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RONDEAU
La negra a los veinte años
Un cachalote funda su manada
Muerte del tío Aldy
La oceanauta
Yo me llamo Sandi Estilográfica
Conexión
Los treinta años
Vacaciones
LA NEGRA A LOS VEINTE AÑOS
Yo aprendí a nadar en la Universidad, en aquel college al que me mandaron con una beca de una Fundación, aunque con esto no quiero decir que antes no supiera hacerlo, porque había pasado muchas horas en el mar ―sobre todo en mi islita, la recordarán, la del restaurante para turistas― y no me ahogué. Lo que sucedía era que no sabía hacerlo correctamente, no conocía ninguno de los estilos tradicionales, lo hacía como podía y no me salía mal, pero en cuanto me lo explicaron, y allí, en mi primer año, me lo explicaron de inmediato, lo entendí.
Como es fácil de suponer, aquello fue para mí un hallazgo muy importante. Descubrí lo conveniente que es aplicar la técnica adecuada en cada caso, y lo equivocados que solemos estar cuando, en la mayoría de las ocasiones, pensamos que ya lo sabemos todo. Al año siguiente, que fue el primer año en que me presenté, gané el campeonato del colegio, y eso que éramos muchos, y algunos ―y algunas― lo hacían muy bien, y luego me inscribieron en una carrera que se hacía entre todos los centros de las cercanías. Allí sólo nadaban los mejores de cada lugar, y la prueba consistía en atravesar una bahía, una bahía muy grande, de casi tres millas de ancha, con muchos barcos de apoyo, banderolas, cohetes y gente dando gritos y animándote. Pues bien, para que se vea mi estado por aquel entonces, en la prueba de la bahía gané también a todos, a las mujeres y a los hombres, llegué la primera. Los hombres, en particular, se quedaron boquiabiertos y más de uno se lo tomó a mal, asunto del que me enteré porque en la fiesta nocturna subsiguiente, aquella misma noche, dos pájaros decían que me metía no sé qué sustancias, que si no a ellos no les ganaba, pero no les hice ningún caso. A continuación, en el college, en donde vivía, me estuvieron dando la lata para que me apuntara a unos cursillos de perfeccionamiento, ya verás, tú puedes ser campeona de no sé cuántas cosas, ¡campeona olímpica!, y todo el mundo me decía que lo hiciera pero yo no quise, nunca me gustó lo de la competencia, y menos en plan profesional, y además había que hacer régimen.
El mayor, aquí, ya me conocía. Sabía de sobra quién era yo, la mejor alumna, no la mejor de la clase sino casi la mejor de todo el centro, una especie de eminencia, y no sólo nadando, lo que no me había sucedido ni por asomo en el colegio de las monjas. Además, hablaba español e inglés por igual, habilidad que allí casi nadie poseía porque los nativos del país son muy reacios a aprender lenguas extranjeras, y tampoco tenía ningún acento, lo que quizá signifique que tengo buen oído. A lo mejor lo mío hubiera sido la música, no sé, pero los que sólo hablaban inglés y no me conocían, los nuevos ―porque allí llegaba gente nueva todos los meses―, me tomaban por sureña.
―Tú eres de Alabama, ¿verdad?, o de Mississippi.
¡Sí, de Alabama…! Yo era de las Antillas, pero solía decir que había nacido en el África profunda, que había venido de Ouagadougu, o de Tombuctú, y como los gringos desconocen cualquier geografía que no sea la de su país, y de ella tampoco saben mucho, se quedaban embobados.
―¿Ah, sí…? ¿Y dónde está eso? ―y yo contestaba que al sur de Australia, aunque otras veces decía que no…
―No. Al norte de Noruega, en el mar de Barents. Yo soy una negra septentrional e hiperbórea, ¿no se me nota?
El mayor, cuando oía cosas como aquella, soltaba la carcajada. Él se reía de casi todo, incluida su sombra, siempre lo hizo. Teníamos en común eso y el gusto por estar metidos en el agua, pues no en vano era un pez gordo de alguna especie de institución dedicada a lo submarino, una organización que estaba construyendo granjas marinas en todo el planeta; así está el pescado hoy en día, y sabe a lo que sabe.