jueves, 16 de abril de 2026

ENTREGA 104

 

Yo llegué agitadísima, con la boca abierta y el corazón latiéndome furiosamente, y en cuanto pude verla por entero me quedé parada en mitad del camino. La casa en donde nací estaba medio caída, y los que entonces la habitaban sólo habían arreglado un trozo. Aquella parte estaba mucho mejor, pero del resto era preciso imaginarse que existió. Además, el trozo que quedaba había sido parcheado con ladrillos y revocado con mortero, ¡nuestra casa, que había sido de madera de ácana…! Muy poco a poco, muy lentamente, fui acercándome y contemplando lo que la rodeaba, las explanadas laterales desprovistas de vegetación, los cocoteros que le daban sombra, el agujero en donde nos escondíamos, las estacas en las que se amarraban las cabritas, cuando las había… Di toda la vuelta, un perro ladró desde algún lado pero no lo vi, y como no encontré a nadie y todo estaba en silencio, me interné en el bosque; de pequeña me parecía la selva, pero la verdad es que sólo era un bosque. Anduve un rato por el camino por el que íbamos a buscar agua, y en seguida, mucho antes de lo que creía recordar, llegué a la poza entre los árboles. ¡Aquello sí que estaba igual! No había cambiado en absoluto, e incluso los gritos de los pájaros… Me senté en una piedra y estuve mirando al agua y ―esto se lo imagina cualquiera― pensando, trayendo a la cabeza multitud de recuerdos atropellados, todo quería evocarlo a la vez, los baños de los sábados, la luna reflejada en el agua, la noche de los militares, los ruidos de la selva nocturna…

―¿Cuánto tiempo estuviste allí?

―No sé. Mucho; estuve buena parte de la tarde. Primero me senté en las piedras y acabé apretándome la cabeza entre las manos, escuchando. Más tarde me puse en pie y anduve un rato entre la vegetación. Todos vosotros sois mis árboles, ¿no os acordáis de mí? Sí, ya sé que sí, pero no podéis demostrarlo con hechos tangibles. Luego me quité la ropa, y tranquilamente, con movimientos cautos, me sumergí en la fría agua del pozo, en donde estuve mucho rato metiendo la cabeza y haciendo la plancha, mirando al cielo y viendo revolotear a los pájaros, y a continuación me tumbé en una piedra al borde del agua y dejé que los últimos rayos del sol me llevaran a través de…, ¿del reino de quién? No, del reino de nadie. Estas emociones son muy particulares y es difícil compartirlas; quizá con los árboles que me rodeaban, eso sí podría ser.

Con todos aquellos seres alrededor mirando me dije, no puedes defraudarlos, y cuando el sol se ocultó entre ellos me vestí, dije adiós a quienes me rodeaban y tan bien me habían acogido, y recorrí el camino a la inversa. Cuando llegué junto a la casa se abrió la puerta y apareció una señora mayor, negra como yo, y por un momento pensé en mi madre, aunque ella se debió de morir bastante antes de ser mayor.

―Hola ―dije.

La señora me miró con cara de pocos amigos.

―¿Buscas a alguien? Ahora no hay nadie.

Yo, como de repente me quedé sin habla, dudé, pero luego dije,

―¿Podría darme usted un vaso de agua, por favor?

La otra me miró de una manera aún menos amigable, me miró de arriba abajo.

―¿Agua…? Aquí no tenemos agua, el agua es muy cara. Vaya usted al pueblo a buscarla.

Yo, ya se lo pueden imaginar, me quedé de piedra. En realidad no me importó, porque después de toda la que había bebido en el arroyo no tenía sed, pero no me sentó muy bien. No podía recordar ni una sola vez en que me hubiera sucedido algo semejante, y tuvo que sucederme allí, en el lugar en el que viví mis primeros años… Yo iba pensando en contarle a alguien ―y podía haber sido a aquella señora― que yo nací allí más de veinte años antes, eso era cierto, pero allí, en aquella misma casa, la historia del terremoto y que uno de los cocoteros casi había derribado el tejado… Sin embargo, no le conté nada. Me quedé muy desinflada, apreté los labios, miré hacia otro lado y me fui. ¡Qué remedio!

Entonces me dirigí a buscar la playa en donde por primera vez vi el mar. Me dije, Jonás, que ahora seguramente es Charles… ―eso no lo tuve en cuenta al poner el anuncio; ¿y si ahora se llama Charles de verdad…?―, bueno, pues me dije, Jonás y yo anduvimos durante tres horas, lo que son diez kilómetros, no más, así que volví al pueblo, saqué el mapa, localicé el lugar en el que me encontraba y mentalmente tracé una línea hacia el norte. Allí estaba la costa, y hacia ella dirigí el coche. Di muchas vueltas por aquellos selváticos senderos, cada vez más intransitables, y al final arribé a una planicie en la que se acababa la trocha, había un grupo de árboles y empezaba una desigual llanura de arena que se extendía hasta el horizonte. ¿Era aquel el campo de dunas que tanto me impresionó la primera vez que lo vi? Dejé el vehículo y comencé a caminar en dirección al mar, que oía a lo lejos. Allí también los gritos de los pájaros lejanos… Anduve subiendo y bajando dunas, tirándome desde arriba y pensando.

―Jonás, o Charles, ¿dónde estarás? Aquella vez me trajiste tú y me enseñaste a comer los moluscos que están pegados a las rocas. Ahora ya nada es igual. ¿Será posible que no os pueda encontrar…? Mañana seguiré con la búsqueda, pero hoy me voy a recorrer la playa entera hasta el horizonte. ¿Aquí fue donde vi a la diosa del mar…? Podría ser, porque en esta playa, aunque no es tan grande como la recordaba, cabe hasta una diosa…

Eché a andar por la orilla con estos y otros pensamientos, cuando, de repente, pasaron unos delfines con sus charlas y repiqueteos y ni lo dudé, me quité la ropa por segunda vez aquella tarde y me tiré de cabeza al agua.

―¿En qué estabas pensando, negra, que ante ti tienes el mar y no te habías metido dentro? Has tenido que esperar a que aparezcan estos tus amigos, que te llamen y reclamen y te hagan salir de tus apabullantes remembranzas… ―porque yo era muy amiga de los delfines, los conocía bien.

ENTREGA 104

  Yo llegué agitadísima, con la boca abierta y el corazón latiéndome furiosamente, y en cuanto pude verla por entero me quedé parada en mi...