lunes, 23 de marzo de 2026

ENTREGA 97

YO ME LLAMO SANDI ESTILOGRÁFICA

Yo me llamo Sandi, Sandi Estilográfica; lo de estilográfica me lo puso mí tío el guarro y luego contaré por qué, tampoco hay que ir acelerando innecesariamente. A mí siempre me ha gustado mucho escribir. De pequeña aprendí a hacer una letra buenísima, y mi padre putativo, o sea, mi pseudopadre, el Cacho, el Cacho Madera le decían, aunque se llamaba Víctor ―pero esto no lo debe de saber mucha gente―, me llamaba pendolista; menudo lío me armó con ese término cuando era pequeña. Mi tío, mi único tío, el guarro, está más bueno que un queso, sobre todo cuando no se afeita, o eso me parece a mí. A lo mejor me equivoco o a lo mejor poca gente estaría de acuerdo conmigo, pero a mí siempre me pareció guapísimo. El Cacho, mi padre, era muy alto y rubio y también era guapo, pero a mí no me inspiraba nada. Estas cosas de que unos te digan y otros no son dignas de estudio, son un misterio, son como la mayor parte de los fenómenos que suceden dentro de la cabeza. Todo esto lo estoy escribiendo con la mejor letra de que soy capaz.

Cuando mamá se murió, mamá era Alison, lo pongo por si alguien no se acuerda, yo me quedé con Cacho, Cacho es Víctor, pero él estaba hecho de una pasta un poco rara, no tengo más remedio que reconocer que era débil, el pobre. Bueno, con nosotras siempre se portó bien, y aun mejor que bien; con nosotras formó una familia, su familia, pues parecía que llevaba toda la vida esperando a que apareciéramos. Yo nunca tuve familia. Cuando era pequeña no tuve padre, y si lo tuve, no me acuerdo. Los primeros años de mi vida se pierden en la noche de los tiempos. Mis primeros recuerdos se reducen al jardinero de mis tías, que llevaba un buzo azul y me miraba de soslayo ―y eso que yo sólo debía de tener cinco años―, y a mis tías, mi tía Ciruela y mi tía Mandarina, aunque mejor habría que decir mis tías uvas, porque estaban más secas que una pasa. ¿Dónde estaréis ahora, tías de mi madre…? En aquella finca estuvimos algún tiempo. Era en el Devonshire, pero a mí me gusta más Castilla y sus cielos transparentes. Yo, aunque nunca lo supe, nunca hubiera podido imaginarlo, lo que quería es haber sido castellana, y menos mal que al final lo conseguí.

Ahora resulta que se ha muerto, el Cacho, mi pseudopadre, Víctor, se ha muerto. Yo ya lo veía venir, esas cosas no hace falta que nadie te las explique. Se nota en el brillo de los ojos, en el aspecto de la piel cuando la ves a menos de medio metro, en la gradual ronquera que se va apoderando de la voz… Las últimas semanas han sido sobrecogedoras, propias de una película de terror. A mí no me gusta esa clase de películas pero allí aguanté todo, aguanté hasta el final, aguanté hasta la extenuación, ¿qué otra cosa hubiera podido hacer?, y sin dormir ni nada, casi sin comer, con Claudia al lado, Claudia y sus tíos, por lo menos algunos. El que no vino fue Eduardo, el guarro. A mí me hubiera gustado verte, me hubiera gustado tenerte al lado, no sé por qué, a lo mejor es que me dabas seguridad, pero casi no viniste. Yo a veces te eché en falta, pero ya se sabe que a las niñas de catorce años los demás no suelen hacerles demasiado caso, y menos mal que estaban Claudia y Pedro, y Pedrito.

El Cacho, papá, empeoró de pronto. Parecía que no le sucedía nada, hacía planes y me decía ―¡hay que ver cómo se notan estas cosas!―, pues me decía, bueno, hija, de esto se muere ya poca gente, en cuanto consiga encaminar esta historia nos vamos tú y yo de vacaciones, ¿vale?, ¿adónde quieres ir?, ¿a las Filipinas?, bueno, pues a las Filipinas nos vamos, o a Pernambuco, o a donde quieras, el mundo es muy grande y yo todavía he visto pocos sitios, todavía me quedan muchos por ver. Luego se dormía en el sillón, tenía un sillón atómico, y yo me bajaba a la cafetería y me tomaba una cocaloca con mucho miedo esperando a que viniera alguien, Claudia, Pedrito, tío Juan, yo que sé, aunque a ti me harté de esperarte. Bueno. Luego, de un día para otro, se puso fatal, de repente no podía comer y le operaron, le operaron de golpe de algo del estómago, se le puso una cara que prefiero no recordar. Cuando lo subieron y nos dejaron verlo, yo me salí. A mí me pareció que se iba a morir, más con todos aquellos tubos… Ya sé que los tubos no son nada malo, a mí me pusieron un montón cuando me dio la peritonitis, pero el pobre Cacho tenía otro aspecto, tenía un aspecto de los que te dan que pensar. Cómo no sería que Claudia, aquella noche, llamó a Eduardo a algún sitio en donde vivía por entonces, me parece que en África, y estuvieron media hora conferenciando. Luego, cuando acabaron, no dijo nada y se fue a la cama derecha. Yo lo sé porque estaba por allí medio escuchando.

Después de aquello sólo duró dos días y no volvió a despertarse, no volvió a decir nada. Respiraba como si no pudiera hacerlo, pero tenía un respirador que le obligaba. Era un aparato que hacía mucho ruido y tenía una pantalla al lado de la cama, detrás, de forma que él no pudiera verla ni aunque hubiera vuelto la cabeza, una pantalla en donde se pintaban las rayas de su salud, sus constantes, aunque yo más diría sus variables. Como aquella visión era muy agobiante, Claudia y yo nos fuimos al pasillo y dejamos transcurrir las últimas horas paseando entre sillas de ruedas, enfermeras apresuradas y caras desconocidas. Hubo mucho ajetreo, mucho ir y venir de personas. A unas las conocía y a otras no, pero todas me besaban una y otra vez, me daban palmadas en la cabeza y adoptaban una expresión indefinible, yo llegué a aprenderla de memoria. Algunos se ponían rígidos y hacían chocar los talones, como si saludaran militarmente, mientras que otros, aunque solían ser otras, me miraban con lástima y se iban cuchicheando, pobre niña, ¡qué pena!, así es la vida.

Yo estaba sentada en un sofá de aquel pasillo y era por la noche; no había nadie ni se oía ningún ruido. Estaba medio dormitando, enfundada en un jersey larguísimo porque tenía frío, cuando noté que alguien me cogía de la mano, sólo me la rozó, casi sólo me la rozó. Miré, y vi a Pedrito que se había sentado a mi lado y, efectivamente, me había cogido de la mano. No tuve más que verle la cara y cómo me miraba para saber lo que había sucedido. Yo intenté ponerme en pie, me desperté del todo y pegué un respingo, pero él no me dejó. Tiró de mí hacia abajo y me obligó a sentarme. Así estuvimos mucho rato, mirándonos y sin decir nada, cogidos de la mano, hasta que la puerta de la habitación de Cacho se abrió y salió una enfermera que se alejó corriendo por el pasillo. La puerta se quedó abierta y al cabo apareció Claudia andando lentamente. Vino hasta nosotros, se sentó a nuestro lado sin abrir la boca y sin mirarnos, abrió el bolso, sacó un cigarro ―porque Claudia, que no había fumado nunca, empezó a fumar allí―, lo prendió y se lo fumó entero, con los labios bien apretados. Así estuvimos como diez minutos. Nadie, ninguno de nosotros, dijo nada, pero la verdad es que Pedrito, y lo fue toda su vida, era un santo, era más bueno que un santo.

Yo al Cacho le quería mucho, claro, era mi padre, y con nosotras siempre se portó muy bien. Si mamá no se hubiera muerto no habría ocurrido nada de aquello, pero se murió y todas las cosas perdieron su razón de ser, aunque nunca entendí el motivo. Yo nunca sé nada, y me parece que esto mismo le sucede a la mayor parte de las personas… Luego, cuando transcurrió el tiempo, cuando llevaba una temporada viviendo en casa de Claudia ―porque Claudia y Pedro, y Pedrito, me prohijaron―, me olvidé de todo, y ahora al pobre Cacho casi ni le veo la cara. Yo no sé por qué, pero a mí, los hombres que más me gustaban eran los que tenían cabeza de león; esto lo vi una vez en un videojuego, y me impresionó tanto que no se me ha olvidado, no creo que se me olvide nunca, y lo que tampoco sé es por qué unas cosas se te olvidan en seguida y otras no se te olvidan nunca.

 

ENTREGA 97

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