Y así estaban las cosas cuando, un día, de improviso, llegó la hora que tanto tiempo había esperado.
―Sí, mucho os esperé y mucho había oído hablar de vosotros, noticias anteriores procedentes de algunos miembros de mi grupo original, enseñanzas con este objeto y las luces azules de focas y personas y todos los seres que piensan. ¡Aquellos bombones amargos y las puertas de los ascensores…! Malos y angustiosos ratos también hubo, y vanos y fallidos intentos, hubo de todo, pero al fin estoy aquí, con ellos, y lo que he sentido compensa con creces lo anterior.
Sucedió una tarde en que estábamos retozando en ciertas praderas marinas conocidas por su exuberancia, en aguas de escaso calado, y ellos llegaron despacio. La manada, mi aún exigua manada, fue atravesada por ciertos pensamientos, empezaron a oírse voces, ¡ya están aquí!, ¡han vuelto…!, y el agua se tiñó momentáneamente de color azul eléctrico. Sólo fue un instantáneo fogonazo pero la señal no pudo ser más clara, y unos cuantos más decididos, o simplemente más predispuestos a tan desusado fenómeno, se apartaron del grupo y se reunieron alrededor de unas formaciones de coral policromado iluminadas por la difusa luz solar que hay en esas profundidades.
―Estas luces atraviesan todo el planeta; algunos las sienten, pero la mayoría no advierte nada.
―Estas luces se expanden a mayor velocidad que la propia de la luz.
―¿Es esto posible?
―Sí, aquí todo es posible, hasta lo que no tiene nombre conocido; todo puede suceder, aunque nosotros no sepamos cómo.
―¿No caerían con ello las leyes de la física?
―Las leyes de la física no pueden caer porque nosotros somos la física. Ya sé que a muchos de vosotros esto les parece una barbaridad, pero no os fiéis de ellos. Ellos no lo saben todo, nadie lo sabe todo y siempre habrá un más allá, incluso tras la muerte térmica.
―Así pues, ¿de dónde proceden estas luces?
―Es tontería querer averiguarlo. Proceden de más allá del océano, y también de más allá de lo que podéis ver. ¡Vuestros ojos son tan limitados!
―¡Proceden de Próxima del Centauro, lo estoy sintiendo en mis oídos…! Me gustaría conocer los nombres de las estrellas…
―¿Los humanos nombres de las estrellas?
―Sí, eso también. En una ocasión me habló una voz humana. Era la de su abuela Tente y me dijo, visto desde la superficie de la Tierra todo el firmamento gira alrededor de la Estrella Polar. Por la noche, cuando sacas la cabeza del agua, puedes contemplar el cielo estrellado con sus mil figuras, y si tienes suerte puedes ver hasta el Lucero del Alba…
Yo, que sentía gran curiosidad por conocer lo que estaba sucediendo, me uní a aquel grupo, y aunque tuve que soportar ciertas miradas, e incluso algunos leves aletazos de recelo, conseguí hacerme un hueco y escuchar.
―La humanidad en conjunto es una enfermedad venérea para el planeta Tierra ―y si eso dicen los ets, que están tan lejos y nunca sufrieron ningún daño, solamente en lo que pueda afectar a su sensibilidad, ¿qué deberíamos decir nosotros, los cetáceos, de esa misma humanidad, capitaneada por aquel hijo de infame madre que en mala hora nació y en su funesta vida se llamó Svend Foyn, el inventor del arpón explosivo?
Semejante personaje, que en su actual encarnación estará purgando sus muchos delitos en un baño de alquitrán fundido, armó un navío para mejorar con la práctica sus instrumentos de tortura y muerte y lo llamó Spes et Fides, Esperanza y Fe. A más no se atrevió, porque la caridad era algo que no entraba en sus planes.
Aquel fue mi primer encuentro con los exteriores, y desde entonces…, sí, desde entonces han sucedido muchas, muchísimas cosas.