jueves, 5 de marzo de 2026

ENTREGA 92

 

Fuimos hasta los mostradores, y cuando estábamos allí estalló una bomba debajo del escenario que mató a muchos de los que estaban bailando en las primeras filas y tapó completamente el ruido de los altavoces, los acalló. Después de aquello las únicas músicas que se oyeron fueron los gritos de la multitud herida y las sirenas de las ambulancias, que también son músicas, y yo, que era diplomada en primeros auxilios, fui a ayudar, aunque hubo poco que hacer. Sólo había gran confusión de sangre y brazos y piernas, todo estaba revuelto y estuvimos hasta el amanecer intentando poner orden. Él que me había acompañado resultó que era médico, y él y otras personas echaron el resto, trabajaron hasta el agotamiento. A veces los hombres parecen tontos, pero sólo es en apariencia. A lo mejor es que intentan parecerlo para trabajar menos y que nadie les dé la murga, y si es así no es mala política.

Como aquello hizo mucho ruido, porque sucedió en un lugar pequeño, los responsables del condado tuvieron a bien conceder un montón de condecoraciones a todos los que allí trabajamos aquella noche. A mi me dieron una especie de medalla, y la noticia trascendió hasta el lugar en que habitaba. Entonces, el mayor, un día, se refirió a ello y me hizo contarles la historia a los demás.

―Pues te pones llena de sangre hasta arriba, en la vida he visto tanta sangre; si a alguno de vosotros le da miedo la sangre y está metido en uno de esos fregados, lo mejor que puede hacer es salir corriendo, porque los que se desmayan sólo servimos para estorbar. Yo creí que iba a aguantar, pero cuando me pusieron a recoger brazos y piernas sueltos, porque a algunos consiguieron reinjertárselos en los hospitales ―se reconocían por la ropa que aún llevaban colocada―, me caí al suelo redonda y me tuvieron que dar a oler sales. También está la cuestión de las lágrimas. No conviene llorar porque los ojos se irritan y no ves nada, pero a veces no lo puedes evitar, sobre todo cuando ves a un niño al que falta algo y te mira con esa mirada que… En fin, menos mal que allí niños casi no había, que si no me hubiera tenido que ir.

El mayor, al final, dijo,

―No es lo habitual, pero en esta vida a veces te encuentras en situaciones extraordinarias. Vosotros sois muy jóvenes y nunca habéis visto una guerra ni nada parecido, así que ya podéis ir poniendo los medios para no tener que verla.

A mí me dio una palmadita en la cabeza y nos echó a todos de clase.

―Buenos días a los pobres, que los ricos los tienen siempre. Hasta mañana.

Lo que yo me preguntaba era por qué me trataba como a una niña, porque ya era bastante mayor, y más alta que él. Quizá lo que sucedía es que le gustaban las negras, ya que hay muchos blancos a los que les gustan las negras, pero conmigo siempre se portó muy bien, nunca me dijo cosas raras ni me dio la lata, y eso que pudo hacerlo…, cuestión a la que ya me he referido más veces y a fuerza de insistir parece que me pesa. ¿Me pesa? Bueno, tengo que reconocer que un poco sí, pero el caso es que no sé por qué no lo hizo porque lo tuvo muy fácil…, y tampoco sé lo que le hubiera dicho yo de haber llegado el caso. A lo mejor le hubiera dicho que sí, porque la querencia de las mujeres con los mayores está muy extendida, debe de ser poco menos que universal, asunto que en mi opinión deriva directamente de instrucciones del código genético, aunque en mi particular caso también debía de influir el hecho de que yo no tuviera padre. A mí el mayor me parecía un tipo fuera de serie, completamente distinto de la gente de mi edad, todos aquellos pretendientes que me rondaron y luego despedí con cajas destempladas de manera tan poco edificante, pero ¡qué iba a hacer!, no me iba a casar con todos.

Cuando me dieron los papeles definitivos, o sea, cuando me admitieron en aquel país como persona, escribieron, nacionalidad, USA. Luego el tipo de la oficina me preguntó, ¿lugar de nacimiento?, y yo le dije, Borinquén, y como el otro no lo entendía, tuve que deletrearlo. A continuación me dijo, ¿estado?, porque pensaba que era algún pueblo de uno de sus estados, pero yo le dije, Antillas Meridionales, y el de enfrente me miró un poco raro, pero como debía de tener ganas de salir a tomarse la hamburguesa, lo escribió y hasta hoy. Esto de los registros es sagrado, así que en mis papeles, en el lugar de nacimiento, puede leerse, Borinquén, Antillas Meridionales, que no me digan que no es un título. Además, es casi verdad, pero intenten buscar a alguien que haya nacido allí y verán como no lo encuentran. En ningún pasaporte puede leerse eso, sino que contienen unos vocablos mucho más feos, muchísimo menos poéticos. La burocracia es un freno para algunas cosas, pero para otras viene bien, y todo ello sin decir que yo no soy taína, en principio los únicos autorizados para usar de semejante privilegio. Espero que ellos me perdonen el desliz, la comedia, la suplantación.

ENTREGA 92

  Fuimos hasta los mostradores, y cuando estábamos allí estalló una bomba debajo del escenario que mató a muchos de los que estaban bailan...