jueves, 12 de marzo de 2026

ENTREGA 94

  

MUERTE DEL TÍO ALDY

 ―¿Tú sabes lo que, según se dice, escribió en una ocasión Pérez Galdós?

Como yo sabía que el tío Aldy, a pesar de todo lo demás, era un estudioso, y aunque estuviera en las últimas no desvariaba, presté atención.

―Pues escribió: El español salió de su casa en 1808 y todavía no ha regresado a ella.

El tío Aldy, sentado en un sillón al lado de una ventana que daba a la dehesa, me miró medio de reojo, seguramente por comprobar el efecto que sus palabras me habían causado. Luego añadió,

―Así son las cosas. Yo ya no lo veré, pero la humanidad, y los españoles también, está a punto de salir de su casa para siempre ―y enarcó las cejas y señaló con el dedo encima de él, al techo de la habitación.

De por qué dijo aquello el tío Aldy no tengo la menor idea, pero de que por su cabeza circulaban ideas que ninguno de nosotros éramos capaces de poner por escrito, de eso sí que estoy seguro. Luego me preguntó,

―¿Te quedas a comer…? Sí, ¿no? He dicho que nos pongan cosas de esas que te gustan a ti.

Los últimos tiempos del tío Aldy, mi segundo padre, transcurrieron en una de sus fincas rodeado de servidumbre. No había tenido hijos, pero tenía criados muy fieles, y sobrinos. Yo fui a verle muchas veces, más en mi estado de idiotez supina, recién salido de la casi conyugal y africana aventura que narré, y alguna de aquellas veces me quedé varios días. En ocasiones todavía tuvo humor para coger la escopeta y llevarme a recorrer cerros y quebradas, pero ya no era lo mismo; cualquiera que tuviera ojos en la cara se habría dado cuenta.

Cuando se murió, al cabo de unos meses, estaba de guardia el tío Eduardo. Al final, cuando ya se veía lo que iba a suceder, se turnaban él y el tío Juan. La tía Beatriz, la cornúpeta, también iba, pero se asustaba y se quedaba en la habitación de al lado. El tío Aldy respiraba fatal y hacía unos ruidos como una locomotora. No se puede tener al mismo tiempo pancreatitis y pulmonía, no, eso es excesivo para el cuerpo, sobre todo si eres viejo, aunque los ruidos, ahora que lo pienso, a lo mejor eran unas señales ultraterrenas que ninguno reconocíamos. Es seguro que en los tránsitos tienen lugar toda clase de fenómenos inexplicables para los no iniciados, para los que nos quedamos aquí, pero el caso es que de esto no se sabe nada cierto porque nadie ha vuelto para contarlo.

Cuando se murió también sucedieron fenómenos paranormales como los que dije que tuvieron lugar cuando se murió la abuela, su madre; debía de ser cosa de familia. Yo no estaba presente, y bien que lo sentí, pero me enteré de que se produjeron fuegos fatuos de color azul eléctrico. Comenzaron a correr por el techo de su habitación y desde allí se extendieron a la alfombra. Aquellos fuegos no quemaron nada pero estaban vivos. Recorrieron el pasillo, salieron al jardín en ristras y se pasearon entre los rosales ―esto me lo contó Rosario―, y las rosas que quedaron tocadas por tan extraña energía estuvieron toda la noche brillando.

―¿Usted se imagina…? Las rosas relucían como si tuvieran luz propia, se volvieron de color azul. Cuando amaneció se apagaron, y después no han vuelto a brillar… Sin embargo, no les ha sucedido nada. ¿Usted cree que todo esto es normal? Yo nunca vi nada igual.

―Bueno, Rosario, pero al final no ha ocurrido nada. Sólo que casi se incendia la habitación.

―Sí, esto debió de suceder por la noche, a última hora, y su tío Juan tuvo que apagarlo. Pregúntele, pregúntele a él…

La señora Rosario me miró con cautela y, tras pensarlo, añadió,

―En la hora de la muerte, cuando nos hallamos en la mayor necesidad, los impulsos que durante toda nuestra vida hemos reprimido salen a la superficie. ¿No lo cree usted así?

―Sí, Rosario, es posible que sea así…, pero ¡qué cosas dice! ¿Está leyendo revistas de astrología?

―No, ¡por Dios!, pero yo a su tío le conocía muy bien. Fíjese, él ha sido quien nos ha cuidado a todos. Le conocía desde niña…

Yo nunca supe si creerme todas aquellas historias, pero a veces pienso que debería hacerlo. El tío Eduardo también me contó cosas por el estilo, aunque veladamente, y si él lo decía debía de ser verdad, porque la fantasía no era su fuerte. La tía Beatriz no contaba nada, pero no había más que verle la cara, y de ninguna manera quería hablar de ello.

―Eduardo, hijo, no me hagas decir lo que no quiero. Tú nunca viste una cortina arder espontáneamente… Yo no creo en el demonio, pero hay veces en que una no sabe qué pensar.

La tía Beatriz lo decía muy alto. Se aceleraba cuando hablaba de ello y acababa desencajada, lo que no era propio de su habitual forma de ser. La tía Beatriz siempre utilizaba aquel tonillo propio de la gente bien criada, pero las pocas veces que le oí referirse a los últimos días del tío Aldy, perdió toda la compostura y acabó dando gritos, y el tío Juan, que siempre fue un viva la virgen ―uno de los mejores oficios que se pueden desempeñar en esta vida― y nació con el santo de cara, cruzaba los dedos y me daba palmaditas, aunque no abría la boca. Toda aquella familia, la de mi padre, siempre estuvo muy templada. Al jefe se le notó menos porque murió joven, pero me pregunto qué se le hubiera ocurrido de haber asistido a los últimos momentos del patriarca de su familia.

Cada vez quedamos menos, y dentro de poco no quedaremos ninguno; sólo quedará Pedrito, nuestro único descendiente, y Sandi, aunque ella no tenga nada que ver con nosotros. No sé si lo he dicho, pero al Cacho no le veo muy bien; mejor dicho, le veo fatal. Estaba cantado que iba a acabar así. De joven hacía unas cosas tan raras, tan elaboradas, que me tenía alarmado. No me refiero a lo del baloncesto, aquello estaba bien, pero durante la misma época ya se le adivinaban las tendencias taumatúrgicas. Tuvo una novia un par de años ―de esto hace muchísimo― antes de lo de Alison. La novia se llamaba Teresa, y en casa la llamaban Teresa la marquesa. El Cacho estaba más puesto con ella que un perro de caza, cosas de la primera juventud, sí, de la tonta juventud, y le ponía velas. Esto es difícil de explicar, pero era así. Colocaba de pie una foto de Teresa en la mesilla, y ante ella, día y noche, ardía una de aquellas velas. Además, no eran unas velas cualesquiera. Tenían que ser velas de cera de santa Teresa, porque si no el conjuro no surtía efecto. Se iba a buscarlas a un pueblo de Ávila, a un convento, y de paso traía yemas de las que yo me ponía morado, y todo esto lo sé porque durante una temporada estuve durmiendo en el mismo cuarto que él, y teníamos una mesita de noche, en medio, entre las dos camas, en donde sucedía lo de las velas.

Todos hemos visto desaparecer las cosas. Cada día desaparece algo que hemos conocido; el pescado, por ejemplo. Cuando era pequeño comí muchísima merluza, pero si hoy quisiera hacer lo mismo ya podría ir comprándome una caña. En la plaza venden algo a lo que llaman merluza, pero debe de ser fletán del Mar del Norte pasado por la trituradora. ¿Y los bocartes…? El paisaje también ha cambiado. Los árboles están en extinción, y a este paso sólo va a quedar la verde hierba de los campos de golf. Todo se esfuma. Las estrellas están siendo engullidas por la contaminación y para verlas hay que irse a África. Como están lejos no les va a suceder nada, pero nosotros dejaremos de verlas del todo y muchos se olvidarán de su existencia; hoy en día casi nadie las conoce, aunque dentro de poco serán olvidadas por completo. La humanidad será capaz de vivir sin saber que existen luces en el cielo, como los peces del mar o los animales terrestres que son miopes, los perros, por ejemplo, y hasta el tío Aldy, si mal no recuerdo, me habló de ello. Lo que el tío Aldy vio desaparecer fue a las costureras, alguna vez se lo oí decir.

―Ya nadie cose. ¿Es posible que nadie pueda coserme este botón…? Sobrino, ¡cómo han cambiado las cosas!

ENTREGA 94

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