lunes, 9 de marzo de 2026

ENTREGA 93

 

UN CACHALOTE FUNDA SU MANADA

En la vida de los cetáceos, y más concretamente en la de los cachalotes, hay un momento crucial, un momento clave, en el que todos nos hacemos mayores, machos y hembras… Esto lo puede decir cualquiera, y para eso no hace falta saber expresarse. Yo voy a decir, y digo, lo siguiente:

Yo soy un cachalote emigrado. Yo llamo así a mi situación porque me han echado del grupo, debe de ser que soy muy malo. En los últimos tiempos ya había rumores de separación, porque la manada, debido a recientes incorporaciones, estaba haciéndose demasiado grande. Sin embargo, lo que no imaginé fue que me fuera a tocar a mí, y debiera haberlo supuesto, sí, porque yo soy muy grande, uno de los mayores individuos del grupo, y eso, el tamaño, es uno de los factores que más altera a los que mandan, sienten peligrar sus privilegios; que se vaya, por si acaso. Las hembras, dicho sea de paso, no han estado muy de acuerdo ya que las posibilidades reproductoras de nuestro maestro, nuestro gran jefe, disminuyen día a día. A veces está cansado y de poco humor, y más de una vez ha hecho dejación de sus funciones para traspasárselas a alguien cercano, incluso a alguien de otra manada, como sucedió la pasada primavera en uno de tantos encuentros con grupos diferentes. Las hembras, de todas formas, no han tenido arte ni parte en esta decisión, que peor hubiera sido lo contrario, pues sepan ustedes que yo he visto arrojar del grupo a dentelladas y coletazos a uno de mis congéneres. Ello sucedió de improviso e ignoro las razones, pero un día hubo un enorme tumulto, y un tumulto entre cachalotes no es algo que se vea todos los días: el oleaje puede alcanzar cotas propias de tempestad. Media docena de hembras maduras atacaron al individuo señalado, al que no quedó más remedio que salir huyendo como alma que lleva el diablo, dejando tras de sí un rastro de sangre y aullando de rabia y dolor. Los mugidos estuvieron oyéndose durante todo el día, pero al fin se perdieron en lontananza y no lo volvimos a ver. Esto sucedió hace un par de años y no se me ha olvidado, es difícil que un espectáculo tan aparatoso se te llegue a olvidar, pero ahora, seguramente, él tendrá su propia manada y todo aquello habrá pasado a la historia.

En mi caso el tránsito ha sido más pacífico porque yo no me dedico a incomodar a los demás. Las hembras, sobre todo las jóvenes, me tenían aprecio, y el maestro ya no está para muchas peleas, pero así y todo hubo sus más y sus menos porque es difícil tomar una de estas decisiones por ti solo; si no te empujan un poco, no acabas de decidirte. Mientras eres pequeño, o sea, mientras no tienes uso de razón, nadie te pide nada ni espera nada de ti; todo es gratis, o poco menos. Durante mucho tiempo te enseñan lo que deberás saber para desenvolverte con bien en los infinitos caminos de la mar, pero una vez que la orden es dada resulta inútil resistirse. A lo mejor tu compañía es soportada unos cuantos días más, pero al final tendrás que irte, y si te haces mucho de rogar es posible que lo hagas malherido, y como yo no quería que tal suceso aconteciera, no lo pensé demasiado. Un atardecer ejecuté la danza de la despedida, una de nuestras más célebres ceremonias, y luego aproveché para dormir por última vez en el seno del grupo, arrullado por las presencias cercanas. Al fin, cuando comenzó a amanecer, me despedí de unos cuantos, emití los mugidos de rigor ―lamentos de alguien sin patria ni familia― y despacio y sumergido comencé a alejarme ante la casi general indiferencia.

Cuando me fui, solo y muy triste y apesadumbrado por el correr de los tiempos difíciles, emití un quejido de…, ¿cómo lo diría?, ¿de alarma…?; no, mejor de angustia, que es lo que siempre vi hacer. Aquella fue una quejumbrosa llamada que transmitió el agua, y a los pocos minutos, tal y como esperaba, varios individuos nadaban a mi lado. Eran tres hembras en edad de merecer y un macho jovencito y huérfano al que nadie quería. El macho era aquel a quien llamaban Crispincín, y las hembras, tres mozas garridas con maneras y perspectiva de futuras madres, los personajes que forman el embrión de una manada, pues nosotros sólo somos la semilla…

―Crispincín…, ¿o prefieres que te llame Crispín? Ya te has hecho mayor y a lo mejor deberíamos dejarnos de diminutivos. ¿De dónde viniste? Tú fuiste un rezagado. Cuando tu manada se fue tú te quedaste. ¿Para qué…? Hay hembras que nunca te harán caso; tú eso aún no lo sabes, pero ya lo aprenderás. Los de tu grupo te dejaron abandonado y ahora tampoco te quieren aquí, pero no has hecho mal negocio porque entre nosotros podrás aprender lo de las luces azules.

―¿Las luces azules?

―Sí, las luces azules de la mente. Ahora no sabes lo que son pero en seguida lo aprenderás…, escúchame bien, sólo si la Naturaleza te ha dotado de tal facultad, y eso ya lo descubrirás con el tiempo, que la vida para ti no ha hecho más que empezar. Nunca viajaste a los fríos mares del Norte con la pandilla de los tiempos jóvenes pero también lo harás, y te sumergirás hasta el fondo para pelearte con los monstruos fosforescentes, como hemos hecho todos, y llegarán los tiempos de las cópulas, aunque eso no sea todo ni lo mejor que a uno le puede suceder. Copular, lo que se dice copular, no está mal, pero entre los cachalotes sólo se practica en circunstancias especiales, en ocasiones selectas, y eso si te dejan, o te toca, apréndetelo bien. Se hace, claro, para reproducirse, pero si de lo que se trata es de dormir con una cachalota, de pasar la noche con ella dejándote mecer por las corrientes submarinas, lo que suele suceder con bastante frecuencia, lo mejor es aprovechar el tiempo dándole besos; dónde, no te lo voy a decir, es algo que descubre cada uno. Lo que te diré es que la mayoría de los cachalotes opina lo siguiente: la telepatía es algo hermoso, sí, hermoso y enigmático, pero es mucho mejor meterle la lengua por determinados sitios a una cachalota de tu edad, eso sí que no tiene parangón posible…, y es que la actividad encaminada a satisfacer el deseo sexual y sus inmediatas consecuencias, la secreción de endorfinas y el volcado de estas sustancias en el torrente sanguíneo, produce tales efectos sobre la corteza cerebral que nos ciega, nos atenaza, nos nubla el entendimiento y perturba la voluntad. ¿Alguna vez seremos capaces de dominarlo? Lo dudo. Las mutaciones sólo se dan en lapsos de millones de años…, ¡y qué digo…!, de cientos de millones sería más apropiado… Sí, Crispincín, Crispín, todo tendrás que aprenderlo, pero a nuestro lado navegan las que te lo enseñarán…

Ante mí, ante nosotros, ahora, después de todo aquello que ha sucedido, lo que tenemos es el océano completo. A quienes han venido conmigo les digo, ¡adelante!


ENTREGA 93

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