lunes, 12 de enero de 2026

ENTREGA 77

  

El lugar en donde conseguí aquellas tierras era, en verdad, paradisíaco. Estaba en una gran extensión ribereña, en el límite de unas larguísimas playas. Al final, uno o dos kilómetros más allá, había una península rocosa que cerraba la entrada de una bahía baja y llena de arenales, la Baia do Barro, y en donde la abundancia de moluscos, y no digamos ya su exquisitez, era extrema. Aquella península, que estaba cubierta por una tupida selva, era recorrida por varios caminos que llevaban hasta una punta encaramada sobre unos acantilados que se adentraban en el mar. Allí había varios lugares con una maravillosa vista sobre el océano y una isla cercana a la costa, la isla de Oruom, coronada por un faro antiguo y medio ruinoso, un faro que databa de los tiempos de los antiguos mercaderes de esclavos, doscientos o trescientos años antes, según me contó Ton, aunque por las noches aún emitiese una amarillenta luz. A lo lejos, hacia el norte, se divisaba el otro extremo de la bahía, una costa lejana con otro faro al que llamaban Dail.

Santa Maria, el único lugar habitado de las cercanías, que se asentaba en el fondo de la bahía que he citado, no era aún una ciudad pero iba a serlo con el tiempo. Por aquel entonces, pese a que tenía aeródromo y una cierta predisposición hacia el turismo, consistía en una polvorienta aglomeración de barracas agrupadas en torno a un barrio de casas que alguna vez, muchos años antes, incluso siglos, levantaron los europeos, por lo que su aspecto cabría ser descrito como colonial. Las barracas, a veces, estaban hechas de materiales más o menos duraderos, como el ladrillo, pero las más estaban construidas con hojalata, madera, incluso cartones y materiales de derribo, sobre todo en las afueras, en el extrarradio. En las playas que miraban hacia el oeste, hacia el mar abierto, unos cuantos hoteles de varias plantas ―uno de los cuales era aquel en el que habíamos vivido cuando llegamos― se alineaban junto a una sucesión de casillas de madera pintadas de colores vivos y que se llenaban de extranjeros durante la estación alta, esto es, los meses del invierno en el hemisferio boreal; durante el resto del año permanecían vacías. El extremo de aquel barrio lo señalaba la arenosa desembocadura de un ancho río, en donde se instalaba un antiguo balneario de tablas blancas y verdes que aprovechaba las salobres aguas, y las abundantes algas, para ciertas prácticas medicinales, lugar que había sido promovido por unos alemanes que profesaban el teosofismo.

En aquel terreno que conseguí, nosotros, que habíamos ido sólo de vacaciones, nos dimos a construir una casa que dibujamos entre los dos, tarea que en seguida se reveló tan complicada que tuvimos que llamar a Javi. Fue él quien nos convenció de que lo hiciéramos con los mejores materiales que encontráramos.

―El continente africano no se creó para albergar imitaciones de ninguna clase, y mucho menos de casas europeas.

Yo no estaba de acuerdo.

―¿Tú crees…? ¿Para qué? No tengo ni idea de lo que va a durar esto, y sólo se trata de construir algo pasajero ―pero Javi se empeñó, y se empeñó tanto que me convenció.

―¿A ti que más te da cuánto vayas a estar? Cuando te vayas la vendes y arreglado. Una buena casa se vende mucho mejor que una caseta de obra.

Yo me reía.

―¿A quién quieres que se la venda? Por aquí nadie tiene dinero, esto es el fin del mundo ―pero Javi era optimista.

―Bueno, ya dejará de serlo, ya veremos en qué acaba el asunto. Además, si haces una casa en condiciones voy a ayudarte. ¿Se puede montar en canoa?

―¿En canoa…? Aquí hay canoas de verdad, de tronco de árbol, y tienes todo el Atlántico delante. Si remas lo suficiente, puedes llegar hasta Brasil ―y un día apareció por nuestra aldea trayéndonos noticias de todos los calibres.

―Aquello sí que es el fin del mundo. Europa se ha convertido en el reino de los parásitos, sí, en el dominio de la arbitrariedad; menos mal que no hay mal que cien años dure y a esto ya le queda poco. Lo último que se compra y vende son bombas de hidrógeno caducadas, así que ni se os ocurra volver, y yo no quiero hablar de ello, sobre todo ahora, que he conseguido liberarme por una temporada. A ver, ¿dónde está ese océano?

Javi se aplicó, se lo tomó como una cuestión personal y echó el resto. Dibujó a mano alzada un bosquejo sin fin provisto de toda clase de detalles, un proyecto que parecía inabarcable. La estructura era de madera, sí, pero no de una madera cualquiera sino de las mejores que se podían encontrar en la zona. La bilinga y el azobé, el mangle y el umgussi y el podocarpo pasaron a constituir el armazón. El tejado fue de planchas de cobre, a las que regó de estiércol para que cogieran cuanto antes un color bonito ―un color que tiraba a verdoso―, y en el suelo pensaba poner un parqué desmontable de cancha de baloncesto, que según él era un suelo eterno, pero al fin, tras mucho dudar entre el framiré y la afrormosia, se decidió por esta última.

―Los suelos, los famosos suelos de afrormosia, deben ser untados con zumo de naranja todas las semanas. Es lo que hacen en el Caribe con la caoba y supongo que será igual, y ya veréis cómo huele. Además, aquí no hay problema: hay mucha mano de obra.

Como éramos jóvenes, y todo aquello para nosotros era nuevo, nos dio la locura y la armamos, y el resultado final fue fantástico y la casa duró muchísimos años, muchísimos más que los que yo hubiera podido imaginar cuando comenzamos.

jueves, 8 de enero de 2026

ENTREGA 76

  

Ton, el negro, que así le llamé yo desde entonces, apareció precisamente cuando llegamos a su aeropuerto, otro lugar que no figuraba en los mapas y en donde no había casi nadie. Él estaba allí, en el aeropuerto, en mitad de un páramo, apoyado en una farola rota, gruñendo y denostando, aunque no sé por qué porque hacía un día buenísimo.

―¿Taxi? ―nos dijo, y nosotros, que íbamos con las manos en los bolsillos, le enseñamos aquella tarjeta, la de la poesía, que era nuestra única referencia, y él, con ciertos ademanes que al principio no supimos interpretar, nos llevó hasta un hotel.

El hotel era lo suficientemente bueno como para estar en aquellas remotas tierras, aunque en la abundante Europa nadie lo hubiera mirado dos veces. Era un desvencijado edificio de tres plantas al borde de la playa, en donde, efectivamente, te daban un pequeño almoço al salir el sol, por más que el agua sólo corriera a horas determinadas. Un hotel con la marquesina medio caída y en donde se traficaba con todas las sustancias y objetos imaginables, sobre todo en una especie de bar con el que contaba y que estaba decorado con pieles de animales salvajes, aunque con el tiempo descubrí que eran apolilladas imitaciones. El sátrapa del bar, un gordo que llevaba más anillos que Saturno, era quien manejaba el mercado de esclavos de la zona, aunque en los escasos ratos que estuve allí preferí no enterarme de sus manejos.

Ton, el negro, aquella tarde, cuando nos dejó instalados, en una mezcla de castellano, portugués e italiano, nos preguntó si queríamos que nos volviera a buscar por la noche. De su larga parrafada sólo comprendí dos palabras, cerveza y noche, así que le dijimos que sí, porque en estos lugares siempre conviene tener guía, aunque sólo sea al principio.

Mientras estuve con Ton cerca, tan sólo una vez en toda mi vida, me sucedió entrar en un bar y que él no entrara conmigo, la primera. Fue aquella misma noche y en el primero al que nos llevó, un bar muy fino, como para turistas. Debía de ser el único en muchas leguas a la redonda que tuviera semejante aspecto, con lámparas con pantallas y música ambiental de los países europeos, aunque no del barroco, precisamente. Además, estaba vacío. Al salir le dijimos, muy bonito, pero mejor vamos a alguna otra clase de sitio, y a continuación nos llevó a un lugar más normal, y como hiciera ademán de quedarse en la puerta, le dijimos, no, aquí vamos todos juntos, y desde aquel momento ya fue todo más fluido.

Los bares de África no se llaman bares, claro está, ni son como los europeos, pero los nombro así para entendernos. La mayor parte se alumbran con candiles de gas y tienen el suelo de tierra apisonada por el uso, aunque las cervezas sí suelen ser por un estilo, botellas de medio litro que todo el mundo bebe a morro, sobre todo los ingleses. Ingleses había bastantes por aquella zona, más que alemanes, porque aquello no era Tanganika, Tanganika está muchísimo más al este, y decir que los ingleses eran los que más bebían tampoco es decir mucho ni descubrir la pólvora. Un inglés bebe cualquier cosa a cualquier hora, y las inglesas se ponen minifalda en cuanto se acuerdan.

Ton, el negro, fue nuestro introductor, por decirlo así, en los arcanos de su África tropical. Él, por ejemplo, fue quien, en cuanto tuvo ocasión, nos contó el chiste ese de, si vas por África y oyes a dos negros decir, vamos a tomar un blanco…, sal corriendo. Había estado en Europa, en Inglaterra, en Alemania, en Italia, en Austria y en el sur de nuestro país de origen, había estado en todas partes y trabajado en mil y un oficios, pero no le gustó y se volvió, aquello no era lo suyo. Tuvo un hijo allí, alguno le estará alimentando, eso decía, eso nos dijo, los blancos para eso son muy maternales; lo malo es si el niño sale negro o parece negro, allí lo habrá pasado mal, con toda seguridad. Ton también decía que había blancos normales, en unos sitios más que en otros, pero que la mayoría eran unos mentecatos, visa, visa, mastercard; eso sí, las blancas son otra cosa…, y todo esto nos lo contó la primera noche.

Ton comía tierra…

―¿A vosotros no os gusta? Aquí, en África, se come mucha tierra; es muy buena para el cuerpo.

… y no se llamaba Ton, sino Amílcar dos Santos.

―Ese no es un nombre de negro; ese es un nombre lusitano.

―Sí ―me dijo―, es el nombre de mis antepasados, de mis antepasados paternos, pero es que yo también soy mestizo, ¿o es que no te has dado cuenta? Y además, los amigos me llaman Cimarrosa.

Ton lo decía así y quedaba muy bien explicado, según mi parecer, aunque Xiomara no estaba de acuerdo, porque como era más negro que el carbón, opinaba que era más negro que mestizo. Ton, además, fue quien, con el tiempo, nos buscó un alojamiento acorde con el continente en que estábamos.

―¿A vosotros os gusta vivir en los hoteles? ¿Y más en ese hotel…?

Uno se va con la chavala de sus amores por un mes o dos a lugares desconocidos, y cuando se quiere dar cuenta han transcurrido nueve, ha pasado casi un año. Novios son los que se van a casar, eso es lo que dice el diccionario, pero la gente no lo entiende así. Novios son los que viven juntos, los que comen y duermen juntos; lo demás no suele tener importancia.

Primero nos hizo alquilar unas tierras, con una vivienda que tenía algo de choza, que estaban entre la selva y el mar, y luego, con el tiempo, al cabo de unos meses y en un rapto de fantasía, las compré. Yo ya me veía casado ―con Xiomara, por supuesto―, rodeado al principio de hijos y luego de nietecitos, sentado en una hamaca en el porche y viendo discurrir el tiempo. Todos somos muy dados a fantasear, a hacer planes, a configurar el futuro, eso que, aunque pocos lo saben y la mayoría ni lo imaginamos, es imposible de llevar a cabo… Sí, yo también atravesé por ese lance, el lance del patriarca, pero sólo fue una alucinación momentánea.

lunes, 5 de enero de 2026

ENTREGA 75

 

Una tarde cualquiera, es decir, una tarde en que nada hacía presagiar lo que iba a suceder, recibí una de sus llamadas. Fue de repente y sin previo aviso, que es el modo en que tienen que darse estos acontecimientos. Sonó el teléfono, y ella, como por arte de magia, apareció al otro lado del hilo haciendo súbitas e irresistibles proposiciones.

―Oye ―me dijo todo seguido―, me voy al norte de otro continente. ¿Te vienes conmigo? ―imagínense quienes me escuchan.

Con lo que a mí me costaba abrir la boca resultaba que la Virgen se me aparecía en carne mortal, y yo, que era de reflejos rápidos, no lo pensé ni un momento. Como lo de que se te aparezca la Virgen sólo sucede muy de tarde en tarde, atropelladamente dije que sí, que bueno, que por supuesto, que íbamos a donde ella quisiera… Es decir, que me hizo la conocida maniobra de la que tanto se ha hablado, pero ya se sabe que, en general, son las mujeres las que disponen, aunque yo me lo tomara como un milagro. Yo nunca había creído en milagros, pero desde entonces, desde aquel mismo momento, empecé a creer en ellos. Alguna vez sucede lo que uno, ardientemente, está deseando que suceda, y casi siempre lo hace sin avisar.

Nos fuimos a un sitio rarísimo, nada de lugares comunes ni destinos turísticos. Nos fuimos a las montañas del Rif, a una ciudad vieja y destartalada que no recuerdo cómo se llama y en donde no había extranjeros, y nos fuimos en autobús, un autobús en el que viajaban gallinas y cabras y personas vestidas con túnicas que se cogían de la mano para fumar la pipa de la paz, y cuyo más típico plato ―el del autobús― eran sardinas de lata regadas con salsa de tomate. Como allí nunca se sabía cuánto iban a durar los viajes, en los autobuses se hacía la vida diaria; se comía, se tomaba el té, se merendaba e, incluso, a ratos, se dormía. Nosotros no pudimos hacer tanto porque el viaje sólo duró una tarde.

En aquella ciudad, que se había quedado detenida en los tiempos antiguos y no pasaba de desvencijado poblachón regado de flores, fuimos adoptados por Hassán, un moro mayor que hablaba castellano con suma pulcritud y era propietario de una empresa de transportes, dueño asimismo del lugar en que nos aposentamos, el hostal Marco Polo. Nos colocó en la mejor habitación, con un balcón que hacía chaflán y daba al zoco, y nos aprovisionó de inmediato del más excelente material que en sitio tan elegido se puede conseguir, kiffi de verdad. Lo olí, y aquello sí que no olía a mierda de burro, como alguna vez dije, a estiércol de caballería, no; aquello olía a fragancias de las vecinas montañas, a las mil y una noches, a cueva profunda y a verdín…, y por la ventana, mientras tanto, por el balcón, cuya cortina de listas rojas ondeaba con el constante viento, se colaban los aromas propios de los mercados en los que la trituradora aún no había hecho acto de presencia. Todo olía a pieles curtidas, a tierra mojada, a serrín, a hierbas y a las más diversas especias. Luego salías a la calle y entrabas de lleno en aquella sinfonía de sensaciones que sólo unos kilómetros al norte se desconocía. El perfumado té moro, el zoco, el cus cus, los mercados y las casas de adobe pintadas de los colores del almagre, los eternos olores a cuero y hierbas desconocidas y hasta un edificio multicolor, por los desconchados de su fachada, en donde se podía leer, Correos… Correos, Correos Españoles, palabras ya desvaídas y que databan de mucho tiempo atrás, de la época del protectorado.

―Mira. ¿Qué pone ahí?

―¿Dónde?

―Ahí, en ese edificio viejo.

―Cooo… rre… os. ¿Qué es eso?

―Pues, hija, bien claro lo pone. Correos, españoles; te lo dice a ti.

―Ja ja, ¡qué gracioso! ¿No será a ti?

―Bueno, a mí también, claro, pero a ti más, ja ja.

Xiomara ponía una de sus caras, y luego me cogía de la mano e intentaba darme. Yo no me dejaba, y al final acabábamos los dos persiguiéndonos por las calles llenas de gente…

Pasamos la primera semana con arrebatos de todo tipo, no paramos, y eso que casi nunca estábamos en el hotel, pero todo influyó, el calor, la bañera de la habitación, la máquina de fotos…, y bueno, que de esta materia no voy a añadir nada más porque lo que se hace en estos casos es lo de menos. Todos hacemos lo mismo, aquello a que nos obliga nuestra madre naturaleza, creced y multiplicaos ―que es una florida manera de decirlo―, y lo que he contado tampoco es de extrañar porque Xiomara lo tenía todo en su sitio, aparte de su pelo rizado y la historia que dije de sus oblicuas miradas. ¡Fíjese qué pensaría yo de aquello…! Con la edad que tenía, se me subía la libido hasta la estratosfera.

Luego, tras varios días de mayúsculo desenfreno, después de aquella primera toma de contacto, aquella semana de enajenación, nos separamos. Ella volvió a sus quehaceres y yo me quedé poco menos que desesperado, porque ya saben ustedes cómo son estas cosas, las separaciones esperpénticas y las tácticas de las mujeres. El alejamiento, sin embargo, no duró casi nada. Yo creo que había salido airoso de la prueba, porque tan sólo dos o tres semanas después me dije, ¿a qué esperas?, ¿vas a dejar que…?, y todo eso que el cerebelo, las instrucciones del tiempo de los lagartos, te obliga a releer…

La juventud es atrevida e ignorante, de esto ya se ha hablado mucho, y escrito hasta la saciedad, pero lo repito por si quedaba alguna duda, y aquí es donde enlazamos con lo anterior, con aquello de la tarjeta que alguien me diera, de la extraña poesía que comenzaba diciendo, Residencial alternativa, a 400 mts. da praia, y toda aquella larga parrafada, y, como dije, cogí el teléfono y me lié a hacer proposiciones de esas que nadie en su juicio hubiera tomado en serio ―menos mal que Xiomara estaba tan loca como yo―, proposiciones que acabaron en un lugar muy al sur ―también en África, porque aquel sitio de la Baia do Barro estaba en el África tropical―, prometiéndonoslas muy felices y sin mirar más que al presente. Cuando puedas no mires más que al presente, es una recomendación gratuita.

jueves, 1 de enero de 2026

ENTREGA 74

  

MUCHÍSIMO AMOR

 Todas las historias pueden empezar con una poesía y acabar con otra, sobre todo si es en una película de amor. A mí me llegaban unas poesías rarísimas, sin medida ni ningún tipo de rima, ni siquiera asonante, poesías modernas y de metro libérrimo que sonaban como una tarjeta de visita.

 

RESIDENCIAL ALTERNATIVA

A 400 metros da praia

Quarto con banho privado incluindo pequeño almoço

HIGIENE E TRANQUILIDADE

Santa Maria, Baia do Barro

 

Decir de esto que es una poesía quizá sea decir mucho porque no lo es, de eso se da cuenta cualquiera. Más bien se le podría llamar información de las páginas amarillas, pero es que hoy en día está todo muy confundido, sí, muy confuso, demasiado confuso, y dado que la poesía anda por los suelos, uno se agarra a lo que puede. Antes la poesía y el amor iban de la mano, pero ahora es preciso apañarse con lo que se encuentre, los folletos que te echan en el casillero o los mentirosos mensajes de la civilización. Además, la gente se muere porque sí, se meten en la bañera y se quedan yertos, fríos, aunque el agua estuviera caliente. Como cuando te mueres no puedes volver a dar el grifo del agua caliente, al final todo está muy frío, y antes de que te descubran se queda todo helado, tú, el agua, la bañera, el cuarto de baño, todo, y los demás nos quedamos aquí pensándolo y mirando.

Pensar, es mejor no pensar mucho, y menos en estas cuestiones, así que yo, en cuanto pude, me escapé al mundo libre. Entre unas cosas y otras todavía no me había enterado, no me había dado tiempo a enterarme, de que hay un mundo libre; bueno, una parte del mundo que es libre. Esa parte está dentro de nuestra cabeza, aunque casi nunca nos damos cuenta. El mundo libre son las playas del intelecto, las palmeras espirituales, las chavalas de la imaginación… El mundo libre no es algo que se venda ni se regale, ni tampoco que se pueda adquirir de cualquier otra manera. Sólo se puede robar, robar al descuido y al paso del tiempo. El paso del tiempo, ya que ustedes quieren saberlo todo, es eso que no podemos detener.

Todo esto es muy confuso, tan confuso como lo de las poesías, tan confuso como las muertes inesperadas. A mí me hicieron falta veintiséis años para darme cuenta de que existía, aunque es posible que otros lo descubran antes y aun otros no se den cuenta nunca.

Cómo me fui al mundo libre sí es algo que se puede contar. Yo, en realidad, no hice nada. Fui arrastrado por las circunstancias, por el incansable girar del universo, por el frenesí de la existencia, y un día en que debía de estar inspirado cayó en mis manos la tarjeta que decía lo que he escrito, esa rara poesía que podría ser de amor, y, claro está, me faltó tiempo para coger el teléfono y llamar a Xiomara… Ahora voy a contar quién era Xiomara.

Xiomara ―aunque hay quien escribe Xihomara― era una chavala que trabajaba de azafata ―siempre estaba de viaje― y me presentó Javi el último año que estuvo en las islas con sus estudios, porque Javi al final se fue, volvió a la madre patria y continuó en otra escuela alejada tres mil kilómetros de la anterior; le costó arrancar, pero al final lo hizo. Allí había estado cuatro años y aprobado varias asignaturas, porque él no contaba por años sino por materias.

―Este año me he quitado tres y el anterior dos; a este paso, en quince o veinte lo ventilo ―así lo dijo y así lo hizo.

Xiomara no era rubia ni tenía los ojos azules, tenía otras cosas. Era rizosa, y los ojos los tenía normales, tirando a marrón, pero exhibía esa peculiar mirada de medio lado propia de las mujeres a las que demasiadas veces han dicho, ¡qué niña más guapa!, ven aquí, rica, toma un caramelito, eso de pequeña, y de mayor otras por el estilo. Yo, con los años, estaba aprendiendo lo que significaba todo aquello, porque no se crea nadie que a los veintiséis se sabe algo, no…

―¿Usted sabe si en África hay percebes?

―Pues no sé. ¿Por qué no los va a haber?

―Hombre, en el polo norte no hay pingüinos, y en el polo sur no hay osos blancos…

A Xiomara me la presentó Javi, eso ya lo he dicho, y debía de ser una de sus habituales medio novias, o proyectos de novia. Yo no sé cómo no había ligado con aquella maravilla, aunque lo más probable es que no le hubiera dejado, si no resulta difícil de entender, y las primeras veces que nos vimos no nos hicimos mucho caso. Nos saludamos, eso sí, nos miramos de soslayo…, y no hubo más, sólo que al tercer día, es decir, a la tercera noche que anduvimos por ahí con Javi y otras personas, acabamos en un sofá de un bar antiguo morreando como dos borrachos y escondiéndonos de los demás. Sin embargo, ni pasó de ahí ni se volvió a hablar de ello. Luego desaparecí de aquellas latitudes y allí quedó el asunto, pero ella debía de haberse quedado con alguna espina clavada porque periódicamente, cada diez o doce meses ―esto es, una vez al año―, me llamaba y me decía,

―¿Qué tal?, ¿nunca vas a venir por aquí? ¡Felices pascuas! ―y yo le contestaba,

―Más fácil lo tienes tú ―y me reía, que hay que ser desagradable, pero bueno, me reía; a lo mejor fue por eso por lo que le dio por mí.

lunes, 29 de diciembre de 2025

ENTREGA 73

 

Una de aquellas noches, la última vez que lo vi, ¡quién me iba a decir que aquella iba a ser la última vez que lo viera!, llegó a casa muy tarde y con los ojos rojos, parecían dos semáforos. Con seguridad que habría estado con Bill, y este le ponía bien, es decir, que le metía en el cuerpo tal cantidad de sustancias que su latente esquizofrenia alcanzaba niveles de hospital, así que entró dando gritos y portazos. Frankie (o Johnnie) venía con la libido desatada, como si de repente se hubiera vuelto loco. Yo estaba en la terraza, leyendo un libro que me había comprado y que a él no le gustaba nada.

―Lo único que te satisface ―me dijo una vez―, negra de mierda ―y eso que yo era muy guapa y alta y aún no había cumplido quince años―, son los idiomas extranjeros ―y apretaba los dientes.

Si hubiera podido me habría estrangulado, pero no podía, por lo menos de una manera cómoda. Frankie (o Johnnie) no era tan fuerte como para poder conmigo, y además tenía pánico a la ley de su nación.

―Este es un país de orden. A los delincuentes aquí sabemos cómo tratarlos, apréndetelo bien. Si me desobedeces, ya sabes dónde vas a acabar.

Desde los tiempos de la isla de los helados las cosas habían cambiado muchísimo, como se puede ver, y eso que sólo habían transcurrido unos meses, pero no voy a regalar a nadie con nuestras conversaciones, sobre todo que eran monólogos, los míos, porque él no decía más que groserías e insensateces.

Aquella noche, la última vez que lo vi, después de un nuevo discurso sobre los valores morales propios de la sociedad occidental, una vez que hubo descargado parte de su rabia en un mar de insultos, se empeñó en repetir la pantomima del parque, ya saben ustedes, él me dejaba allí, daba unas vueltas con el coche y volvía, yo tenía que hacerme la encontradiza y salir huyendo. Lo que sucedía a continuación no constaba en el programa, lo mismo podía haberme atropellado, porque cuando se cargaba mucho se ponía completamente fuera de sí, pero en aquella ocasión no hubo que lamentar ninguna desgracia personal. Dejé que me persiguiera unos cuantos minutos y luego me caí al borde de la carretera, jadeante, como él quería. (Yo no estaba cansada pero había que echarle teatro, y en aquellas ocasiones me acordaba mucho de mis hermanos; la razón no la conozco, pero el caso es que era así.) Luego detuvo el coche, se puso unos guantes negros ―este detalle describe bien al personaje―, se bajó, me cogió por los pelos y me arrastró dentro, me metió a empujones. También le vi la intención de darme una patada, pero se la paré con el tacón del zapato y él soltó un aullido porque se dio en la espinilla; todo esto en un parque nocturno y solitario. A continuación me tumbó en el asiento de atrás y se me tiró encima. No era de los que se molestaban en desvestirte. Te arrancaba la ropa que le estorbara, se te echaba encima, te agarraba por las muñecas y se meneaba como si le hubieran dado cuerda. Luego, acto seguido, a los dos minutos, aunque a veces a los quince segundos, dependiendo de lo descompuesto que estuviera, organizaba un concierto de aullidos que duraba otros quince segundos, sobre poco más o menos, tras lo cual dejaba caer pesadamente la cabeza sobre mi cuello y recuperaba el resuello con enormes aspavientos. Aquel día cumplió. Como debía de estar muy borracho, el tiempo de actuación estuvo entre dos y tres minutos, que era casi un récord, y cuando empezaron los chillidos…, ¡oí golpear con un objeto metálico en la ventanilla! El susto que me llevé fue de los que se tienen pocas veces. Entre el coro de gemidos miré hacia arriba, y fuera del coche vi una gorra de plato; luego, otra…

Los guardias nos sacaron a gritos, apuntándonos con las pistolas y a empellones, a él con los pantalones abajo y a mí con las faldas por la cintura y la entrepierna chorreando. Nos pusieron de espaldas, con las manos sobre el capó y las piernas separadas, y nos cachearon. Eso de que a veces patrullan mujeres policías puede que sea verdad, pero yo allí no vi ninguna. También hay que tener en cuenta que yo no tenía mucho que ocultar, y que aquellos dos gordos medio rubios con gafas oscuras debían de ser racistas porque casi ni me tocaron; seguramente les daba asco. Luego empezaron a hablar por teléfono y a pedirnos papeles y números. Frankie (¿o Johnnie?) sacó los suyos, y yo puse cara de póker y de hacer como que no entendía y me llevé la primera bofetada. A continuación canté todo. Como no tenía allí el pasaporte, que además era falso, dije medio lloriqueando que me llamaba de alguna extraña manera que no recuerdo, que tenía quince años y que aquel era mi novio. ¡Imagínese usted lo que pensarían de nosotros aquellos dos policías de un país en el que el simple hecho de pasear se mira muy sospechosamente!

Cualquiera que haya estado en los USA sabe que gran parte de este pueblo tiene extrañas ―extrañas, bárbaras y rancias― ideas sobre las cuestiones que afectan a la actividad sexual, y yo, que por aquellos entonces era totalmente novata en lo que a semejante clase de asuntos se refiere, acababa de decir lo peor que podía haber dicho, lo peor para él, se entiende, así que supongo que le acusarían de estupro, de violación, de pederastia, de fornicación ilegal o de abuso de poder, los gringos son muy dados a poner nombres a las cosas, allí el que la hace la paga, pero la verdad es que no sé qué le sucedió porque no lo he vuelto a ver.

ENTREGA 77

    El lugar en donde conseguí aquellas tierras era, en verdad, paradisíaco. Estaba en una gran extensión ribereña, en el límite de unas l...