jueves, 9 de abril de 2026

ENTREGA 102

  

VACACIONES

 Yo había oído hablar a menudo de las vacaciones, esa época dorada y estacional de la que disfruta la mayor parte de las personas de las sociedades acaudaladas, pero lo que más me impresionó de aquel concepto, para mí desconocido, fue que una amiga me contó que una vez fue a esquiar a algún lugar de Europa, y hacía tanto frío que se metía en la cama con el mono de esquí. Yo nunca fui capaz de entender eso del frío. ¿Qué era el frío?

La primera vez que tuve unas vacaciones, la primera vez que las tuve como si fuera una persona normal y estuviera integrada en aquel sistema en que vivía entonces, tenía veintidós años y cogí un avión de vuelta, tal y como había hecho nueve años antes pero al revés, en sentido contrario. Fue la primera vez en que pude llevar a cabo tan acariciado proyecto, y lo primero que hice en cuanto tuve ocasión. ¡Cuántas veces lo había pensado!, ¿dónde estaréis, Jonás, Liria y Cati, y qué habrá sido de vosotros? Yo iba preparada para cualquier imprevisto, porque durante los últimos tiempos mi vida había cambiado por completo, e imaginaba que las suyas también.

En Maracaibo no encontré a nadie. La casa en donde habíamos vivido había desaparecido, y en su lugar había un parque. Cuando nosotros llegamos ya era un barrio muy viejo, y en diez años da tiempo a que ocurran muchas cosas. Había menos edificios, aunque mucho mejores, más lujosos, más altos y con verjas y pistas de tenis, y todo estaba muy cambiado. Lo único que reconocí, y eso a duras penas y después de dar muchas vueltas y mirarlo y remirarlo desde todos los ángulos, fue la tienda en donde tantas cosas había comprado, la botica. Era una tienda de barrio, una especie de bazar en la que vendían el arroz a granel, también zapatillas y perfumes, cachivaches para la cocina y herramientas en general, latas de todo tipo, calendarios y estampitas; a veces se convertía en pescadería y a veces en verdulería; alquilaban películas, y te dejaban, con un contador a la vista, hablar por teléfono; expendían cervezas y, por la noche, se organizaban tertulias en las que se hablaba de temas muy serios, de política y economía; era el casino del barrio. En la entrada había una cortina de algún material que me recordaba a los abalorios, pero cuando yo llegué de mayor y empujé la puerta, sonó una campanilla.

En la tienda, que había sido renovada totalmente y estaba muy limpia, no había nadie. Sólo muebles, muebles bastante buenos con etiquetas con el precio, y lámparas, lámparas de pie, lámparas de mesa, lámparas en las paredes y de las que también colgaban papelitos blancos de un hilo. Un mulato de mi edad, más o menos, apareció por el fondo.

―Buenos días. ¿Quería ver algo?

Yo iba bien vestida, con uno de esos lujosos pañuelos de colorines cogiéndome la coleta, aseada y pulcra, y llevaba una cartera colgando; así, al pronto, se me podía confundir con alguien del barrio. Me quedé allí parada, primero sin saber qué decir, y luego, a trompicones, le conté por encima mi historia.

―¿Usted no conocerá…?

… pero el mulato no sabía una palabra. Sólo llevaba allí dos o tres años, según me dijo, y eso a raíz de su matrimonio con una de las nietas de la señora, la señora Helena. Cuando oí aquel nombre, una luz se hizo en mi cabeza. ¿La señora Helena?

El mulato me miró suspicazmente.

―¿La conoce usted?

―¡Sí…!

Él dudó y pareció excusarse.

―La señora tuvo una enfermedad… Ahora no sé si podrá contestarle, pero si usted quiere, pregúntele. Venga conmigo.

Me hizo pasar por un patio y me introdujo en una habitación. La señora Helena, a la que al punto reconocí porque no había cambiado nada, estaba sentada en una silla de ruedas con una expresión inconfundible: la de quien prematuramente se ha despedido del mundo real. Cuando le hablé me escuchó, puso los ojos en blanco e hizo todos los esfuerzos posibles por recordar…, pero no se acordó de nada. Estuve allí un buen rato mientras ella hacía visajes y manoteaba, y yo le decía,

―Señora Helena, ¿no se acuerda de mí? Yo tenía una hermana que se llamaba Liria. Usted nos daba caramelos y a mí me daba bacalao, aunque de esto hace mucho… ¿No se acuerda de Liria? Era negra y alta y siempre venía a comprar arroz y pescado. Señora Helena, ¿no se acuerda de Cati, que era entre negro y piel roja y llevaba los zapatos rotos? Usted nos trató muy bien, señora Helena, míreme… ―pero no conseguí sacarle ni una sílaba.

Luego, al final, me miró. Yo estaba allí, a su lado, sentada, y ella sonrió, me acarició la cara y se le puso una mirada especial. De verdad me pareció que de repente se había acordado de algo…, pero la señora Helena había perdido el don del habla, y seguramente también el de la memoria.

Salí a la calle y anduve para uno y otro lado, pero no vi a nadie que me resultara conocido, y a los dos o tres que pregunté resultó que no eran de allí, así que fui a una emisora de radio y puse un anuncio ―Liria solía oír mucho la radio mientras planchaba―, en el que salía yo con voz entrecortada diciendo la siguiente tontería:

―Cati, Liria, Jonás…, ¿dónde estáis? Me he hartado de buscaros por todas partes; llamadme a este teléfono ―y aquí decía un número―. Si alguien los conoce, puede llamarme. Son mis hermanos y los estoy buscando; ellos tienen alrededor de veintiséis o veintisiete años.

El anuncio lo pusieron varias veces, pero el silencio radioeléctrico fue total y nadie me llamó nunca para darme ningún tipo de noticia.

También pensé en ir al platanal, pero sólo sabía que estaba en un lugar que se llamaba Democracia, y en Democracia, otra cosa puede que no, pero platanales hay muchísimos, así que, como el tiempo pasaba, y aunque diera con ello allí no iba a encontrar a nadie, decidí ir al escenario de mis primeros pasos, el lugar en que nací, la isla vecina a Borinquén, aunque de sobra sabía que allí tampoco iba a encontrar a nadie.

ENTREGA 102

    VACACIONES  Yo había oído hablar a menudo de las vacaciones, esa época dorada y estacional de la que disfruta la mayor parte de las pe...