lunes, 20 de abril de 2026

ENTREGA 105

 

Durante dos años estuve en un delfinario, fue el primer empleo que me consiguió el gran jefe, el mayor, mi protector, y en él aprendí algo nuevo, como es lo de relacionarte con seres que habitan mundos diferentes. Los perros, los monos, los gatos, los pájaros…, pero ellos son animales terrestres que respiran el mismo aire que tú. Otra cosa son los que viven en el agua, y aunque algunos también respiran, como los cetáceos, el líquido y fluido medio en que se desenvuelven los convierte en individuos especiales con los que poco tenemos en común. Por ejemplo, la dieta, o el lenguaje, enrevesado a más no poder y que nadie ha conseguido descifrar, por más que muchos se jacten de ello. Sin embargo, es posible el intercambio de información.

Un delfín es como una ola muy larga; se anuncia desde lejos y deja todas las puertas abiertas. No es abrumador ni agobiante, como algunas personas. Él habla, pero no pide nada. Si le das algo lo toma, pero de ahí no pasa. Es posible que existan delfines pánfilos y encogidos, eso habría que preguntárselo a los sabios, pero yo nunca conocí a ninguno, sólo tuve tratos con individuos refinados, seres exquisitos que exponían sus argumentos con cartesiana placidez, aquellos que nos acompañaron en el inmenso acuarium y siempre hicieron gala del mejor humor.

Por ejemplo, puedes cabalgar sobre sus lomos como si lo hicieras sobre un caballo, aunque antes tienes que trabar amistad con ellos, pues no a todos se lo permiten. Y les puedes dar un beso en la cabeza, es algo que les gusta, y ríen cuando lo haces. Si te encuentras dentro del agua, abrazándolo, él lo entiende perfectamente. Empieza a cloquear, hace un ruido parecido al de las gallinas ponedoras y comienza a nadar muy suavemente y a arrastrarte, manifestación que significa lo mismo que el ronroneo de los gatos.

El mundo que me ha tocado vivir, el mundo en el que mis mayores me han alumbrado, es un lugar diverso, heterogéneo, polifacético, en el cual coexisten infinidad de especies, y eso sin decir nada de los nuevos y revolucionarios descubrimientos que continuamente se producen. Es un lugar en el que la magia, esa clase de magia a la que aún no sabemos qué nombre dar, ocupa un espacio preeminente, por más que no todo el mundo sea capaz de percibirla en su sentido más recto.

De todas formas, mi principal oficio en aquella institución fue el de fotógrafa. Manejaba una camarita submarina de vídeo, y como pasaba la vida nadando y buceando con ellos, filmé horas y horas de juegos, chapuzones y coloquios en su extraño idioma, que se suele llamar de puerta chirriante. Las películas las usaban para sus estudios, pero también para que el público asistente pudiera ver lo que sucede cuando aquello no está lleno de gente ―porque los delfines, amén de juguetones cuando hay que serlo, son muy recatados; en eso parecen casi humanos―, y hasta el cartel que aquel año exhibieron en las puertas del establecimiento salió de una de mis filmaciones; lo hizo uno que trabajaba allí y era un artista.

Sin embargo, aquello quedó atrás porque después inicié otras tareas y el tiempo lo borra todo, y cuando pasó un año, o pasaron dos, descubrí que de mi dorada etapa de juventud, la de las fotos y películas de mis amigos los delfines, casi no me acordaba. La única foto que recordaba era una que, cuando fui pequeña, a los diez u once años, en la época que narré de mi paso por la humeante civilización de Maracaibo, me empeñé en que me hicieran. Fui un día con Liria a una de aquellas casas de fotógrafos, y un señor me hizo una que tuve mucho tiempo en un marco de plástico. ¿Dónde estarás ahora, foto antigua y perdida con una cortina de fondo, más que en mi memoria? La foto, que era marrón, tenía una cortina como fondo ―yo siempre tuve mucha manía a las cortinas, nunca he sabido por qué―, pero así y todo salí muy bien, con la mano en la barbilla, los dientes rotos, mirando a la cámara y todo el pelo rizado cayendo por los lados y cogido con una cinta que era de Liria…, lo que tampoco se podría decir que constituyera ningún mérito porque a los once años sale bien cualquiera. Y para que se vea que es cierto que yo tengo muchísima manía a las cortinas, contaré que en la época de la que hablo tenía una casa, la casa en donde vivía, una casa pequeñita pero que tenía una gran terraza y muy buenas vistas ―esto ya lo dije―, y en ella no había cortinas; sí, no cabe duda de que es una manía, pero el caso es que no tenía cortinas, nunca puse ninguna, nunca las he puesto y ni se me ocurrió.

―¿Cortinas? ¿Para qué? Yo no tengo nada que ocultar.

―Ya, pero ¿y los mirones? Sí, mujer, les voyeurs

―¿Voyeurs…? ¡Qué cosas dices! La casa de enfrente está al otro lado de una vaguada, a un kilómetro, y los de allí no pueden ver nada; necesitarían el telescopio espacial. Además, me da igual; que miren lo que les dé la gana ―y aquella noche en la playa de la isla en la que nací, como después de nadar con los delfines me dio muchísima pereza volver a la civilización, me quedé con mis antiguos amigos y dormí en el coche con las ventanas bajadas, el viento entrando por todas partes y los gritos de los pájaros y el tronar de las olas de mi infancia metido en los oídos.

Otra de las actividades que me ocuparon durante aquellos años, mis primeros años en la civilización de las máquinas, aparte de extender infructuosamente la búsqueda de mis hermanos a todos los medios de comunicación que se me ocurrieron, fue visitar la tierra de mis antepasados, mis más lejanos antepasados. Como por tales entonces estaban a la orden del día los análisis de ADN, y de ellos podían deducirse multitud de datos genealógicos, me hice uno. Eran caros, pero me salió gratis porque me lo consiguió un amigo que trabajaba en uno de aquellos laboratorios en donde los hacían. Dame uno de tus cepillos de dientes y ya te avisaré. Era un tipo que me caía muy bien, aunque no tanto como para casarme con él, ni aunque me consiguiera un análisis. Le invité a cenar y luego le dejé que dijera algunas tonterías, pero sin pasarse. Como era en la barra de un bar, y estuvimos allí hasta las tantas, riendo y bebiendo cerveza, él también se debió de quedar contento. Al final le di un beso y me bajé del coche poco menos que corriendo, pues si no ya sabía que se iba a poner bastante bruto ―bueno, él a lo mejor no, pero es lo que hacen todos―, y del análisis saqué muchas conclusiones.

Era un informe en lenguaje literario en el que se decía que el individuo objeto del presente estudio ―es decir, yo misma―, tenía sus antepasados más remotos, hasta donde la ciencia podía remontarse, por la zona del África central, y como el que escribía aquello no me conocía ni me había visto nunca, no me pareció mal. Incluso citaba países y grupos étnicos concretos. Decía también que debía de tener algún tatarabuelo ario, de la parte de Bélgica; lo decía textualmente. No sé qué tendrán de especial los belgas, pero a lo mejor es cierto que estos pormenores se pueden reconocer, y ello me recordó algo que una vez me dijo mi padre, Coriandro, nuestro padre, cuando era muy pequeña.

―Ven al baño, ahora te voy a enseñar algo que te servirá para toda la vida. Tú haces una lista de todos tus amigos, amigos y conocidos, y en un calendario que puedas colgar en la pared señalas los días de sus santos, no se lo preguntes, usa el almanaque, y ese calendario lo cuelgas aquí, en el cuarto de baño; así, todos los días sabes a quien tienes que llamar para decirle, ¡muchas felicidades!, lo ves por la mañana ―lo que me pareció una buena política, pues haciéndolo de esta forma no se te escapa nadie―. Esto lo hacen los holandeses, apréndetelo bien.

ENTREGA 105

  Durante dos años estuve en un delfinario, fue el primer empleo que me consiguió el gran jefe, el mayor, mi protector, y en él aprendí al...