jueves, 26 de marzo de 2026

ENTREGA 98

Los extraterrestres

 

CONEXIÓN

En aquellos tiempos iniciales, durante una buena temporada, fuimos muy pocos. Los cinco que nos habíamos desgajado del grupo original, otras dos hembras perdidas que encontramos en mitad del océano y aceptamos de buen grado, y los recién venidos al mundo, tres bebés que nacieron puntualmente trece meses después de los ritos de rigor. Ellos fueron mis primeros hijos, y cuando nacieron sentí una nueva responsabilidad. ¿Podría irme aquel verano a los mares del Norte? La excursión anual, que ya me había acostumbrado a hacer, era lo mejor que sucedía durante la temporada, pero dejar a mi reciente familia a expensas de lo que pudiera decidir Crispincín, que era jovencísimo, ¿sería prudente…? Una manada de cachalotes de diez individuos es una manada ridícula, y si aparecieran las orcas ninguno tendría salvación, no digamos ya los humanos, insaciables seres que matan por placer. Ambos supuestos eran improbables porque el océano es muy grande y las posibilidades de encuentro remotas, pero nunca se debe descartar tal contingencia, así que me dije, mejor este año me quedo con ellos, y de paso podemos suscitar unos cuantos encuentros con grupos fecundos para aumentar nuestro número. Las manadas de cachalotes tienden a equilibrarse unas con otras, al igual que sucede con las olas del mar, de manera que aquel verano fuimos tímidamente en busca de alguna que nos acogiese de forma transitoria.

El primer encuentro se produjo en una de las fosas de las Antillas que conocíamos de ocasiones anteriores, y no fue un encuentro normal, no, porque topamos con una de las manadas más grandes que he visto en mi vida. En los grupos grandes suele haber mucho jolgorio y diversión, debido a lo cual las maestras tienen dificultades para gobernarlas en su totalidad, y aquella, por lo que pude observar, no era una excepción. Como yo era el jefe de los recién llegados, fui saludado por los mandamases de la ingente comunidad con gran alborozo, mugidos, piruetas, saltos y chapuzones. Uno de ellos, el que llevaba la voz cantante, me dijo,

―Buena ocasión para que elijas unas cuantas hembras. Procura que sean jóvenes para que tengan la oportunidad de aprender vuestros usos y costumbres, y si quieres machos también te puedes llevar; tenemos muchísimos que no hacen más que revolver. Ya están a punto de salir de este grupo, pero no sería malo que se fueran colocando cuanto antes. ¿No vas a subir este año a los mares fríos? Algunos de nosotros nos iremos pasado mañana, y si quieres te puedes unir al grupo ―pero yo, que ya había decidido quedarme con los míos, decliné el ofrecimiento.

―No obstante, el año que viene sí podríamos hacer el viaje juntos.

A mediados de la estación y reforzados en número partimos en busca de nuevos grupos. En aquella ocasión nos dirigimos hacia el norte, a las frías aguas del Atlántico en donde las fosas son aún más profundas, y allí permanecimos el resto del verano. Tuvimos algunos nuevos intercambios, y también algún parto, pero lo mejor y más sorprendente fue que en uno de los encuentros me di de bruces con una antigua conocida de la que es posible que aún se acuerden ustedes. Yo sí me acordaba, ¡y cómo!, porque estas aventuras no se olvidan fácilmente. Era aquella hembra que en mis años de juventud estuvo a punto de apartarme de mi grupo. ¿No recuerdan su nombre? Yo la llamaba Proserpina, la hembra de piel suave y hondo mirar, que por aquel entonces estaba muy crecida, casi tanto como yo.

―¿Tú por aquí…? ¡Qué sorpresa!, el mar es un pañuelo ―y desde que la vi me dije―. Buen hallazgo, ¿querrá venir con nosotros?, y lo que es más, ¿podrá hacerlo sin impedimentos?

En estos casos hay que dirigirse a las hembras ancianas, que son las que mantienen el orden y la cohesión, pero ellas no encontraron obstáculo.

―No hay ningún problema. Quizá te la cambiaríamos por alguna de las tuyas, pero no es necesario; tenemos superpoblación de hembras en edad fértil, y si te gusta, que se vaya con vosotros. Espero que el gran maestro no se enfade a la vuelta de su viaje, aunque lo más probable es que no se dé cuenta; ya está muy viejo y va a durar poco.

Proserpina, por su parte, dijo,

―Tengo varios hijos, pero están todos criados y quizá sea este el momento de cambiar de vida y horizontes. ¿Quién fue aquel que dijo que cada diez años se debe cambiar de ocupación?

―No lo sé, pero debió de ser un sabio.

―Sí, un sabio… Nosotros sólo vivimos una vez, y ahora que te he vuelto a encontrar…

Después de aquel verano la manada aumentó mucho su número, hasta llegar a la treintena. Teníamos con nosotros una pandilla de jovencitos que eran quienes abrían camino, o sea, actuaban de exploradores, subían y bajaban a las fosas que encontrábamos y daban novedades acerca de sus características, preferentemente las que se referían a la calidad de los alimentos, y había también un núcleo de madres primerizas enormemente preocupadas por los niños, la educación de estos y otras materias afines, con cuya ayuda organizamos la escuela que en toda manada debe haber, a la que dedicaban la mayor parte de su tiempo.

―¿Qué es un cefalópodo…? ¡Mirad!, ¡qué tonto!, no sabe lo que es un cefalópodo; pareces Crispincín en su más tierna juventud… Pues como no espabiles te vas a morir de hambre. ¡Un cefalópodo es un bicho que tiene los pies en la cabeza!, ¿cuántas veces lo vamos a tener que repetir? Apréndetelo bien… ¿Y la talasoterapia?, ¿tampoco sabes lo que es la talasoterapia? Pero si de eso hemos hablado muchas veces…

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