haitiana, sí, papá Duvalier, el abuelo, ¡macumba, macumba!, usted ya me entiende. Por entonces hablaba el inglés medio de corrido. Al juez le comprendía, desde luego, aunque en tales circunstancias procuré hacerme la tonta y pronunciar fatal, y aquel señor rodeado de secretarios que la mañana en que estuve ante él tendría hasta treinta o cuarenta casos parecidos ―pues sobre su mesa había muchísimos papeles― me envió a un reformatorio. ¿Qué hacemos con esta gente? Si por mí fuera, flagelación, envenenamiento, radiación alfa, horca, pero el gran hermano, ese charlatán que todo lo ve, que todo lo habla…; el gran hermano es la Red, la Red de Redes… Bueno, que se vaya a Mountain Falls, para qué vamos a complicar las cosas; otro, el siguiente. Ya he dicho que yo nací con el santo de cara.

Mountain Falls era una institución, parecida a un correccional, de alguna de esas agencias a que tan aficionados son en lo que era mi nuevo país y en donde aceptaban desamparados procedentes de la emigración. Te miraban los dientes, y si dabas la talla, si te veían suficientemente sana, te hacían unos papeles por una temporada, y si al final de ella habías demostrado tu amor por la nación, te admitían definitivamente. En caso contrario no sé qué harían, supongo que te mandarían a galeras o te dejarían abandonada en la Costa de los Esclavos a merced de las hordas de traficantes de seres humanos.

A mí, como tenía la dentadura perfectamente, me asignaron a un programa que se llamaba de una forma muy sugerente. Se llamaba Renacimiento del Tercer Mundo, y al principio nos daban muchas horas de clases sobre las materias más inmediatas, inglés, derechos humanos y constitucionales, defensa personal, etc., pero nos alimentaban, a mí y a otros quinientos. La comida, aunque si tenías mucha hambre te la podías tragar, era pura manteca de cacahués y otras semillas afines, era casi todo grasa. La sopa rusa que hacía yo en el país de los caimanes era muchísimo mejor, pero es que los gringos no tienen ni idea de lo que es comer, se come infinitamente mejor en la selva. Luego, con los meses, a los que nos vieron cierta predisposición intentaron enseñarnos algo más, matemáticas elementales, física recreativa, el gran Shakespeare, y también los rudimentos de religiones antiguas, aunque esto último ya lo conocía del colegio de las monjas.

En aquel dormitorio comunitario, el que tuve como casa a los quince o dieciséis años, el desgobierno era constante. Algunas, las más revoltosas, se escapaban, desaparecían y no volvíamos a verlas, y su sitio era ocupado por las nuevas, pero la mayor parte nos comportábamos correctamente porque el lugar no era tan desagradable como podría parecer a primera vista. No había violaciones ni duchas frías ni nada de eso que aparece en las películas, aunque buena parte de las chicas, mis condiscípulas, eran un si es no es disolutas y lanzadas, eso sí. Aquello ya no era como lo de Maracaibo y mis amigas, era más en serio, se conoce que las incluseras tienen la sangre caliente, y como todo se pega y yo era de tendencias primitivas, me di a la voluptuosidad, por lo menos durante los primeros meses. Durante la etapa que cuento procuré recuperar el tiempo perdido, sobre todo en un campamento en las montañas al que nos llevaron el primer verano.

Era un lugar muy bonito, un acantonamiento de tiendas de campaña en las cumbres de unas montañas casi nevadas. Durante el día se hacía mucho deporte y se asistía a clases al aire libre, pero por las noches, tras las reuniones alrededor de las hogueras y pese a la vigilancia, nos escapábamos por los bajos de las tiendas y nos íbamos reptando al bosque, yo no sé si lo haría todo el mundo pero yo sí lo hice a veces, y en el bosque cualquiera se puede imaginar lo que sucedía ―aunque ustedes me excusarán si no hablo sobre los novios que tuve en aquellas edades juveniles, pues no tuvieron ningún interés y lo he olvidado por completo―, pero lo mejor sucedió un día en que un monitor que estudiaba botánica, para impresionarnos nos dijo que el gran remedio contra las agujetas…

―Mirad, chicos, esta es una fundamental regla de supervivencia, recordad esta planta. Un cocimiento de sus semillas es mucho mejor que una bebida reconstituyente. Veréis, nos vamos a llevar unas cuantas al campamento y lo hacemos allí…

Las plantas tenían unas flores de bonita forma, muy delicadas, y las fuimos chupando hasta el campamento, aunque algunos no llegaron. Yo notaba que todo se nublaba y así se lo hice saber a mis compañeras. Ellas me dijeron,

―Sí, nos parece que cae la tarde, pero a lo mejor es una ilusión.

Luego, unos quince pasos más adelante, la que llevaba al lado se derrumbó, iba andando y de repente se desplomó. Yo creí que se había muerto, pero resultó que no. Estaba en el suelo retorciéndose de risa y no se podía levantar.

―Seguid vosotros ―nos dijo―, yo ahora voy.

Entonces llegó el guardián de la botánica, que preguntó,

―¿Qué pasa aquí? ―y nosotras lo miramos como si fuera el demonio, porque los cuernos y el rabo ya le estaban saliendo, y como nos dio muchísimo miedo nos dispersamos a toda velocidad.

lunes, 19 de enero de 2026

ENTREGA 79

 

En aquella época, y en aquella casa, la única que fabriqué con mis manos, movido por impulsos en los que intervinieron muchos factores ―las sobredosis de endorfinas, la presencia de los astros del cielo, la hierba africana, y también, seguramente, los recuerdos de la abuela―, fue donde llevé a cabo mis primeros tanteos musicales. Como la vida era muy pausada, pues no de otra forma puede ser en un lugar en el que hace tal calor, y había tiempo para todo, más en un lugar apartado, me compré un piano ―no un piano de cola, y menos blanco, claro está; sólo era un piano de pared normal― y lo instalé en casa, en la habitación más grande y el lugar más visible. Luego, tras aporrearlo sin resultados durante una temporada, me informé sobre los métodos más rápidos y comencé a estudiar por correspondencia eléctrica y con la ayuda de una de las teósofas del balneario de las algas que había al otro extremo de nuestra gran playa, una alemana muy mayor que me introdujo en los intríngulis de aquel instrumento tan familiar para mí. ¡Ay, y cómo eché en falta entonces el no haber comenzado cuando era pequeño y la abuela me lo había propuesto!, pero, como todos sabemos, la vida es imprevisible y los sucesos sólo se producen cuando se producen.

A Xiomara le gustó, y durante los primeros tiempos, los primeros meses, estuvo horas y horas conmigo dando terribles conciertos a cuatro manos que solían acabar a las tantas y, lógicamente, en la cama. Xiomara, además, cantaba bien, tenía buena voz, sentido del ritmo y de la orientación ―es decir, que no se perdía―, y sabía muchas canciones, aunque casi todas modernas. Yo le enseñé algunas antiguas, como aquella de guarda che luna, guarda che mare…, canción a la que había cambiado un poco la letra y entonces decía, mira qué culo, mira qué piernas…, y ella se moría de risa; se debía de sentir muy identificada, o muy deseada, que es algo que a las mujeres les gusta sobre casi todo lo demás.

Lo curioso de aquellas primeras aventuras musicales fue que, a la larga, quien más interés tomó por ello fue Ton. Pasaba las horas muertas contemplándome, canturreando y haciendo acompañamientos de tambor ―con lo aburrido que es oír tocar mal―, mientras yo le decía,

―Pero si tú no eres músico ni europeo, ¿por qué te gusta esto? ―y él me contestaba,

―Eduguá, ¡tocas unas cosas más raras…! ¡Pareces un músico de los mil países! ―y se reía como se ríen los negros, esto es, abriendo la boca a lo bestia y destapando la siguiente cerveza.

Yo nunca he visto a nadie beber más cerveza que a Ton, a mí siempre me tumbaba, bebía más que yo, y eso que me sacaba varios años, pero como era el encargado de traerlas de la tienda, y las traía por docenas de cajas, nunca hubo ningún problema. Él, muy hábilmente, me decía, en esto de las cervezas hay que ser como los obispos, cada uno debe conocer muy bien su diócesis, porque Ton, aunque se expresaba en un castellano macarrónico, conocía infinidad de chistes, bromas, remoquetes y retruécanos en varios idiomas ―que debe de ser lo único que se aprende en países extranjeros―, e incluso ripios, y no tan ripios, como el que, con voz de trueno, mirando al cielo y moviendo las manos como si modelara el aire, declamaba parafraseando lo que decía aquel otro, sí, aquel que decía,

 

¡la múuusica…!,

mujer desnuda

corriendo loca

por la noche pura…

 

(Esto, en realidad, lo decía Ricardo Bellés por mediación de las ondas hertzianas, y lo dijo durante muchísimos años. Algunos de ustedes no saben quién es, pero eso no importa; lo único que decía era la verdad.)

jueves, 15 de enero de 2026

ENTREGA 78

  

De Javi también podría decir que intentó ligar con todas las negras que le salieron al paso, y que con alguna lo consiguió, y que cuando aquella vasta construcción comenzó a tomar cuerpo, se despidió, bien que lo siento, pero la clientela está histérica y tengo que volver para que se calmen, así que una tarde cogió un avión y desapareció. Ni que decir tiene que se refería a su padre y a sus profesores, porque Javi seguía con sus eternos estudios, que aún le duraron una temporada, aunque a juzgar por lo que hizo allí, le debían haber dado el título aquel mismo año.

Nosotros, con sus planos y detalladas instrucciones conseguimos que se levantara aquella construcción de puro barro y madera tropical en tiempo récord, y mientras duró la obra, Ton y yo, cuando sus obligaciones de taxista se lo permitían, pusimos a punto una huerta, una huerta que hacía las delicias de la fauna vernácula. Una huerta asentada en algún terreno no excesivamente adecuado produce mucho con poco esfuerzo, pero si el lugar que ocupa es soleado, soleado sin pausa, y la tierra más o menos virgen, tierra poco cultivada, las cosechas pueden llegar a ser monumentales, y el tamaño de los frutos recogidos titánico, colosal. Las calabazas, los pimientos, los tomates, las cebollas, las matas de cilantro, todo era propio de gigantes y de la mejor calidad. Los tomates y los pimientos, por ende, sabían a tomate y a pimiento, y a mí aquello me llamó mucho la atención, porque, a pesar de mis muchas reticencias, de una manera inconsciente debía de estar entrando por el aro de la comida industrial.

Animales feroces por aquellos pagos no había muchos. La fauna local era prácticamente inexistente, si exceptuamos los pájaros, las serpientes y los monos, seguramente porque los habitantes de aquellos parajes los habían exterminado con el correr de los tiempos, supongo que para comérselos. Xiomara tuvo un mono que se llamaba Narciso, porque pasaba los días mirándose en los espejos.

―¿Qué es lo que más le gusta a los colobos?

El colobo, también llamado colobo de Abisinia, Colobus polykomos o Colobus guereza, es un mono de porte mediano, un cercopitécido originario del África oriental que, por razones oscuras, aunque probablemente de tipo industrial, había sido extendido a ciertos lugares de este continente. Es un auténtico mono en blanco y negro, pues mientras su cuerpo es negro por completo, con un pelo magnífico y que parece seda, alrededor de la cabeza, en la espalda y la cola, exhibe unas larguísimas crines blancas que le prestan un aspecto nada habitual. Es un animal arborícola, de dieta exclusivamente vegetariana ―si hacemos excepción de su afición a los insectos―, ágil, volatinero y saltarín como el que más, y con un carácter independiente, aunque muy amigo, por lo menos a determinadas horas, de las personas.

―Lo que más le gusta a los colobos, aparte de dormir en las copas de los árboles, son los espejos.

―¿Los espejos?

Ton tenía ciertas ideas extrañas en la cabeza, aunque manejaba la azada como nadie.

―Hay quien dice que fueron ellos los que redujeron el fuego a la obediencia, no los seres humanos, aunque otros dicen que fueron los chimpancés. Yo no lo sé porque no estaba allí para verlo.

Yo también le daba a la azada, pero no tanto.

―¿Tú crees…?

―Ya verás, llámalo.

Narciso, en cuanto oyó los gritos, vino corriendo porque Xiomara le había preparado una ensalada monumental. El colobo sólo comía ensaladas, y las comía con muchísimo cuidado y un espejo delante, escogiendo las cosas y comiéndose primero las que más le gustaban, aunque al final solía dar cuenta de todo.

A Xiomara, aparte de los animales salvajes, también le interesaban otras cuestiones. Una, pasarse las horas muertas tomando el sol, lo que se debía a que, como muchas mujeres, tenía la tensión baja. Dos, las palmeras y los países tropicales, y al que nos habíamos ido lo era con suficiencia; además, resultaba que dentro de nuestras tierras teníamos un grupo de aquellos árboles, algo así como un oasis con un pozo entre ellas ―un pozo cuya agua no era salobre, era dulce y se podía beber―, y nos proveían de dátiles en cantidades propias del continente en que estábamos. Y tres, también le gustaba jugar a los matrimonios, no sé si con intenciones posteriores, yo creo que no. A eso, en realidad, nos gustó jugar a los dos, aunque sólo nos durase una temporada.

Aquella fue la única época de mi vida en que tuve mujer. Empecé con novia, pero al cabo de dos años lo que tenía era mujer, y con las palmeras me sucedió algo por el estilo. A fuerza de mirarlas empecé a ver detrás los astros del firmamento, primero la Luna creciente, luego los planetas ―como Venus, por ejemplo, la luz más brillante de el cielo―, y al fin las estrellas y la bóveda celeste en conjunto. Todo gira alrededor de la Polar ―enseñanza que aún recordaba de tiempos pasados―, y siempre será así, aunque nosotros no estemos aquí para verlo…

Como yo era muy inseguro, también se podría decir tímido ―de pequeño lo fui siempre; de pequeño, a los doce años, cuando iba solo por la calle andaba pegado a las fachadas de las casas―, mis relaciones con las mujeres siempre habían estado condicionadas por la coraza, la coraza del alma, la coraza que nos defiende, y no del pecado, como dicen algunos. De pequeño utilizaba a Louis, porque me parecía que si era él quien usaba el teléfono aquello resultaba menos evidente ―y además estaban los coñacs que tomábamos para animarnos―, pero de mayor tuve que aprender a apañármelas por mí mismo, y mi método preferido consistió en agarrarme a las luces del cielo.

―¿No querías algo eterno, que no se acabara nunca…? Pues ahí tienes a tus amigas, las estrellas, que jamás desaparecerán.

Para mí era un consuelo, un consuelo bastante tonto, pero durante una temporada me sirvió.

lunes, 12 de enero de 2026

ENTREGA 77

  

El lugar en donde conseguí aquellas tierras era, en verdad, paradisíaco. Estaba en una gran extensión ribereña, en el límite de unas larguísimas playas. Al final, uno o dos kilómetros más allá, había una península rocosa que cerraba la entrada de una bahía baja y llena de arenales, la Baia do Barro, y en donde la abundancia de moluscos, y no digamos ya su exquisitez, era extrema. Aquella península, que estaba cubierta por una tupida selva, era recorrida por varios caminos que llevaban hasta una punta encaramada sobre unos acantilados que se adentraban en el mar. Allí había varios lugares con una maravillosa vista sobre el océano y una isla cercana a la costa, la isla de Oruom, coronada por un faro antiguo y medio ruinoso, un faro que databa de los tiempos de los antiguos mercaderes de esclavos, doscientos o trescientos años antes, según me contó Ton, aunque por las noches aún emitiese una amarillenta luz. A lo lejos, hacia el norte, se divisaba el otro extremo de la bahía, una costa lejana con otro faro al que llamaban Dail.

Santa Maria, el único lugar habitado de las cercanías, que se asentaba en el fondo de la bahía que he citado, no era aún una ciudad pero iba a serlo con el tiempo. Por aquel entonces, pese a que tenía aeródromo y una cierta predisposición hacia el turismo, consistía en una polvorienta aglomeración de barracas agrupadas en torno a un barrio de casas que alguna vez, muchos años antes, incluso siglos, levantaron los europeos, por lo que su aspecto cabría ser descrito como colonial. Las barracas, a veces, estaban hechas de materiales más o menos duraderos, como el ladrillo, pero las más estaban construidas con hojalata, madera, incluso cartones y materiales de derribo, sobre todo en las afueras, en el extrarradio. En las playas que miraban hacia el oeste, hacia el mar abierto, unos cuantos hoteles de varias plantas ―uno de los cuales era aquel en el que habíamos vivido cuando llegamos― se alineaban junto a una sucesión de casillas de madera pintadas de colores vivos y que se llenaban de extranjeros durante la estación alta, esto es, los meses del invierno en el hemisferio boreal; durante el resto del año permanecían vacías. El extremo de aquel barrio lo señalaba la arenosa desembocadura de un ancho río, en donde se instalaba un antiguo balneario de tablas blancas y verdes que aprovechaba las salobres aguas, y las abundantes algas, para ciertas prácticas medicinales, lugar que había sido promovido por unos alemanes que profesaban el teosofismo.

En aquel terreno que conseguí, nosotros, que habíamos ido sólo de vacaciones, nos dimos a construir una casa que dibujamos entre los dos, tarea que en seguida se reveló tan complicada que tuvimos que llamar a Javi. Fue él quien nos convenció de que lo hiciéramos con los mejores materiales que encontráramos.

―El continente africano no se creó para albergar imitaciones de ninguna clase, y mucho menos de casas europeas.

Yo no estaba de acuerdo.

―¿Tú crees…? ¿Para qué? No tengo ni idea de lo que va a durar esto, y sólo se trata de construir algo pasajero ―pero Javi se empeñó, y se empeñó tanto que me convenció.

―¿A ti que más te da cuánto vayas a estar? Cuando te vayas la vendes y arreglado. Una buena casa se vende mucho mejor que una caseta de obra.

Yo me reía.

―¿A quién quieres que se la venda? Por aquí nadie tiene dinero, esto es el fin del mundo ―pero Javi era optimista.

―Bueno, ya dejará de serlo, ya veremos en qué acaba el asunto. Además, si haces una casa en condiciones voy a ayudarte. ¿Se puede montar en canoa?

―¿En canoa…? Aquí hay canoas de verdad, de tronco de árbol, y tienes todo el Atlántico delante. Si remas lo suficiente, puedes llegar hasta Brasil ―y un día apareció por nuestra aldea trayéndonos noticias de todos los calibres.

―Aquello sí que es el fin del mundo. Europa se ha convertido en el reino de los parásitos, sí, en el dominio de la arbitrariedad; menos mal que no hay mal que cien años dure y a esto ya le queda poco. Lo último que se compra y vende son bombas de hidrógeno caducadas, así que ni se os ocurra volver, y yo no quiero hablar de ello, sobre todo ahora, que he conseguido liberarme por una temporada. A ver, ¿dónde está ese océano?

Javi se aplicó, se lo tomó como una cuestión personal y echó el resto. Dibujó a mano alzada un bosquejo sin fin provisto de toda clase de detalles, un proyecto que parecía inabarcable. La estructura era de madera, sí, pero no de una madera cualquiera sino de las mejores que se podían encontrar en la zona. La bilinga y el azobé, el mangle y el umgussi y el podocarpo pasaron a constituir el armazón. El tejado fue de planchas de cobre, a las que regó de estiércol para que cogieran cuanto antes un color bonito ―un color que tiraba a verdoso―, y en el suelo pensaba poner un parqué desmontable de cancha de baloncesto, que según él era un suelo eterno, pero al fin, tras mucho dudar entre el framiré y la afrormosia, se decidió por esta última.

―Los suelos, los famosos suelos de afrormosia, deben ser untados con zumo de naranja todas las semanas. Es lo que hacen en el Caribe con la caoba y supongo que será igual, y ya veréis cómo huele. Además, aquí no hay problema: hay mucha mano de obra.

Como éramos jóvenes, y todo aquello para nosotros era nuevo, nos dio la locura y la armamos, y el resultado final fue fantástico y la casa duró muchísimos años, muchísimos más que los que yo hubiera podido imaginar cuando comenzamos.

jueves, 8 de enero de 2026

ENTREGA 76

  

Ton, el negro, que así le llamé yo desde entonces, apareció precisamente cuando llegamos a su aeropuerto, otro lugar que no figuraba en los mapas y en donde no había casi nadie. Él estaba allí, en el aeropuerto, en mitad de un páramo, apoyado en una farola rota, gruñendo y denostando, aunque no sé por qué porque hacía un día buenísimo.

―¿Taxi? ―nos dijo, y nosotros, que íbamos con las manos en los bolsillos, le enseñamos aquella tarjeta, la de la poesía, que era nuestra única referencia, y él, con ciertos ademanes que al principio no supimos interpretar, nos llevó hasta un hotel.

El hotel era lo suficientemente bueno como para estar en aquellas remotas tierras, aunque en la abundante Europa nadie lo hubiera mirado dos veces. Era un desvencijado edificio de tres plantas al borde de la playa, en donde, efectivamente, te daban un pequeño almoço al salir el sol, por más que el agua sólo corriera a horas determinadas. Un hotel con la marquesina medio caída y en donde se traficaba con todas las sustancias y objetos imaginables, sobre todo en una especie de bar con el que contaba y que estaba decorado con pieles de animales salvajes, aunque con el tiempo descubrí que eran apolilladas imitaciones. El sátrapa del bar, un gordo que llevaba más anillos que Saturno, era quien manejaba el mercado de esclavos de la zona, aunque en los escasos ratos que estuve allí preferí no enterarme de sus manejos.

Ton, el negro, aquella tarde, cuando nos dejó instalados, en una mezcla de castellano, portugués e italiano, nos preguntó si queríamos que nos volviera a buscar por la noche. De su larga parrafada sólo comprendí dos palabras, cerveza y noche, así que le dijimos que sí, porque en estos lugares siempre conviene tener guía, aunque sólo sea al principio.

Mientras estuve con Ton cerca, tan sólo una vez en toda mi vida, me sucedió entrar en un bar y que él no entrara conmigo, la primera. Fue aquella misma noche y en el primero al que nos llevó, un bar muy fino, como para turistas. Debía de ser el único en muchas leguas a la redonda que tuviera semejante aspecto, con lámparas con pantallas y música ambiental de los países europeos, aunque no del barroco, precisamente. Además, estaba vacío. Al salir le dijimos, muy bonito, pero mejor vamos a alguna otra clase de sitio, y a continuación nos llevó a un lugar más normal, y como hiciera ademán de quedarse en la puerta, le dijimos, no, aquí vamos todos juntos, y desde aquel momento ya fue todo más fluido.

Los bares de África no se llaman bares, claro está, ni son como los europeos, pero los nombro así para entendernos. La mayor parte se alumbran con candiles de gas y tienen el suelo de tierra apisonada por el uso, aunque las cervezas sí suelen ser por un estilo, botellas de medio litro que todo el mundo bebe a morro, sobre todo los ingleses. Ingleses había bastantes por aquella zona, más que alemanes, porque aquello no era Tanganika, Tanganika está muchísimo más al este, y decir que los ingleses eran los que más bebían tampoco es decir mucho ni descubrir la pólvora. Un inglés bebe cualquier cosa a cualquier hora, y las inglesas se ponen minifalda en cuanto se acuerdan.

Ton, el negro, fue nuestro introductor, por decirlo así, en los arcanos de su África tropical. Él, por ejemplo, fue quien, en cuanto tuvo ocasión, nos contó el chiste ese de, si vas por África y oyes a dos negros decir, vamos a tomar un blanco…, sal corriendo. Había estado en Europa, en Inglaterra, en Alemania, en Italia, en Austria y en el sur de nuestro país de origen, había estado en todas partes y trabajado en mil y un oficios, pero no le gustó y se volvió, aquello no era lo suyo. Tuvo un hijo allí, alguno le estará alimentando, eso decía, eso nos dijo, los blancos para eso son muy maternales; lo malo es si el niño sale negro o parece negro, allí lo habrá pasado mal, con toda seguridad. Ton también decía que había blancos normales, en unos sitios más que en otros, pero que la mayoría eran unos mentecatos, visa, visa, mastercard; eso sí, las blancas son otra cosa…, y todo esto nos lo contó la primera noche.

Ton comía tierra…

―¿A vosotros no os gusta? Aquí, en África, se come mucha tierra; es muy buena para el cuerpo.

… y no se llamaba Ton, sino Amílcar dos Santos.

―Ese no es un nombre de negro; ese es un nombre lusitano.

―Sí ―me dijo―, es el nombre de mis antepasados, de mis antepasados paternos, pero es que yo también soy mestizo, ¿o es que no te has dado cuenta? Y además, los amigos me llaman Cimarrosa.

Ton lo decía así y quedaba muy bien explicado, según mi parecer, aunque Xiomara no estaba de acuerdo, porque como era más negro que el carbón, opinaba que era más negro que mestizo. Ton, además, fue quien, con el tiempo, nos buscó un alojamiento acorde con el continente en que estábamos.

―¿A vosotros os gusta vivir en los hoteles? ¿Y más en ese hotel…?

Uno se va con la chavala de sus amores por un mes o dos a lugares desconocidos, y cuando se quiere dar cuenta han transcurrido nueve, ha pasado casi un año. Novios son los que se van a casar, eso es lo que dice el diccionario, pero la gente no lo entiende así. Novios son los que viven juntos, los que comen y duermen juntos; lo demás no suele tener importancia.

Primero nos hizo alquilar unas tierras, con una vivienda que tenía algo de choza, que estaban entre la selva y el mar, y luego, con el tiempo, al cabo de unos meses y en un rapto de fantasía, las compré. Yo ya me veía casado ―con Xiomara, por supuesto―, rodeado al principio de hijos y luego de nietecitos, sentado en una hamaca en el porche y viendo discurrir el tiempo. Todos somos muy dados a fantasear, a hacer planes, a configurar el futuro, eso que, aunque pocos lo saben y la mayoría ni lo imaginamos, es imposible de llevar a cabo… Sí, yo también atravesé por ese lance, el lance del patriarca, pero sólo fue una alucinación momentánea.

lunes, 5 de enero de 2026

ENTREGA 75

 

Una tarde cualquiera, es decir, una tarde en que nada hacía presagiar lo que iba a suceder, recibí una de sus llamadas. Fue de repente y sin previo aviso, que es el modo en que tienen que darse estos acontecimientos. Sonó el teléfono, y ella, como por arte de magia, apareció al otro lado del hilo haciendo súbitas e irresistibles proposiciones.

―Oye ―me dijo todo seguido―, me voy al norte de otro continente. ¿Te vienes conmigo? ―imagínense quienes me escuchan.

Con lo que a mí me costaba abrir la boca resultaba que la Virgen se me aparecía en carne mortal, y yo, que era de reflejos rápidos, no lo pensé ni un momento. Como lo de que se te aparezca la Virgen sólo sucede muy de tarde en tarde, atropelladamente dije que sí, que bueno, que por supuesto, que íbamos a donde ella quisiera… Es decir, que me hizo la conocida maniobra de la que tanto se ha hablado, pero ya se sabe que, en general, son las mujeres las que disponen, aunque yo me lo tomara como un milagro. Yo nunca había creído en milagros, pero desde entonces, desde aquel mismo momento, empecé a creer en ellos. Alguna vez sucede lo que uno, ardientemente, está deseando que suceda, y casi siempre lo hace sin avisar.

Nos fuimos a un sitio rarísimo, nada de lugares comunes ni destinos turísticos. Nos fuimos a las montañas del Rif, a una ciudad vieja y destartalada que no recuerdo cómo se llama y en donde no había extranjeros, y nos fuimos en autobús, un autobús en el que viajaban gallinas y cabras y personas vestidas con túnicas que se cogían de la mano para fumar la pipa de la paz, y cuyo más típico plato ―el del autobús― eran sardinas de lata regadas con salsa de tomate. Como allí nunca se sabía cuánto iban a durar los viajes, en los autobuses se hacía la vida diaria; se comía, se tomaba el té, se merendaba e, incluso, a ratos, se dormía. Nosotros no pudimos hacer tanto porque el viaje sólo duró una tarde.

En aquella ciudad, que se había quedado detenida en los tiempos antiguos y no pasaba de desvencijado poblachón regado de flores, fuimos adoptados por Hassán, un moro mayor que hablaba castellano con suma pulcritud y era propietario de una empresa de transportes, dueño asimismo del lugar en que nos aposentamos, el hostal Marco Polo. Nos colocó en la mejor habitación, con un balcón que hacía chaflán y daba al zoco, y nos aprovisionó de inmediato del más excelente material que en sitio tan elegido se puede conseguir, kiffi de verdad. Lo olí, y aquello sí que no olía a mierda de burro, como alguna vez dije, a estiércol de caballería, no; aquello olía a fragancias de las vecinas montañas, a las mil y una noches, a cueva profunda y a verdín…, y por la ventana, mientras tanto, por el balcón, cuya cortina de listas rojas ondeaba con el constante viento, se colaban los aromas propios de los mercados en los que la trituradora aún no había hecho acto de presencia. Todo olía a pieles curtidas, a tierra mojada, a serrín, a hierbas y a las más diversas especias. Luego salías a la calle y entrabas de lleno en aquella sinfonía de sensaciones que sólo unos kilómetros al norte se desconocía. El perfumado té moro, el zoco, el cus cus, los mercados y las casas de adobe pintadas de los colores del almagre, los eternos olores a cuero y hierbas desconocidas y hasta un edificio multicolor, por los desconchados de su fachada, en donde se podía leer, Correos… Correos, Correos Españoles, palabras ya desvaídas y que databan de mucho tiempo atrás, de la época del protectorado.

―Mira. ¿Qué pone ahí?

―¿Dónde?

―Ahí, en ese edificio viejo.

―Cooo… rre… os. ¿Qué es eso?

―Pues, hija, bien claro lo pone. Correos, españoles; te lo dice a ti.

―Ja ja, ¡qué gracioso! ¿No será a ti?

―Bueno, a mí también, claro, pero a ti más, ja ja.

Xiomara ponía una de sus caras, y luego me cogía de la mano e intentaba darme. Yo no me dejaba, y al final acabábamos los dos persiguiéndonos por las calles llenas de gente…

Pasamos la primera semana con arrebatos de todo tipo, no paramos, y eso que casi nunca estábamos en el hotel, pero todo influyó, el calor, la bañera de la habitación, la máquina de fotos…, y bueno, que de esta materia no voy a añadir nada más porque lo que se hace en estos casos es lo de menos. Todos hacemos lo mismo, aquello a que nos obliga nuestra madre naturaleza, creced y multiplicaos ―que es una florida manera de decirlo―, y lo que he contado tampoco es de extrañar porque Xiomara lo tenía todo en su sitio, aparte de su pelo rizado y la historia que dije de sus oblicuas miradas. ¡Fíjese qué pensaría yo de aquello…! Con la edad que tenía, se me subía la libido hasta la estratosfera.

Luego, tras varios días de mayúsculo desenfreno, después de aquella primera toma de contacto, aquella semana de enajenación, nos separamos. Ella volvió a sus quehaceres y yo me quedé poco menos que desesperado, porque ya saben ustedes cómo son estas cosas, las separaciones esperpénticas y las tácticas de las mujeres. El alejamiento, sin embargo, no duró casi nada. Yo creo que había salido airoso de la prueba, porque tan sólo dos o tres semanas después me dije, ¿a qué esperas?, ¿vas a dejar que…?, y todo eso que el cerebelo, las instrucciones del tiempo de los lagartos, te obliga a releer…

La juventud es atrevida e ignorante, de esto ya se ha hablado mucho, y escrito hasta la saciedad, pero lo repito por si quedaba alguna duda, y aquí es donde enlazamos con lo anterior, con aquello de la tarjeta que alguien me diera, de la extraña poesía que comenzaba diciendo, Residencial alternativa, a 400 mts. da praia, y toda aquella larga parrafada, y, como dije, cogí el teléfono y me lié a hacer proposiciones de esas que nadie en su juicio hubiera tomado en serio ―menos mal que Xiomara estaba tan loca como yo―, proposiciones que acabaron en un lugar muy al sur ―también en África, porque aquel sitio de la Baia do Barro estaba en el África tropical―, prometiéndonoslas muy felices y sin mirar más que al presente. Cuando puedas no mires más que al presente, es una recomendación gratuita.

ENTREGA 81

    Yo corrí y corrí hacia lo más profundo del bosque, pero me detuve justo antes de llegar a la linde del claro en donde nos encontrábamo...