Yo no tengo ni idea de quiénes fueron mis antecesores, pero a juzgar por lo que decía nuestro padre, a lo mejor alguno fue holandés y el del informe estaba en lo cierto, porque Bélgica y Holanda son países vecinos. Además, nosotros éramos muy raros, Liria, Jonás, Cati y yo. Yo tenía frente de negra, es cierto, pero otros rasgos de blanca, y Cati también tenía algo de blanco, o de piel roja, no sé. A lo mejor fue mi madre quien tuvo que ver con esto que cuento, o a lo mejor es que no éramos hermanos por entero; eso, ¿quién puede saberlo? Nuestra madre se murió, y en todo caso se llevó el secreto a la tumba. Cuando naces en el Último Mundo no sabes con seguridad si tus hermanos lo son de verdad o sólo medio hermanos, allí suele haber mucho entrevero, pero en el primero, en el Primer Mundo, sucede lo mismo y lo que ocurre es que no se han dado cuenta, y cuando se la dan no lo quieren admitir. De esto me enteré en cuanto viví una temporada en la parte norte del continente, en la parte acaudalada.
Sí, una primavera fui a África, era lo que más me apetecía, fui al África ecuatorial y estuve por allí dando vueltas y más vueltas durante dos meses. Visité todos los países que pude y me quedé en todas las aldeas en las que me quisieron dar cobijo, aunque pocas veces dormí en el suelo de una choza en la selva, sólo dos o tres. Había muchas antiguas casas de labranza convertidas en fondas y casi nunca encontré otra cosa, pero durante las escasas noches que dormí en las chozas de los claros de la jungla experimenté sensaciones que nunca hubiera imaginado. Vi visiones por el sitio, como es lógico, y por la luna de la selva africana, que no es como la que conocemos, y seguramente también por la falta de costumbre, pero lo que más me hizo disparatar fueron las sustancias que se metían dentro del cuerpo en los lugares en los que la civilización aún no había hecho acto de presencia. Yo nunca he visto un cielo como aquel o respirado un aire nocturno como el que me envolvió, no, nunca me ocurrió tal cosa, y me fue a suceder por vez primera en mi tierra profunda, mi tierra adentro.
Un día en un establecimiento ―no un establecimiento normal, claro, porque en África no hay establecimientos normales; no hay ranchitos ni colmados ni hamburgueserías ni nada de eso; aquel era un bazar de una carretera nueva que discurría bordeando una selva, un tenderete que había quedado tras la obra y hacía las funciones de gasolinera y restaurante, y también de mancebía durante las horas nocturnas―, pues yo paré para comer lo que me dieran y uno me habló de una aldea cercana en donde acogían caminantes; yo no iba caminando, pero eso es lo de menos. Por la tarde, después de comerme un capitán con mandasis de plátano, me llegué hasta allí. Vivían en chozas de verdad y el coche me hicieron dejarlo en un cercado, con las vacas. El poblado era circular y tenía un palenque de estacas clavadas en el suelo que lo ceñía. Saludé a todas, que eran muy altas, como yo, y estuve la tarde entera acariciando nutridos niños de pecho ―a los infantes no hay como darles de mamar― y visitando chozas de adobe y tejado de ramas. ¡Qué bonitos trajes tienen las negras…! ¿Por qué no voy yo vestida así?
―¿Me vende usted esa tela?
―¿Cuál?, ¿esta? Ja ja, te la cambio por los pantalones.
―¿Ah, sí…? Venga, ahora mismo.
Luego, cuando llegó el crepúsculo, encendieron una hoguera y sacaron cosas de comer, una especie de revuelto de frutas crudas que me supo a rayos y a comida de la selva, eso de lo que tanto se habla pero nadie sabe dónde está. También arroz con salsa amarilla y leche cortada, algo parecido al asopio pero más historiado, y varios me acompañaron; una vestía de pieles y otros normalmente. Todo esto lo comimos en platos de madera, y luego me leyeron la mano y me hicieron conjuros y exorcismos; fue la de las pieles. A ti te gusta mucho el agua, me dijo, y tenían un brebaje buenísimo. Yo no sé qué era aquello, no era ron ni tequila ni nada normal, sino un aguardiente de origen y sabor desconocido.
―¿No te gusta?
―¿Que no me gusta…? ¡Si me gusta muchísimo!
―Pues bebe, mientras los Dioses lo permitan… ¿Quieres dar un paseo por los bosques?
Dos niños de quince años me llevaron.
―¿Quiere ver la Luna? No hay ningún peligro. Cuando hay luna los animales se esconden, y además volveremos en cuanto usted quiera.
En un barrio que conocí de pequeña, aunque no voy a decir su nombre, cuando nacía una niña la solían tirar por el retrete. Esto se ha hecho mucho. Los griegos clásicos, los de la cuna de la civilización, ya lo hacían. Ellos, en vez de tirarlas por el retrete, las dejaban abandonadas en las esquinas de las calles a merced de las hordas de perros vagabundos, lo hacían por la noche, y yo casi prefiero lo del váter. En el lugar en que estuve aquella tarde y aquella noche ya no abandonaban a las niñas recién nacidas, aunque no dudo de que aún haya lugares en donde se hace, las costumbres antiguas son difíciles de erradicar y esos procederes participan del don de la universalidad; en África sucedieron, claro está, y en Asia y en Europa y en América, y hasta, seguramente, en Oceanía, no hay más que leer la historia. La razón es que, como escribí con anterioridad, con el estómago no se puede discutir. En los lugares opulentos esto no significa nada porque hay superproducción y te puedes alimentar de las sobras, pero en el África profunda, y no digamos ya en los desiertos abisinios, es una verdad irrefutable. El lugar al que viajé, toda esa gran franja arbórea del África ecuatorial, no es pobre, todo lo contrario, rebosa de materias primas, y el flujo de energía es tal que el Sol se basta para hacer crecer las plantas que alimentan a su población. La agricultura, a falta de maquinaria, es espontánea, lo que siempre es una ventaja, y hasta los animales de la selva están bien alimentados, así que, ¿por qué la gente se muere de hambre? Motivos hay muchos, de los que la mayoría tienen que ver con los pecados capitales, soberbia, avaricia, lujuria, etc., y esas manifestaciones del cerebro que llamamos pasiones, las pasiones de los negros y los blancos.
La región a la que me refiero fue esquilmada trescientos años antes de su elemento humano. Los mercaderes europeos y americanos de esclavos, los negreros, conchabados con los sátrapas negros y musulmanes, fueron muy activos durante los siglos XVII y XVIII. La Europa del barroco fue la que, en cierto sentido, puso en marcha todo aquel ancho mundo, aunque ellos no lo hicieran por mera filantropía. Si miraba hacia atrás, y tenía en cuenta lo que decían los papeles, no podía por menos de deducir que muchos de mis tatarabuelos habían sido gaboneses, ¿o fueron zaireños…? En cualquier caso, esclavos, y yo lo soy asimismo, como la mayor parte de las personas de mi época, aunque en la actualidad las formas hayan cambiado mucho.
Al final, los últimos días, estuve en la desembocadura de ese río al que llaman Congo, aunque en su nacimiento lo llamen Sambesi ―que quiere decir agua grande―, y también Lualuba y otros muchos nombres más. Con sus cinco mil kilómetros de longitud (el agua tarda seis meses en llegar desde el nacimiento a la desembocadura), cualquiera se puede imaginar que los nombres que recibe a lo largo de su curso deben de ser infinitos, e incluso hay quien dice que antes de que África se separara de América del Sur formaba una sola cuenca junto con el Amazonas, aunque esto no sea difícil de suponer pues basta contemplar el mapa para darse cuenta. En aquella parte en la que estuve ya es un río manso, de una anchura infinita, que se vierte al océano de forma apacible entre cayos y cañaverales. En sus playas y orillas hay elefantes que comen los frutos de los árboles y a los que nadie dispara por hambre, lucro o simple afición, porque los guardabosques negros de un inmenso Parque Natural, vestidos de verde y marrón, lo impiden.
―Sus papeles, señorita.
―Gracias.
―Que lo pase usted bien.
―Igualmente, hermano.
El negro alto, delgado y casi vestido de militar, me sonrió.
―Adiós.
―Adiós, Jonás.
África es el lugar más grande y tumultuoso de este planeta, pero incluso siéndolo tanto, aún hay algo que es mucho mayor y lleno de vida y monstruos de todo tipo. Ese lugar…, ¿saben cuál es? Es el mar, el océano, mi océano sin interrupción ni fronteras, el lugar en donde el agua se encuentra con el cielo…, y allí, subida en aquella peña, se me ocurrió pensar, pues sí, de pronto se me ocurrió pensar, después de veinticuatro años, enfrente de mí está el mar. Yo estoy aquí, en el África central, subida en un acantilado, y le miro, el mar es el mar y el mismo en todas partes, le miro y le tiro piedras, piedrecitas. Mar, no te enfades, ya sabes que no quiero hacerte daño… ¿Le daré a algún pez? Me extrañaría, el mar es tan grande… Yo estoy aquí, subida a este peñasco, y delante de mí está el mar…
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Hasta este lugar llegó la primera parte de la descomunal novela que nos ocupa (por el tamaño), y aquí comenzará la segunda, que es tanto o más larga…, pero sucede que es donde ocurre TODO.