jueves, 18 de diciembre de 2025

ENTREGA 70

  

Cuando la nueva estación apareció en escena y por occidente comenzaron a aparecer los nubarrones que presagiaban el otoño, estación propicia para la acostumbrada migración a los mares del sur, llegó el temido momento de la separación ―me refiero a Proserpina―, porque las manadas de cachalotes se funden y pasan largas temporadas juntas, sí, pero ello no es eterno, y cuando de irrevocable manera se presenta el trance del alejamiento, se producen fenómenos de todo tipo. Algunas veces, por ejemplo, ocurren intercambios de miembros que se desplazan de un grupo a otro, lo que es frecuente y he presenciado en ocasiones… Mi idea ―seguro que más de uno lo ha imaginado― era que ella se quedara con nosotros, y así se lo propuse.

―Aquí estarás bien. Nuestra manada es pródiga en recursos y yo cuidaré de ti ―argumento que yo creí sería de su agrado―. La gran escuela de la vida pasa por la diversidad ―razonamiento que me pareció irrefutable…, pero no había contado con las ataduras que todos tenemos, las llamadas de la sangre, las cadenas del código genético.

―Pero ¿y mi madre y mis hermanos? ―dijo―. Me costará separarme de ti, pero, si permanezco aquí, ¿los volveré a ver? ¿Debería quedarme contigo a costa de perder a mi familia? ―y yo tuve que agachar la cabeza, apartar la vista y comenzar a admitir mi derrota, derrota que había de serlo en toda regla.

Mis argumentos finales, tan manoseados, se aferraron a lugares muy comunes. Yo titubeé antes de decirlo, aunque lo dije.

―¿Y Esquilina? ¿Y Severo? Ellos se irán con vosotros, lo he oído contar… ―y ella no respondió.

Se sumergió mansamente y me dejó allí, con la palabra en la boca, aturdido y confuso.

El día de la partida amaneció nublado y con un aspecto que presagiaba la llegada de las primeras tormentas; yo ya sabía lo que iba a suceder. Las despedidas comenzaron muy temprano porque los nuevos lazos de amistad habían sido muchos, profundos y duraderos, pero todo ello no me interesó nada. Sí, me despedí de varios de mis camaradas de aventuras, que enterados de mis cuitas lo hicieron apresuradamente y con cierto desconcierto mal disimulado ―actitud que agradecí―, y luego, mirando de reojo a mi alrededor y sin apresurarme, procuré colocarme en donde ella, atareada en los ritos que describo, me viera de manera indistinta, porque en todo momento me quedó la esperanza de un posible cambio de planes a última hora.

Su manada arrancó majestuosamente, con los exploradores, grupos de revoltosos solteros, al frente. Ante nosotros desfilaron cientos de enormes seres que nos saludaban por última vez, quién con sus zambullidas y quién haciendo alarde de la potencia de sus chorros. Ante nosotros vi transitar aquella mañana a mis amigos de los últimos meses, las madres, los jóvenes y algunos bebés, pues aunque no es en estos lugares en donde suelen tener lugar la mayoría de los alumbramientos, estos también pueden producirse, y aquel verano se habían dado varios casos, mientras, ¿no lo adivinan?, Proserpina remoloneaba nadando perezosamente alrededor de mí ―¿había decidido quedarse o quería que yo la acompañara?― , y luego, cuando la primera de las manadas se hubo alejado, nos tocó el turno a nosotros. Precedidos por los guías comenzó la lenta migración hacia las fosas oceánicas en las que invernábamos, y en donde nos esperarían, como todos los años, los machos, nuestros padres.

Yo me escabullí, dejé transitar una fila tras otra, me aparté, y con ella dando vueltas a mi alrededor salí de la corriente de mi propio grupo. Nadie dijo nada, nadie nos miró, sino que la lenta migración tomó su determinado rumbo hacia el horizonte. Pausadamente, durante la mañana, desfilaron todos mis conocidos en medio de mugidos sin cuento ni razón. Algunos postreros saltos y coletazos se alejaron hacia poniente, y al final, cuando cada manada se había encaminado en una dirección diferente y sólo se vislumbraban sus artificiales rastros químicos y menguados surtidores en la más lejana de las lejanías, allí seguíamos nosotros, solos en medio del enorme océano, mirándonos, nadando en círculo y sin atrevernos a dar el paso definitivo o determinarnos por una dirección u otra. La indecisión nos duró el resto de la mañana, hasta que al fin, angustiado, hube de forzarme y empujarla. Sí, a empujones la hice irse, suavemente al principio, aunque a cada momento con mayor empeño. Ella no se decidía, pero yo la obligué.

―Vete, vete con tu grupo, vete con los tuyos. Pese a que el océano es muy ancho la vida también es muy larga, y lo más probable es que volvamos a encontrarnos muchas veces sobre las crestas de las olas. Nada hacia el horizonte, ahora que estás a tiempo, y no me mires más.

Con gran esfuerzo adopté la mejor expresión que pude y ella lo entendió… ¿Lo entendió? Después de una última de aquellas sus miradas volvió la cabeza y al fin se sumergió, esfumándose entre la espuma. Antes de desaparecer definitivamente aún volvió la cara varias veces más, pero luego no la volví a ver, aunque permaneciera largo rato sondeando los alrededores.

Yo me quedé allí, bajo aquel cielo gris, en medio de la marina inmensidad, nadando y nadando en círculo, solo sobre las aguas y gimiendo hasta el infinito…

―Proserpina, ¿para qué viniste…?

Mis aullidos debieron de llegar hasta la cercana costa, y alguno de esos pescadores que las pueblan seguramente se dijo,

―Estos cachalotes, ¿tendrán ellos mal de amores…? Esos bramidos bien parecen indicarlo.

Los pescadores suelen ser jóvenes, que son los que padecen estos trances. No hay pescadores mayores, al menos encaramados en los riscos de las costas, y si los hubiera, es casi seguro que se reirían de las eternas querellas de los afectos.

Luego, por la tarde, triste y cansado y con la luz cambiante, retomé el rumbo que desde un principio debía haber elegido, y siguiendo sus huellas alcancé a la manada cuando el sol estaba a punto de ocultarse más allá del horizonte.

No sé, en realidad, de qué se sorprenden. Todo esto que he narrado es lo habitual entre los individuos jóvenes de las manadas de cachalotes, y tengo entendido que aproximadamente lo mismo sucede en muchas otras especies.

ENTREGA 70

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