jueves, 15 de enero de 2026

ENTREGA 78

  

De Javi también podría decir que intentó ligar con todas las negras que le salieron al paso, y que con alguna lo consiguió, y que cuando aquella vasta construcción comenzó a tomar cuerpo, se despidió, bien que lo siento, pero la clientela está histérica y tengo que volver para que se calmen, así que una tarde cogió un avión y desapareció. Ni que decir tiene que se refería a su padre y a sus profesores, porque Javi seguía con sus eternos estudios, que aún le duraron una temporada, aunque a juzgar por lo que hizo allí, le debían haber dado el título aquel mismo año.

Nosotros, con sus planos y detalladas instrucciones conseguimos que se levantara aquella construcción de puro barro y madera tropical en tiempo récord, y mientras duró la obra, Ton y yo, cuando sus obligaciones de taxista se lo permitían, pusimos a punto una huerta, una huerta que hacía las delicias de la fauna vernácula. Una huerta asentada en algún terreno no excesivamente adecuado produce mucho con poco esfuerzo, pero si el lugar que ocupa es soleado, soleado sin pausa, y la tierra más o menos virgen, tierra poco cultivada, las cosechas pueden llegar a ser monumentales, y el tamaño de los frutos recogidos titánico, colosal. Las calabazas, los pimientos, los tomates, las cebollas, las matas de cilantro, todo era propio de gigantes y de la mejor calidad. Los tomates y los pimientos, por ende, sabían a tomate y a pimiento, y a mí aquello me llamó mucho la atención, porque, a pesar de mis muchas reticencias, de una manera inconsciente debía de estar entrando por el aro de la comida industrial.

Animales feroces por aquellos pagos no había muchos. La fauna local era prácticamente inexistente, si exceptuamos los pájaros, las serpientes y los monos, seguramente porque los habitantes de aquellos parajes los habían exterminado con el correr de los tiempos, supongo que para comérselos. Xiomara tuvo un mono que se llamaba Narciso, porque pasaba los días mirándose en los espejos.

―¿Qué es lo que más le gusta a los colobos?

El colobo, también llamado colobo de Abisinia, Colobus polykomos o Colobus guereza, es un mono de porte mediano, un cercopitécido originario del África oriental que, por razones oscuras, aunque probablemente de tipo industrial, había sido extendido a ciertos lugares de este continente. Es un auténtico mono en blanco y negro, pues mientras su cuerpo es negro por completo, con un pelo magnífico y que parece seda, alrededor de la cabeza, en la espalda y la cola, exhibe unas larguísimas crines blancas que le prestan un aspecto nada habitual. Es un animal arborícola, de dieta exclusivamente vegetariana ―si hacemos excepción de su afición a los insectos―, ágil, volatinero y saltarín como el que más, y con un carácter independiente, aunque muy amigo, por lo menos a determinadas horas, de las personas.

―Lo que más le gusta a los colobos, aparte de dormir en las copas de los árboles, son los espejos.

―¿Los espejos?

Ton tenía ciertas ideas extrañas en la cabeza, aunque manejaba la azada como nadie.

―Hay quien dice que fueron ellos los que redujeron el fuego a la obediencia, no los seres humanos, aunque otros dicen que fueron los chimpancés. Yo no lo sé porque no estaba allí para verlo.

Yo también le daba a la azada, pero no tanto.

―¿Tú crees…?

―Ya verás, llámalo.

Narciso, en cuanto oyó los gritos, vino corriendo porque Xiomara le había preparado una ensalada monumental. El colobo sólo comía ensaladas, y las comía con muchísimo cuidado y un espejo delante, escogiendo las cosas y comiéndose primero las que más le gustaban, aunque al final solía dar cuenta de todo.

A Xiomara, aparte de los animales salvajes, también le interesaban otras cuestiones. Una, pasarse las horas muertas tomando el sol, lo que se debía a que, como muchas mujeres, tenía la tensión baja. Dos, las palmeras y los países tropicales, y al que nos habíamos ido lo era con suficiencia; además, resultaba que dentro de nuestras tierras teníamos un grupo de aquellos árboles, algo así como un oasis con un pozo entre ellas ―un pozo cuya agua no era salobre, era dulce y se podía beber―, y nos proveían de dátiles en cantidades propias del continente en que estábamos. Y tres, también le gustaba jugar a los matrimonios, no sé si con intenciones posteriores, yo creo que no. A eso, en realidad, nos gustó jugar a los dos, aunque sólo nos durase una temporada.

Aquella fue la única época de mi vida en que tuve mujer. Empecé con novia, pero al cabo de dos años lo que tenía era mujer, y con las palmeras me sucedió algo por el estilo. A fuerza de mirarlas empecé a ver detrás los astros del firmamento, primero la Luna creciente, luego los planetas ―como Venus, por ejemplo, la luz más brillante de el cielo―, y al fin las estrellas y la bóveda celeste en conjunto. Todo gira alrededor de la Polar ―enseñanza que aún recordaba de tiempos pasados―, y siempre será así, aunque nosotros no estemos aquí para verlo…

Como yo era muy inseguro, también se podría decir tímido ―de pequeño lo fui siempre; de pequeño, a los doce años, cuando iba solo por la calle andaba pegado a las fachadas de las casas―, mis relaciones con las mujeres siempre habían estado condicionadas por la coraza, la coraza del alma, la coraza que nos defiende, y no del pecado, como dicen algunos. De pequeño utilizaba a Louis, porque me parecía que si era él quien usaba el teléfono aquello resultaba menos evidente ―y además estaban los coñacs que tomábamos para animarnos―, pero de mayor tuve que aprender a apañármelas por mí mismo, y mi método preferido consistió en agarrarme a las luces del cielo.

―¿No querías algo eterno, que no se acabara nunca…? Pues ahí tienes a tus amigas, las estrellas, que jamás desaparecerán.

Para mí era un consuelo, un consuelo bastante tonto, pero durante una temporada me sirvió.

ENTREGA 78

    De Javi también podría decir que intentó ligar con todas las negras que le salieron al paso, y que con alguna lo consiguió, y que cuan...