jueves, 19 de marzo de 2026

ENTREGA 96

  

Estudiar es fácil, mucho más fácil y agradecido que limpiar pescado. Hay quien dice que es difícil, es verdad, pero yo no lo creo así; basta con que te interese lo que estudias, y si te interesa muchísimo, como era mi caso, es aún más fácil. Yo no pensaba en ninguna otra cosa, e incluso en los ratos de asueto lo que hacía era zambullirme en el mar y emplear el tiempo explorando fondos marinos. Descendía hasta veinte o treinta metros al lado de una isla de roca que había en la salida de nuestra bahía, me tumbaba en el fondo arenoso y me pasaba las horas muertas mirando hacia arriba. Esto lo hacía con botellas, claro está, y si acertaba a deambular algo comestible por allí cerca, ni lo dudaba; estaba prohibido, pero semejantes ocasiones no se pueden dejar pasar, y no llevaba fusil, lo hacía a cuchillo. La mayoría de mis presas, como es lógico, se escapaban, porque los peces nadan muchísimo más deprisa que las personas, incluso aunque lleven aletas y sean campeonas de natación, pero alguna vez ensarté algo. Un día me peleé con un pulpo. Lo encontré dentro de una cueva y me dije, hoy ceno pulpo de verdad, nada de comida de colores, y luego me quedó cierto cargo de conciencia, porque, aunque el pulpo era grande e intentó defenderse, aquello fue un crimen. Me estuve llamando de todo durante el resto de la tarde, pero tras el acto de contrición me lo comí. Un pulpo siempre es un pulpo, y con patatas está buenísimo. Aquel quedó como si fuera langosta, blanco por dentro y rosa por fuera, y tenía una textura especial.

Las últimas prácticas, las definitivas, las hicimos al sur del mar de las Antillas, y para ello llevaron unos submarinos en miniatura ―a los que llamaban minisubs― que eran un primor. A mí nunca me gustaron las máquinas en sí, sólo como herramientas. Hay mucha gente aficionada a idealizar estos objetos ―los coches, por ejemplo―, pero a mí nunca me gustó hacerlo. Máquina por máquina prefería a los hombres, y si tenían los ojos verdes ―como el mayor―, el pelo revuelto y tirando a rubio ―no rubio entero―, mejor, pero tengo que reconocer que los minisubs eran algo más, sobre todo por lo que hacían, llevarte al reino del azul, ese lugar inaccesible para los torpes seres que, por motivos que tienen que ver con la evolución, no disponemos de branquias o agallas, órganos muy útiles cuando una está dentro del agua. Sirenas no vi nunca, por más que las busqué, sirenas rubias o pelirrojas con los ojos azules, sirenas como las que nos cuentan las historias del mar, pero sirénidos sí vi muchos, manatíes que vivían en fiordos y manglares. Salían a nuestro encuentro con total confianza y paseaban a nuestro lado como si fueran una escolta. Los minisubs, ahora que lo pienso, podían parecer un manatí gordo y a lo mejor nos confundían con ellos…, pero no lo creo, porque ni su fantasía ni su olfato les pueden engañar de tal manera.

Una de aquellas tardes de paseos submarinos, una tarde en que iba sola y no con alguno de los instructores, una tarde en que había hecho todo lo posible por perderme, y lo había conseguido, encontré un viejo pecio sumergido que no estaba registrado en las cartas. Debía de ser un galeón con más de quinientos años a cuestas y las tripas llenas de tesoros fabulosos, cofres llenos de monedas de oro y collares de perlas y diamantes, casi deshechos cuadernos de bitácora que narrarían la aventura de sus andanzas, y hasta el esqueleto del último gobernador portugués de las Molucas… En realidad no vi ningún esqueleto, aunque si lo hubiera visto hubiera sabido de sobra a quién correspondía, pero en cambio me di de manos a boca con un personaje singular.

En el castillo de popa de aquel barco hundido y olvidado que encontré en el fondo del mar estaba sentado Neptuno, aunque a lo mejor era Poseidón, el dios del océano. Era un viejo señor de largas y encharcadas y céreas barbas y cabellera, enorme cola de pez como la de las sirenas y gafas de buceador, que con su mano derecha sostenía un ya herrumbroso tridente de muchos metros de longitud. Cuando llegué estaba descansando, sentado en los restos de la barandilla, con la mandíbula apoyada en su puño izquierdo y rodeado por una corte de diminutos caballos de mar, y al oír el motor de mi nave giró la cabeza, me miró durante unos segundos y habló; de su boca salió el obligado burbujeo de aire y, dirigiéndose a mí con inconfundibles ademanes, dijo,

―¿Qué haces aquí, ser de otro universo, y por qué con tu máquina vienes a perturbar la vida de los seres marinos…? Vuelve al lugar de donde procedes y no cuentes a nadie lo que has visto; es mejor para todos ―y a continuación dio una voltereta en cámara lenta y hacia atrás, como uno de esos trapecistas de los circos mecánicos, y desapareció nadando tranquilamente en dirección al fondo más profundo.

Al cabo de un momento se perdió en la oscuridad seguido por los hipocampos, dejé de verlo y me quedé allí, sola y atónita, dentro de mi burbuja y pensando.

Yo no creía en Neptuno ni creía en Poseidón, esos son inventos propios de la civilización europea, y aunque no están mal, yo sólo creía en la diosa del océano, aquella ballena yubarta que varó en la playa de mi isla cuando era pequeña, ¡aquella sí que era una diosa…!, pero a la vista de lo que sucedió tuve que reconocer que las cosas no eran tan sencillas como había pensado, y, además, ¡fíjense en dónde iba a estar Neptuno…! ¡Si resulta que estaba cerca de Maracaibo…!

Sí, los dos estábamos muy cerca de Maracaibo, pero como no estaba el mayor, no pude pedir permiso y acercarme hasta allí. Me quedé con las ganas de ir a mi antigua ciudad e intentar buscar a mis hermanos, aunque, por enésima vez, me juré hacerlo en cuanto pudiera.

Cuando sucedió aquello ya estaba cerca de que me dieran el quinto diploma. Fue el final de una de las etapas de mi vida, y cuando acabé del todo, tras las fiestas y las celebraciones de los gorros y las túnicas y las fotos ―ahora mirando hacia este lado, señorita, ¿por qué no me hace caso?, deje de reírse con sus amigas…; así, muy bien, otra―, el mayor me dijo,

―Oye, boricua, ¿sabes que tú has sido una de las mejores alumnas que nunca tuve? ―y yo, que por aquellos tiempos estaba muy crecida ―en sueños me veía en el estrado con la túnica y el gorro de la graduación―, contesté,

―No lo sabía, pero me lo imaginaba.

Como el mayor y yo siempre nos habíamos llevado muy bien, y nos habíamos mirado harto y reído mucho juntos, no me importó decírselo de aquella manera, aunque visto desde aquí no dejó de ser un arranque de chulería, pero el se rió porque le debió de hacer gracia la respuesta y añadió,

―Bueno, pues si ahora quieres conseguir un trabajo de verdad, dímelo ―y a mí, claro, me faltó tiempo para decírselo.

―¿Usted cree que será un trabajo bueno?

El mayor me miró como solía mirarme y preguntó,

―¿Quieres bajar al fondo del mar? ―y casi grité.

―¡Sí, claro…! Si eso es lo que quiero hacer…

Él se rió.

―Yo también suponía algo así…, pero ahora te voy a decir algo muy importante y que no conviene que eches en saco roto. No olvides nunca que los que trabajamos, lo hacemos porque no servimos para otra cosa, ¿eh…? Luego, cuando lleguen los momentos difíciles, no me digas que…

Aquello me dejó un poco sobrecogida y al pronto me pareció alguna clase de maldición, pero luego, con el paso de los tiempos, he comprobado que es la pura verdad.

ENTREGA 96

    Estudiar es fácil, mucho más fácil y agradecido que limpiar pescado. Hay quien dice que es difícil, es verdad, pero yo no lo creo así;...