lunes, 2 de marzo de 2026

ENTREGA 91

  

El mayor, por aquel entonces, debía de tener cerca de cuarenta años y a mí me imponía. Desde luego era guapo, y contra lo que pudiera suponerse por su nombre, no iba de uniforme. De uniforme sólo iban tres o cuatro mandados de las escalas intermedias que debían de ser de fuera o se habían caído de un guindo. El mayor vestía de forma estrafalaria, con camisas de colorines, y llevaba el pelo, que le empezaba a escasear por delante, como una cascada de rizos; en su juventud, al parecer, había cogido olas, porque esas maneras no se pierden. A mí me miraba de un modo harto especial, sobre todo cuando estaba de espaldas, y no creo que fuera por mi expediente. A Patricia la gafas, que era otra lista y tampoco estaba mal, no le hacía el menor caso y la echaba de su despacho dando voces destempladas que se oían por los contornos; claro, porque Patricia era un poco pesada, siempre andaba con reivindicaciones, sobre todo de tipo científico, es que usted nos dijo, es que cuando sucedió aquello, etc. Debía de querer hacer méritos, pero no consiguió nada. Más bien se confundió, porque el mayor no era dado a paternalismos ni indulgencias.

―Señorita blanca, imagínese que está sola en el fondo del mar y se queda sin baterías. ¿Qué hace? ¿Profiere exigentes voces de protesta dirigidas a los peces o intenta recordar la página cuarta del manual, en donde se dice que si no sabe qué hacer, no haga nada…? ―y lo de blanca se lo decía porque era muy pálida; nunca tomaba el sol porque daba cáncer.

Entonces la pobre Patricia se quedaba aún más lívida, se quedaba despavorida y sin habla, abría la boca, tartamudeaba algo ininteligible, casi se echaba a llorar y se sentaba. De todas formas, a aquella niña, con todo lo cursi que era, tampoco le fue mal. Al final se ligó a un pelirrojo muy amigo de pamplinas, se casó con él y, con el tiempo, se dedicó a labores de tipo burocrático. Yo creo que estaba más predispuesta hacia aquella clase de tareas ―porque al cabo de cinco años tenía cuatro hijos― que a surcar las profundidades del océano, para lo que solía tener demasiado frío, ¡qué frío!

Bueno, todo esto no pasaban de ser aventuras juveniles de liceo. Lo que me interesaba a mí por aquellos tiempos era la composición geológica y la fauna y flora del fondo del mar. También el relieve submarino, del que tenía muchos mapas, y los hombres, en especial el mayor, aunque como él no me hacía caso ―quiero decir que no me hacía aquella clase de caso―, me dedicaba a los de mi edad, que son mucho más dóciles. Con ellos iba a conciertos, por ejemplo, dejaba que me llevaran, aunque no tenían mis gustos; lástima. Las primeras músicas que me gustaron de verdad las oí en el fondo del mar, pero de eso ya hablaremos cuando llegue la ocasión.

Los conciertos a que me llevaban mis novios eran conciertos en torno a veinticuatro hertzios, y lo sé porque me lo dijo el otorrino, el de las revisiones periódicas.

―Usted no oye nada por debajo de veintitrés hertzios. ¿Por qué? Sí, yo me pregunto por qué. Dígame, señorita, ¿oyó usted mucha música de joven con unos auriculares puestos? ―y yo respondí,

―Pues no recuerdo. Mucha no; supongo que algo. ¿No puede ser de nacimiento? Yo nací durante un terremoto… ―a lo que él contestó,

―Puede ser, sí, pero su tipo de lesión es más bien artificial. En fin, no ocurre nada; no haga locuras a partir de ahora ―aunque no sé qué quiso decir con aquello.

Bueno, pues yo iba a los conciertos a que me llevaban los novios de mi edad, unos conciertos en veinticuatro hertzios; esa era la frecuencia dominante y la que más me afectaba. O es que no se oía otra cosa o es que soy muy torpe, porque yo sólo oía los veinticuatro hertzios, y fortísimos… Luego me he enterado de que lo que sucede es que refuerzan los graves porque eso atonta a la gente y protestan menos. Nadie va a decir que le devuelvan el dinero y al final está todo el mundo patas arriba en el prado, aunque he oído contar que antiguamente los conciertos no eran así. No se dedicaban a romper los tímpanos al público, ni mucho menos; eran normales y sólo se hablaba de paz, amor y otros asuntos por el estilo. Ahora no sé qué sucede, pero, en cierto sentido, no me extraña que procedan de esta manera. Los conciertos de música popular son lugares peligrosísimos porque la muchitanga es muy dada a desmadrarse a la menor oportunidad. A veces hay tantos policías que la gente se comporta, pero otras no, y eso me ocurrió en una ocasión.

Era en una campa fantástica, una campa verde, y al fondo había un parque con un palacio de tipo inglés en medio; al palacio no dejaban ir, pero te podías perder en el bosque. También había una playa que daba a un gran lago y en cuyos bordes se asentaban muchas casitas blancas. Como cuando llegamos era por la tarde, me tiré al agua de inmediato y luego ya estuve todo el rato bastante fresca. Aquel con el que fui no me acompañó en el baño. Los tipos piensan que con cuidarte la ropa han cumplido, y no es así. A mí me gusta bañarme con los demás, que ellos sientan lo mismo que tú, mojar a la gente y dar gritos dentro del agua, pero ninguno quiere; debe de ser que los hombres también se destemplan, no sólo las mujeres, que somos las que llevamos la fama. Luego se hizo de noche y comenzó el concierto.

Primero tocaron los teloneros, unos muy malos que iban vestidos de negro, parecían ejecutivos antiguos y no hacían más que ruido, un ruido molestísimo. En los lados de la campa había unos tenderetes que simulaban ser los bares, y como en el centro el ruido era insoportable, fuimos a beber algunas cervezas, si podía ser, mientras empezaban a tocar los famosos. El caso fue que llegamos al mostrador, y un negro raro, un negro no hermano, nos dijo que fuéramos antes a buscar los tickets. Total, que fuimos hasta un kiosco con muchos guardias y nos los vendieron, y luego nos dieron la cerveza en vasos de plástico. La cerveza era carísima, malísima y estaba caliente, pero en estos sitios suceden cosas muy raras y en los bares no iba a ser menos. Al final, después de hacernos esperar muchísimo y cambiar todos los instrumentos que había en el escenario, salieron los famosos y todo el mundo se puso a dar gritos y saltos, parecía que iba a empezar la fiesta de verdad, aunque pronto me desilusioné. Los nuevos, los famosos, tras una entrada con mucho rayo láser y humaredas de colores, arrancaron como un dinosaurio en un jardín de la infancia. El de la mesa debió de pensar, de esta se van a acordar, y subió el volumen un poco más. Así estuvimos un rato, una o dos canciones, hasta que el que iba conmigo tuvo una idea genial, fue lo mejor que hizo durante aquella noche. Me dijo,

―¿No quieres más cerveza? ―y yo, que estaba atronada, contesté,

―Sí, vamos.

ENTREGA 91

    El mayor, por aquel entonces, debía de tener cerca de cuarenta años y a mí me imponía. Desde luego era guapo, y contra lo que pudiera ...